Ensayo sobre la filosofía médica · Unidad 37 de 77
Unidad 37 · laíulOSa (VARÍOL.E SISE VARIOLIS , SCARLATINA SI*E SCARLATINA, MORBILLX
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laíulOSa (VARÍOL.E SISE VARIOLIS , SCARLATINA SI*E SCARLATINA, MORBILLX
sijte MORBiLts ) marca claramente el lugar de la erupción y el error de los nosologistas que hablan clasificado estas enfermedades entre las flegmasías cuta, neas. Sea enhorabuena i pero confieso que me cuesta trabajo entender cómo por una parte en la viruela sin viruela, hay siempre proporción, según nuestra autor, entre el número de pústulas y la gravedad de la enfermedad, y por otra como en el caso de la viruela con viruela existe siempre la misma proporción, al paso que sucede lo contrario en la erupción, y por decirlo asi, riruela intestinal.
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pios fundamentales. Llevados únicamente por el interés que nos inspira la verdad , procuraremos dar á conocer los vicios principales de esta capciosa argumentación é ingeniosa dialéctica.
Vicio primero. De que la inflamación ocupa las glándulas ó los folículos del intestino , se infiere «que ningún médico observador considera en la actualidad la calentura tifoidea como una »gastro-enteritis , y que es tan claro como la luz del día , que »no es en la membrana mucosa del estómago ó de los intestinos »en donde reside la alteración anatómica , que es característica nde esta afección.» Luego tanto valdría asegurar que los folículos de la membrana mucosa del estómago y del intestino no residen en dicha membrana mucosa , porque si residen en ella, es tan claro como la luz que no se puede decir asi de un modo formal que su alteración no ocupa el mismo punto. Lo mas que . podría sostenerse es , que el tegido foliculoso ó glanduloso que concurre á la formación de esta membranales su sitio principal , y sabe M. Chomel que esta es la misma opinión de los que él pretende combatir , pues que dice que « este hecho ha obli- »gado á muchos partidarios de la doctrina fisiológica á designar »esta afección con el nombre de enteritis foliculosa », denominación que le parece inexacta.
Vicio segundo. Deja sentado el autor , que la alteración de los folículos es carácter ístiea de la afección tifoidea , y mas adelante establece que en algunos casos no ha existido la espresada lesión ; y yo pregunto ¿ cómo ha podido ser esta carácter istica de la enfermedad tifoidea , en los casos auténticos en que no ha existido según se dice ? No tengo noticia de principio alguno de lógica que autorice á considerar como característica de una enfermedad una lesión , que puede no existir , sin que por eso deje d^ tener lugar la dolencia que aquella caracteriza. Siguiendo un método lógico de esta especie , es evidente que se debia decir, cnitinuando la proposición precedente , que puede existir la les;on característica de la enfermedad , sin que existan los síntomas , ó lo que viene á ser lo mismo , que bien puede dejar de haber enfermedad, aunque aparazca la espresada lesión característica. Ahora bien , por una contradicción , cuya causa ignoro , declara Chcmel positivamente «que no existe un solo «ejemplo auténtico de esta lesión en un sugeto que no haya «presentado los síntomas de la calentura tifoidea» (obr. cit., página 537); pero dejemos aparte esta contradicción , y prosigamos nuestra tarea.
Vicio tercero. Se apoya este escritor en la autoridad de Louis y Andral para decir que « en algunos casos , muy raros á
»1a verdad , pero de una autenticidad que nadie pondrá en duda, »no ha existido la lesión de los folículos »; pero es preciso saber, como él mismo lo confiesa , que Louis no ha considerado como casos de verdadera calentura tifoidea aquellos en que no ha existido la lesión- de las glándulas de Peyer. Después de referir tres observaciones « en las cuales se han verificado la mayor » parte de los síntomas de afección tifoidea , sin alteración especial de los folículos del ileon », termina Louis de este modo: «aun cuando estuviese demostrado que no han sufrido alteración las glándulas elípticas, en nada disminuiría este hecho la «certidumbre de los caracteres anatómicos atribuidos á la safeccion tifoidea , ni probaria de modo alguno que es inde- »pendiente de la alteración de las eiiptas de Peyer...... Si acá-
»bando de sucumbir un individuo de resultas de una afección »que se creyese ser una perineumonía , se hiciese su autopsia, »y no se halhase ninguna señal de aquella, no se podria soste- »ner contra el testimonio deios órganos que aquella persona » había padecido dicha enfermedad, sino que se diria que esta whabia sido simulada, que la verdadera se había presentado ennmascarada (1), y no por esto se deduciría nada contra los caracteres anatómicos de la perineumonía. Lo que se baria con «respecto á esta afección-, debe hacerse con la que nos ocupa ■especialmente , sin lo cual seria lo mismo que tener dos me- »didas, y sustituir el capricho á la razón. » (Louis , Recherches sur l'afiection typhoíde , tomo 2.°, pág. 433).
