Espejo de los humildes · Unidad 45 de 120
Unidad 45 · ESPEJO DE LOS HUMILDES lOI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ESPEJO DE LOS HUMILDES lOI
Después, envalentonado por su propia voz, añadió, confidente, apagándola:
— ¿Cómo habría de entrar sin llaves? Nunca me las llevo. Y aquella noche quedaron como siempre, en la cocina, detrás de la puerta.
El argumento dejó confuso al Juez.
La pista se borraba de súbito. Todo aquello se desvanecía. Dio por terminado el interrogatorio.
— Puede usted retirarse.
Cuando se retiró volvióse hacia el escribano.
— ¿Fué bien reconocida la casa?
—Toda ella.
— ¿Aparecen esas llaves donde manifiesta el detenido?
— Yo mismo las cogí y las probé.
— Entonces ese hombre es inocente. ¡Lástimal Era un caso bonito, para lucirse... Creí tener presa.
Vaciló un momento. Dio unos pasos por la estancia. Se rascó una sien:
— Ta, ta, ta, ta...
Volvió á rascarse. Volvió á pasear. Fumó. Luego, encarándose con el escribano, añadió jovial:
— Vamos á ver. Ayúdeme á resumir. Este hombre salió de su casa á las diez de la noche. A esa hora Rosaura, vivía. Eso ha declarado la portera. Eso, definitivamente, sin dudas. Ella misma, á ruego de Gonzalo, subió para observarla. Y le habló. Nada, nada, eso es indiscutible.
Hizo una pausa:
— Luego, este hombre se fué cOn sus amigos y con esa mujer, permaneciendo toda la noche con ella. En esto no hay dudas tampoco.
El escribano respondió como un eco:
I02 LUÍS ANTÓN DEL OLMET
— No. No hay dudas.
— Pero ese hembre salió un momento de la mancebía. Claro que un solo momento. Media hora. ^ Puede un individuo de setenta años hacer tantas cosas en tiempo tan escaso? Porque en el estanco estuvo.
El Juez encogió sus hombros:
— Y además, y esto es ya terminante...
Se detuvo y preguntó anheloso, ávido:
— ¿Ha declarado el sereno?
— Sí, señor.
— ¿Le abrió? ¿Lo vio?
— Ni una cosa ni otra.
— Y además, y esto es definitivo, ¿cómo pudo entrar sin que le abriera el sereno, y sin llaves?
Paseó el juez por la estancia, pensativo, dudando aún. Al fin las arrugas de su frente se fueron atersando. Y concluyó:
— Bien. No hay más remedio. Extienda el auto de libertad.
Luego hizo un ademán categóric©.
— Es inocente. Se habrá quemado sola. Un poco bruta era la pobrecilla. Es inocente. Sí, es inocente.
Sintió descorrer el cerrojo. Estrem.ecióse, y mientras la puerta, que sería puerta de ignominia y de oprobio se iba entreabriendo con fatídica lentitud, reculó el bellaco, adosándose al muro, lívido, queriendo sumirse. El alguacil penetró y hablándole de usted, ceremonioso, le dijo:
— Vaya, reanímese. Ponga esa cara contenta, demonio. Traigo buenas noticias.