Escenas Montañesas · Unidad 7 de 27
ADVERTENCIA — parte 7
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--Recrear la vista. ¡Como son ustedes tantas y tan bonitas!... Por cierto que me ha chocado ver cómo se las arreglan ustedes de manera que pasan siempre por la Plaza, sea cualquiera la procedencia que traigan.
--Pues eso quiere decir que por todas partes se va á Roma, y que cuando una deja la costura al medio día, de la hora que le queda para comer aprovecha la mitad para ver gente y tomar un poco el aire.
--Y ¡qué bonita era aquella amiga que la detuvo á usted esta mañana en la esquina del Puente!...; pero no es tan elegante como usted.
--¿Una morena? Aquélla no es amiga; es _costudera de sastre_.
--¡Ah, ya!... Como la vi hablar con usted....
--Me estaba dando un recado. Y no es porque yo tenga á menos ser amiga de algunas de _esas_, sino que como las que cosemos en blanco en las casas tenemos sociedad aparte.... Y no crea usté que nos faltaría motivo para darnos tono con ellas, porque ahí están las modistas que parece que nos honran cuando nos saludan en la calle.
--¡Vea usted qué demonio!
--Y ahora que me acuerdo, ¿qué le decía usté esta mañana á aquel otro señor de patillas, cuando nosotras pasábamos, que nos miraban tanto?
--¿Luego me vió usted?
--Yo veo todo lo quiero.
--¡Ah, pícara!; me servirá de gobierno. Pues decía á mi amigo que estaban ustedes mucho más bonitas cuando salían á la calle en pelo, tan primorosamente peinadas, y con aquellos pañolitos al cuello, como el que usted tiene puesto ahora, que con la mantilla y el chal que les comen lo mejor de la figura.
--¡Otra!...; ¡mira qué reparón!
--Ya se ve que sí.
--Pues no llevan todas mantilla.
--Y usted es una de esas excepciones; y para que nunca caiga en el pecado de ponérsela, se lo advierto.
--¿Y qué habría en ello de malo?
--Que con la mantilla dejaría usted de ser un tipo lindísimo y de pura raza santanderina, para confundirse con la vulgaridad de las señoritas más ó menos cursis.
--Yo tengo amigas que llevan el velo muy bien.
--Es que el velo no le va bien á nadie, por que, sin cubrir una caballera fea, obscurece una bonita, y exige un chal que oculta las formas....
--¡Qué enterado está usté de esas cosas, ave María!
--Soy artista, Teresa.
--¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro?
--¡Friolera! Estudio la belleza dondequiera que la encuentro.
--Lo que usté estudia son picardías.
--Eso no es exacto, ni siquiera una razón en favor de los velos.
--Si á mí no me gustan tampoco; pero la moda.... ¿Qué está usté mirando con tanto empeño por las vidrieras?
--¿Por qué se ha puesto usted tan colorada?
--¿Yo? ¡Jesús!... Puede que sea usté capaz de creer que es por ese chico que está en el portal de enfrente.
--Eso se llama curarse en sana salud.
--Es que pudiera usté creer cualquiera otra cosa; y como es un chico que me carga.... Y eso que es muy buen mozo.
--Usted no me dice la verdad.... Yo conozco bien á ese chico y sé que no la esperaría á usted todos los días á estas horas si no tuviera grandes esperanzas por lo menos....
--¿Habrá sido capaz, el muy tunante, de decirle á usté lo que no es?
--Mi palabra de honor que no he hablado con él de este asunto.
--Es que como se ha visto tanto de eso....
Pues mire usté, porque no se crea otra cosa, ese chico no deja de gustarme pero está perdiendo el tiempo.
--No comprendo....
--Hace un año que bailó conmigo en la _Natar y Flor_. Desde entonces yo no sé cómo él averigua en dónde coso; pero lo cierto es que todas las tardes me le encuentro, como ahora, al dejar la labor..., sobre todo en ivierno, que salimos de noche..., y esto es precisamente lo que me carga.
--¿El que la acompañe á usted de noche?
--No, señor: el que tenga á menos acompañarme de día.
--Entonces, ¿qué hace ahí enfrente?
