Estudios literarios y filosóficos · Unidad 31 de 43

Unidad 31 · MORAL.

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ciÓQ inanimada, la realidad viviente encarnada en el individuo^ no aspira á ana dominación dogmática, prevé y anticipa su abdicación, y promete para el dia venturoso en que la humanidad sienta, comprenda y practique mejor la solidaridad de sus miembros, un nuevo arte en correspondencia C(m ese estado de más perfecta organización social.

Mientras el idealismo se aforra á su idea insensata de estancar el espíritu humano, de momificar una de sus más brillantes manifestaciones; el naturalismo responde á las necesidades premiosas de movimiento y lucha de la época presente, llama á las puertas del porvenir, y á cada etapa gloriosamente recorrida, á cada cumbre osadamente escalada, grita con mayores brios tremolando su bandera victoriosa: Adelante; siempre Adelante.

Ved, jóvenes cubanos, esperanzas de una patria que exige el concurso varonil de t4)das las actividades vigorosas, ved si en estos solemnes momentos de la vida de una sociedad que despierta de un letargo de muerte, podéis titubear en la elección del puesto que os está marcado; si podéis abandonar la arena polvorosa donde se pugna y se combate, por el callado recinto donde sólo se sueña y fantasea. Las viejas doctrinas responden á necesida. des que la humanidad enterró ha largo tiempo en el panteón de sus recuerdos gloriosos; allí descansan con las fábulas, con las preocupaciones, con la imperfecta ciencia que eran sus hermanas. Las nuevas doctrinas que han renovado las infinitas esferas de la especulación y la actividad sostienen un comercio constante con todas las grandes ideas y los nobles sentimientos de esta épQca. de ciencia y experiencias verdaderas; y están poniendo la cúpula al grandioso templo donde tiene su trono esplendente la civilización contemporánea. Ved de donde brota á raudales la luz, luz de ciencia, luz de arte, luz de justicia, luz de libertad; no os empeñéis en seguir el rastro pálido de un sol ya traspue8t.o; venid á saludar con himnos de júbilo el sol que se levanta luminoso en nuestro oriente!

13 de Marzo de 1879.

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MORAL.

LA MORAL E5 LA EVOLUCIÓN.

En el estudio de A., Gerard sobre Voltaire, publicado en los números anteriores de la Revista, (1) tan abundante en amplias sugestiones psicológicas y sociales, se expone, como de pasada, acerca de los fundamentos de la moral, una opinión, que por su capital importancia merece cuidadoso examen. Instigado el autor por el deseo de escudriñar la verdadera pauta á que ajustaba Voltaire sus doctrinas sobre el desenvolvimiento histórico de la humanidad, la encuentra en su constante preocupación en pro de la moral. Si para el filósofo de Ferney la historia era un caos, donde pugnaban los más encontrades principios, y donde en último término aparecía entronizada la violencia sobre los escombros de los sentimientos humanitarios de tolerancia y equidad^ era porque estaba penetrado de que no se pedia exigir á las generaciones pasadas, fuerzas anónimas y por tanto irresponsables, la subordinación estricta de sus actos á los dogmas de la moral universal.

Hasta aquí nada tendríamos que oponer á esta interpretación de la manera de sentir del filósofo francés, como no fueran algunos esclarecimientos á la noción de responsabilidad. Pero como M. Gerard refuerza su opinión añadiendo que la moral es exclusivamente del resorte del individuo, que con él empieza y termina; este concepto, tan contrario al principio evolucionista que, para nosotros, ilumina todas las ciencias, necesita aquilatar-

(l) La Revista de Cuba.

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se; pues, á ser la expresión de la verdad, no sólo pone fuera del dominio de la evolución uno de los más importantes problemas de la investigación filosófica, sino que hace imposible una ciencia de la moral, aspiración legítima y constante de las nuevas escuelas.

