Estados Unidos · Unidad 4 de 22
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El San Carlos, no obstante ser el San Pedro de los hoteles, no es por eso ni el más espacioso ni el más sólido de los palacios populares, si bien ha costado 700.000 duros su construcción. Cada gran ciudad de los Estados Unidos se envanece de poseer dos o tres hoteles monstruos, que luchan entre sí en lujo y _comfort_, menudeando al pueblo a precios ínfimos. El _Astor-Hotel_ en Nueva York es una soberbia construcción en granito que ocupa con su mole un costado de la plaza de Wáshington; y en ninguno de los templos que abundan en aquella ciudad se han invertido mayores sumas. Después que he visitado los Estados Unidos, y visto los resultados obtenidos allí espontáneamente, me he formado una rara preocupación, y es que para saber si una máquina, un invento, o una doctrina social es útil y de aplicación o desenvolvimiento futuro, se ha de poner a prueba en la piedra de toque de la espontánea aplicación de los yankees. Los hoteles hacen hoy un papel primordial en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos estacionarios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel, bástales el hogar doméstico; en los pueblos activos, con vida actual, con porvenir, el hotel estará más arriba que toda otra construcción pública. Hace cien años el hotel se conocía apenas en París, y no lo era en todo el resto de la Europa. Hace 40 años que Fourier basaba su teoría social en cuanto a habitaciones, en el falansterio, o el hotel, capaz de contener dos mil personas, proporcionándoles comodidades que no puede obtener la familia aislada en el hogar doméstico. La prueba de que Fourier no andaba errado, es el hotel norteamericano, que siguiendo la simple impulsión de conveniencia, ha tomado ya la forma monumental y dimensiones punto menos que falansterianas. Las iglesias cristianas subdivididas en sectas en los Estados Unidos, de catedrales que eran antes, han descendido a capillas. Las flechas del templo bajan a medida que las creencias se subdividen, mientras que el hotel hereda la cúpula del tabernáculo antiguo, y toma las formas de las termas de los emperadores, donde la importancia del individuo ha llegado a la altura de la democracia norteamericana. La arquitectura religiosa continúa secándose y marchitándose, al paso que la arquitectura popular improvisa en todos los Estados Unidos, formas, dimensiones y ordenanzas que acabarán por serle peculiares. El banco americano es una construcción sólida como la caja de hierro, con frontis jónico, y si no es jónica la construcción, es egipcia. ¿Por qué caen los yankees en estos órdenes tan macizos, para encerrar la caja de hierro? Sobre todos los monumentos americanos se alza un pararrayos; y domina ya el uso arquitectónico de poner en la cúspide de las cúpulas, a guisa de pináculo, la estatua de Franklin, sosteniendo el pararrayos. ¡Ya tenemos, pues, un Mercurio, encargado de guardar el asilo doméstico, o una Santa Bárbara abogada contra rayos! Si los americanos no han creado, pues, un orden de arquitectura, tendrán, por lo menos, aplicaciones nacionales, carácter y forma sugeridos por las instituciones políticas y sociales, como ha sucedido con todas las arquitecturas que nos ha legado la antigüedad. Una rara confusión reina hoy en Europa sobre la aplicación de las bellas artes. El restablecimiento y reparación de las catedrales góticas, ha seguido al movimiento de la literatura llamada romántica. El panteón creado por la República francesa ha quedado acéfalo, como si esperara aún tiempos mejores para llenar su objeto. El templo de la gloria edificado por Napoleón, la construcción más griega, más olímpica que vieron nunca romanos o franceses, es hoy el templo de la Magdalena, cuya arquitectura risueña y plácida parece burlarse de las lágrimas de la arrepentida Loreta de Jerusalén; y las imágenes de la virgen y de los santos han ido a confundirse en los museos, y tenerse hombro con hombro con las estatuas de los dioses paganos, o las desnudeces de la pintura profana, en Roma, Londres, Dresde, o Florencia. En los Estados Unidos las formas exteriores se apropian a los objetos del culto, perdóneme la expresión. El Banco en jónico; el hotel en corintio a veces, y monumental siempre, y el inventor del pararrayos tiene ya su puesto elevado y su función arquitectónica, y hasta el piñón de la arquitectura romana ha sido prolongado, para hacer de él la imagen de la mazorca de maíz, símbolo de la agricultura americana.
