Estados Unidos · Unidad 17 de 22

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Como la calle es materia de comodidad pública y de recreo, tiene de ordinario treinta varas, flanqueada a distancia de cinco o seis de los edificios, de árboles coposos, que esparcen sombra en todas direcciones. Las aceras son por tanto calles separadas e independientes de la central, ancha de veinte varas, que está abandonada a carros, jinetes, ómnibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en anchas y angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha calle transversal que conduce a los ángulos extremos de la ciudad; cambia de plan y dirección todo el sistema de calles; redúcense más aun las manzanas cerca de los puertos, y por todas partes presentan las calles asonadas un bosque de árboles, que cierran a cierta distancia la perspectiva, y por sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, las agujas de los templos y los frontispicios de los edificios del Estado. Nada hay más holgado, aireado ni silvestre que estas calles de árboles y de casas, en que el movimiento de los otros es una cosa que no nos atañe ni interesa.

En Baltimore tomé el ferrocarril de Wáshington, y a poco andar cata que venía en dirección opuesta y por los mismos rieles otro tren de vagones. Grande alboroto adentro. ¡Qué sacar de cabezas por las ventanillas, qué abrir de ojazos, al mirarnos unos a otros, qué agitar de pañuelos, en fin, en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse una topada y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que venía era el que había salido de Baltimore el día anterior. Tuvimos que echar pie a tierra, y entre todos los pasajeros, metidos en el fango, levantar punto menos que en peso la locomotora y el ténder y traerlos a la culata del tren para que desde allí volviéramos a Baltimore.

No se podía ir a Wáshington, porque en los Estados Unidos, si no hay camino de hierro, o canal o río, no se cree viable la tierra de otro modo. Improvisóse en el acto un vapor que debía llevar los pasajeros por un río hasta cierto punto; de allí tomar un fragmento de ferrocarril; pasar a pie una distancia, tomar otro ferrocarril y embarcarse en otro y entrar en Wáshington por la bahía de Chesapeake y el río Potomack. El vapor de la Bahía era un cascarón de formas abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpuestos en seis o siete pisos, como las gavetas de un inmenso armario. El _steward_ me señaló el mío en el quinto piso; pasóse el día en mirar el paisaje, sobrevino la noche, solicitóme el sueño, y como las gallinas que miran de hito en hito la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un rato, hasta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camarote, subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio camino, cuando empieza abajo un rumor de voces y de risas, que se convertía por segundos en un _crescendo universal_. Yo seguía tranquilo mi ascenso, y ya ponía una pierna dentro de mi agujero, cuando alguien me toma de la otra y me dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal del yankee. Vuelvo la vista y veo, ¡oh, rabia! que era yo el objeto de la risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar: habíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y hacía rato que me estaba haciendo _opposition_, sin que yo interrumpiese mi ascenso. Imagínese usted, amigo, mi situación en aquella postura incongruente, expuesto a la vergüenza pública, hecho el objeto del ridículo de aquella turbamulta.

No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara entre ambas manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al agua. Yo hice algo mejor. Bajéme, en efecto, dirigíme rápidamente a una luz que estaba por ahí, y poniéndome en lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la cara, con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero severo, dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna nueva peripecia para reirse más: ¡Señores! Si hay entre vosotros alguno que entienda español o francés, hágame la gracia de manifestarse, porque necesito explicarme, dar y pedir inmediatamente una satisfacción. Un profundo silencio se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi mal inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el fondo oí quedo repetir mis palabras traducidas al inglés. La escena había cambiado completamente; el yankee es bueno de corazón, y todos sintieron que me había llegado al alma aquella broma, que no tenía malicia de su parte. Acercáronse algunos, dándome cordiales explicaciones, vino el _opositor_ al hueco y me dijo en tono blando lo que sucedía, abandoné yo mi posición de gato acosado, y fuí a dormir en un espacioso camarote que en cambio me dió el _steward_, que en pública audiencia había declarado que él me había asignado el camarote disputado. El día siguiente pasélo tranquilo mirando las costas de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, y en parte cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Potomack llegamos a un barranco con honores de puerto mayor de Wáshington, la capital de los Estados Unidos.

WASHINGTON

Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente se alza el Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó Wáshington en 1793. Este monumento es la capital de los Estados Unidos, que no reconocen otra institución madre que el congreso. Reunirse para deliberar sobre todas las cuestiones que afectan al interés de más de uno, es el instinto nacional del pueblo norteamericano. La naciente colonia de Virginia, fundada por una compañía de Londres, a quien el rey había hecho una gran concesión de tierras, había, después de muchas vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un tal Argall, hombre violento y rapaz, que para hacerse obedecer de los colonos proclamó la ley marcial. El trabajo de los colonos era confiscado en favor del gobernador, y en castigo de ligeras faltas imponía meses de trabajo forzado en sus haciendas. Las violencias del gobierno, la trasplantación de la tiranía a América contenían la emigración europea, mientras que los colonos, desalentados por los sufrimientos morales de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea de descuajar la tierra. Entonces los colonos elevaron su voz para pedir a la compañía de Londres desagravio; y acusaron a Argall de defraudar a la compañía misma, mientras daba rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos. Después de acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto y desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wáshington que tomó a su cargo echar los cimientos de la futura organización de los Estados Unidos.

Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual polilla se había introducido en América entre los bagajes de los primeros colonos, fué extirpada antes que lograse fecundar los huevos en la patria americana; y la ocupación constante de los colonos desde entonces, en cada punto de las nacientes plantaciones, fué combatir ya las pretensiones de los gobernadores enviados por la corona; ya negar el _exequatur_ a las pragmáticas y decretos de los reyes mismos de Inglaterra cuando invadían sus libertades; ya, en fin, oponerse a los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia de impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias directa y debidamente representadas en el parlamento. La revolución de la independencia fué el último acto del drama principiado en 1618 en Virginia, y que concluyó en 1774, con la última batalla de la guerra de la independencia.

¡Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuando la Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada al desenfreno de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha del verdugo, la confiscación y el saqueo, eran el castigo, más que del crimen de la debilidad de las víctimas! Puso Yeardley orden en todas las cosas, libertando al diminuto plantel de colonos de todas las cargas hasta entonces impuestas, y que no fuesen estrictamente necesarias para la conservación y adelanto de la colonia. La autoridad del gobernador fué limitada por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colonos mismos fueron admitidos a participar en la legislación. En el mes de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el primer congreso americano, la primera representación popular, compuesta del gobernador y su consejo, y de los diputados por cada uno de los once miserables villorrios que componían entonces la colonia de Virginia, para discutir en él cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progreso para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el rey, debía ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación con congreso y consejo de estado componíase tan sólo de seiscientas personas entre niños, mujeres y hombres, en 1619; y en 1851, en otra parte del suelo americano, las hay de millones de hombres que no habían tenido fuerza ni dignidad suficiente para poner límites racionales al poder inquisitorial y destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora de la libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo y con el ánimo abierto a todas las esperanzas “empiezan a edificar casas, y sembrar trigo”, seguros ya de tener una patria que no había por qué temer abandonarían jamás.

Las legislaturas entran desde los principios en la organización de casi todas las colonias, y se reunen congresos entre varias de ellas, para resistir a las incursiones de los salvajes o mandar expediciones de milicias combinadas para escarmentarlos. Wáshington en una época posterior hizo conocer así a los Estados los talentos militares que más tarde puso al servicio de la libertad de su patria. Cuando aun el pensamiento de separarse de la Inglaterra no había apuntado en cabeza alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de resistir las pretensiones del parlamento inglés, como habían resistido al Largo Parlamento, y como era la tradición constante de la tierra. Durante la guerra de la independencia, el congreso emigraba de un punto a otro, y los soldados amotinados, cobrando sus salarios, era al congreso a quien dirigían sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que le servía de asiento, y entonces Wáshington, dícese que sin otra idea política que la necesidad de fijar el lugar de su residencia, indicó a Wáshington para que reposase aquel tabernáculo de la alianza, como Salomón construyó un templo en Jerusalén para el arca que contenía los libros de la ley del pueblo hebreo.

En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, o, más bien, según la acepción latina que damos nosotros a esta palabra. Descúbrese esto al contemplar la comparativa soledad de aquel monumento, arrojado como por acaso en el centro de la villa, que no es centro de nada, ni del país, ni de la inteligencia, ni de la riqueza, ni de la cultura, ni de las vías comerciales. Colocada sobre la margen izquierda del Potomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura en la bahía Chesapeake, ni el nombre de puerto merece el desierto embarcadero donde atracan algunos buques. El distrito de Columbia es la provincia de sesenta millas cuadradas que le queda, de las cien que originariamente le concedieron los vecinos Estados de Maryland y de Virginia. Esta última retiró el año pasado cuarenta millas que estaban al lado opuesto del río y que la capital germen no puede fecundar; y treinta y cinco mil habitantes es toda la población del Estado, de la cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como se sabe, el congreso es el soberano de este territorio.

La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspecto alegre, cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives cultivadas. El terreno mismo de la ciudad es elevado, ocupando el centro el capitolio, desde donde parten calles con dirección a los cuatro puntos cardinales, dividiendo la ciudad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones. Las calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, y las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cincuenta varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están trazadas, pero la de Pensilvania, que conduce del capitolio a la casa del presidente, tiene aceras de nueve varas de ancho enlozadas y con líneas de árboles de ambos costados. En torno del capitolio se extiende un jardín de veintidós acres de terreno, adornado de gran variedad de árboles, y animado por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel lugar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un paseo que atrae a los habitantes y transeuntes por la belleza de la situación.