--Esperarme; pero al llegar conmigo á la esquina me da una disculpa cualquiera y se larga.... Y cuando coso en el Muelle, ó en alguna calle del centro, me espera en el mismo portal: allí estamos un rato hablando, y luego ... cada uno por su lado. Como usté comprenderá, esto no halaga nada á una mujer.... Por eso me gustan más los de mi parigual.
--¿Y quiénes son esos?
--Pues los chicos del comercio. Con éstos se entiende una bien; y si mañana ú otro día..., vamos..., ¿está usté? Quiere decirse que allá nos andamos, y de pobre á pobre va.... Pero de estos señoritos entran pocos en libra.... Y, ¡ay de la infeliz á quien le toca uno!...; ¡qué belenes, hija!; primero con él, y después con su familia que la persigue á una como si una le hubiera ido á buscar.... Vea usté.... Y es claro: ellos empiezan por pasar el rato; y como suele suceder que una es tonta y se los cree, á lo mejor se encuentra con que no puede arrepentirse ya.... Por eso le digo á usté que ese chico pierde el tiempo.
--Yo creo ahora todo lo contrario; porque acaba usted de decirme que á veces se los cree á pesar de todo.
--Es que yo he escarmentado en cabeza ajena.... Mire usté que tengo una amiga, ¡ay, la infeliz las lágrimas que ella ha llorado, las palizas que la ha dado su padre y la estimación que ha perdido por un pícaro de esos que la engañó!... No, hijo, no: pobre nací, y no quiero ser señora á costa de tantos trabajos.
--Muy bien pensado. Pero, entretanto, usted no despide á su adorador.
--Hasta ahora no me compromete; quiere decirse que el día en que esto vaya á suceder, ya será distinto.
--¡Ya!
--Y eso que nosotras nos hemos propuesto no hacer caso de ningún _aristecrata_; pero vienen los bailes, y, como usté sabe, van á ellos...; porque lo que es en este particular, en nuestros bailes están todos los hombres que van á los de las señoras..., y muchos más. Pues, señor, la bailan á una, la hablan tan finos..., y una ¿qué ha de hacer? Pues es claro.
--Total, que el mocito que está en el portal de enfrente no perderá el tiempo.
--Parece que va usté á medias con él.
--Ojalá, Teresita...; aunque en semejante negocio me sería muy difícil dar participación á nadie.
--¿Por qué?
--Porque es usted demasiado bonita.
--¿Me va usté á hacer el amor?
--Como usted me corresponda, sí.
--¿Y si se lo digo á la rubia?
--No tengo el gusto de conocerla más que de vista.
--De todos modos, no me gusta usté.
--Gracias por la franqueza.
--Tiene usté mala opinión de las mujeres.
--Si todas me tratan como usted, no me faltan motivos.
--Ya me hizo usté romper una _abuja_....
--No importa, yo la regalaré á usted un paquete.
--Es que á este paso no acabo la camisa en ocho días.
--Mejor: así la veré á usted más veces.
--Y le saldrá á usté muy cara la obra.
--Á ese precio vaya usted haciéndome camisas.
--Pues ya que no regatea usté el tiempo, voy á robarle hoy un cuarto de hora.
--¿Para charlar?...; aunque sea medio día.
--No, señor, para ir á una tienda que está junto á la calle Alta, á comprar ... cuatro cuartos de _orejones_, que me gustan mucho.
--(¡Llévete el mismo Satanás, grosera!)
--Como los trae de Castilla por mayor la tendera, que es amiga mía, da muchos más por cuatro cuartos que en las otras tiendas.... ¿No le gustan á usté?
--¡No!
--¡Jesús, pues vaya una rareza!... Hágame el favor de dar esa tira que está debajo de usté, para amarrar la labor.... Muchas gracias.... ¡Pero qué mala cara se le ha puesto á usté de repente!
--Es que ... tengo un flemón.
--¿Y no le dolía á usté antes?
--No tanto como ahora.
--Pues _chumpe_ usté un higo paso, que es muy bueno para los flemones.
--Muchas gracias.
--Conque hasta mañana, que voy á por los orejones.
--¡Vaya usted con Dios!