En cuanto a la distribución interior del grande hotel, nada de más normal que la ordenanza común a todos estos establecimientos. A la entrada un pórtico, que contiene las oficinas de administración. Un registro en que el huésped entrante inscribe su nombre, y a cuyo margen el oficinista anota el número 560, o 227, que es el de la cámara que se le destina, y cuya campanilla, como todas las de la casa, cae en cerradas hileras a la misma oficina. En el vestíbulo están fijados todos los carteles de la ciudad para conocimientos del viajero. La representación teatral, el _meeting_, el sermón del día, los vapores que parten, el movimiento de los caminos de hierro, etc. En un salón inmediato está el gabinete de lectura que contiene los principales diarios de la Unión y las últimas fechas de Europa. Un salón de fumar, y cuatro o cinco salas de conversación y de recibo, completan por esta parte las comodidades públicas de la casa. Baños termales están a toda hora a disposición de los huéspedes. Las señoras tienen igualmente sus salones de recibo y de tertulia, decorados con gracia y lujo. Dos o tres pianos entran en el material de estos establecimientos. A las 7 y media de la mañana la vibración insoportable del _hong-hong_ chino, recorriendo todas las galerías de comunicación, avisa a los habitantes que es llegada la hora de ponerse de pie. A las ocho nuevo y más prolongado rumor anuncia estar el almuerzo servido. La turbamulta de los conventuales acude, se precipita de cada una de las avenidas, hacia la entrada del inmenso refectorio. Aquí principia a mostrarse la vida de este pueblo tan serio cuando ríe como cuando come. Donde todos los hombres son iguales al último individuo de la sociedad, no hay protección para el débil, por la misma razón que no hay jerarquías que separen a los poderosos. ¡Ay de las mujeres en este acto solemne de la soberanía popular! si los reglamentos provisorios del hotel no viniesen en su ayuda:
“Art. 1.º Nadie podrá sentarse a la mesa común, hasta que las damas, con sus consortes, o deudos, hayan ocupado la cabecera y costados contiguos de la mesa.
“Art. 2.º Se suplica al público que no fume ni masque tabaco en la mesa.
“Art. 3.º A un golpe de campanilla los varones se sentarán en los asientos que quedaren.”
Sobreentendidas estas disposiciones, el pueblo gastrónomo se alinea detrás de los asientos, con ambas manos puestas sobre el espaldar de la silla, y por derecha e izquierda vista al sirviente que ha de administrar el apetecido companillazo. Toma este el sonoro instrumento en mano, y la noble línea se conmueve; al menor movimiento indicativo de la campana, los cuerpos describen ondulaciones como las espigas de trigo al más ligero soplo de la brisa. Alzase la campanilla en actitud de sonar, y una descarga cerrada de sillas removidas con estrépito acompaña, si no precede al retintín chillón del cobre agitado, e instantáneamente un fuego graneado de platos, cuchillos y tenedores que se chocan entre sí, se prolonga durante cinco minutos, pudiendo por el rumor tempestuoso que se difunde por el aire, saberse a media legua a la redonda que se come en un hotel. Imposible seguir con la vista las evoluciones que se suceden en aquella batahola, no obstante la actividad y destreza de cincuenta domésticos, que tratan de dar cierto orden acompasado al destapar de las viandas, o al verter té o café. El norteamericano tiene destinados dos minutos para almorzar, cinco para comer, diez para fumar o mascar tabaco, y todos los momentos desocupados para echar una ojeada sobre el diario que usted está leyendo, único diario que le interesa puesto que otro está ya ocupado de él.
