Espejo de los humildes · Unidad 63 de 120
Unidad 63 · ESPEJO DE LOS HUMILDES I39
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ESPEJO DE LOS HUMILDES I39
taplumas con la reproducción del "Gurugú* en sus cachas, y en todas la consabida inscripción: "Recuerdo de La Granja".
En los rinconesj máquinas explotadoras de ia candidez humana. La gallina con sus huevos, llenos de confites; la hechicera que otorga por diez céntimos un horóscopo optimista; el aparato endiablado por cuya ranura se cuela una moneda que no devuelve jamás. Repartidas en corros, formando grupos nómadas que todo lo curiosean, lo palpan y lo ridiculizan, grupos alegres de señoritas bulliciosas y de muchachos vivaces. Un gran ruido estrepitoso. Y tras el mostrador, el dueño del bazar, un hombre membrudo y cetrino, que asiste en silencio á la escena y que murmura en voz baja, lleno de una justa cólera:
— Y nada, no hay quien compre un cacharro. Todo es tocar y reir. Todo, menos hacer gasto.
De improviso, irrumpió en el local un mozo obeso, de semblante regocijado y resuelto ademán. Al verle, lo llamaron unas señoritas que reían en grupo.
— ¡Fanegas! ¡Fanegas!
Y Fanegas se acercó rápidamente. Las saludó con una profunda reverencia y dijo:
— ¿Qué queréis, preciosidades?
Una, la más traviesa, respondió picarescamente:
— Que nos cuentes lo que ocurre por ahí. Anda, vengan los chismes del día.
— Fanegas simuló ruborizarse.
— ¡Cal No puedo. Son demasiadas cosas. Y de mucho tamaño... No se os pueden contar á vosotras, almas Cándidas.
Las virgencitas adorables protestaron ruidosamente:
— ¡Cuental ¡Cuental
Í40 LUIS ANTÓN DEL OLMET
Y lo cogían por las mangas y le daban empellones y puñetazos.
— Vamos, cuenta. No seas tonto. ¡Cuenta!
Habían ido acudiendo otras damiselas y algunos petimetres. Lo apremiaron. Fanegas entonces, bajando la voz, interpeló gravemente á su docena de interlocutores:
—¿Me prometéis callar?
Hubo su sí unánime.
— Pues oid.
Bajó más todavía su voz:
— Esta tarde han salido para Segovia los marqueses de Santurce.
Se oyó un johl prolongado de protesta y desilusión.
— Eres un imbécil.
— Un majadero.
— Un antipático.
Fanegas no se dio por vencido, y añadió:
— Al peco rato salió también Teodoro. Dicen más. Se asegura que en Segovia seguirá para Madrid el marqués, y para Barcelona los tortolitos.
— Pero ¿por qué? ¿Por qué se van solos? ¿Por qué los deja marchar Santurce? — dijo candidamente una señorita.
Algunos rieron. Fanegas la llamó aparte.
— ¿Quieres que te lo cuente?
— Si es muy verde, ¡nol
— Te lo adornaré. Pues, verás. Esta tarde tuvo Santurce el poco acierto de volver á su casa tempraio. Y, ¡pafl como Tecdoio había tenido la mala idea de quedarse en mangas de camisa, no encontró disculpa. La marquesa se puso á llorar. Pero el marido, que es un