La moral, dice literalmente M. Gerard, no es ni una herencia, ni una tradición. Siendo esto así, los sentimientos morales forman un orden aparte, sin conexión ai semejanza con las otras manifestaciones psíquicas, y nos encontr$mos desarmados en su presencia, sin poderlos reducir á cuerpo de doctrina, puesto que no han úe serles aplicables los mismos métodos con que observamos y clasificamos aquellos que ceñíamos por sus congéne' res. ¿No es esta la manera de pensar de los que ven en la voluntad una potencia libre de toda determinación causal, y de los que buscan en la esfera de lo metempírico el fundamento y las reglas de la moral? Porque, no hay remedio, ó la moral se nos manifiesta por medio de fenómenos naturales, sometidos por tanto á un proceso de generación, capaz de ser observado y analizado; ó es toda ella un fenómeno extranatural, y está fuera del dominio de nuestras investigaciones. Ningún filósofo ni adepto de las nuevas doctrinas podrá aceptar el segundo extremo; y, sin detenerme mucho en él, ¿no es extraño que estos fenómenos supematurales vivan con la misma vida de los demás, alterables á pesar de su origen inalterable, variables á pasar de su fuente inmutable, plegándose dócilmente á la necesidad, según los tiempos y las circunstancias?

Si consideramos la raza humana en ei largo curso de su existencia sobre la tierra, ó en los diversísimos grados de civilización en que se muestra, según los distintos países del globo, encontramos una lenta y gradual manifestación de fenómenos conscientes y morales, que se elevan de un estado de simplicidad rudimentaria á la complicación y complexidad de los estados

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anímicos del hombre contemporáneo, perteneciente á la raza superior; manifestación acompañada de un simultáneo desarrollo moríuloglco del órgano del pensamiento, que hace inferir una sucesiva multiplicación y encadenamiento de funciones fisiológicas.

Entre el célebre cráneo de Neander, de configuración tan vecina á la par de los cráneos simianos y de los australianos, y el cráneo de un ary a europeo ó americano, hay que recorrer toda una escala de tipos que van ofreciendo mayor amplitud de la cavidad frontal, desenvuelta á expensas de la occipital. La masa encefálica de un hotentote y la de un francés ó alemán presentan, no sólo diferencias de peso hasta cerca de un treinta por ciento de menos en el encéfalo del salvaje, sino divergencias de forma á favor de la masa del hombre civilizado, cuyos hemisferios más surcados por las círconvoluciones son más abundantes en matería gris.

Y si nos representamos al poseedor de aquel cráneo, al hombre contemporáneo del oso de las cavernas, del mammuth y del rinoceronte lanígero, modulando escasos y balbucientes sonidos articulados, refugiado en el fondo de las cavernas ó viviendo sobre los árboles, construyendo cuando más informes barracas en medio de ciénagas y pantanos, armado para el trabajo y la defensa de pedazos de sílice en bruto, esclavizada su inteligencia á la noción de lo concreto, concluyendo siempre de lo particular á lo particular, poco ejercitadas . las aptitudes representativas, la invención girando eternamente al rededor del apetito del momento, sin previsión de lo futuro, sin idealidad posible; si recordamos á los Neffr¿Ü08 de la Milanesia ó cualquiera otra raza tan inferior, con sus lenguas monosilábicas, divididas en innumerables dialectos, distinguiendo at>énas la pluralidad de la unidad, habitando entre las ramas de los árboles, como los naturales de Ceram, armados de maza y saetas, pintándose de abigarrados colores, entregados del trodo á la necesidad del dia; y volvemos después la

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vista á nuestra cIvUizaeión tan rica de todas las artes qne hacen segura, cómoda y reñnada la vida, con lenguas literarias de variada ñexión, con una representación complicadíáittia del universo, con la difusión de las man amplias ideas generalizadoras; descubrimos un inmenso trayecto recorrido de perfeccionamiento ©n perfeccionamiento, y que podemos estudiar gracias á los monumetitos en que el hombre lia estereotipado su memoria.

Pero hay más, á aquel estado de concomitancia del hombre con la bestia, á esa situación de salvaje cazador, corresponden sentimientos morales en consonancia con ellos. El homo primigenias roía indistintamente los huesos del animal que traspasaba con su azagaya y los de su semejante que aterraba bajo su maza; sus sociedades no conocían otro vínculo que la necesidad de la defensa; el amor á la prole y la simpatía debian permanecer en estado rudimentario, porque la naturaleza circunstante, feroz y desconucida, obligaba á preponderar á los instintos más egoístas* Hoy los habitantes de la isla de Rosell y los de las islas Fidji, son antropófagos; entre los Chichimecas y otras muchas tribus americanas, se conserva íbu vigor el uso de las mutilaciones impuestas y voIunta**ias; no pocos pueblos de las islas del Pacífico viven en la promiscuidad de sexos; la simpatía apenas extiende su influencia en los límites de la horda, y aún dentro de ella el sentimiento de la venganza reina sin freno; la subordinación está siempre en pugna con un individualismo exigente; en la lengua de los pueblos de la Australia no existen voces significativas de las ideas de justicia, pecado ó erínien. En cambio en el otro extremo de la sf^rie vemos las nacionc^s cultas de nuestros dias, en que el hombre muestra los man acendrados sentimientos morales, como la bella florescencia de su constitución psíquica. El antagonismo originario de la sociedad y la familia no sólo ha desaparecido, sino que ésta es el más sólido cimiento de aquella; las sentimientos altruistas franquean el círculo de la comunidad, el

