Escenas Montañesas · Unidad 25 de 27
Acto continuo se procedió al remate del toro y de los perros; es decir, al de su manutención hasta el día de San Antonio del año siguiente. Adjudicáronse los animalitos á los vecinos que ofrecieron mantenerlos por menos dinero, y se disolvió la asamblea. — parte 4
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En tal estado de virginidad recibió esta gente las primeras noticias del acontecimiento de que íbamos hablando. No hay para qué decir que no hizo maldito el caso de él. Pero cuando, abiertas las válvulas á todos los pareceres y á todas las ideas, fué llegada la hora de echarse cada cual, á campo-travieso, en busca de terreno para alzar una cátedra en él, ¿qué _doctor_, por corto que fuera de alcances, no había de descubrir, á la primera mirada, el mejor de los terrenos para aquellos fines en la pura, tradicional, primitiva sencillez de la clase marinera? Así fué que, lloviendo sobre ella apóstoles de la flamante doctrina, comenzó á reblandecerse al son de tantos himnos y jaculatorias, y acabó por quedar encantada sin saber de qué, como el hombre de las selvas al oir las melodías de una flauta. Desde entonces se lanzó, con la pasión de los niños en libertad, á balbucir palabras, que no entendía, del nuevo vocabulario político; á las _manifestaciones_ públicas; al _club_ y á las urnas electorales, siendo muy de advertir que en este entusiasmo iban siempre delante las hembras, las cuales hubieran llegado á emular las glorias de las _calceteras_ de Robespierre, si las circunstancias lo hubieran exigido. Jamás se ha visto una transformación más radical ni en menos tiempo.
Sin embargo, no hubo medio de meter el diente á Tremontorio. Estaba fondeado á dos anclas en su puerto natural, y no había fuerzas humanas que le sacaran de allí.
--¡Á pedricar al limbo, tiña, que está lleno de inocentes!--decía á los catequistas que se atrevían á hablarle ... desde lejos.--¡Pero á mí!... Yo ya sé que si quiero comer tengo que jalar del remo y jugarme la vida en la mar seis veces á la semana.... ¡Allí sus quisiera yo ver, tiña!
Si se le replicaba que precisamente para mejorar las condiciones del oficio era para lo que se le quería atraer al partido, añadía hecho un veneno:
--Pamemas, tiña; que si tan bueno fuera lo que tenéis á la mano, no vos acordarais de ofrecérmelo á mí; sus lo guardarais para vusotros, retiña.... ¡Si soy _mule_ viejo!... ¡no vus canséis en calarme la sereña!
Y no mordía la _ujana_, el muy ladino.
En éstas y otras, presentósele un día el Tuerto con las manos en los bolsillos y la cara hecha un vinagre.
--¿De onde vienes, tiña?--le preguntó el viejo mareante, abrazando con cariño, pero muy admirado, al aparecido.
--Del departamento--respondió el Tuerto.
--¡Del departamento! ¿Pues no mandaste carta de allá, hace ocho días, para mí á Patuca, que sabe leer y escrebir?
--Cierto.
--Pus ná me decías entonces de venir tan aína. ¿Cómo es eso, tiña?
--Porque al otro día de escribirle á usté se prenunció la gente de la freata.
--¡Tiña! ¿Y tú también?
--No, señor...; pero me vi revuelto en la tremolina, sin saber cómo.
--¿Y á cuántos prenunciaos colgaron de las gavias?
--Á denguno.
--¡Retiña! ¿Cuándo se vió eso?... ¿Y serás capaz de venirte sin licencia?
--No, señor; traigo un pase.
--Pos ¿quién te le dió, cuando debieron haberte leído la sentencia de muerte?
--Un cabo de cañón y un terrestre de mucha soflama que mandaban allí.
--¿Y el señor comendante y los oficiales?
--Harto tuvieron que hacer con tomar puerto en la cámara, después de tumbar á media docena de prenunciaos.
--Pero, retiña, ¿cómo no te ahorcaron al saltar á tierra?
--Porque se tuvo por bueno el pase que me dieron á bordo, firmado por el terrestre.
--¿Y eres tú capaz de tomar cosa anguna de un terreste que se mete á mandar en una freata de guerra?
--¡Pero si no había otro remedio, puño!; y además, yo era ya cumplido, y de un día á otro tenían que despacharme.
