El trébol de cuatro hojas ; Aziz y Aziza : cuento de las mil y una noches · Unidad 26 de 86
Unidad 26 · CAPITULO X.
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CAPITULO X.
LA HOJA DE COBRE.
No fué dificil comprar aquel rincon de tierra en Que la vista esperimentada del peregrino habia adiVinado una fuente.
Hafiz, 4 quien nunca abandonaba la prudencia, anunció que iba 4 constituir en aquel lugar un abri- 80 para sus ganados, y desde el primer dia amontonó á su alrededor ramos bastantes para ocultar á las miradas estrañas la obra misteriosa que iban á €mprender.
En donde quiera que hay mujeres y niños, se Curiosea y se charla. Bien pronto no se hablaba en la tribu de otra cosa que de Hafiz y su sobrino, los Cuales, al decir de los mas enterados del caso, paSaban las noches escavando para descubrir un teSOro. Cuando los pastores llevaban los ganados al Abrevadero y veian á los dos amigos cubiertos de Arena, no faltaban chanzas y bromas,
102 EL TRÉBOL
. —=¡Quién anda ahi? Preguntaban riendo. ¿Es un (fcaL que se refugia en su escondrijo? ¿es un dervis que se labra una celda? ¿es un viejo que se abre una sepultura?
—No, respondian ellos mismos; son mágicos que hacen un agujero para ir al infierno.
-—No hay cuidado, gritaban otros, ya llegarán antes de lo que se figuran.
Y asi continuaban las risas y Nan los sarcasmos. Aun no se ha encontrado freno bastante fuerte para sujetar la boca del ignorante y del envidioso....
Durante mas de un mes, Abdallah y su tio escayaron con ardor el suelo: pero su obra avanzaba poco: la arena se venia abajo y durante la noche se arruinaba el trabajo del dia. Halima fué la primera en perder la paciencia y acusó 4 su hermano de haber cedido á la locura de un niño.
Poco á poco Hafiz fué desesperanzándose y dando oidos á los reproches de su hermana, abandonó la empresa.
—Dios me castiga por mi debilidad, decia. Hice mal en dar oidos 4 aquel miserable impostor que se ha burlado de nosotros. ¿¡Podia esperarse otra cosa de los eternos enemigos del Profeta y de la verdad?
Abdallah, aun viéndose solo, no se dejó abatir por la adversa fortuna.
—Dios es testigo, esclamaba, de que si trabajo con tanta obstinación no es por mi, es por mi pueblo. Si me equivoco ¿qué importan mis fatigas? Y si logro mi 'empresa ¿qué importa el tiempo?
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Hechas estas reflexiones, empleó un mes en poner puntales y sostener las arenas: asegurada la Obra comenzó de nuevo las escavaciones con mas ardor que nunca.
Pasados quince dias del tercer mes, Hafiz aconsejado por Halima quiso tentar un último esfuerzo para convencer á su sobrino que esperaba aun trabajando como un insensato, cuando su tio le daba
E ejemplo de prudencia y resignacion. Pero predicar
á Abdallah no era del todo fácil: el pozo tenia ya treinta codos de profundidad y el obrero estaba en el fondo. Hafiz se puso boca abajo sobre la arena y asomando la cabeza á la entrada del agujero, gritó con todos sus pulmones:
—Criatura mas cabezudo que una bestia, ¿has jurado enterrarte en ese pozo de maldicion?
—Tio, respondió Abdallah con una voz que parecia salir del infierno, puesto que estais ahí, hacedme el favor de tirar de la cuerda y vaciar las esPuertas y asi adelantaré doble en mi trabajo.
—Desdichado, replicó Hafiz, ¿no te acuerdas de las lecciones que te dí siendo niño? ¿tan poco resPetas á tu madre y ¿mí que nos quieres llenar de Amargura? ¿te se han olvidado aquellas hermosas Palabras del Korán: «Los que fortifican su corazon contra la avaricia serán dichosos?» ¿crées tú...
—¡Padre, padre! gritó de repente el jóven, ¡siento humedad, el agua sube, ya la oigo!... ¡SocorredMe, tirad pronto de la cuerda Ó sOy perdido!
Hafiz se abalanzó á la cuerda, pero á pesar de la Prontitud con que lo hizo y de su energía, sacó ú