* * * * *
Escribir un libro de costumbres montañesas y no dedicar algunas páginas á la costurera, sería quitar á Santander uno de los rasgos más característicos de su fisonomía. Tan notorio, tan visible es entre su población este _ramo_, que el sexo débil de ella puede, hechas las exclusiones de rigor, dividirse por partes iguales en mujeres-costureras y mujeres que no lo son. Pero hablar de las costumbres de las primeras tiene tres perendengues para un hombre que, como yo, no las conoce bien, porque equivocarse en el menor de los detalles tendría tres bemoles. En plata, lector: la costurera me infunde cierto respetillo, y no quiero echar sobre mi conciencia el compromiso de hacer su retrato.
Y supuesto que el estilo es el hombre, y por ende, la mujer, entérate del diálogo anterior, que es histórico; ve lo que de él puedes sacar en limpio, y allá te las arregles después, si Teresilla se cree agraviada (en lo que no sería justa) con tus deducciones. Por mi parte, estoy á cubierto de sus iras con decirle, en un lance apurado:
--_Tu es auctor_.
LA NOCHE DE NAVIDAD
I
Está apagando el sol el último de sus resplandores, y corre un _gris_ de todos los demonios. Á la desnuda campiña parece que se la ve tiritar de frío; las chimeneas de la barriada lanzan á borbotones el humo que se lleva rápido el helado norte, dejando en cambio algunos copos de nieve. Pía sobresaltada la miruella, guareciéndose en el desnudo bardal, ó cita cariñosa á su pareja desde la copa de un manzano; óyese, triste y monótono, de vez en cuando, el _¡tuba!, ¡tuba!_ del labrador que llama su ganado; tal cual sonido de almadreñas sobre los morrillos de una calleja...; y paren ustedes de escuchar, porque ningún otro ruido indica que vive aquella mustia y pálida naturaleza.
En el ancho soportal de una de las casas que adornan este lóbrego paisaje, y sobre una pila de junco seco, están dos chicuelos tumbados panza abajo y mirándose cara á cara, apoyadas éstas en las respectivas manos de cada uno.
Han pasado la tarde retozando sobre el mullido lugar en que descansan ahora, y por eso, aunque mal vestidos, les basta para vencer el frío que apenas sienten, soplarse las uñas de vez en cuando.
De los dos muchachos, el uno es de la casa y el otro de la inmediata.
De repente exclama el primero, en la misma postura y dándose con los talones desnudos en las asentaderas:
--Yo voy á comer _torrejas_ ... ¡anda!
--Y yo tamién--contesta el otro con idéntica mímica.
--Pero las mías tendrán miel.
--Y las mías azúcara, que es mejor.
--Pues en mi casa hay guisao de carne y pan de trigo pa con ello....
--Y mi padre trijo ayer dos _basallones_ ... ¡más grandes!...
--Mi madre está en la villa ascar manteca, pan de álaga y azúcara..., y mi padre trijo esta meodía dos jarraos de vino blanco, ¡más güeno! Y toos los güevos de la semana están guardaos pa hoy..., má e quince, así de gordos.... Ello, vamos á gastar en esta noche-güena veintisiete rialis que están agorraos.
--¡Miá qué cencia! Mi padre trijo de porte cuatro duros y dimpués dos pesetas, y too lo vamos á escachizar esta noche.... ¿Me guardas una tejá de guisao y te doy un piazo de basallón?
--¡No te untes!... Y tú no tienes un hermano estudiante que venga esta tarde de vacantes, y yo sí.
--Pero tengo un novillo muy majo y una vaca jeda que da seis cuartillos de leche.... ¡Tenemos pa esta noche más de ello!...
--¡Ay Dios! ¿Quiés ver ahora mesmo dos pucheraos de leche? Verás, verás....
Y salta el rapazuelo, y en pos de él el otro, desde la pila al portal, y llegan á la cocina mirando con cautela en derredor, por si el tío Jeromo, padre del primero, anda por las inmediaciones.
Como ya va anocheciendo, el chico de la casa toma un tizón del hogar, sopla en él varias veces, y al resplandor de la vacilante llama que produce, se acercan á un arcón ahumado que está bajo el más ahumado vasar; alzan la tapadera, y aparecen en el fondo, entre montones de harina, salvado y medio pernil de tocino, dos pucheros grandes llenos de leche.
