Estudios literarios y filosóficos · Unidad 17 de 43

Unidad 17 · UN UBRO DE PIÑEYRO.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

UN UBRO DE PIÑEYRO.

KSTUDIOB Y CONFERENOIAS DR HISTORIA Y UnSRATURA, POR ENRIQUE PÍÑEYRO, NUEVA- YORK, MDGCCLXXX.

Desde que se anunció Ía publicación de esta obra del señor Piñeyro, nos congratulamos cordiaIment«, porque nos prometimos un dia de regocijo para lai^ letras cubanas, y un doble motivo de aplauso y emulación para los que las cultivan. Parecíanos por otra parte, que el justo renombre del autor ex^ía ya esta nueva manifestación de sus títulos; tanto más cuanto que su« recientes viajes y su residencia en diversas ciudades del nuevo y viejo continente hablan privado á sus conciudadanos durante largo tiempo de los frutos más sazonados de su preclaro talento y de su nunca interrumpida laboriosidad.

Esperábamos, pues, el libro con esa gustosa impaciencia del que tiene ya á la mano, con plena seguridad de poseerlo, un objeto exquisito y deseado. Hemos sido de los primeros en leerlo, y vamos á sefdelos últimos en emitir acerca de él una opinión. ¿Es que ha defraudado nuestras esperanzas? Todo lo contrario: las ha excedido. Por eso mismo costábanos trabajo dejarlo de la mano, para dedicarle un ligero artículo de periódico diario, escrito sin el reposo suficiente, ni la preparación requerida. Pero entre mil ocupaciones premiosas, ¿á qué prometerse un vagar que no ha de venirf Sacrificamos, por tanto, á sabiendas, nuestro deseo de tratar extensa y maduramente de la obra que nos cautiva, á las exigencias de la oportunidad; pues en tiempos en que tanto se publica y tanto se lee, hablar de un libro dado á la estampa un mes atrás parece casi una vejez.

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El }¡\m^ del smor Piñeyro es^ sin ciis]nitíi, la i>hra lítt^rana más titítiible que ha salido hmia ahora de la pluma de ningun cubano. Desgracia será que crea pagada con estt? único trihuto la deuda contraida con su fama; pero su lihro actual hasta, no ya para justificarla de t^do en todo, sino para probar que es tíidavía inferior á 8US merecí inient^is. Montrarse á la %tz escritor pulcro y severo, pensador siigaz^ crítico penetrante y reposado, erudito consumado y artista perfecto, esfuerzo e:* permitido á muy pocos, revela dotes que están fucia de los límiteí< aun de lo notable, é impone la niáís legítima y completa admiración.

Aunque sin separacióa distinta, la obra contiene trabajos de muy diversa índole, los cuales van mostrando las múltiples fases de un talento naturalmente vario y perfeclameníe diseipHnado por una labor dirigida con tiento y perseverancia.

Hablaremos primero de los estudios, y dejaremos para después lus confer*^ncia8.

En aquellos ae llevan la primacía loa de crítica literaria* Suele el crítico sincero correr entre dos escollos igualmente peligro- «os; ó da en una seiiuedad y desabrimiento extremados, en las casos en que, dominando perfectamente el asunt^o, encuentra su propia concepción muy superior á la que examina; Ó muestra una aquiescencia que se empeña en disfrazar de benevolencia generosa lo limitado del punto de vista propio» El señor Piñeyro, cuya cultura literaria es perfecta, estaba desde luego exento de est-e segundo peligroj poro es digno de nota que sepa las más veces salir airoso del primero. No es óbice su constante estudio de las obras maestras del ingenio humano, en todos los países y en tudas las épocas, para que ensalce lo excelente y reconozca lo estimable en las producciones coetáneas que juzga, sin que por esto se vea obli* gado á poner la medianía sobre el pedestal dii lo eximio. Su guato acrisolado y la independencia de su juicio aparecen en oada párrafo; rara vez asoma el desden, ninguna el menosprecio Sirva.

