Escenas Montañesas · Unidad 3 de 27

ADVERTENCIA — parte 3

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Pero Pipa estaba por seguir, antes de la violencia, los trámites pacíficos.

--¿Quién te dió esa estopa?

--Lo he trincao--contestó Cafetera con acento sublime.

¡Mágica palabra! Con ella dió el neófito, sin sospecharlo, una idea de su capacidad futura. Aquella cabeza chata, crespa y enmarañada, se había engrandecido á los ojos de la patulea con la aureola del genio; el chico prometía mucho. Pipa, que no se parecía en nada á las eminencias de nuestra esclarecida sociedad, lejos de sofocar aquella naciente inteligencia, soltó la presa que tenía agarrada y se dispuso, después de mirar á los suyos, á prestarle toda la influencia de su posición.

--Sígueme--le dijo con ademán solemne.

--¿Aónde?

--Á pulir la estopa. ¿Tienes más?

--¡Tengo un escoplo, de mistó!

--¡Aprieta!... ¡Viva Cafetera!--exclamó el jefe, echando á correr hacia San Felipe.

--¡Viva!--contestaron los demás, siguiéndole y llevándose en medio al protegido.

Por un callejón que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoy es inaccesible porque forma ángulo recto con la bóveda celeste, echaron nuestros personajes á paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar á una pequeña barraca, incrustada entre un murallón de San Felipe y otro del Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se veían amontonados diversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todos de la especie de los que ya Pipa había recibido de manos del neófito.

Allí, desde tiempo inmemorial, afluían los raqueriles productos de todo el pueblo, que, aunque singularmente valían cortísimas cantidades, llegaron, según es fama, á formar, en cuerpo colectivo, un decente capital al humilde mercader que, ocultando su mustia fisonomía bajo una gorra de pieles, y detrás de unas gafas como dos ruedas de polea, tenía fuerza de voluntad ó codicia bastante para luchar de sol á sol con tan notabilísima parroquia.

Clasificando estaba unas chapas de cobre, cuando asomó Pipa la cabeza dentro de la tienda.

--¿Qué traes tú, pillete?--le interrogó, mirándole por encima de las gafas.

--Esto--contestó lacónicamente Pipa, depositando el género sobre una mesa.

El mercader de estopas y de cobre lo miró un instante como para evaluarlo, y sacó del bolsillo, con mano torpe y perezosa, media peseta que dió al raquero.

--¿No echa más usted?--dijo éste contemplando la moneda.

--Nada más.

--¡Ay, qué contra!... ¡Pues si el escoplo solo vale medio chulé!

--¿Sí?--gruñó el comprador;--¡pues descuídate y verás si te llevo al Capitán del puerto, tunante!

Pipa comprendió que más valía callar que comparecer ante tan encopetado personaje. Así es que tomó la moneda, enseñó la lengua al de las gafas ... y, á ser tan buen negociante como raquero, hubiera podido comprender, á la sola consideración del contrato que acababa de hacer, que, sabiendo comprar, hasta la estopa, bien exprimida, arroja productos de oro. Pero ni el nene había soñado jamás con la piedra filosofal, ni reparaba en los rendimientos de sus empresas cuando maldito el capital arriesgaba en ellas. Por eso salió muy ufano á la calle, reunió á los suyos, contólos uno á uno, miró á Cafetera con un poquillo de ternura, y con otra seña muy expresiva los arrastró á todos á la taberna de enfrente, en la que entró gritando:

--¡Seis tazas de café y seis copas de anisao!

Cuando los granujas trasegaron á sus estómagos, en dos sorbos, las pócimas infames que les sirvió el tabernero, pagó Pipa el gasto con la media peseta, más un cuarto que sacó de un pliegue de su mugriento gorro, y salieron todos á la calle. En ella formaron círculo, y el capitán, después de escupir contra la cara del más inmediato, echó mano á Cafetera y así le habló:

--Ya sabes, nene, dónde se compra cuanto se apanda. Mucho ojo y mucha vela. En un apuro, cuenta con nosotros. Raquear, á barredera, y mejor el cobre que el chicote. Si ves que andan las _chapas_, al vuelo ... y aprieta á correr. Si hay _cané_, orza y arría la mayor...; y avisa cuando haya trigo, que ya sabes cómo se gasta.

Calló Pipa, miró á Cafetera que le escuchaba muy serio, y arrimándole un puntapié por la popa,--¡Á vivir!--le dijo.--Y se disolvió el corro, marchándose cada quisque por donde quiso.

III

Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesión, no quiso lanzarse á ella sin prevenirse antes contra las eventualidades. Al efecto, logró colocarse en uno de los botes del servicio público.

Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletes y cuidar de la embarcación cuando el botero no estaba presente; todo lo cual le producía un ochavo de café para el desayuno, una propina de cuatro ó seis cuartos por cada flete si éste valía la pena, lecho sobre el panel y una copa de caña de vez en cuando, amén, de algún chicotazo que el patrón le sacudía siempre que lo juzgaba oportuno.

Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el día al ejercicio de su industria.

Ésta, en toda su esfera legal, le hacía legítimo dueño de cuanto cobre, estopa, hierro y madera de desperdicio hallara á sus alcances, ya sobre la superficie del Muelle, ó revuelto entre el fango de la Dársena. Pero como el Muelle y la Dársena no tienen un límite determinado para la industria raqueril, solía tomar como prolongación del primero la cubierta de algún buque atracado, llevándose á buena cuenta, si el vigilante se descuidaba, tal cual _menudencia_, como escotas, poleas, etcétera, etc.

Con la propia sencilla buena fe, desde el centro de la Dársena se extendía hasta los contornos; y si se forraba algún casco, nunca le faltaba una chapita ó clavo de cobre que ocultar en su remendada espuerta.

Tal era la parte menos legal de su industria, que, en el poco tiempo que la ejerció, expuso su individual independencia á mil y un riesgos apuradillos.

Por lo demás, lo pasaba en grande.

No se pegaba de trompadas con los suyos más de tres veces al día; su madre no lograba echarle la vista encima arriba de una por semana, y para eso había de cogerle durmiendo; de modo que sus siniestros de muelas, orejas y cabellos, por temporal materno, aunque pocos y buenos, aún le prometían pellejo sano para muchos años.

Alguna vez, entre otras, hacía sus correrías hasta el interior del pueblo, porque al raquero también le gusta el contacto de la civilización, por si algo se le pega; pero como ésta suele andar muy precavida, y, por otra parte, sus raqueables materias no son del mayor aprecio en la oficina del comprador de hierro viejo, Cafetera frecuentaba poco este trato, y casi siempre tenía que huir de él á uña de ... raquero, acosado por las estantiguas del municipio.

También se le ocurrió, como hijo que era de matriculado y marisco por los cuatro vientos, solicitar, á ejemplo de muchos de sus compañeros, un puesto y quiñón correspondiente en una lancha pescadora; pero esto le ocuparía demasiado. Tendría que esperarla todas las noches, limpiarla y vigilarla todo el año y _desenmallar_ sardina en el verano.

Precisamente su resistencia á este empleo era lo que más provocaba la ira de la tía Carpa, que proyectaba sacar un buen pescador de su hijo, á quien, _velis nolis_, había ya matriculado, y, por ende, sujetado á las ordenanzas de la Comandancia de Marina.

Semejante idea preocupaba mucho á Cafetera, quien, como todos los de su laya, no concebía que ningún tribunal del reino alcanzase hasta el Muelle de las Naos con su vara, al paso que no podía recordar sentado y con paciencia la cara del Capitán del puerto.

La cárcel pública es para ellos un bulto más en la población pero los rebenques y los chicotes de á bordo, ¡ira de Dios!, cosas son que les hacen temblar y no de frío. Hubiérale á él dejado libre de toda persecución el cabo de mar, y á fe que en poco tiempo, burlando la vigilancia de lo terrestre, se _embarba_, como él decía, de raqueo; y hasta comprado hubiera el almacén de hierro viejo, máximun de las fortunas, según se creía en el Muelle de las Naos. Pero como no sucedía así, los meses corrían y hasta los años, y Cafetera, lejos de llegar á capitalista, perdió los últimos pingajos de su vestido, ganando en cambio muchas nociones de baraja y no pocos títulos de borracho sobre el que ya tenía bien merecido.

Entonces comenzó á mirar con desaliento la mezquindad de la Dársena, y la penuria de su explotación legal. Sucedíale algo de lo que al jugador que, acostumbrado á poner grandes cantidades á una carta, mira con aversión el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejercicio de su profesión.

En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á la mar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á lo sublime del arte.

De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras é inquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala _traducción_ que sus obras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevía á llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de que no pasaban.

Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones de estopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de _mala venta_; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña de Cafetera.

Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; pues ni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligros que corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.

El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lo decía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramente esculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podían borrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público sin grave riesgo de los haberes y libertad del mercader.

Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidado de él estaba una mañana en que había _libado_ bastante, sentado sobre un guardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y en espera de sus amigos para jugar al cané.

Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que el raquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señor que, según dijo el pillastre, traía _cara de flete_.

--Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?--le dijo, como tenía por costumbre, así que le tuvo á su lado.

El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándole á la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.

Cafetera lo tragó con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, se fué detrás del puro.

--¿Me da la punta usté?

Chocó al interrogado la desvergüenza del raquero. Miróle muy detenidamente, y

--¿Quién eres tú, chicuelo?--le preguntó.

