Espejo de los humildes · Unidad 99 de 120
Unidad 99 · ESPEJO DÉ LOS HUMILDES 217
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ESPEJO DÉ LOS HUMILDES 217
estrago en su espíritu y la desolación y el abandono.
— ^De manera que dos años aquí, dos afios todavía?, ¡dos años I
A su boca acudió espuma de ira. Se incorporó por segunda vez y alzó sus brazos para juntar por fin las manos como si demandara indulgencia:
— jMadre míal
Después quedó silencioso, mirando con obstinación hacia un objeto no visto.
— ¡Carmen, mi Carmen, Carmen adoradal
Oyó unos pasos que se acercaban con celeridad. Asustado, tendióse de súbito, y se cubrió por entero con las ropas. La frágil puertecilla se abría sin ruido. Alguien había penetrado en la celda.
— Soy yo, no se asuste. Soy el padre Arbós, el que tanto le quiere...
El colegial fingió dormir. Pero sintió de nuevo el contacto del padre, y su voz dulce, persuasiva, confidencial, que insistía:
— Vamos, Larios, no sea tonto y conteste. ¿Por qué llora?
Sintió después que lo palpaban suavemente.
Fernando se desembozó sonriendo con pena. ¿Y quién sabe-* ¿Por qué no? ¿Por qué no había de salvarle aquel curita exangüe y translúcido como una aparición celestial, que tenía las manos tan blancas y la voz tan triste y tan benévola? ¿Por qué no había de inetrceder en su cau^a aquel sacerdote pulido, que parecía un mártir canonizado cuando alzaba en el altar la hostia menos inmaculada que sus manos piadosas?
— ¿Por qué llora? — volvió á preguntar el jesuíta.
Y entonces el colegial contó sus penas, sus ansias, su desesperación, acabando:
2l8 LUIS ANTÓy DEL OLME T
— Padre, ruegue por mí; tenga piedad; haga que me saquen del colegio; y que me lleven á casa. Me moriré de pena si no lo hace. ¡Dos años, Dios mío!
Lloró de nuevo, mojando con sus lágrimas las manos del jesuíta.
Este sonreía en la penumbra, con una sonrisa luminosa y extraña. En sus ojos, detrás de las gafas, brillaba una luz misteriosa y vivísima.
— Ya veremos... Ya veremos... Pero no llore, no sufra. Mire que yo le quiero mucho y que me hace padecer.
Y al mismo tiempo acariciaba las sienes, las mejillas, el cabello del colegial.
Hubo una pausa.
—Pero, dígame, hijo mío. ¿Por qué esa angustia repentina? El año pasado era usted un colegial modelo, tan comedido, tan cariñoso, tan aplicaditg. Algo muy anormal ha debido ocurrirle. Cuénteme...
Y la dulce mano del padre había descendido al cuello del muchacho, y allí se había detenido en una opresión.
Por fm descendió hasta el pecho, y llegó al corazón, que latía frenético, asustado.
— ¿Influye acaso este corazoncito en su tristeza?
El colegial se había quedado perplejo. Luego abatió la cabeza en un ademán afirmativo.
— ¿Y quién es ella?
—Carmen.
— ¿Carmen qué...?
— Carmen Zúñiga.
— ^De Alicante tai vez?
— jSí!
— ¿Bonita ?