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defjemplo el estudio sobre la obra del señor í)iaz, Hisioria del íSenado Bomano. Es imposible tratar con más miramientos á uri autor cuyo trabajo se desaprueba totalmente, y no es posible dar con más modestia una lección más brillante. El señor Piñeyro» traza con pluma magistral, en pocos párrafos, un cuadro acabado de lo que debe ser esa historia, después de la renovación coiflptéta de las fuentes de la antigüedad romana, y de su ínterpretaciótf por una crítica docta y desapasionada.

Desde otro punto de vista, la colección de breves artículos titulada. El Bepertorio de una actriz^ se destaca de un modo particular en el libro. En cualquier lengua que se pongan esos artículos, constituirán un modelo intachable en su género. La erudición oportuna y siempre sobria, un juicio que jamás se desavía,» y al mismo tiempo la emoción palpitante en cada frase, son prendas que comunican á esta preciosa guirnalda de elogios delicados una frescura y perfume deleitosos. Tratan de un acontecimiento' teatral ya muy distante, y se leen y nos interesan como si hablaran de cosas del dia. El admirador era digno de la gran actrizv Los elogios del escritor durarán quizás más que la fama de lá artista.

Hemos citado estos dos trabajos por su índole diversa, no^ porque los creamos superiores á los restantes. Todos y cada uno' merecerían mención especial, á escribir cotí mlás cal nw; y detenimiento.

Pero nos aguija el deseo de llegar á las conferencias. Él mérito grande, indisputable, del señor Piñeyro como crítico y literato no es poderoso á oscurecer, á empañar siquiera su gloria de orador. Nosotros lo hemos oído y adniiradoj por eso mismo nos han colmado de mayor asombro sus conferencias. Sin la presencia atractiva del orador, sin su apostura tranquila y llena de dignidad, sin el docoro de sus ademanes, sin su voz robusta y armoniosa, sin aquella plena posesión de sí mismo que no confina ja-

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mÁs cuula arro^aDcía, ^iu ninguna, eu ñn, úv Idh hecbízo» da la oratoria en aceíón^ ustas obras oratorias no están, ¡^'m embargM, frías ü inaniínadas sobre el papd. Las recorre (itiaíiíspiraeióu tan soatenída y poderosa, aparece tan mareada la imidad del conjunto, el ajuste de las partes descubre una mano tan experta y segura, que un nuevo y exquisito dt.4eite se va apoderando sin eontraMle del lector. No es posible equivocarse; es arte con otra forma, pero es arte. No e8 la diceión, no el estilo, no la docrrina lo que nos encanta y subyuga, ea un personaje — aquí madama Rolatid, allá el Dante — que ao destaca luminoso de un brillante fimdü| que se apodera con imperio irresistible de nuestra alma, que no8 paísée, y nos hace gemir sus tremendos infortunios, padecer con sns espantosas torturas^ liornirizamos ante su inmerecido suplicio, y ele%'arnoB sobre el nivel de nuestra vida vulgar y mezquina, «I oir de labios del artista su fioal apoteosis. Apoderarse de los sentimientos bumanos que duerujen oscuros en el fondo de todo curazon, y comunicarles la chispa divina y exaltarlos, ennoblecerlos; |hé aquí el sublime poder del arte! ^bé aquí el arte en que es maestro el señor Piiieyroí

Auxílianlo el conocimiento cabal de su asunto y el vibrar Rimpátíco de un alma que se exalta fácilmente eon lo grandiosu; pero el instrumento feliz á que se debe la mayor parte de ese triunfo es su estilo incomparable. Conciso sin afectado laconismOj sobrio sin renunciar á la brillantez más del sentido que de la imagen, puro con la verdadera pureza del lenguaje — la transparencia — encanta por la forma, encanta aún más porque esta forma es el ropaje completamente adecuado á un pensauíiento que se nos entrega casto y severo. Seguro de sí mismo, consciente de su fuerza^ desdeña postizos adornos y vanidosos oropeles, y se nos presenta tan helio en su desnudez, como aquellos mármoles inmortales que perpetúan la fama del arte helénico. Esculpidas, no escritas, parecen en efectoj las frases del señor Piñeyroj tal es su

