Espejo de los humildes · Unidad 21 de 120
Unidad 21 · ESPEJO DE LOS HUMILDES 5 1
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ESPEJO DE LOS HUMILDES 5 1
Pero no se mueve. Tiene pesados los pies. La Cacharrona lloriquea, y á intervalos sojloza diciendo:
—¡Ay, Jesús!
La penumbra se va densificando, cerrándose. La luz cárdena del amanecer inunda la estancia en un brillar lívido. Un ruido inopinado, el correr de un ratón, el chisporroteo de la lumbre, un golpe dado en la puerta, los haría á todos escapar aterrados. El miedo, un miedo lleno de ingenuidad primitiva y horrenda, los domina, los atenaza. Hay algo que sobrevendrá, trágico y monstruoso, y que todos aguardan con ansia infinita.
Al fin Mingos, bizarro, alza su voz hombruna y hueca:
— Oye, Juan.
— Por esta noche dormirás arriba, en el desván, sobre la cama de los arrieros. Por aquella puertecita se sube.
No viene respuesta.
—¿Oíste?
— Pues que descanses, y hasta mañana, rapaz. Oye. Sobre una mesa encontrarás cerillas y un candelabro. ¿Oíste?
— Oye. Para lo que se te ocurra, llamas. Estás en tu casa, rapaz. La Cacharrona duerme pared por medio. ¿Sabes?
Pero nadie se mueve. Hay miedo, un miedo incomprensible y estupendo, que alienta en la estancia, que lo puebla todo. Al fin Mingos avanza junto á Graciña
52 LUIS ANTÓN DEL OLMET
y la empuja hacia adentro. La nena duerme aún. Juaniño, dando diente con diente, les sigue. Juan se ha corrido también hacia la puerta del camaranchón. Se detienen de nuevo:
— ¿Mingos?
— jNadal
El candil muere al cabo en una llamarada postuma y espectral. La llamarada los alumbra intensa, un instante. Los barraganes están juntos, cercanos á la estancia marital, donde yacen juntos. Allí, dentro, habrá dos niños dormidos, que reposan.
— ¿Mingos?
— ¡Nadal
La luz matutina ha penetrado resueltamente. Están allí, el uno á la vera del otro, cercanos á la estancia y al lecho testigo de su amor.
Y Juan ha sentido como el barrunto, como el aliento de un hogar cálido que no le pertenece, que le rechaza gélico, glacial. Es una sensación física, instintiva, que subyuga su cuerpo y su alma. Viene de aquellas estancias íntimas un vaho áspero, pestilente y manso de alcoba. Huele á sábanas calientes, olorosas á membrillo, ocres y tiesas, aquellas sábanas que cobijaron su cuerpo juvenil en las doradas noches nupciales. Huele al perfume de las almohadas cuyas fundas nítidas pusieron las providentes, cuidadosas manos femeninas, á tomar el sol en las berlingas. Huele á estancia cerrada y recóndita, esas estancias confidenciales donde los hombres y las mujeres se dan largos besos y se desperezan lánguidos, felices. Huele á ese olor indeGnible que tienen las mansiones de amor. Y huele á niño.