Almuerzo, _lunch_ a las once, comida, y el té, son las cuatro colaciones de ordenanza de aquellas comunidades que se renuevan todos los días, sin que la regla estorbe el que se administre el almuerzo a las cinco de la mañana para los que han de partir en un vapor o convoy matinal, ni falte nunca una refacción servida para todos los que llegan, no importa la hora del día o de la noche. Y luego, ¡qué incongruencias! ¡qué incestos! ¡y qué promiscuaciones en los manjares! El yankee _pur sang_, se sirve en un mismo plato, conjunta o sucesivamente, todas las viandas, postres y frutas. ¡Hemos visto a uno del _Far-West_, país de dudosa situación, como el Ophir de los fenicios, principiar la comida por salsa de tomates frescos, tomada en cantidad enorme, sola y con la punta del cuchillo! ¡Patatas dulces con vinagre! Estábamos helados de horror, y mi compañero de viaje lleno de gastronómica indignación al ver estas abominaciones: y no llueve fuego del cielo, exclamaba: los pecados de Sodoma y Gomorra debieron ser menores que los que cometen a cada paso estos puritanos!
En los salones de lectura, cuatro o cinco moscones se le apoyarán pesadamente en los hombros para leer el mismo trozo de la letra menudísima que está usted leyendo. Si baja usted una escala, o quiere introducirse por una puerta, por poca que sea la concurrencia, el que se suceda lo empujará por apoyarse en algo. Si fuma usted tranquilamente su cigarro, un pasante se lo sacará de la boca para encender el suyo, y si usted no anda listo para recibirlo, se encargará él en persona de metérselo de nuevo en la boca. Si tiene usted un libro en las manos, con tal que lo cierre un poco para mirar hacia otra parte, su vecino se apoderará de él para leerse dos capítulos de seguida. Si los botones de su paletó tienen relieve de cabezas de venado, caballos o javalíes, cuantos lo noten vendrán a recorrerlos uno a uno, haciendo girar la persona de usted de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, para mejor inspeccionar el museo ambulante. Ultimamente, si usted lleva barba completa en los países del Norte, lo cual indica que es usted francés o polaco, a cada paso se encuentra encerrado en medio de un círculo de hombres que lo contemplan con curiosidad infantil, llamando a sus amigos o conocidos para que satisfagan de cuerpo presente su novedosa curiosidad.
Todas estas libertades, bien entendido, puede usted tomárselas con los otros a su vez, sin que nadie reclame de ello ni dé el menor síntoma de serle desagradable. Pero, donde el genio y los instintos nacionales brillan en su verdadera luz, es en las actitudes yankees en sociedad. Esto merece algunas explicaciones. En un pueblo que como éste avanza cien leguas de frontera por año, se improvisa un estado en seis meses, se transporta de un extremo a otro de la Unión en algunas horas, y emigra al Oregon, deben gozar de tan alta estima los pies, como la cabeza entre los que piensan, o el pecho entre los que cantan. En Norte América verá usted muestras a cada paso del culto religioso que la nación tributa a sus nobles y dignos instrumentos de riqueza: los pies. Conversando con usted el yankee de educación esmerada, levantará él un pie a la altura de la rodilla, sacarále el zapato para acariciarlo, y oir las quejas que contra el excesivo servicio puedan poner los dedos. Cuatro individuos sentados en torno de una mesa de mármol pondrán infaliblemente sus ocho pies sobre ella, a no ser que puedan procurarse un asiento forrado en terciopelo, que en cuanto a blandura prefieren los yankees el mármol. En el Fremonthotel, de Boston, he visto siete dandies yankees en discusión amigable, sentados como sigue: dos con los pies sobre la mesa; uno con los dichos sobre el cojín de una silla adyacente; otro con una pierna pasada sobre el brazo de la silla propia; otro con ambos talones apoyados en el borde del cojín de su propia silla, de manera de apoyar la barba entre las dos rodillas; otro abrazando o empiernando el espaldar de la silla, de la misma manera que nosotros solemos apoyar el brazo. Esta postura imposible para los otros pueblos del mundo, la he ensayado sin éxito, y se la recomiendo a usted para administrarse unos calambres en castigo de alguna indiscreción; otro, en fin, si no están ya los siete, en alguna otra posición absurda. No recuerdo si he visto norteamericanos