--Yo soy ... Cafetera.

--¿De dónde eres?

--De la calle Alta.

--Y tu padre, ¿cómo se llama?

--El tío Magano.

--Pero ¿cuál es tu nombre de pila?

--¿De qué pila, usté?

--De la de bautismo, animal.

--Otra, ¿qué sé yo?... ¿Me da la punta!

--¿Conque tú fumas, eh?

--¡Ay, qué contra!...; ¿quiere ver como las _tapo_?

Y diciendo y haciendo, tragó dos chupadas de su colilla, arrojando después el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de una chimenea de vapor. El señor desconocido le miraba cada vez con mayor curiosidad.

--Y ¿á qué te dedicas tú?

--Á cuidar el bote del tío Bandiate.

--¿Y nada más?

--También soy raquero.

--¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?

--¡Quiá, señor; si no sale para café!... ¿Me da dos cuartos?

--Veremos si los mereces.... Dime antes lo que raqueas.

--¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!...

--Pero alguna vez ya se descuidarán.

--Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.

--¿En dónde lo trincasteis?--insistió el señor con más interés que nunca, dando dos cuartos al raquero.

--Pos en esa freata que están aforrando en el paredón--contestó Cafetera con la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de la camisa y escupiendo por el colmillo.

Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que del último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.

Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á la Providencia en sus adentros.

Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del _estrumento_, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual hizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que le había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tan diestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de la verdasca de un cabo de mar.

Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto comprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.

Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listo el grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en trazas de escurrir el bulto.

Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóse á Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto conducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión, salieron ... á tirar del _Bombo_ de la Carraca.

Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechos sus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país con algunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.

Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle de las Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados; comenzaron á examinarle en todas direcciones.

La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedrado y otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de los pilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extravió sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, por la Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego por la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronse los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á paso de gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y se dieron á correr pensando que el mundo se acababa.

Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la han visto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sido hasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de las Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento que la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando el territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede pasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.

Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré una ligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muy frecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de este puerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia y heroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y á fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tan valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.

LA ROBLA

De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si al tiempo de consumarlos no llevaran más requisitos que el mutuo convenio de los contratantes y el _ante mí_ del tabelión más competente del juzgado.

Y cuidado, señores legistas, con atribuirme la pretensión de poner en duda la legalidad de las fórmulas que sobre el particular se vengan usando desde la fecha de las Pandectas.

¡Líbreme de ello Dios! Voy separándome del centro _civilizado_ donde la ley se halla en toda su pomposidad, y estoy refiriéndome á los incultos moradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigente código en todo lo que vale, aún se rinde culto reverente á la tradición, la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que más se funde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonso el Sabio.

Desengáñese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les sea peculiar, estos paisanos no dan por terminado ningún negocio, aunque para cumplir con la ley le amortajen en más testimonios y sellos que hay en un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan á las de Pedro sin cierta solemnidad _sui géneris,_ valdría tanto como para la conciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, símil en que, sin duda alguna se fundaron los _académicos_ de mi lugar para llamar á dicha ceremonia _mojar el asunto_.

No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada escritura de legítima pertenencia, que si ante la ley le asegura en la posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración, asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente balanza de Astrea. No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta la fe de _bautismo_, el _fiat_ del tabernero más próximo, LA ROBLA[1], para decirlo de una vez.

El origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porque se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre mosto riojano[2].

Su definición precisa tampoco es fácil sin que se me olvide algún rasgo gráfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademos adondequiera que se _eche_ una..., y allá nos vamos.

Raro es el colono montañés que al poco tiempo de establecido no posea, como producto de sus _aparcerías,_ una pareja apta para las labores del campo, algún novillo _uncidero_, es decir, capaz de ser uncido, ó cualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que el arrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio ó emparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello, pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ella va siempre la robla.

Luego vamos á una feria.

El lugar de ella queda á elección del lector, pues, gracias á Dios, abundan aquí como los helechos. Abran ustedes un calendario, y donde topen con su santo, cátense una feria. En este dichoso país, el día que no es de fiesta tiene mercado; de los restantes del año, los unos marcan feria, y los otros romería.

Elegido el punto más cercano, tuvo que ser, por precisión, un pequeño bosque de cajigas ó de castaños, verde, fresco, frondosísimo, bello como es la naturaleza aquí hasta en su menor detalle.

Estamos ya bajo el tupido follaje.... Cierra, lector, los ojos por un momento. ¿No te crees transportado, en una serena noche de verano, á la orilla de una inmensa charca, y jurarías que sus ranas, en número infinito, cantan todas á la vez? Es el sello de nuestras ferias y romerías: el sonido de las _tarrañuelas_ de cien y cien bailadores _á lo alto_, al compás de las panderetas que tañen las mejores mozas del lugar.