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ailmirabl© i-elievi?; i)e tal modo hacen brotar y resaltar la idea que las fecunda. Léanse todo el final de madama Boland, el paralelo «Mitre Colón y Washington, la conferencia entera sobre el Dante, ^que decimos? ábrase el libro por cualquier página, y dígasenos .si puede escribirse nuestra lengua con más perfecta elegancia, cíon más decorosa distinción, con más respeto, nos atrevemos á decir. En los trozos citados, cuya grandilocuencia es magestuosa, como en los pasajes de menos importancia,, no se fuerza jamás la dicción, no se la recarga, no se la adultera, y se la hace, sin embargo, servir maravillosamente á todos los fines del arte de hablar y escribir. Esto hemos querido dar á entender con la palabra respeto. Lo vago en la expresión no será nunca signo de fuerza en el concepto. Expresamos con nitidez lo que concebimos con claridad^ y el vigor y nobleza de los pensamientos coniunican al lenguaje esa enérgica precisión que caracteriza el estilo de los grandes escritores. La pompa excesiva de la lengua puede, como los pliegues abundantes de un amplio manto, ocultar un cuerpo raquítico y deforme. El estilo declamatorio, el gasto inútil de imágenes hiperbólicas indican siempre un escritor ó una época en decadencia. El señor Piñeyro no ignora, ¿cómo lo habia de ignorar! el gusto que priva en materias de estilo; y es un rasgo que basta para pintar un carácter el que no haya sacrificado jamás á un aplauso efímero las prendas, en todo tiempo superiores, que distinguen el suyo.

Fácil parece, á primera vista, que el escritor se contente con el propio testimonio, y se abstenga de seguir las corrientes del favor público mal encaminado; es difícil y suele ser riesgoso. Hay una especie de abnegación, mal apreciada por lo común, en consagrarse con esta pureza al culto del ideal, en cualquiera esfera; porque suele ser el aislamiento el fruto recogido, y solamente las almas muy bien templadas no se amedrentan al sentirse solas. De aquí esas, prevaricaciones del juicio arrancadas á despecho de una

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clara inteligencia y una conciencia naturalmente recta; de aqa esas concesiones al capricho del mayor número; de aquí ese mendigar á toda costa la popularidad, que parece ser al fin exclusivo de tantos hombres de verdadero mérito. Preocupaciones son ésta^^, sin embarga, que no parecen haber inquietado al autor de los Estudios y Conferencias,

Así como en el estilo se atiene el arte permanente y no á la moda voltaria, en sus razonamientos y opiniones cuida sólo de esponer lo que piensa, desea y ama, sin otra preocupación que la de ser siempre veraz y digno. Ni ocnlta su» gustos, ni atenúa sus juicios; es parco en grandes elogios, no lo es nunca en sincera estimación por todo lo verdaderamente superior. A veces parece asomar un refrenado escepticismo, hay algo de melancolía conKentida en ciertos pasajes. ¿Cómo no? El nil admirari del poeta venusino se refiere solo á los mil acaecimientos vulgares de que ti^je la trama de su vida el común de los hombres: pero cuando la grande, la sacra admiración de la suprema belleza ocupa una existencia, cuando se entretiene un comercio constante con esas ¡deas de progreso y perfección que han brotado para consuelo y guia de la humanidad en el corazón de sus artistas, de sus filósofos, de sus profetas, de sus héroes, no es posible recorrer las sendas frecuentadas por la multitud con la cabeza siempre erguida. Hay luego un vacio profundo dentro de nosotros, una soledad inmensa en tomo nuestro, y entonces, ya es mucho proseguir, como el gran poeta:

Heureuxf non; triomphantf jamáis. Besigné!

Hablábamos de un libro y, sin pensarlo, nos hemos referido al hombro. No nos pesa; porque debajo de todo lo que vive debe palpitar un alma. .

Diciembre de 1Ó80.

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