Ensayo sobre la filosofía médica · Unidad 34 de 77

Unidad de lectura 34

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Luego entre los jóvenes es donde deben buscar los nuevos progresos defensores generosos ; y está reservado especialmente á las generaciones nuevas el insigne honor de hacer triunfar las convicciones tan laboriosamente engendradas por esos genios privilegiados, de que tan avara es la naturaleza , y cuyos grandes nombres señalan las diferentes eras científicas. No olviden nunca que muchas veces el único crimen de los hombres perseguidos por sus contemporáneos ha consistido en haher estado dotados de un genio mas penetrante que los demas hombres. ¿Será que solo para estas águilas de la ciencia, que ven mas y desde mas lejos que sus semejantes, deba violarse la santa ley de la tolerancia? ¿Se ha de reservar toda la admiración para esos sabios que no nos representan la ciencia sino con una venda en los ojos , y que , como ciertas aves nocturnas , no pueden sufrir la viva luz de la convicción ? Sepamos dudar, repito, cuando los hechos no han hablado todavía ; pero sepamos también declararnos convencidos cuando por medio de la suficiente interrogación les hemos obligado á revelarnos la verdad. Ahora bien , como con razón se ha dicho : los hechos son mudos únicamente para los que no saben interrogarlos, y causaría una admiración indecible saber cuantas dudas sobre cuestiones de hecho no tienen evidentemente mas origen que la ignorancia , la incompetencia y la pereza de los que las tienen. Grande y común errores tomar las dudas de ciertos autores por la espresion real del estado de la ciencia (1).

Por lo demás , no nos cansaremos de repetirlo , guardémonos mucho contra esa tendencia á la exageración , á que se inclinan la mayor parte de los hombres ; pero sin perder de vista que la exageración de la duda no es mas filosófica que la de la con- \icciou.

Lejos de nosotros , sobre todo , esa orgullosa manía que oWiga á ciertos hombres á creer únicamente en su propia espe-

(I) Ni üun el mismo Montaigne señaló la duda como el último término d« la ciencia en las cuestiones de hecho. Cuando se trate de la esencia misma y de las causes primeras de los fenómenos, á que no alcanzan todos nuestros medios de observación y de cálculo, se puede decir con el filósofo perigordia* no, que la ignorancia y la falta de curiosidad constituyen una almohada cornada j blanda para el descanso de una cabeza lien hecha.

riencia , y á poner en duda la de los demás. Bueno seria hacer volver en sí á estos Narcisos de nueva especie, que seestasian delante de sus obras , despreciando las de los demás hasta el punto de no querer , ni aun tomarse el trabajo de examinarlas.