Estados Unidos · Unidad 21 de 22
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Para darle noticia del progreso asombroso del estado del Ohio, debo principiar por el _sicut erat in principio_, es decir, el aspecto del país ayer no más. Este estado se extiende unas 40.000 millas cuadradas desde la margen del Ohio hasta el lago Erie, al norte. La parte sur y este del terreno del Ohio es llano y fertilísimo; el resto, accidentado de montículos, encierra valles hermosos, sabanas, pantanos, y terreno quebrado. La cantidad de tierras arables se reputa en 35.000 millas, el resto es la parte cenagosa, quebrada o estéril. Hasta 1840 la parte labrada no pasaba de 12.000 millas. El primer establecimiento se hizo en 1788 en Marieta. La población cristiana se presentó en el Estado en 1802, en número de 50.000 habitantes. En 1810 había aumentado a 230.760; en 1820, a 937.679; y en 1840, a más de un millón y medio. Hoy tiene más de dos millones. No soy yo ahora quien hace esta comparación. Copio de un librejo. “Dícese que el territorio de los Estados Unidos es un noveno o cuando más un octavo de la parte del continente colonizado por los españoles. Sin embargo, en todas aquellas vastas regiones conquistadas por Cortés y Pizarro no pasan de dos millones de habitantes de sangre pura española, de manera que no sobrepasan en mucho en número a la población del Ohio en medio siglo, y quedan muy atrás en riqueza y civilización”. Si la observación no es del todo exacta el aumento de población de la América española desde aquella época es sin duda infinitamente inferior. Méjico y la República Argentina han disminuído el número de sus habitantes; bien es verdad que es artículo orgánico de la constitución política de los nuevos estados sudamericanos ignorar siempre cuántos bípedos habitan el país. Nuestros gobiernos sabrán un día oficialmente cuántas estrellas hay en el cielo, como los niños traviesos suelen deshojar una rosa para saber cuántos pétalos tiene; pero saber cuál es el número de habitantes de su país, _¡fi donc!_ ¡Un gobierno descender a tan mezquinos detalles! Toda la organización norteamericana reposa en el censo decenal y en el catastro de la propiedad; y hay reglas para calcular cada día el aumento de población, y sus resultados tienen certeza administrativa. El censo de 1850 está calculado en veinte y dos millones[11]; el de 1860 en veintinueve; el de 70 en treinta y ocho millones; el de 80 en cincuenta millones; el de 1890 en sesenta y tres millones, y el de 1900 en ochenta millones. Habrá error quizá en un pico de diez o veinte millones de más.
El valor de los productos del Ohio ascendió en 1840 a circumcirca de veinte millones de duros, entre los cuales figuraban cinco millones de cecinas y animales domésticos, y cinco millones de artículos manufacturados. Como la población de aquel Estado es aproximadamente la que se le atribuye a Chile (porque la verdad es un secreto que Dios se reserva entre los inexcrutables de su política _à lui_) juzgará usted que Chile ha debido producir veinte millones, todos los años que hace que está teniendo millón y medio de habitantes. Es verdad que no contentos los habitantes del Ohío con las facilidades que les ofrece su río, han abierto siete canales navegables que penetran en el país, los cuales producían de beneficio ochenta y ocho mil pesos en 1843, y ciento setenta y dos mil seiscientos cincuenta y nueve en 1844, esto es, el doble del año anterior, lo que prueba que la cantidad de productos había doblado de un año a otro.
Este Estado se halla poblado generalmente por los nuevos inmigrantes compuestos de alemanes, irlandeses y otras naciones. Estos labradores aumentan en número todos los días, y forman una mayoría sobre los yankees _pur sang_, de donde resulta que les ganan siempre las elecciones, unidos los extranjeros de origen al partido demócrata. Esto desespera a los puritanos, pues que siendo por lo general muy ignorantes los europeos, y en gran número católicos de Irlanda, lo que no constituye una patente de sapiencia, se oponen a todas las mejoras útiles, y se niegan a contribuir para escuelas, canales, caminos, mostrando la mayor indiferencia por la llegada de cartas y periódicos, “al mismo tiempo, dice un autor, que están siempre dispuestos a dar sus votos a los demagogos, que estarían prontos a hundir el país en la más violenta carrera de cambios políticos”. Esta coincidencia con ciertos países que nosotros conocemos, me hace creer que cuanto más ignorante y menos dispuesto a promover las mejoras útiles, es un pueblo, más aspira a cambios políticos, como aquellos animales despeados que dejan el camino trillado por mejorar, y se meten en la pedrazón y en los derrumbaderos.