--¡Con su cuenta y razón, tiña; no de ese modo!... ¡Un terrestre! ¡Á la _Ferrolana_ pudo haberse atracado él á repartir licencias cuando dábamos la vuelta al mundo! ¡Bien saben ellos ónde se meten!... ¡Harto será, tiña, que no te güelvan á llamar; porque la ley es ley, y el que la hace la paga, si no es hoy, mañana!
--Pues, puño, con golverme por onde vine.... Así como así, pa ver lo que yo acabo de ver, morirse es mejor, cuanti más golver al servicio.
--¿Qué vistes, hombre?
--¡Lo último, puño; lo último que me quedaba que ver! Y créalo, tío Tremontorio: más me apesaumbra esto, que el venir con el pase del terrestre.
--Pero ¿qué vistes?
--¡Pásmese, hombre! Ahora mesmo, al pasar por el Muelle, he visto á la mi mujer vestida de comedianta, con un gorro á modo de pimiento, una casulluca con estrellas, y un pendón lleno de letreros, y más de un centenar de babiecas detrás de ella echando vivas yo no sé á qué.
--Eso es de todos los días, hijo; y no te pasmara si hubieras visto lo que yo voy viendo. Pero no tiene ella la culpa, tiña; que si no la pagaran por eso, no lo hiciera.
--¡Tarascona!...; la he de romper los pocos huesos que la dejé sanos.... Pero, ¿y los hijos, tío Tremontorio? ¿Qué será de ellos con esa madre? Quiero ir ahora mismo á su casa para recogerlos.
--¿Á su casa, tiña? ¿Ónde está ella? ¿Sabe naide si tiene casa la tu mujer?
--¿Pus ónde duerme, puño?
--Onde le coge la _cafetera_, hijo; con el ite de que no la suelta dende que anda con esa arbolaura por las calles.
--¿Y los hijos?
--Los hijos, si no hay quien por caridá los recoja á las puertas del Muelle por la noche, allí se la pasan á la timperie.... Bien sé yo, tiña, quién los quita el hambre y los da abrigo muchas veces; pero uno no puede estar en todas partes, ni ellos acuden á uno siempre que debieran.... Porque, retiña, la verdá es que se han hecho ya á la bribia; y por el carís que traen, van á hacer buena á su madre.
El Tuerto no quiso oir más, y salió de la bodega de Tremontorio, echando llamas por los torcidos ojos y maldiciones por la boca.
III
Creía el valiente veterano de la _Ferrolana_ que, aunque con trabajillos, lograría irse haciendo á los nuevos resabios del gremio, y vivir en paz, si no á gusto, los pocos años que le quedaban de vida; y por conseguido lo daba ya, cuando cayó sobre sus anchas espaldas el peso insoportable de un infortunio con que jamás había soñado. Este golpe de muerte fué la abolición de las matrículas y la supresión de los cabildos, decretadas por el Gobierno imperante.
Creyó volverse loco con la noticia, y tardó muchos días en tragarla por cierta. Cuando no pudo negarla, no le cabía en su casa, y se largaba á la ajena, ó al Muelle, á desahogar la ira con el primer camarada que hallaba á sus alcances.
--No hay otro remedio que tragarlo, tío Tremontorio--le decían otros pescadores un tanto desengañados; pues cuando pidieron, por extrañas sugestiones, la abolición de las matrículas con el fin de verse libres de las levas, nadie les dijo, ni ellos lo cavilaron, que al desprenderse de una carga tan pesada, perdían, en consecuencia, el monopolio del mar y del puerto, que era la recompensa de ella.
--¡Que no hay otro remedio!--exclamaba Tremontorio, haciendo crujir los puños.--¡Eso lo veremos, tiña! ¿Quién lo ha mandao?
--El gubierno de arriba.
--¿Quiénes son esos gubiernos pa meterse en la hacienda de los mareantes? ¿Qué saben ellos de cosas de la mar?
--El que manda, manda, tío Tremontorio.
--¡No en mi casa, tiña!
--Pues la ley es ley ahora y siempre.
--¡Por eso mesmo: á la ley me agarro, y viva la de nusotros!
--Pero una ley mata á otra, y la nueva es la que vale.
--En lo terrestre, pase; pero no en lo de la mar!
--Pero, hombre, y dempués de bien desaminao, ¿qué vale too ello? Y aunque valiera, si nos quitan las levas....