El edificio pertenece al orden corintio y está construido con la hermosa piedra blanca norteamericana que llaman _freestone_. Está situado sobre una eminencia y elevado 78 pies sobre la altura de la marea, y se compone de un edificio central, dos alas y una proyección en el costado oeste, presentando un frente de 352 pies, incluyendo las alas. Al este el frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual se avanza un pórtico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La gran cúpula central tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma en el interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos relieves. En el ala del sud está la cámara en que se reune la Sala de Representantes, de forma circular de 96 pies de diámetro y 60 de alto, cubierta por una cúpula que sostiene veinticuatro columnas de jaspe americano con capiteles de mármol blanco de Italia. Al lado opuesto, en una rotonda algo semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se congrega el Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene sus audiencias la Suprema Corte de los Estados Unidos. Hay, además, sesenta departamentos para reunión de las comisiones, y residencia de empleados del congreso. Una muralla de piedra rodea el edificio; un depósito de gas provee a la iluminación especial de todo el espacioso monumento, pudiendo alimentar seis mil picos que se encienden para las iluminaciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el aparato para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez y seis varas de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la ciudad y acaso el distrito de Columbia entero. ¡Bello símbolo por cierto, de la misión de aquella casa, desde cuyo recinto sale la luz de la inteligencia, iluminando toda la nación! Acordábamonos con Astaburuaga, quien me servía de cicerone en el examen del edificio, de aquella camarilla de diputados que habíamos dejado en Chile, en la que los representantes están ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese llevarse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de cordero en una tripa, repitiéndonos al oído el viejo adagio: ruín es el que por ruín se tiene. Los locos en Londres, en Génova y otros puntos de Europa, moran en palacios más nobles que el que cubre a nuestros congresos en América.

Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré con los pocos que llaman la atención del viajero en la presunta capital de los Estados Unidos. White House, la casa blanca como la llama el pueblo, es el palacio presidencial, y está colocada en la parte aún desierta de la población, en el punto donde se cruzan las calles de Pensilvania, Virginia, Connecticut, New York y Vermont, rodeada de un parque de veinte acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta y cuatro pies sobre el río. El frontis que sirve de entrada por la plaza de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el jardín, domina el hermoso panorama de la ciudad, el río Potomack, las costas de Maryland y de Virginia. En el frente del norte hay un hermoso pórtico que reposa sobre cuatro columnas jónicas. Una intercolumnación exterior sirve para poner a cubierto los carruajes de los visitantes. El espacio intermediario está destinado para el tránsito a pie, y una elevada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de entrada. El interior del palacio está pasablemente ornamentado, aunque no tanto cuanto correspondiera al presidente de los Estados Unidos. El servicio de palacio es modesto, y aun mezquino en las exterioridades. Vese al presidente paseándose solo por las hermosas avenidas del jardín adyacente; uno o dos porteros en librea, únicos servidores que el Estado pone a su servicio, no siendo permitido al presidente tener guardias en torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a los que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres días del año, en que todo estante o habitante tiene derecho de entrarse hasta la habitación del presidente. El 4 de julio la plaza de Lafayette se llena de carruajes de los visitantes en aquel día de felicitaciones; descienden éstos del carruaje, y tras ellos el cochero, que encomienda los caballos a algún muchacho mediante algunos centavos. El presidente está en aquellos días en verdadera exhibición; los cocheros se abren paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento de mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y le tienden una mano callosa que aprieta la suya fuertemente y la sacude mirándole la cara y riéndosele con fisonomía bonaza, provocativa, y satisfecha; tornan a sus caballos, volviendo de vez en cuando la cara para mirar al presidente, a obtener un último _piping_, de gusto y de felitación. ¡Pobre presidente de la democracia!

Hacia el lado oriente del White House hay extensos edificios, y otros dos hacia el occidente, los cuales están destinados para las oficinas de los ministros de hacienda, guerra y marina. La Posta general es un palacio del orden corintio; y la tesorería ostenta una columnata de 457 pies de largo. La oficina de patentes, depósito de modelos de inventos, con un pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón de Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos pies de largo, encerrando en la parte concluída un salón de 275 pies de largo y 65 de ancho.

Hay, además, en Wáshington 30 templos de diversas congregaciones, doce colegios (academias), una universidad, tres bancos, dos asilos para huérfanos, un consistorio municipal, un hospital, una penitenciaria, un teatro y algunos edificios particulares, que dan cierta apariencia a aquel plantel de la ciudad.

Mi residencia en Wáshington fué uno de aquellos oasis de felicidad íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la mayor parte, y que tan preciosos son para el que vaga por luengas tierras. El señor Carvallo, enviado extraordinario de Chile, se obstinó en darme hospitalidad en la casa de su embajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede hacer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis anchas, mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, me acompañaba a todas partes, poniendo a mi disposición su práctica y conocimiento de Wáshington. Así él podía mostrarme en la avenida de Pensilvania, entre las jóvenes transeuntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija de un senador, la de un banquero, una simple modista u otra persona menos calificable. La sencillez del vestido, sus paseos y trajines por las calles, sin nadie que las acompañe, y el detenerse aun a mirar cualquier cosa que llame la atención, dan una idea del decoro de las costumbres norteamericanas, y de aquella libertad de que goza la mujer soltera entre ellos.