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de la nación y el de la raza, para extenderse á los últimos límites de la especie y aún más allá. La lucha por la existencia se traslada del terreno de la fuerza bruta al de la inteligencia; no sólo se proscribe el duelo, la lucha de hombre á hombre, sino que se abomina la guerra, la lucha de pueblo á puebloj y no ha mucho que dos grandes naciones han suspendido formidables aprestos militares, para someter sus diferencias á una asamblea de hombres probos y sabios^ cuya decisión ha sido acatada por las partes litigantes.

Cotejemos unos y otros fenómenos; la paridad es completa. En todos hallamos un proceso constante de las formas inferiores á las superiores. Y siendo esto así ¿no debemos creer que están sometidos á las mismas leyes? ¿que les son aplicables los mismos métodos de investigación? ¿Qué nos autoriza para separar tan radicalmente las manifestaciones de la inteligencia y las del sentimiento moral? ¿Por qué confinar á éste en un dominio aparte? Nada justifica este honor peligroso. Más aún, ¿qué es en suma cualquier sentimiento moral, sino un conjunto de representaciones, ideas, raciocinios,' movimientos apasionados y determinaciones volicionales que le constituyen en el más oomplexo de los estados anímicos? Ahora bien, ¿las partes serán fenómenos naturales y el todo un fenómeno extranatural? Doctrina insostenible; si hay una génesis de las manifestaciones conscientes, si la sensibilidad y la inteligencia tienen un desarrollo capaz de ser observado y clasificador, lo tienen también los sentimientos morales: una ciencia de la moral es posible.

La constitución de una ciencia supone la determinación de leyes fundamentales á que venga á referirse el conjunto de sus fenómenos constitutivos; requiere además un doble y simultáneo procedimiento de análisis y síntesis; por el primero de los cuales se descienda del fenómeno co^nplexo ó de la red de los fenómenos á sus elementos más simples^ para que el segundo procedimiento

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reconstituya á sa vez con los miembros disgregados el cuerpo sometido á disección, sirviendo de cumplida demostración al primeroj y todo esto pide un método que ayude á recoger los hechos, á observarlos, aquilatarlos, compararlos y fecundarlos, si se me permite la expresión, para sacar de ellos las inducciones que dan por resultado las leyes.

Hoy por hoy la nooral está discutiendo sus métodos, los trabajos de análisis son meramente provisitnales, y las leyes que posee la ciencia más se deben á argumentaciones ápriorij que á legítimas inducciones (1). Esto no obstante, como poseemos ciertas leyes últimas, es decir ciertas generalizaciones que unifican para nuestro intelecto una grah variedad de fenómenos, reconocido el orden á que pertenece una serie de óstos, sabemos desde luego que le son aplicables determinadas leyes. Todo movlmiei^- to de masas, ya se verifique en los espacios interestelares, ya sea ejecutado por los míísculos de un organismo inferior, cae en la esfera de las leyes dinámicas. Ahora bien, sean cuales sean los elementos de los sentimientos morales, es indudable que son fenómenos subjetivos, fenómenos de concienófa; y CQmo tales entran, por lo menos, en la más amplia de lap generalizaciones á que se pueden referir los estados psíquicos, aquella por la cual colindan y tal vez se confunden con lo objetivo: la ley de transformación perpetua, cuyas dos fases son la heredabilidfuí y la varuíbilidad; la una el elemento permanente, la otra el instable,- en los fenómenos sociales, la preordénación orgánica (que es la herencia), manifestada á lo exterior por un fondo común de principios (la tradición), y el incesante (?ambio por medio del cual las ideas heredadas áe van poniendo en relación con el medio, qutí

(1) No se olvMe que hablamoi^ de la moral constituida como ciencia natural. No porque esté en etiibríón e^ta ciencia, 4^jaD de existir los sentimientos morales y de ser la norma á que est-áii sometidfis las relaciones del hombre en sociedad. Los misnáos filósofos trascendental istas convienen en que U)SjpfVÍmero8 principios llegan siempre lo« últimos. Véase á J. F. Ferrier, eu ñuñ ínstiiutes of Metaphyitc, Iiitrod. $. \H y sij(.