sentados en la espalda de silla con los pies en el cojín: de lo que estoy seguro es que nunca vi uno que se preciase de cortés en la postura natural. El estar acostados es el fuerte de la elegancia, y los entendidos reservan este rasgo de buen gusto para cuando hay damas, o cuando un locófoco oye un _speech whig_. El secretario de la legación chilena, al llegar a Wáshington, tuvo necesidad de hablar a un diputado. Acude al Capitolio, se informa de su asiento durante la sesión, llega, al fin, hasta el punto donde Mr. N. roncaba profundamente acostado en su asiento con las piernas extendidas sobre el asiento de su vecino. Hubo de despertarlo, y una vez entendido sobre el asunto que lo traía, se acomodó del otro lado, esperando, sin duda, que concluyese el interminable discurso de algún orador de opinión contraria. Los americanos, en política y religión, profesan el admirable y conciliante principio de que no debe discutirse sino con los que son de su propia secta u opinión. Este sistema se funda en el pleno conocimiento de la naturaleza humana. El orador yankee se esfuerza en confirmar a los suyos en sus creencias, más bien que en persuadir a los contrarios, que duermen en el entre tanto, o piensan en sus negocios. La conclusión de todo esto es que los yankees son los animalitos más inciviles que llevan fraque o paletó debajo del sol. Así lo han declarado jueces tan competentes, como el capitán Marryat, Miss Trolop y otros viajeros; bien es verdad que si en Francia, y en Inglaterra, los carboneros, leñadores y fogoneros se sentasen a la misma mesa, con los artistas, diputados, banqueros y propietarios, como sucede en los Estados Unidos, otra opinión formarían los europeos de su propia cultura. En los países cultos, los buenos modales tienen su límite natural. El lord inglés es incivil por orgullo y por desprecio a sus inferiores, mientras que la gran mayoría lo es por brutalidad e ignorancia. En los Estados Unidos la civilización se ejerce sobre una masa tan grande, que la depuración se hace lentamente, reaccionando la influencia de la masa grosera sobre el individuo, y forzándole a adoptar los hábitos de la mayoría, y creando, al fin, una especie de gusto nacional que se convierte en orgullo y en preocupación. Los europeos se burlan de estos hábitos de rudeza, más aparente que real, y los yankees, por espíritu de contradicción, se obstinan en ellos, y pretenden ponerlos bajo la égida de la libertad y del espíritu americano. Sin favorecer estos hábitos, ni empeñarme en disculparlos, después de haber recorrido las primeras naciones del mundo cristiano, estoy convencido de que los norteamericanos son el único pueblo culto que existe en la tierra, el último resultado obtenido de la civilización moderna.
Los americanos en masa llevan reloj, en Francia no lo usa un décimo de la nación. Los americanos en masa visten fraque y los otros vestidos complementarios, aseados y de buena calidad. En Francia viste blusa de anquín los cuatro quintos de la nación.
Usan los yankees, en masa, cocinas económicas, arado Durand y coche. Habitan casas cómodas, aseadas. El jornalero gana un duro al día. Tienen caminos de hierro, canales artificiales y ríos navegables, en mayor número y recorriendo mayores distancias que toda Europa junta. La estadística comparativa de los caminos de hierro era como sigue: En 1845: Inglaterra, 1800 millas; Alemania, 1339; Francia, 560; Estados Unidos, 4000; lo que equivale a 86 millas en Inglaterra por cada millón de habitantes; 16 en Francia, 222 en los Estados Unidos. Sus líneas de telégrafos eléctricos están hoy, únicas en el mundo, puestas a disposición del pueblo, pudiendo en fracciones inapreciables de tiempo, enviar avisos y órdenes de un extremo a otro de la Unión.
El único pueblo del mundo que lee en masa, que usa de la escritura para todas sus necesidades, donde 2000 periódicos satisfacen la curiosidad pública, son los Estados Unidos, y donde la educación como el bienestar están por todas partes difundidos y al alcance de los que quieran obtenerlo. ¿Están uno y otro en igual caso en punto alguno de la tierra? La Francia tiene 270.000 electores, esto es, entre treinta y seis millones de individuos de la nación más antiguamente civilizada del mundo, los únicos que por la ley no están declarados bestias: puesto que no les reconoce raza para gobernarse.