Para azuzar a estos demócratas indisciplinados hay la _Stump oratory_, así llamada por la ocurrencia de algún candidato popular de treparse a la copa de un árbol para dirigirse a su rudo auditorio. Un viajero inglés refiere en estos términos el discurso que le contó uno de estos personajes. “Un labrador que entró en el coche de Worcester, habló con vehemencia contra la nueva tarifa, que dijo, sacrificaba los agricultores del Oeste a los manufactureros de Nueva Inglaterra, quienes querían forzarlos a comprar sus efectos hechizos, mientras que las materias primeras de Ohio y del Oeste estaban excluídas del mercado de Inglaterra. Elogióme las ventajas de que gozaba en los Estados Unidos, compadeciéndose de la masa del pueblo inglés, privada de sus derechos políticos y expuesta a la opresión y tiranía del rico. Con la mira de distraerlo, le dije que un día antes había visto en la ciudad de Columbus, a un ministro predicando en idioma welche ante una congregación de trescientas personas; que estos y otros pobres labradores irlandeses y alemanes eran ignorantes de las leyes e instituciones norteamericanas, y personas sin educación alguna, y que cómo se les había de permitir influir y dominar en las elecciones como sabía que lo acababan de hacer en Ohio. Sobre este tópico me espetó una oración, cuyo tema fué la igualdad de derechos de todos los hombres, la división que algunos querían establecer entre los antiguos y los nuevos plantadores, la buena política de recibir a los inmigrantes cuando la población era escasa, la ventaja de las escuelas comunales, y últimamente el mal de dotar universidades, que dijo son _un nido de aristócratas_.
Este odio popular contra las universidades no quita que haya, y muy bien dotada, una universidad en Atenas, otra en Oxford, otra en Willoughly; siete colegios en varias otras ciudades; varios institutos teológicos; setenta y cinco academias, y cinco mil doscientas escuelas.
La ciudad principal de este Estado es Cincinnati, cuya población es de cincuenta mil habitantes, y está situada en la abertura de un valle delicioso formado por colinas que van ascendiendo suavemente hasta la altura de trescientos pies, enseñando en sus flancos grupos de árboles y aun manchas de bosque. La ciudad está situada en dos terraplenes uno más alto que el otro quince a veinte varas. En el desembarcadero la playa está cubierta de losas hasta la parte más baja del río, y hay muelles cuya superficie sube y baja con la marea. Las calles están sombreadas de árboles y muy bien pobladas de edificios. Sus comunicaciones con el interior las facilitan canales que la ligan con el lago Erie y el canal Wabasch. Hay además, ferrocarriles, caminos macadamizados y vecinales. El canal Whitewater se extiende 70 millas al interior. Como es bueno saber lo que puede hacerse en treinta años, recordaré a usted que esta ciudad fué reconocida tal en 1819 y fundada aldea en 1789. De su puerto parte un vapor diario para Pittsburg, y otros para San Luis, Nueva Orleans río abajo, también diariamente. Diligencias hacen la travesía entre las vecinas ciudades en todas direcciones. Hay cuarenta iglesias, un teatro, un museo, una oficina de venta de tierras del Estado, cuatro mercados, y un consistorio. La ciudad se suple de agua del río, levantada por poderosas máquinas de vapor.
Pero lo que más distingue a Cincinnati son el crecido número de sociedades literarias, científicas y filantrópicas, de las cuales haré a usted breve mención, tanto más que en adelante me abstendré de entrar en estos detalles. Me complazco en enumerar los elementos que entran en la composición y en la vida de la sociedad americana, aun en estos Estados de ayer, porque la comparación puede ser para nuestros compatriotas una útil enseñanza. Un viajero inglés, Robertson[12] hablando de Corrientes y Entre Ríos, en la República Argentina, dice: “Me espanta al contemplar estos bellos países, considerar lo que han dejado de hacer los españoles en tres siglos”. La idea es sublime y profunda. ¡Lo que no han hecho en tres siglos! Espanta, en efecto. El colegio de Cincinnati fundado en 1819 tiene excelentes tierras y un hermoso edificio en el centro de la ciudad. El colegio de Woodward y el de San Javier, fundado por los católicos, y el seminario presbiteriano tiene dieciséis mil volúmenes en sus bibliotecas, dotación y profesores correspondientes a los ramos de enseñanza. El colegio de medicina del Ohio, fundado en 1825, posee hermosos edificios y está bajo la dirección de un consejo de directores; tiene dos mil volúmenes y aparatos completos de anatomía, anatomía comparada, cirugía, química y materia médica. El colegio de jurisprudencia está relacionado con el de Cincinnati. El instituto de mecánica fué creado en 1829 para instrucción de mecánicos, y da cursos de artes y ciencias; posee importantes aparatos de física y química, una biblioteca y un salón de lectura. En una de sus salas se reune la Academia Occidental de Ciencias Naturales; en otro salón se tiene una feria anual para fomento de las artes y de las manufacturas. Una escuela normal para instrucción de maestros fué establecida en 1821.
