Espejo de los humildes · Unidad 118 de 120
Unidad 118 · ESPEJO DE LOS HUMILDES 255
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ESPEJO DE LOS HUMILDES 255
¿Dónde estaría Fernando Larios?
¿Se habría marchado del Colegio? ¿Lo habrían echado? ¿Estaría prisionero en alguna de aquellas hórridas celdas del piso alto, todo pavor, en las que algunos díscolos mozos vieron al Cornudo y olieron azufre?
Llegó el Domingo de Resurrección y la Pascua venturosa. Los hornazos aparecieron en la mesa, símbolo de primavera y alegría. En el refectorio y en las clases estaban abiertas las ventanas y se olía á naranjos, á Acres, á vida.
Pero ¿dónde estaría Fernando Larios?
El Padre Arbós compareció una vez en el salón de estudio, pálido y trémulo. En los balcones reía la luz primaveral. Cundía un silencio vasto entre la grey.
El Padre subió á su mesa presidencial y agitó levemente su campanita de bronce.
— ¡Señores, de piel
Obedecieron todos. Luego alzó un dedo en un ademán consternado y sumiso, con la resignación del siervo que acata los designios supremos, y musitó:
— Por el alma de Fernando Larios, que acaba de morir, ¡un Padrenuestro!
La brigada entera sintió un estremecimiento, una sacudida, un delirio. Loygorri crispó sus puños y se echó á llorar. Luego, mientras las voces infantiles rezaban por el alma del que había fallecido, escapó, ebrio, convulso, hacia la enfermería.
Cruzó los claustros sombríos, las escaleras amplias, las celdas, las clases, como un vendaval de cólera, arrollándolo todo. Subió sin detenerse y sin tomar resuello, desobediente á la voz de algunos jesuítas que lo vieron y lo llamaron. Subió, despavorido, aterrado, iracundo, inconsciente. En su cerebro, con una vibra-
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ción obsesionada, oía la voz de Larios, aquella voz dolorida, martirizada y candorosa, que no sonaría más, que había enmudecido para siempre. Llegó.
La puerta estaba cerrada. Dentro ni un rumor, ni una queja, ni una plegaria. Abrib. Allí, entre cuatro cirios, tendido sobre un negro ataúd, bajo un túmulo siniestro, estaba el colegial.
Había enflaquecido. Su rostro virgen tenía la tonalidad de las ñores marchitas. Sus ojos, sumisos, aquellos ojos azules, inocentes, estaban cerrados. La nariz se iba afilando, haciéndose puntiaguda y transparente. En su boca florecía una sonrisa tenue y delicada, sonrisa que había recogido el pensamiento último de aquella pobre cabecita soñadora, un pensamiento fugaz y diáfano como la luz que habría escapa: do lejos... Sus manos estaban cruzadas y tenían un ademán desfallecido y Cándido, cogiendo un ligero pellizco á la levita del uniforme. De rodillas, con las manos juntas, en un rincón de la enfermería, oraba u n Padre.
Loygorri se arrodilló sin lágrimas ni sollozos, anegada su pena en estupor, cerca del ataúd. Besó la frente pura del cadáver, y se alzó, queriendo dominar el frenesí de sus nervios.
Por el amplio ventanal entraba toda la fragancia, todo el encanto, toda la divina belleza del huerto. La luz reía sin ruido, con una risa íntima y efusiva, poniendo sobre todas las cosas una huella plácida. El cielo latino se ufanaba en su inmensidad azul, sereno y eterno, insensible á las tristezas y á los júbilos. Del alero descendían jilgueros y gorriones parlanchines, y se posaban sobre los mirtos para cantar un instante y seguir volando.