Estudios literarios y filosóficos · Unidad 20 de 43
Unidad 20 · NOMBRKB PROPIOS PERSONALES. (*)
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NOMBRKB PROPIOS PERSONALES. (*)
Trabajo de mera curiosidad es el presente. Años atrás se me ocurrió ir poniendo en orden alfabético ios nombres propios de personas más usuales, con su significación etimológica, sus variarít^s en la lengua castellana y su.<) equivalentes en las principales lenguas europeas. Esto me llevaba, como por la mano, á un estudio comparativo, que múltiples y variadas ocupaciones apenas me han permitido comenzar, no obstante el .mucho tiempo transcurrido desde que di por terminado mi trabajo de compilación.
Esperar tiempos más reposados es larga tarea; y me expongo á que el vocabulario se quede perpetuamente entre mis borradores. Como tal cual está no carece de utilidad, pues presenta ya acopiados los materiales para que otro haga el estudio que me proponia verificar, me resuelvo á publicarlo, aunque señalando desde luego esta parte deficiente.
Al mismo tiempo, y con la brevedad posible, voy á entrar, por via de prefacio y aclaración, en lijerás reflexiones que serán como el croquis del enunciado trabajo, y facilitarán la inteligencia del vocabulario.
Los nombres personales, como todas las partes del discurso, presentan un doble aspecto lógico y gramatical, cuyas mutuas relaciones son la clave de lo que llamaremos su constitución orgánica. Quien dice gramatical, dice, en cierto modo, histórico, pues en la historia de la evolución del idioma de cuya gramática se trata, es donde hay que ir á buscar la explicación de los fenóme-
(*) Este estudio era el frefacio de un Vocabulario etimológico, que he desistido de sacaí* á lux.
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tt08 gramaticales. De consiguiente, un estudio completo de los nombres propios usuales en cualquier idioma, á más de abrazar 8U valor lógico, que es el mismo en t.odos, ha de comprender lo» antecedentes históricos de su aparición en la lengua, y los caracteres gramaticales, ó mejor lexiológicos que los distinguen.
El conocimiento de los objetos avanza en nuestro intelecto por un doble y simultáneo proceso de generalización é individualización. El clasificar un objeto, que es conocerlo, consista en distinguir en él una serie de atributos que lo refieren á una clase determinada; todo atributo supone una generalización anterior, y la manera de individualizar el objeto, es precisamente reconocer en él y diferenciar el mayor número posible de atributos. Pe modo que, ac amulando ideas general»is, llegamos á la idea individual La designación de los objetos, á su nominación por medio del lenguaje, responde á este mismo proceso; de donde nace una división lógica de la mayor imj»ortancia, la de nombres generales ó connotativos y nombres singulares ó denotativos, tíljo es un nombre general que comprende ó connota una clase entera: mi hijo es un nombre singular que denota un individuo de esa clase; |5ara esto hemos añadido un nuevo atributo á los connotados por el termino de hijo, el que connota la relación de posesión. Más aquí el lenguaje, cuya norma es siempre la ley del menor esfuerzo, viene en auxilio del entendimiento con una clase de palabras que indican el último término de individualización á que se puede llegar, los nombres propios, desprovistos completamente de connotación, meros símbolos que sólo sirven para áenoi^r un individuo dado, sin ninguna memoración especial de sus atributos. A mi hijo, sustituyo Juan ó Pedro, nombre que no envuelve otra idea que la de individualizar en absoluto el personaje significado y de tal suerte que su valor representativo sólo existe para los que saben á quien se aplica.
De aquí resulta que, si bien estas palabras se han formado
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como todas, por refundición en una de los atributos significados por otras, á fuerza de designar de ese modo abstracto individuos determinados han llegado á perder su significación atributiva, convirtiéndose en meros signos distintivos. Su uso, por tanto, depende de circunstancias de todo punto extrínsecas, y el que se llama álberto pudo haberse nombrado Esteban ó Sempronio.
