Espejo de los humildes · Unidad 89 de 120
Unidad 89 · ESPEJO DE LOS HUMILDES 1 95
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ESPEJO DE LOS HUMILDES 1 95
Debían ser las seis de la tarde. £1 sol Ibase ocultando ya.
— Verá usted — me dijo el arquitecto — cómo se construye una casa.
Sacó sus planos, acercóse á una máquina llena de émbolos, empezó á moverlos rapidlsimamente y donde no había más que cimientos comenzó á surgir como por ensalmo un palacio colosal. En tres días de trabajo sin obreros, sin imprecaciones, sin blasfemias, gracias á una maquinaria formidable, cuya ardua complicidad no pude ni columbrar, estaba levantado un piso. Cuando lo terminó, con la ayuda de terribles palancas, verdaderos y fornidos brazos inteligentes, le dije:
— Bien. La Gran Vía de Madrid no fué precavida. Falta le hubiera hecho contar siquiera con un par de alarifes como usted. Pero dígame; ¿á qué piensan ustedes dedicar este palacio?
— Será el alojamiento del primer habitante de Marte, que civilizará la tierra. Ayer se recibió un aeroplano diciendo que se halla en camino.
Terminada nuestra labor, tomamos otra senda pildorita. Yo, poco habituado á este régimen alimenticio, mascullé una débil protesta.
— Hombre, por Dios, ^no habrá en los rincones de Aírica alguna tribu que aún se permita el lujo de comer? Podría usted transportarme allí en su aeroplano... Le juro que me siento capaz de asestarle un bocado á la pierna de un caníbal, tostadita y corruscada como un cochifrito.
196 LUIS ANTÓN DEL OLMET
El i.ii 1 . 1 1 1 sacó una jeringuilla, me clavó su púa en salva sea la parte, y me inyectó su estupendo jugo vital que me recordó las digestiones antiguas, cuando yo vivía entre los bárbaros y acudía de vez en vez á saciarme en cualquier fonda vituperable de á duro el cubierto.
Terminada la frugal comida, fuimos de sobremesa al casino.
— |HombreI pero ¿hay casino? — exclamé lleno de alborozo.— ¡Vaya, soy felizl Aún no ha desaparecido la estética del vivir humano. Aún se jugará al monte y al treinta y cuarenta, y aún se podrá leer los periódicos sobre una meridiana, tras de haberse hecho servir un te y una copita de licor.
— El cisino moderno — replicóme prestamente aquel chafaiiusiones —tiene un carácter muy distinto del casino clásico. No se juega ni se murmura. Es una especie de ministerio, parlamento y gobierno civil en una sola pieza, y ¡claro está! sin ministros, diputados ni gobernadores. En el casino, un edificio más grande que un pueblo, nos reunimos todas las noches cuantos necesitamos alguna cosa, cuantos queremos aportar una idea, cuantos tenemos algo que dilucidar. Habrá usted observado que ahora no se hace vida mundana. La gente ha comprendido toda la frivolidad que suponía la charla y el baile. Tampoco se tienen amigos. Ahora no se tienen más que coaccionistas. Hablamos unos con otros lo indispensable, y sólo nos reunimos para tratar de asuntos serios. Nuestro casino es, por consiguiente, una necesidad y no un iiecreo, si es que fué recreo alguna vez.
— Es gracioso — le respondí — ; entonces ustedes, si no tienen ministros, ni gobernadores, ni otro símbolo