Fábulas argentinas · Capítulo real 16 de 18
LXXXVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
LXXXVII.
Parentesco postumo.
Hubo, en otros tiempos, un caballo célebre; como él ninguno corrió jamás, y para que su nombre viniese eternamente en el recuerdo de la gente, decidieron las autoridades erigir á su memoria un grandioso monumento.
Se hizo una subscripción popular entre todos los cuadrúpedos; se llamó á concurso á los mejores artistas, y para el dia de la inauguración del monumento, se resolvió convidar, además de las autoridades, á todos los descendientes del ilustre procer.
No alcanzaron las tarjetas, pues no hubo, ese
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día, mancarrón inservible que no so diera por pariente de aquel gran caballo. Y cuando ya se iba á cerrar el registro, todavía se presentó el burro, asegurando que él también tenía con el célebre caballo cierto parentesco lejano.
LXXXVIII.
Los tres durazneros.
¡ Qué hermosura ! gritaron, una mañana de agosto, todos los árboles de una huerta, al ver cubierto de flores á un duraznero precoz.
Otros dos durazneros estaban allí también, pero sin flores todavía: y creyendo el peral que por envidia no aplaudían, se lo reprochó.
— ¿ Cómo quiere usted que celebremos la desgracia de este desdichado ? — contestaron ellos.
Y efectivamente, pocos días después, vino una helada que hizo caer al suelo, quemadas, todas las frutitas apenas cuajadas.
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Otro de los durazneros floreció entonces y se apresuró en dar, en la fuerza del verano, una enorme cantidad de frutas, pero pequeñas, comunes y de poco valor, por su misma abundancia.
El último esperó, para florecer, que el sol fuera más fuerte y dejó que durante todo el verano creciesen sus frutas, almacenando despacio en ellas todo el calor posible para ostentar en el otoño la admirable cosecha de sus hermosas frutas, grandes, sabrosas y bien sazonadas.
La precocidad es siempre peligrosa.
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LXXXIX.
El cuis y el perro muerto.
Un magnífico perro, de gran precio, había muerto en la estancia, y su amo, para consagrar su memoria, le liizo edificar un soberbio sepulcro á donde lo llevaron en solemne procesión.
Al ver pasar el acompañamiento, en el cual figuraban todos los animales de la estancia, el cuis, que es pobre y vi\e como puede, <^n su miserable cuevita, siguió también, de curioso y n» sin sentir cierta envidia hacia esos ricos que, aun muertos, parecen otra cosa que la demás gente.
Pero cuando lo hubo visto encerrar en el
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monumento aquel, volvió, curado ya de envidia, á su casa, pensando con razón que más vale un pobre cuis en su miserable cueva, que cualquier perro rico en su bóveda de gran lujo.
XC.
El ganso.
Pocos son los pájaros que no tengan alguna pretensión musical, y no se crean cantores, cuando muchos de ellos no son más que gritones insorportables.
Se le ocurrió al águila, rey progresista y generoso, abrir entre los de sus subditos que quisieran disputar el premio, un concurso de música, y eligió el mismo al jurado, compuesto de pájaros de reconocida competencia y de perfecta imparcialidad.
Tomaron parte en el certamen aves de toda
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laya y tamaño, domésticos y silvestres, y después de haberse cansado los oidos durante varios días ,escucliando cantos . y gritos, los jurados adjudicaron el premio al pájaro que les pareció realmente liaberlo merecido . . . No fué el ganso, lo que nadie extrañará.
Pero éste no quiso acatar el fallo del jurado, y se fué diciendo por todas partes que los jurados eran unos imbéciles ó unos tramposos, y que sólo él, y nadie más, había merecido el premio.
Los jurados quedaban así malparados.
— ¡ Miren ! tramposos ó imbécile?; y quizá ambas cosas á la vez — decían algunas buenas lenguas; hasta que un amigo de ellos aconsejó al ganso dar una prueba pública de su talento.
No vaciló el muy vanidoso, y después de haber juntado á mucha gente y explicado el caso, cantó . . . La disparada fué general, y el asunto quedó juzgado.
XCI.
Justas quejas.
Cansado Dios de oir, desde su trono de nubes, un confuso y continuo rumor de gritos y de rezongos, de reniegos y de quejas, mandó hasta la tierra á un emisario de su confianza, para que estudiara el caso é informara sobre la reformas que le pareciesen más urgentes.
Al llegar, oyó el emisario una disputa entre el zorro y la vizcacha. El zorro era el que gritaba más fuerte, tratando á la vizcacha de toda clase de cosas, y la vizcachera de cueva inmunda y de infame choza.
Preguntó el emisario á la vizcacha qué perjuicio le habia hecho al zorro para que la tratase tan mal.
— ¿ Perjuicio yo á él ? ¡pues, señor, está lindo!— contestó la vizcacha. — Le alquilé una pieza, y como le fuera á cobrar el alquiler, rompió la. puerta, y de yapa me insulta. .
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Estaba tomando sus apuntes el emisario, cuando oyó quejarse del modo más lastimero la rueda de un carro. Cliillaba como para rajarle á uno los oidos. Sa acercó, y viendo que la otra rueda no decia nada, preguntó al carrero por qué se quejaba aquélla y ésta no.
— Es que la primera — contestó el hombre, — ya no sirve para nada, mientras que la otra anda como es debido.
Y pasó en este momento, montado en un soberbio caballo, un maturrango, quien, lastimado en las asentaderas y bamboleándose en el recado, insultaba al animal, tratándolo de mancarrón.
Los miró pasar el emisario y se sonrió con discreción.
A poco andar, encontró á un gaucho muy jinete, que, paciente, galopaba como podía en un animal bichoco. Y se quejaba el mancarrón de que el hombre era pesado y no sabía andar.
Pasaba en este momento el emisario por cerca de un corral donde un ovejero curaba de la sama su majada; y vio que una oveja, una sola, se había cortado de las demás; y que aunque la persiguiesen todos los perros, por nada quería entrar en el chiquero; tanto que enderezó á los lienzos con tal fuerza que quebró uno por el medio.
Se fijó el emisario en la oveja, y vio que era la más sarnosa de toda la majada.
Agregó en su libreta un apunte más y se fué á dar cuenta de su misión.
XCTI.
La chicharra y la rana.
Entre las tupidas hojas de un árbol la chicharra chirriaba. De repente se calló, dejando sordos á todos su mismo silencio; y la rana aprovechó la ocasión para contestarle con su graznido.
Oyendo esto, la chicharra volvió á chirriar. La rana, ella, siguió, como si tal cosa, y', durante horas, ambas cantaron asi juntas, sin hacerse caso una á otra. Hasta que, cansadas de tanto gritar, se callaron, exclamando ambas á la vez, en son de critica:
— ¡Qué lata tiene !
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