--¡Las levas ... retiña! Siempre las tenéis delante de los ojos pa espantarvos el sueño.... Dos me cogieron á mí, y vos digo que no me pesa ahora que salí de ellas.... Más debiera espantarvos esto otro.... Si, señor, tiña; y ciegos sois si no lo habéis visto bien claro. Con esa orden de arriba, se dice «abro la puerta á la mar...»; y allá voy yo, y allá vas tú..., y allá van _ellos_, ¡tiña!...; porque detrás de nusotros podrá ir, con la ley en la mano, el raquero del Puntal, el chalupero de las Presas y toos los tiñosos de la costa de la badía.... Y esto no lo aguanto yo, retiña; que la mar se hizo pa los hombres que deben andar en ella y han andao siempre, ¿Ónde se ha visto que la gente del _muergo_ sea quién pa dir conmigo á la pesca de altura?... Ves digo que no tendréis vergüenza si vos dejáis igualar por esa grumetería.... ¡Pos dígote al respetive de lo de los cabildos! ¿Qué semos ya los mareantes sin ellos? ¿Aónde vas tú? ¿Aónde voy yo, que valgamos dos _luciatos_? Quiere decirse, tiña, que, de hoy palante, tanto da ser callealtero como de nusotros...; toos seremos unos.... ¡Pa ellos estaba, retiña!
--Too eso está muy bueno; pero considere que está escrito en ley allá arriba, y que de na sirve lo que nusotros estipulemos acá abajo.
--Ya verás si sirve, tiña. Por de plonto, sepan esos gubiernos que Tremontorio no güelve más á la mar con esa ley.
Y no volvió el testarudo veterano. Las redes le dieron para casa y pan, y el canon de su lancha para compaño. Pero advirtió, andando el tiempo, que, á pesar de la nueva ley, la mar no había sido profanada por los _anfibios_ de la costa de la bahía; y como además se aburría mucho estando siempre en tierra, y la mar le _jalaba_ como de cosa propia, resolvióse á estudiar el punto más á fondo, por si podían conciliarse su tesón y sus deseos. La nueva ley abolía, es cierto, la antigua matrícula; pero exigía, en cambio, una inscripción que daba á los inscritos privilegios parecidos á los que tuvieron los matriculados; y en cuanto á los cabildos, también quedaba algo, á modo de gremio, para sustituirlos.
No le llenó el ojo nada de esto á Tremontorio, pero, al cabo, era algo que ponía centinelas á la puerta de la mar; y como además le ponderaron mucho las _ventajas_ sus compañeros de fatigas, y él tenía grandes deseos de conformarse, conformóse, aunque á regañadientes, y volvió á su lancha.
Para entonces, los diez años corridos desde que le conocimos en la _La leva_, ya sesentón habían hecho honda mella en su persona. Estaba más encorvado, más flaco, algo trémulo, y con la greña, las patillas y las cejas enteramente blancas, muy ásperas y muy largas. Pero su vestido, como su carácter, era el de siempre: el mismo gorro catalán, la misma camisa de bayeta verde sobre la de estopa interior, los mismos calzones pardos de ancha campana y amarrados á la cintura con una correa, y los mismos zapatos, sin tacones y sin lustre, sobre el pie desnudo.
Consigno este dato, porque á la sazón no era ya este traje el característico del oficio. En los años pasados desde el consabido acontecimiento, la gente marinera había ido confundiéndose en todo con la terrestre, así en ideas como en hábitos y costumbres. Lo cual no dejaba de exasperar á Tremontorio, y dábale á menudo ocasión de fulminar sus embreados apóstrofes sobre los _pinturines_ pescadores que caían por su banda.
En una de estas ocasiones le vi yo en el Muelle. Estaba hecho una tempestad, en medio de un grupo heterogéneo y abigarrado, aunque se componía exclusivamente de marineros. La verdad es que, siendo Tremontorio el único que se hallaba en carácter allí, y, como si dijéramos, en su propia casa, parecía el intruso y el pegadizo entre tantos degenerados.