El de la casa mira á su amigo con cierto aire de triunfo, y entrambos clavan los ávidos ojos en los pucheros, y entrambos alargan la diestra hacia ellos, y entrambos remojan el índice en la leche, aunque en distinto cacharro.
Con igual uniformidad de movimientos retiran los brazos del arcón, míranse cara á cara y se chupan los respectivos dedos.
--¡Güena está la leche!--dice el de casa.
--¡Mejor está la nata!--repone su camarada.
--¿Te la comiste?
--¡Corcía!...; ¡toa la apandé con el deo!
En aquel instante recuerda con susto el primero que su padre arma el gran escándalo cada vez que falta la nata á su ración diaria de leche, y que sus costillas conservan más de un testimonio de tan borrascosos sucesos, impresos por los dedos paternales. Por eso, temiendo una nueva felpa, y para manifestar su inocencia, echa el tizón al fuego y las dos manos á la calzonada de su amigo, y comienza á gritar con el mayor desconsuelo:
--¡Padre!, ¡padre!
Pero el goloso prisionero, que ya se da por muerto, tira uno de retortijón á cada mano de su carcelero, y toma pipa por el corral afuera, relamiéndose de gusto.
Tío Jeromo, que en la socarreña, detrás de la casa, encambaba un rodal, acude á los gritos, y creyendo una patraña lo del robo de la nata, presume que su hijo se la ha chupado, y le arrima candela entre las nalgas y un par de soplamocos que hacen al chicuelo sorberse los propios.
Grita el rapaz y amenaza el padre, y entre los gritos y las amenazas, óyese la voz de la tía Simona, desde el portal:
--¡Ah, malañu pa vusotros nunca ni nó!... ¡Que siempre vos he de alcontrar asina!
--¡Ay, madruca de mi alma!--exclama el muchacho corriendo á agarrarse del refajo de la buena mujer.
--¿Por qué lloras, hijo? ¿Quién te ha pegao?
--¡Mujuééé.... Me pegó ... jun ... ú ... ú ... padreeéé!!
--Y todavía has de llevar más--murmura éste retirándose á la cuadra á arreglar el ganado.--¡Yo te enseñaré á golosear la nata!
--Yo no la comí, ¡ea!, que la comió Toñu el de la Zancuda...; ¡júmmaaá!
--Y pué que sea verdá, angelucu; que ese es un lambistón que se pierde de vista.... Vamos, toma unas castañas y no llores más.... Tu padre tamién tiene la mano bien ligera.... ¿Ha venío el estudiante?
--No, siñora....
--Dios quiera que no me lo coma un lobo en dá qué calleja.... ¿Y ónde está tu hermana?
--Fué á la juenti.
--Á esa pingonaza la voy yo á andar con las costillas.... No, pues; no me gusta á mí que á estas horas se me ande á la temperie de Dios, que ese hijo condenao de la Lambiona tiene un aquel ... que malañu pa él nunca ni nó.
Y murmurando así la tía Simona, deja las almadreñas á la puerta del estragal; cuelga la saya de bayeta con que se cubría los hombros del mango de un arado que asoma por una viga del piso del desván; entra en la cocina, siempre seguida del chico, con la cesta que traía tapada con la saya; déjala junto al hogar; añade á la lumbre algunos escajos; enciende el candil, y va sacando de la cesta morcilla y media de manteca, un puchero con miel de abejas y dos cuartos de canela; todo lo cual coloca sobre el poyo y al alcance de su mano para dar principio á la preparación de la cena de Navidad, operación en que la ayuda bien pronto su hija que entra con dos _escalas_ de agua y protestando que «no ha hablao con alma nacía, y que lo jura por aquellas que son cruces..., y que mal rayo la parta si junta boca con mentira».
Poco después viene el tío Jeromo, que toma asiento cerca de la lumbre para auxiliar á la familia en la operación; pues la gente de campo de este país, sobria por necesidad y por hábito, goza tanto con el espectáculo de la cena de Navidad como saboreándola con el paladar.