Es claro que no sucedió así al principio. Las circunstancias locales determinaron, por ejemplo, el nombre de una población; cambian ellas luego, y el nombre queda y hasta se reproduce en circunstancias del todo diversas. Puerto Príncipe se llamó así, cuando se fundó en el litoral, sobre un puerto que mereció á su descubridor ese nombre; y así se llama hoy, después que las escursiones de los piratas obligaron á trasladar su asiento veinte leguas á lo interior. En los albores de las lenguas madres se debió dar al individuo un nombre que recordara sus atributos más característicos. Y de esto quedan huellas como el precepto dí^l Código de Manú que ordena poner á las mujeres "nombres fáciles de pronunciar, dulces, claros, agradables, propicios, semejantes á palabras de bendición"; y á los hombres nombres que se relacionen con la significación social de la casta á que pertenecían. Era cómodo distinguir al hijo con un nombre que indicara su relación con el padre; de este modo el atributo de sucesión filial se sobreponía á los otroS; y los nombres que lo designaban iban perdiendo, con el continuado uso, la primordial significación atributiva. Con este espontáneo procedimiento ya estaba trazado el camino, hasta llegar á los nombres propios tales como se encuentran en nuestras lenguas derivadas.
Sin embargo, es evidente que, mientras menor sea la distancia al tronco, más fácilmente podrán descubrirse las tra3as de la primitiva significación; es decir, los elementos gramaticales que por composición ó derivación hayan formado el nombre. M. Renán ha podido decir con su sagacidad habitual, que los nombres
propins son buenos testímoniüH tle lu« «stadoü anteriores «le tina lengua.
Esta supervivetickí de la aignifií^a* ion radical dts los nombres jHTsonales ha «ido origen de nunn^roMas leyendas y mitos en In» junílilo!* antiguos de tempera mentó poétini; ad virtiendo, no oh«- tantu, qne estas ¡uterpretaeiones han podido falnear mucha» vim-ck la 8igiiifiüaeión primitiva, pues !*e daba á las radicales no el valor \[im tuvieron, 8Íno el t|ue teiuají en la actualidad. Así el nombre sánscrito del poeta Vahnikí, que significa hormújuero de hormigaii blancas (valrnika-formicaj, dio nammíento d la leyenda que lo rt^- presonta entregado á la oración y al éxtasi>4 por es|)aoio de mil años y Uido cubierto de esos hormigueroH.
Pero, á medida que las* lenguas han ido extendiéndose y ritibdividiéndose en dialect^js que á sti vez han formado nuevos* idioniaí!*, los noml>res propios irasraitidos en el caudal de la lengua originaria han tenido una suerte pei*iiliar; á saber, alteraciones fonéticas, relativamente escasas, y una debilitación progresiva del significado etiinológico que llega á desaparecer por conw líleto. En griego^ en laiiny en el viejo alemán no es difícil rastrear la etimología de los nombres propios* En las lenguas neo» latinas, en el alemán ó inglés modernos nadie se acuerda de ella* 8dlo aplicando lae^ más minnc/iosas reglas de la derivación gramatical puede llegarse aproxiinadaineníe á sus orígenes; y sob» el etimologista podrá repetir con verdad lo que dijo Pott, que, á la luz de la etimología, no existen noiiibréJí propios.
Nuestra lengua casíeliana es de estáis derivadas, y en ella, si es fácil, por ejemplo, waber lo que significa el nombre propio Marcial^ nadie se cura de indagar cuál es el sentido etimológico de Fernando, Quintín ó Ensebio.
Este es el objeto del presente vocabulario- objeto, ya lo he diehoj de mera curiosidad, pero que no carece de importancia desde el punto de vista Icxiológico, pt^rque sirve para verificar cier-
—legatos reglas de formación, variación y derivación que también se aplio^n á toda la masa de la lengua.
Fijémonos, pues, en la historia de los nombres propios en castellano; y esto nos abrirá la vía para conocer su textura interna, es decir, su forma gramatical.
