El trébol de cuatro hojas ; Aziz y Aziza : cuento de las mil y una noches · Unidad 57 de 86

Unidad 57 · —==YAAZAA

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CAPÍTULO XXV.

LA HOJA DE ORO.

Apenas se internaron en los arenales, miró el estranjero á su alrededor para asegurarse de que se encontraban solos y llevó la mano á la faja, de la cual pendian las pistolas.

—Espero, querido huésped, le dijo Abdallah, que me perdonarás la locura de aquella muchacha que te turbó durante la comida.

—Si la esclava hubiera sido mia, respondió el viajero, la hubiera castigado.

—Es preciso ser indulgente con los que noS aman, dijo Abdallah. Kafur creia que me amenazaba un gran peligro y cometió aquella imprudencia para salvarme de ese peligro imaginario. Forzándote á probar la sal de mi mesa, nos ha hecho amigos para siempre. Entre vosotros los naturales

de Siria, ¿no pasa lo mismo?

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—En mi tribu, respondió el mercader, la amistad dura un solo dia: si pasa el segundo sin que se vuelva á comer en el mismo plato, la sal pierde su

Virtud y somos libres para aborrecernos. + —Pues bien, huésped, dijo Abdallah sonriendo, me matarás mañana despues que te haya salvado la vida. Hasta entonces estoy bajo tu custodia y debes protegerme contra todos.

—Asi lo haré, respondió el viajero y permaneció silencioso.

Hé aquí, pensaba, una cosa con que no habia contado. Ese beduino tiene razon: no puedo matarle teniendo aun en el estómago la sal de la hospitalidad: seria un crimen. Esperemos á la noche. Cuando s> ponga el sol comienza otro dia y enton-

ces tengo el derecho de hacer lo que quiera. Durante el camino, no apartaba el viajero sus Ojos de Abdallah que avanzaba con la frente alta y la mirada serena. Las pistolas del beduino estaban desmontadas y si conservaba la lanza en la mano, era mas bien para servirse de ella, como apoyo que como defensa.

*-——La confianza de ese hombre me hace daño, decia el fingidó mercader; yo quiero abatir un eneMigo, dezollar un cordero. Cinco mil duros por este Negocio son una bicoca: de mejor gana mataria á Omar por la mitad de esa suma.

Cuando el sol estaba 4 punto de ocultarse, el es” tranjero avivó el paso de su cabalgadura para preParar las armas sin ser visto de Abdallah: ocultó despues el brazo bajo el albornoz y se detuvo.

198 EL TRÉBOL —Vamos, pensó ha llegado el momento.

-Al tiempo de volverse, el hijo de Yusuf se aproximó á él, detuvo al camello por la brida y clawando la lanza en la tierra, estendió sobre el suelo dos tapices.

—Hermano,-dijo al desconocido, ha llegado la

“hora de la oracion. Tenemos la kibla frente á noso- ¿tros y si carecemos de agua para la ablucion, sabes que Dios nos permite reemplazarla con el polvo del desierto.-

No perdamos tiempo, esclamó el mercader, yo no tengo nada que hacer aqui.

- —¿No eres musulman? dijo Abdallah mirándole con aireamenazador.

—No hay mas Dios que Dios y Mahoma es su Profeta, se apresuró ú responder el estranjero. Pe-

,ro la religion de un pobre peregrino como yo, €8 mas sencila que la de un noble Beni-amer. Yo no pido nada ¿4 Dios, porque creo que Dios hace bien todo lo que hace: no'me lavo la cara, porque el agua del desierto me sirve para beber; no doy limosna porque estoy á punto de pedirla; no ayuno en el mes de Ramadan, porque me muero de hambre todo el año, y no hago la peregrinacion de la Meca, porque ereo que el mundo entero es la casa de Dios. Hé aqui mi fé. Tanto peor para el que no le guste.

—Me asombras, huésped, replicó el hijo de Yusuf, yo habia formado otra opinion de ti. ¿No llevaS como yo atado al brazo un amuleto que aleja las tentaciones de los malos espiritus? Y si lo llevas,

DE CUATRO HOJAS. 199 ¿no sabes que contiene los dos capitulos salvadores?

—Si, llevo un talisman, dijo el viajero. Hace + veinte años que me lo entregó mi madre al morir. Es la única cosa que respeto, y mas de una vez ha alejado la.muerte que silbaba á mis oidos.

—¿Y has olvidado las palabras que constituyen la virtud de ese tesoro?

—Ni me he ocupado de aprenderlas, replicó el desconocido: mi madre las escogió para mi y ella Sabia en este asunto mas que yo.

—Oyelas, pues, esclamó Abdallah con tono solemne. Cuando se vive en medio de las olas de arena que un soplo puede levantar, es bueno acercarse al que envia al peligro, por medio de la oracion. Dios oye gustoso al que le alaba. ¡Oh Señor, á ti Sea dada toda alabanza por los siglos de los siglos!

Y volviéndose con la frente inclinada hácia la Meca, el hijo de Yusuf pronunció con voz conmoVida esta oracion.