La biblioteca mercantil para jóvenes dependientes tiene un salón de lectura y dos mil volúmenes. La biblioteca de aprendices cuenta mayor número de volúmenes. Hay dos asilos católicos, el asilo para huérfanos y una casa de pobres. Los establecimientos que no son sostenidos por asociaciones espontáneas, costéalos el Estado con rentas especiales cobradas para el objeto. En materia de rentas de escuelas la ley obliga a contribuir al sostén de las que existen, aun a aquellos pobladores que están diseminados entre los bosques. Los poseedores de vastas extensiones de territorio desierto están además obligados a contribuir a todas las cargas del Estado, y cuando están ausentes y atrasados en el pago, el _sheriff_ toma una porción de terreno y la vende en pública subasta. De este modo la ley cuida de que los propietarios ricos no monopolicen la tierra, esperando sin cultivarla aprovechar del valor accesorio y progresivo que le va dando el tiempo. La ocupación de este país empezó desde las márgenes del Ohío hacia el Norte. Cuando se terminó el canal de Erie, que ponía en comunicación el Ohio con lagos, el Hudson, Nueva York y el Atlántico, otro movimiento de población comenzó a invadir desde el lago Erie hasta el Sur, quedando un inmenso bosque en el centro para dar colocación sucesiva a las generaciones venideras, pues la previsión de la ley de hacer pagar su parte de impuesto a los poseedores, hace que pocos quieran hacer la adquisición, si no es con el ánimo de trabajarlas inmediatamente.
Cincinnati es el emporio de la explotación de los cerdos, y hay una clase de sociedad a quien dan el apodo de la aristocracia de los puercos, por haberse enriquecido con esta industria. Anualmente se salan en los saladeros de Cincinnati doscientos mil puercos, y llegada la estación de la cosecha, puéblanse los establos de madera de los alrededores y acuden de toda la Unión los compradores de manteca, jamones, etc. Apenas es posible creer a qué sumas enormes da origen esta industria. Lo más notable es que en Cincinnati los puercos viven por millares en las calles sin propietario particular. Los vecinos toman uno para engordar en sus casas, los niños se montan en ellos si los logran coger, y la policía manda matarlos cuando se propagan demasiado. Cincinnati es, pues, el país donde se amarran los perros con longaniza y no se las comen.
Cuatro o cinco días pasamos con Arcos en Cincinnati dejándonos llevar por el placer de recorrer sus calles y alrededores, visitar su museo, y holgarnos en el _far niente_ del turista. En Cincinnati fué donde Arcos, viendo a un pacífico yankee que leía su Biblia, sentado a la puerta de su tendejón, se paró delante de él, le sacó de la boca el cigarro que fumaba, prendió el suyo, volvió a metérselo, y siguió su camino sin que el buen hombre hubiese levantado la vista, ni hecho otro movimiento que abrir la boca para que le ensartaran el cigarro. Paciencia, hermano, en cambio de alguna impertinencia vuestra.
Embarcámonos en un vapor de grandes dimensiones y el tercero que descendía el Misisipí desde que se tuvo noticias de que habían ya cesado los estragos de la fiebre amarilla, periódica en Nueva Orleans, en el verano. De Cincinnati a aquella ciudad hay 1548 millas, que se hacen en once días de navegación de vapor, marchando de día y de noche sin otros intervalos que los necesarios para cargar leña, o cambiar pasajeros en las ciudades y embarcaderos del litoral. Cuatro comidas abundantes y opíparas se sirven, contando con el _lunch_; y viaje, comida y servicio de once días cuesta quince pesos, algo menos que lo que se pagaría por vivir el mismo tiempo en un hotel.
Poco diré a usted de las ciudades a cuyos puertos y muelles va sucesivamente atracando el vapor en el trayecto, pues que en ninguna permanecimos lo suficiente para conservar ni aun reminiscencia distinta de ella. Marieta, Luisville, Roma, Cairo, se suceden de día en día, hasta que el país bárbaro, el Far West, empieza, y la escena recobra su carácter agreste y semisalvaje.