Sabido está que la lengua castellana se ha formado con los detritus de la lingua vuHgaris hablada por los conquista,dore8 romanos de la península ibérica. Pero entre los aumentos proporcionados por otras lenguas, hay que dar un lugar muy prominente, cuando se trata de nombres propíos, á las lenguas germánicas de los invasores bárbaros del siglo V. Por razones obvias, como asunto en que entra por mucho la elección y da fácil acceso á la vanidad, los nombres godos, que eran los de los áulicos y señores, se extendieron extraordinariamente. Si bien debemos advertir que estos nombres, en su mayor parte, se hablan latinizado en la forn^a; de modo que, al entrar en el caudal de las voces <omunes al nuevo romance, seguian las mismas reglas de derivación que las latinas puras.
Dos, por tanto, son las fuentes á donde se deben ir á buscar las radicales de los nombres propios castellanos; la antigua lengua germana y el latín; en el caudal de este idioma venían algunos nombres griegos y también alguno hebreo. Si estos últimos y los nombres árabes no son más frecuentes es porque aquí obraba á la inversa la causa que facilitó el uso de los nombres godos.
Estos vocablos, procedentes ue pueblos de tan diversa índole, llevan el sello indeleble de su respectiva procedencia.
Los -nombres latinos tienen generalmente una significación modesta y hasta vulgar; los tomados del griego por el latín son más nobles, aunque generalmente designativos de virtudes privadas. De unos y otros las lenguas romances han preferido los que tenian acepciones religiosas ó litúrgicas. Así es que se puede hacer esta división: en los nombres puran^ente latinos, ó son toma-
—1 Todos de los nombres y prenonibres de las antiguas familias romanas, cuya etimología envuelve por lo común ideas familiares y domésticas, como Claudio^ César, Crispin, Julio, Octavio, Lucio; ó, introducidos por el cristianismo, dicen relación á las ideas dominantes en aquel tiempo, como Amadeo, Deodato, Benito, Domingo, Natalia, Pió, Renato, etc. En los nombres griegos, á más de los preferidos por la razón anterior, como Teófilo (amado de Dios), Ambrosio (inmortal), Teodoro {don divino), Jerónimo {nombre sagrado), etc., abundan los que representan cualidades loables y placenteras, á saber Ensebio {mut/ respeUzoso), Eugenio {bien nacido), Porfirio {purpúreo), Inés, {casta, pura), Irene {pacífica), Macario (bien educado), Eudosia (puena fama), etc.j y no faltan, como para recordar su origen, nombres alusivos á las creencias religiosas de los beleños, por ejemplo. Apolinar {perteneciente á Apolo), Heraclio {dedicado á Hércules), Dionisio {conbfigrado a Bionysios ó Baco), Heliodoro {don del sol-Helios), Isidro {don de Isis), y otros. Los nombres hebreos tienen, casi sin excepción; etimologías que nacen del arraigado monoteismo de la raza semítica, así Jeremías {exaltado por el Señor), Juan {gracia de Dios), Mateo {don de Jehová), Bartolo [hijo de Dios), etc. De modo que, tanto por su significado, cuanto por el canal que los trajo á la corriente de nuestra lengua, pueden referirse á la segunda clase de los propiamente latinos.
Para agotar esta materia, conviene añadir que también se encuentran entre los nombres recibidos del latín, con cualquiera de las tres ascendencias, algunos que indican procedencia de lugar, como Hermógenes {>uitural del Hermo, hoi/ Suravat), Mamerto {natural de Mesiná), etc. Y no faltan significativos de las ideas que tenemos por más frecuentes en los nombres góticos; tales son Anacleto {el veterano llamado de nuevo al servicio, en \dX,evocatus), Cirilo {señoril, poderoso), Aniceto {nunca vencido), etc.