--Ya se ve, tiña--decía cuando yo pasaba, y por eso me detuve á escuchar:--dende que vais al voto y á esos pedriques con el señorío pudiente, y andáis tan empavesaos, ¿que vus ha de paicer este patache carbonero? Pus, tiña, de mi madera sois, con toa esa fantesía; y el más ó el menos de trapo, no le hace al casco tener los fondos mejores.... Ni barrunto que de ayer acá vos haya caído denguna herencia de repente, pa echarvos tanta guinda.... Onde se ve la gente es en la mar, ¡retiña!; ¡y que se diga muy recio si en más de tres duros y medio[17] que ya cuento, le he pedido á anguno remolque allí!
Replicóle uno que «el andar bien portao no quitaba fuerza ni valor á la presona».
--¡Taday, niquitrefe!--díjole Tremontorio con el mayor desprecio.--Si sois valientes entoavía y jaláis del remo como yo, es porque lo habéis mamao, y allá vos queda.... Eso es del cabildo de abajo, sépastelo bien.... ¡Retiña, qué gracia!... Pero que vos dé otro tanto la vida que traéis.... ¡Surbia vos dará!
--Y lo que usté no guipa, porque ya está fuera de combate--respondiéronle en son de zumba.
--¡Pintura, digo yo á eso!--replicó el veterano con mucho retintín;--aunque bien desaminao el ite de ese particular, ¿qué tenéis ya que recibir de naide? ¿Qué vus falta? Vusotros, el relós de plata; vusotros, la bota fina; vusotros, el camisolín de plegues; vusotros, la cachucha de _rasolís_.... Pus ya, retiña, por poco más, echarvos el bastón y la casaca, y dirvos al Suizo con los señores del Muelle, á tomar chocolate con esponjao y leer los boletines de arriba.... Las rentas no han de faltarvos pa sostener el señorío, porque ya tenéis una ración de hambre y otra de necesidá.... ¡Retiña con la piojera de tres gavias!
Dijo, miró con ira á los zumbones que le rodeaban, y rompió el cerco, bamboleándose al andar, como buque de mucho porte que toma la barra seguro de llegar al puerto.
FOOTNOTES:
[Footnote 17: Más de setenta años.]
IV
Amaneció un día con el viento al Sur, casi en calma: el cielo, sonrosado con algunas nubes aturbonadas; la bahía, como un espejo; la mar, como un lago; la temperatura, á placer; el campo, verde y fragante; las flores, meciéndose sobre los tallos; los árboles, entreabriendo sus hinchadas yemas y asomando por ellas las tiernas esmaltadas hojas, que se estremecían y se desplegaban al sentir por primera vez el calor de los rayos del sol vivificante; la sonora voz de las campanas de todos los templos, llenando de armonías el espacio; y el movimiento y la circulación, interrumpidos por la solemnidad de los días anteriores, restableciéndose bulliciosos en todas las arterias de la población.
--¡Hermoso día!--exclamaban las gentes de tierra, encaminándose á continuar los suspendidos negocios, ó frotándose las manos á la puerta del almacén, ó contemplando la naturaleza desde las entreabiertas vidrieras del gabinete. Y el fervoroso cristiano que volvía del templo, lleno su corazón de místicos regocijos; y el célibe egoísta que, empuñando el _roten_, se desperezaba á la puerta de su casa, dispuesto á emprender el higiénico paseo extramuros; y el labrador afanoso que arreaba la yunta y dirigía el arado para abrir el primer surco en su heredad; y el bracero menesteroso ... cada cual, á su manera, saludaba con himnos del corazón aquel inolvidable _Sábado de Gloria_ de 1878.
Así llegó el sol á la mitad de su carrera, y el afán de los hombres al descanso del mediodía. Entonces se alzaron súbitamente remolinos de polvo en las calles de la ciudad; azotó la cara de los transeuntes una ráfaga de viento húmedo y frío; oyóse el chasquido de algunas vidrieras sacudidas contra la pared; cubrió los cerros del Oeste un velo achubascado; nublóse repentinamente el sol; tomó la bahía un color verdoso con fajas blanquecinas y rizadas, y comenzó á estrellarse contra las fachadas traseras de la población una lluvia gruesa y fría.
--Un _galernazo_--dijo la gente con mucho sosiego.--Después del Sur, era de esperar.
Y el que tenía qué, se puso á comer; y el que había comido ya, se tendió á dormir la siesta ó á chupar el clásico cigarro delante de una taza de café.