El viaje del Misisipí es uno de los más bellos y que más duraderos y más plácidos recuerdos me haya dejado. El majestuoso río desciende ondulando blandamente por el seno del valle más grande que existe en la tierra. La escena cambia a cada ondulación, y un ancho moderado del más grande de los ríos permite que la vista alcance en esta y la otra ribera, a calar por entre la sombría enramada de los bosques, y esparcirse en las sabanas y aberturas que hace la vegetación mayor de vez en cuando. El encuentro de un vapor es un incidente deseado, por la proximidad y rapidez del pasaje, mientras que la vista cae desde lo alto de las galerías del palacio flotante, sobre una escuadra de angadas que descienden a merced de la corriente cargadas de carbón de piedra; se ve más allá un falte o mercachifle que va en su buquecillo de vela, vendiendo al detalle por las vecinas aldeas sus chismes y baratijas. Descender a las ciudades y aldeas adonde el vapor toca, correr por las calles, meternos en una mina, curiosearlo todo, comprar manzanas y bizcochos, con el oído atento a la campana que anuncia la próxima partida, era regalo y codiciada variante que no dejábamos de añadir a nuestras emociones, como nunca dejábamos de saltar sobre un barranco, ganar el bosque y correr un rato, mientras el vapor estaba cargando leña para quemar en sus hogueras.
Arcos, que había principiado nuestra asociación con una niñada, se propuso en aquellos días conquistar mi afecto, haciendo ostentación de cuanto salero y jovialidad hay en su carácter, alimentados por un inagotable repertorio de cuentos absurdos, ridículos, eróticos, tales cuales sólo sabe atesorar la juventud calavera de París o de Madrid. Ibamos con esto de zambra y fiesta permanentes, a punto de ser conocidos y notados por trescientos pasajeros del vapor.
Servíase a bordo la mesa tres veces para dar abasto a tan crecido número de comensales, y como todos se atropellasen para tomar asiento en la primera, nos quedamos el segundo día para la segunda, la que dejamos el tercero para estar a nuestras anchas, hasta que al fin nos arreglamos a comer en la cuarta con los criados, en la que nos iba perfectamente, prolongando la sobremesa los dos solos por horas como lo habríamos hecho en el _Astor-Hotel_. Gustáronnos las melazas que los primeros días sirviéronnos de postre, y como faltasen al quinto, reclamamos pidiendo la presencia de las melazas; razón por la que un mozo descendía corriendo en los desembarcaderos a comprarla en los bodegones vecinos, “para los señores españoles que se enferman--decía--si no comen melazas”. Hablábamos recio en español en la mesa, y reíamos con tal desenfado que atraíamos en torno nuestro un círculo de huasos ya hartos, a vernos comer, gozándose en nuestro inextinguible buen humor. Una mañana Arcos la emprendió con un bonazo de ministro protestante.--Señor, le decía, ¿de qué profesión es usted?--Presbiteriano, señor.--Dígame, ¿cuáles son los dogmas especiales de esta creencia? Y el padre procedía bondadosamente a satisfacerlo.--Pero Vd., señor, decía Arcos con aire convencido, y como si ambos estuvieran de inteligencia, usted no cree nada de eso por supuesto. Es Vd. demasiado sensato para poner fe en esas bromas.--Las facciones del infeliz sometido a tortura semejante, se contraían como cuando nos pisan un callo. El buen clérigo se ponía de todos colores, y medio indignado, medio suplicante, hacía profesión de fe solemne de su creencia. Pero el implacable y serio burlón le replicaba con un aplomo imperturbable:--¡Comprendo, comprendo! Vd. predica y sostiene ante el público esas doctrinas; vive Vd. de ello y la dignidad de su carácter así lo exige; pero aquí entre nosotros, vamos, yo sé lo que hay en plata.
Otra vez estaba rodeado de un grupo de yankees horripilados de oírlo, y levantando más y más la voz, para que el escándalo fuese mayor.--¡Gobierno, decía, es el del Emperador de Rusia! ¡Eso sí que es un gobierno! Cuando un general delinque o desagrada a su soberano, ¡se le desatan los calzones y se le dan quinientos azotes! ¡Pero estas repúblicas! esto es un escándalo y un desorden. ¿Qué significan vuestras elecciones, y qué sabe Vd. ni Vd., añadía, dirigiéndose a éste o al otro de sus auditores espantados, lo que conviene al Estado, cuándo debe hacerse la guerra y cuándo la paz? Al pueblo sólo le toca pagar los gastos de la corte del soberano, que gobierna por derecho divino...
Y esto dicho con una seriedad y una afectación de estar de ello convencido, que aquellos hombres se hacían cruces de oírlo; y pasada la tormenta se lo señalaban unos a otros, mostrándolo como a un animal extraño, un ruso o un loco peligroso. Todo esto para reír después y alimentar la francachela. ¿No se le antoja una vez persuadir a una cuarentona llena de colgajos y de colorete, que yo era sobrino de Abd-el-Kader que viajaba de incógnito, favoreciendo esta broma la circunstancia de ser el único en aquellos parajes que llevara la barba entera y la birreta griega? Habíala ya medio persuadido, hablábale en español para que ella creyese que era el árabe, exagerando el sonito de la J, y se empeñaba en que me pusiese albornoz para completar el chasco.