Según estas tan juiciosas reflexiones , se vé que M. Chomel tal vez se ha propasado bastante cuando dice que las observaciones de que ha dado cuenta M. Louis, demuestran que en casos en que durante la vida se habían observado exactamente los síntomas que se notan en la afección tifoidea } no se ha hallado en la abertura del cadáver ninguna alteración de los folículos intestinales. No ha dicho este último que en los casos de que se trata habían sido los síntomas creídamente iguales á los de la calentura tifoidea, pues se ha limitado á referir casos en que se habían verificado solamente la mayor parte de (os sínto* mas, etc.
No cree M. Chomel , como M. Louis , que la alteración de las glándulas de Peyer sea la condición, sitie qud non, de la
(i) Mas sencillo seria decir que se Labia incurrido en una equivocación, de cuya especie podríamos presentar ejemplos. Algunas veces se ha considerado cómo calentura tifoidea, una pleuro-pneumonia , un meningitis, ó un reblandecimiento del cerebro , y de consiguiente no debe causar admiración que no haya existido en el cadáver la lesión característica de aquella.
calentura tifoidea , como los tubérculos son el carácter anatómico esencial de la tisis , propiamente dicha , y á esto se reduce todo; pero, lo repetimos, las observaciones del segundo médico nada tienen que íavorezca á la opinión del primero , y no se podría hacer uso de ellas para prubar que la fiebre de que hablamos es independiente de la alteración de las glándulas del ileon, sin tener dos medidas, y sustituir el capricho á la razón.
Examinemos ahora el testimonio de M. Andral.
Me parece que las observaciones de este sabio catedrático tampoco dan apoyo á la doctrina de M. Chomel , porque aunque es cierto que aquel ha referido casos de calenturas continuas sin lesión notable del tubo digestivo , existían en los mismos ya ana erisipela flegmonosa del brazo terminada ó no por gangrena (obs. XLVI y XLVII) ya una enfermedad de las vias urinanias , ya un absceso en la prolasta y en el tegido celular intcrmwcular ( obs. XLVI1I y XLIX ), ya una pneumonía latente ( obs. L) ya escaras y un reblandecimiento del bazo, escaras y unatrans formación de la sustancia del cerebro en materia gelatinosa ( obs. Ll y L1I ), ya en fin tina gangrena de la pleura, con pus en las venas , absceso en los pulmones y blandura del bazo (obs. Lili).
Es claro como la luz que estas observaciones de M. Andral, conformes á las que yo mismo he referido en el Tratado clínico y esperimental de las calenturas llamadas esenciales , no son de modo alguno de la categoría á que alude M. Chomel , y que prueban únicamente que el punto de partida de los fenómenos llamados tifoideos y atáxicos , no es necesariamente el tubo digestivo. Pero en el caso de que se trata , los fenómenos no habrían sido exactamente los mismos si las glándulas de Peyer hubiesen estado hinchadas, ulceradas, etc., y M. Andral ha tenido buen cuidado de declarar que , « siempre que después de «haber observado los dos grupos morbosos designados con los «nombres de calenturas biliosas y mucosas, ha podido exami- «nar en el cadáver el estado de los órganos , ha encontrado en «las vias digestivas lesiones que guardaban relación con los «síntomas que se notaron durante la vida. (Clinic. medie, pá- »gina 252 , segunda edición).»
En resumen , las observaciones de MM. Andral y Louis no autorizan á dejar asentado como un hecho que « en una misma «enfermedad puede la alteración de los folículos intestinales «existir ó no alternativamente, ni aun con la restricción de que «los casos en que falta son muy raros »; y de consiguiente es radicalmente inexacto el argumento de M. Chomel. Esperamos que se nos disimule )a latitud de esta refutación , considerando
que la autoridad de los dos autores citados es de mucho peso, y que por lo mismo debíamos dirigir todos nuestros esfuerzos á probar que no es favorable á una aserción tan fundamental como la que hemos rebatido.
Basta para nuestro objeto el haber demostrado en loque pecaba sustancialmente la discusión que hemos escogido para servir de ejemplo de error en materia de argumentación , no siendo este lugar á propósito para esponer nuestras ideas propias sobre la naturaleza de la enfermedad vagamente designada con el nombre de calentura ó afección tifoidea , bien que por otra parte las hemos desenvuelto en el Tratado de las calenturas, en el artículo calenturas del Diccionario de medicina y cirugía prácticas, y en una multitud de artículos del Journal hebdomadaire.
Si lo que acabamos de decir estimulase á nuestros jóvenes lectores á examinar y pesar detenidamente todas las discusiones, antes de adoptar sus conclusiones, daremos por conseguido el objeto que nos habíamos propuesto (i).
Esto nos conduce naturalmente á decir algunas palabras de la influencia de ciertas disposiciones morales sobre nuestras opiniones y nuestros juicios.