Según la gente de tierra, no había ocurrido hasta entonces cosa que no fuera en Santander muy natural y corriente; y en verdad que no era para dejar pálido á nadie la rotura de algunos vidrios, unos cuantos paraguas vueltos del revés, tal cual sombrero arrancado de su correspondiente cabeza, y alguna que otra falda encaramada más arriba de lo acostumbrado.
Y, sin embargo, uno de aquellos instantes, pasados casi inadvertidamente para la gente de la ciudad, había producido, á la vista de ella, como quien dice, el desastre más espantoso que registran los cántabros anales.
Noticias de él fueron los alaridos que comenzaron á oírse luego por las calles, entre la gente marinera; madres clamando por sus hijos; esposas por sus maridos; hijos por sus padres; hermanas por sus hermanos. Aquello era una desolación, y sus clamores atravesaban el alma como un puñal. Corrían los desventurados pálidos los rostros y los ojos sin lágrimas, porque para los grandes dolores no existe el consuelo de ellas, buscando en los ojos de los demás una respuesta que nadie podía darles, y el contristado espectador se agregaba á ellos y los seguía como si el mismo infortunio le empujara. El rumbo de tan tristes cortejos era el Muelle, donde había ya una muchedumbre con los ojos clavados en la boca del puerto. El temporal había cesado casi por completo en tierra, y de la mar sólo se veía una parte de su furia, estrellándose espumosa y rugiente sobre las tristes _Quebrantas_. Conocíase una parte del desastre: lo que de él habían presenciado los pescadores de tres lanchas, únicas que hasta aquella hora habían logrado volver al puerto. Citábanse nombres y se pintaban escenas de horror y de heroísmo. Las lanchas habían llegado medio anegadas; sus tripulantes, con la palidez de la muerte en el semblante, mudos y consternados, con las ropas ceñidas al cuerpo, empapadas en agua; muchos de ellos, con el hercúleo torso desnudo. No les aterraba solamente la idea del peligro en que se habían hallado, pues de otros no menores habían salido con sereno espíritu, sino el cuadro de muerte y desolación que habían contemplado sus ojos entre la furia de la galerna.
Hablábase mucho en los apretados corrillos; oíanse los lamentos de los que ya nada esperaban y de los que temían, y no faltaba quien, para desvanecer tristes presentimientos, hiciera risueños cálculos; pero siempre flotaba sobre el llanto y las conversaciones, como respuesta á una pregunta que no se cesaba de hacer, esta frase:
¡_Todas_ están allá!
¡_Todas_! ¡Nunca esta palabra tuvo sonido tan triste y pavoroso! Todas; es decir, todas las lanchas _de altura_ estaban en la mar, y sólo tres habían vuelto al puerto.
Corriendo aquellos minutos, que parecían siglos, vióse otra, y luego la quinta, rebasando del promontorio de San Martín. Cada una de ellas fué saludada con un rumor que no puede pintarse con palabras ni con sonidos.
Cerca ya del anochecer, y después de dos horas de esperar en vano los que en el puerto lloraban, y cuando la vista más sutil no había podido distinguir desde los puntos más elevados de la costa ninguna lancha en la mar, y había tiempo sobrado para tener noticias de las que pudieran haberse refugiado en boquetes ó ensenadas, faltaban siete.
Preguntóse por ellas á todos los puertos y fondeaderos del litoral; pero aquellas preguntas se cruzaban en el camino con otras análogas que los preguntados hacían á Santander, y sólo sirvieron para dar á conocer en su horrible extensión el desastre de aquel día memorable. Desde Fuenterrabía á Cabo Mayor, había hundido el azote de la galerna en los abismos del mar, TRESCIENTOS OCHO hombres en brevísimos instantes. En este espantoso cúmulo de víctimas, tocábanle SESENTA al gremio santanderino. ¡Jamás la muerte acechó á los hombres con mayor astucia, ni los hirió con más implacable saña!
Aunque la caridad, virtud de los cielos, amparó entonces, como siempre, por igual á todos los desvalidos, cada corazón sintió lo que estaba más patente en su memoria, y la mía la ocupó toda Tremontorio.
Preguntando por él, supe que también había salido á la mar aquel día, y que era de los pocos que se habían salvado de la catástrofe, casi milagrosamente; pero que, con lo terrible del trance, los golpes y la frialdad del agua, á sus muchos años, habíase puesto á punto de morir.
No me satisfice con estas noticias, y quise verle, y lo conseguí.