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igualmente evoluciona. Hé aquí corao si M. Gerard niega que la moral es una herencia y una tradición, le niega todo carácter de fenómeno subjetivo, me atrevo á decir más, U)áú carácter de fenómeno.

Los que abriguen, como yo, la creencia de que el abismo que parece existir entre el mundo interno y el mundo externo ha de salvarse algún dia, y de que á medida que penetremos más y más en las regiones hiperbóreas de la inconscienda, se han de aproximar esas fronteras que Conjeturamos tan distantes, no podrán tachar de temerario que me arriesgue en el peligroso cumino de la analogía y me atreva á asimilar la persistencia específica de los estados psíquicos á la indestructibilidad do la materia, y su constante adaptación á nuevos medios, á la transformación constante de las fuerzas. Lo cual me lleva por tanto á creer que todo fenómeno, cualquiera que sea su órd^n, está sometido á estas leyes últinías, las más generales que sea dado concebir.

Sin la trasmisión hereditaria ¿cómo comprender la existericia do los sentimientos morales! ¿cómo explicar su lenta y gradual manifestación, no ya desde el niño hasta el adulto, desde el salvaje, pasando por el bárbaro, hasta el hombre civilizado, sino desde los más bajos grados de la escala zoológica, desde que comienzan á despuntar los fenómenos sociales, inseparables compañeros de aquellos!

Por incompletos que sean, los análisis intentados hasta el dia parecen resolver todos los sentimientos mójales en el instinto de conservación. Este instinto tiene una faz fisiológica altamente curiosa, señalada por Burdach, la tendencia de los tegidos á reconstruirse en caso de lesión. Como sin esto no hubiera organismo, no es posible llevar más lejos el análisis. Desde que la diferenciación de los tegidos orgánicos llega hasta la constitución de un tegido nervioso, aparece, para reforzar aquel instinto, un fenómeno que lo acompañará en lo sucesivo, el de la sensibilidad,

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el placer y el dolor, por medio de los cuales la materia organizada tiene conciencia de que vive y de que persevera en la vida, ó de que sufre alteración ó menoscabo en ella. Desde este momento es ya posible la evolución que, del instinto en grado extremo egoísta de la conservación, sacará los sentimientos altruistas.

No cabe seguir aquí este proceso en sus fases primeras, cuando el amor á la prole es apenas algo más que una extensión de la afinidad de las moléculas orgánicas entre sf; pero debo hacer notar que desde el momento en que la inteligencia llega á tal punto de desenvolvimiento que hace posible la representación perfecta de un ser semejante, los instintos altruistas han aparecido. Por no descender mucho, es indudable que en los himenópteros esta facultad (llamémosla así) de representación existe en grado eminente; de otro modo serian inexplicables sus costumbres é industrias mejor aseveradas. Eo los casos observados por M. IV rel de hormigas heridas auxiliadas por sus enemigas después de una encarnizada pelea, vemos que la representación de íin ser semejante despierta movimientos que dan por resultado actos que nos costaría poco calificar de morales (1). En el vasto orden de las aves cualquiera ha podido ser testigo de los socorros prestados por bandadas de una especie á individuos de otras afines. En nuestras costas hay frecuente ocasión de comprobar la cooperación sistematizada por aves de aspecto tan poco inteligente como el pelecanus/mcus (alcatraz), y elevada á la organización en varios géneros de zancudas. En los mamíferos la coexistencia y complicación de sentimientos sociales y morales es mayor. La familia, completamente organizada, en clases inferiores, se relaja en cierto modo aquí, para permitir el nacimiento de agrupaciones cuya base es la simpatía. Estas agrupaciones desenvuelven la cooperación, afirman la separación de funciones hasta llegar á la división del trabajo, y terminan por el reconocimiento de un jefe.

(1) Fourmit de la Suis$e, p. 277.

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Todo esto implica, de un modo tan confuso é incompleto como ae quiera, movimientos que suponen numerosos sentimientos altruistas; una comunicación y cambio constante de servicios, la dependencia consentida, en que hay tantio de temor como de respeto, la vigilancia para la seguridad de todos, la previsión de sus necesidades, con los caracteres manifiestos del celo etc. Campo inmenso de observación presentan bajo todos estos aspectos las hordas de rumiantes, paquidermos y, muy en especial, de si* mios (1).