Los nombres góticos presentan un carácter totalmente diver-
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so á los estudiados anteriormente. El individuo, sobre todo en su condición de guerrero, de señor, y de todo lo que respecta á las cualidades de valor personal, alcurnia y méritos públicos domina en las raíces que forman estas voces. El denuedo en las batallas se expresaba con radicales como wic, Jield, rik, sig, man, hará, olf, cari, que en castellano han producido los nombres de Luis (Ludovico), Ricardo, Enrique, Segismundo, (Sigismundo), Manrique, Armando, Rodolfo, Adolfo, Bernardo, Carlos, etc.; el radical mund entraba como sufijo en muchos nombres, indicando protección, defensa, como en Ramón (Raimundo), Edmundo, Faramundo, Bermudo, (Beremundo), etc.; herih, brechí indicaban gloria, fama, hechos ilustres, de aquí Alberto, Roberto, Gualberto; la nobleza de nacimiento, la antigüedad del abolengo se expresaba con adelj cethel, en nombres como Adela, Edelvina ó Etelvina, Adelardo y otros; la riqueza, por raices como od, ed, odál, ríe, en los nombres Odón ú Otón, Otilia, Odulfo, Ulrico, Rodrigo (Rodericns), etc.; la fidelidad por h>ld, hold, y de aquí Leovigildo, Hermenegildo, Gil (Gildo), Bertoldo, etc.
Como el imponer el nombre ha sido asunto de elección discrecional, en la preponderancia.de los de uno ú otro origen, en España, se ha obedecido á diversas influencias, aparte de las de devoción que han sido predominantes. Un acontecimiento notable, ya político, ya literario, ha bastado para poner en boga ciertos nombres. Sin embargo, el largo período histórico en que dominaron los nombres tentones les ha impreso un sello especial que parece comunicarles cierta distinción ó barniz poético.
Considerados ahora los nombres personales en su vida propia dentro de la lengua castellana, como vocablos pertenecientes á ella, que evolucionan y se transforman á la par de todos los demás, hay que analizarlos según las leyes de la fonética, de la flexión, la composión y la derivación.
Ya hemos dicho que, aún los nombres de origen gótico, so
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latinizaron antes de entrar en el caudal de la lengua, y que, lexicológicamente considerados, no se apartan en sus transformaciones de los de origen latino. Cuanto se exponga, pues, en este particular puede aplicarse indistintameete á unos y otroa.
Todas las voces, con el transcurso del tiempo, sufren alteraciones fonéticas, ya dentro de su misma lengua, ya al pasar á otras. Reglas bastante exactas tienen estas mutaciones de letras, pero que no podrían ser estudiadas aquí con más derecho que en cualquier otro trabajo en que se hablara de etimologías castellanas. Estas reglas están fundadas en las diferencias de pronunciación, que son diferencias orgánicas, y la gran ley que las domina es la ley del menor esfuerzo. Articular con el menor trabajo posible, pero de modo que nos entiendan; éste es el problema que inconscientemente ha resuelto todo pueblo en los diversos períodos áe su lengua. A sorprendentes resultados se llega con este procedimiento tan simple,* pues al cabo de algunos siglos las diferencias pueden ser tales que sea casi Imposible remcmtar al orígen de la palabra. De aquí la importancia del método histórico, que nos da la filiación de los vocablos. Así, pues, hemos de encontrar en los nombres más generalmente usados muestras inequívocas del desgaste producido por el tiempo, por medio de una serie de trasposiciones, sustituciones, adiciones y eliminaciones de letras, hasta que el vocablo quede acomodado á la índole del lenguaje contemporáneo. ¡Cuántas formas poco eufónicas no han ido desechando los nombres Diego, Alfonso, Enrique, hasta llegar á éstas hoy aceptadas! (1) Y de éstas no puede prescindir el etimologista, pues le dan el hilo, para subir á los verdaderos orígenes.