El chirrido de la manteca en la sartén, el cortar las torrejas, el quebrar los huevos, el batirlos, el remojar en ellos el pan, el derramar el azúcar sobre las torrejas que salen calentitas de la sartén, el verter la leche ó la miel sobre ellas, etc., etc., y el considerar que todo ello, más el jarro de vino que está guardado como una reliquia, ha de ser engullido y saboreado por los pobres labriegos que lo contemplan, les produce unas emociones tan gratas que...; en fin, no hay más que ver los semblantes de la familia del tío Jeromo, olvidado ya el suceso de la nata.
¡Qué expansión!; ¡qué felicidad se refleja en ellos! La tía Simona, con el mango de la sartén en una mano y con una cuchara de palo en la otra y acurrucada en el santo suelo, se cree más alta que el emperador de la China, y en más difícil é importante cargo que el de un embajador de paz entre dos grandes pueblos que se están rompiendo el alma.
¡Lástima que no haya llegado el estudiante para solemnizar debidamente toda la Noche-Buena!
Porque ésta tiene en la aldea varias peripecias.
Después del placer de preparar la cena y del de tragarla, falta el de la llegada de los _marzantes_, por los cuales ha preguntado ya muchas veces el vapuleado chicuelo, á quien, la verdad sea dicha, preocupan todavía más que la tardanza de su hermano. Y es porque el infeliz no los ha oído nunca, ni en la Noche-Buena, ni en la de Año Nuevo, ni en la de los Santos Reyes, pues se ha dormido siempre antes de que lleguen al portal; así es que cree en los marzantes como en el otro mundo, por lo que le cuentan.
II
No vaya á creerse que el tío Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, es hombre rico tomada la palabra en absoluto; el marido de la tía Simona tiene, para labrador, _un pasar_, como él dice. Pero en la familia hay una capellanía que ningún varón ha querido, y el tío Jeromo sacrificó de buena gana algunas haciendas para ayudar á costear la carrera á su hijo mayor y asegurarle la pitanza, ordenándole á título de aquélla, cuyas rentas, por sí solas, no alcanzaban á tanto. Eso sí, y bien claro se lo solfeó á su hijo:--«Si llegas á gastar los cuartos que me valieron las tierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo, te abro en canal.»
Contribuyó mucho á que el chico entrara en el Seminario, el consejo del mayorazgo de la Casona. Este sujeto había estudiado un poco de latín en sus mocedades, y era tan pedante, que sólo por tener alguno con quien lucir su sapiencia, insistió con tío Jeromo un día y otro día hasta que logró decidirle á que su hijo aprendiera _latinidades_. Y tan obcecado es el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantería que, ingresado ya el primogénito del tío Jeromo en el Seminario, varias veces ha querido renunciar á las vacaciones por no hallarse cara á cara con el vecino, que le asedia con latinajos _arrevesaos_, como dice el estudiante.
Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja ó sentado en el banco del portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminarista ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en cuidado á la tía Simona.
Pero lo que ésta no sabía, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fué que, habiéndose éste sentido con sed y decidido á echar _medio en sangría_ en la taberna del lugar, que halló al paso, huyendo de la máxima de su padre de que «el agua cría ranas», lo primero con que tropezó, antes que con el tabernero, fué el mayorazgo, el cual, al guiparle, le enjaretó un «_amice, ¿quo modo vales?_» que quitó al estudiante hasta la sed.
--¡Cóncholes con el hombre!--murmuró el interpelado, recogiendo otra vez el lío de ropa ó sea el balandrán y dos camisas sucias, que había puesto sobre un banco al entrar en la taberna.
--_¿Unde venis? ¿Quórsum tendis?_
--¡Jeringa, digo yo!; que traigo andadas cuatro leguas á pie, y no estoy pa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.
--Aguárdate hombre. ¡Que siempre has de ser arisco!
--Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una _zurriascá_ de latín que no se la sacude en todo el año.... Porque yo también.... Pues si le entro á teología, veremos ónde usté se me queda.
--_Parce miqui, incipiens sa-cerdo._
--Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya sé traducir.... ¡Y si se me hincha la paciencia!...
--Eres un pobre hombre y no tienes nada del _virum fortem_.... No corras tanto, ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!...