Sobre ésto, sin embargo, me limitaré á decir que no siempre sobrevive una sola forma, á veces existen varias, y aún llegan á
(1) Véanse algunas: Jacob, Jacque«, Yagan. Jago, Diago, Día. — Alfou, Ilefon, IlefonsO; Vilifonso, AldefoiiPo, A<lefüUí»¡o, Arifoiisio, Aufonso, Foiiso. — Auric, Anrique, Eiirich, Enrice, etc.
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mirarse como nombres diversos. En unos casos puede esperarse que al ñn subsista una de ellas á expensas de las demás, como en Sebastian y Bastían, Aurelio y Oriol, Cipriano y Cebrian; en otros viven los nombres de origen común con vida independiente, como Jaime, Santiago y Diego; Eligió y Eloi; Elisa é Isabel,
No faltan caisos de composición en los nombres propios, como en Maximiliano, Mariana, pero no dentro de la lengua castellana; por lo que prescindiré de esta parte importante de la generación de las voces.
En cuanto á la flexión y la derivación son maneras regulares de formar unas palabras de otras; maneras á que están sujetos también, en cierta medida, los nombres de que tratamos. Antepondremos aquí el estudio de la derivación, para esclarecer un particular importante en la flexión.
Entre las formas de derivación tiene particular preminencia en estos nombres la diminutiva, por razones tan sabidas que parecen excusadas. Y de las formas diminutivas que el castellano, con las otras lenguas romances, tomó al latin, la más importante en los nombres personales ha sido la desinencia mo, ína, (1), porque de puro usada, ha llegado á constituir una clase, que podemos llamar de diminutivos independientes. Es decir que, mientras las formas illo^ ico ó ito (2), sólo se emplean en el lenguaje familiar, y como trasformación accidental de un primitivo, la forma ino-ina constituye un nombre aparte. Así tenemos Bernardo y Bernardino, Segundo y Secundino, Adela y Adelina, Clemencia y Clementina, Conrado y Conradino, Constante y Constantino, Claudia y Claudina, etc., etc.
Sobre esto hay que apuntar una observación interesante. Y
(1) La desinencia inuít en latín implica la idea de origen 6 descendencia.
(2) lüo es la desinencia diminutiva ellus ó illus, J)e ico sólo puede asegurarse que no es de origen latino. Respecio á ito la derivación alemana parece prol)able; y aunque en esto convienen Grimm y Pott, no así en detertninar la raíz cierta.
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r*.*< qae en Céistellano^ como en pnrtnguéitf existe ta tendeircia é fia-
prímír )ji o en eí*>ta terminación. De at^uí resulta que en no |>oc«m
nombren (|Ueda dÍKÍmu1af1a la furnia dimfnntiva. Vea&^ i^tnsí
ejem|/1fm:
A|fQKt^]n (o)^ — <le AnffUHiii,
Florent-in (o) — de KIorente ó ¥\^rvtnúo
Quint-in (u)^le Quinto (Quintux).
Valent-in (o) — de Valen te.
Mart-in (o)^-de (Mariiui*).
Mag-in (o) — de (Magnuü).
Antol-in (o) — de Antonio.
€rÍKp-ín (o) — de Crispo.
En muehos de estos casoft^ e! non)bre con la de^íínenda cnnipTrt* ha existido en otras edade» de la lengna^ cumu smerde, |Kir €J«i|i*
¡do, en Agutí^tino y Ant4ilíno.
Respecto á la flexión, eomo htn norntire» [in»pío£$ carecen negularmeute de plural^ aóío tenemoíi (jue notar la deí^ineneta de género. Ksta^ por regla general^ se forma trocando la termiiiaciófi u del masculino en fí, (\ las que se refieren las dusinencias kf-4a; Jeronim-o, a, Anton-io, ía. Si el maHculino termina en consonanttt, 8e le añíide la terminación a, sin ningún aditaniientOy como Marcial, a; annque en algunos casos se descubre cierta tendencia á ta diptongación, cu rao en Felicia, de Félix 6 Feliz, Fidelia, dt* Fidel, etc.