Fábulas argentinas · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
Godofredo Oaireaux
Fábulas
ílrgentiDas
Edición escolar ilustrada
PRUDEDT Bdos. (DOETZEb q Cía.
EDITORES
C3 1=3 en C3 C3
721, gflhbE PlGTORlfl, 727 g BUEnOS AIRES g g í^ g
:. . k '->. ..
s. '^"3^ f"5rr^*í
THE UNIVERSITY
OF ILLINOIS
LIBRARY
V J J • • •
[ -^ ''•«•'
>«í^^T«»^í^^'55^'¥«^^?2rr;/----;:,.j^^||^?&:^r-*« -^ -"^"^p?^^
Ü. ■ I
W ^*V*'
- " J \ - ^ -^
EDICIÓN ESCOLAR
Qodofredo Daireaux
;^:a.^>— .,., g^ ■%:.i' ■ =
Fifi^UIi^S ^RGENTIN^S
EDICIÓN ESCOLAR
JI/USTBADA
•^^^ \¥^^^
Prudent Hnos. Moetzel y Cía.
Editores — 719, CALLE VICTORIA, 727
BUENOS AIRES
DEL MISMO AUTOR
ADOPTADOS POE EL
CONSEJO NACIONAL DE EDUCACIÓN
PARA LAS BIBLIOTECAS ESCOLASES
La Cría del ganado en la estancia moderna
(4.a edición} $ 5 . -
Manual del Agricultor Argentino (2a ed.) » 10,
^J 'J\pJ^J\.'\r^
€X<^^^ CC-», c^^
ííl.lSiO r?
'«ií*
ft..
AL LECTOE
Á medida que uno envejec^^ le entran como loca picazón las ganas de dar consejos. ¿ Será que, no pudiendo ya sacar provecho de su tardía experiencia, el hombre la ofrece de regalo á
5 los que todavía la pueden utilizar? Puede ser.
^"'^ Pero los consejos, y más todavía las críticas,
r*^ á que también da la experiencia cierto derecho,
tienen que ser envueltos en algo muy dulce pa- ^ ra que el paciente consienta en tragárselos, y que
% del remedio se pueda esperar algún efecto. Y
^ por esto es que, desde tantos siglos, se ha ima-
^ ginado el apólogo. Con él, ha podido un pobre
Ofl esclavo, como el gran fabulista frigio Esopo, can-
tar verdades á su amo, sin ser muerto á azotes ; "^ con él, ha podido Rabelais, el jovial cufa francés,
rO mofarse de los clérigos viciosos de su tiempo,
sin acabar en la hoguera ; por él, Lafontaine ha popularizado tantas máximas de moral y tantas reglas prácticas de conducta, que sus fábulas' han contribuido más al progreso de la humanidad que cien tratados de filosofía.
41i;'.>58
§--
Estos maestros y muchos otros han dejado tan trillado el campo del apólogo, que poco queda que espigar en él ; y por mi parte, no me habría atrevido á hacerlo, si, durante muchos años, üo hubiera sorprendido, entre los animales que pueblan la Pampa, mil conciliábulos que seria lástima dejar perder, pues no desmerecen sus lecciones de las que nos han venido de allende los mares.
Es de sentir, por cierto, que ño hayan tenido por intérprete de su gestos graciosos y de sus conversaciones instructivas á algún inspirado poeta, capaz de traducirlos en versos lapidarios, pero no pude yo sino tomar fieles apuntes de lo que vi y oi, y reducirlos á simple prosa corriente para los que ignoran el idioma de los bichos pampeanos.
Los hay entre éstos, llenos de picardía, de envidia, de ingratitud, de egoísmo, de orgullo, de avaricia, de ignorancia, de mala fe y de muchas otras cosas feas, cuya enumeración sería bastante más larga que la lista de sus virtudes; y no hay duda que el hombre es muchísimo mejor que esos seres inferiores. Pero podría suceder ¿ no es cierto ? por una gran casualidad, que también se encontrasen hombres que no fueran modelos de lealtad, de desprendimiento, de gratitud, de modestia, de generosidad, de buena fe, y para ense-
— 9 —
ñarles á corregirse, el apólogo es y siempre será de gran resultado ; por lo menos podrá servir de desahogo al que sienta la imperiosa necesidad de reprender sin herir, y si por sus alusiones y sus indirectas, las fábulas hacen cosquillas al i que las oiga . . . ¡ que en silencio se rasque !
Bien raras veces, por lo demás, se da uno por aludido. Cuando, en un circulo de muchachos, algún travieso ha pegado con alfiler colas de papel á dos de sus compS,ñeros, todos, por supuesto, se ríen, pero, más que los otros, siempre, los dos que llevan la cola, mofándose uno de otro.
La fábula no hace personalidades; y su gran poder, justamente, consiste en que á nadie choca, ya que siempre puede cualquiera desconocer en ese espejo las arrugas de la propia cara y aplicar á otro la semejanza; pero no por esto deja de ser siempre mas eficaz la sonrisa indulgentemente burlona del fabulista que la voz severa y los ojos redondos del pedante.
Estábamos un dia en un^ corral de ovejas, arreando despacio los animales al chiquero, y nos hablaba un compañero de un sujeto á quien habían explotado muy feo los mismos
— loque bajo forma de habilitación, parecían ayiidarle , cuando le interrumpí diciendo : « ¡ claro pues : el hombre dijo á la oveja ... ■»
Y un gaucho, un peón, que caminaba algunos pasos delante de nosotros, al momento dio vuelta la cabeza y alargó el pescuezo, prestando con interés el oído, en espera del resto. No seguí ese día, porque no había tiempo, pero la mirada hambrienta de cuentos de ese hombre había bastado para que me decidiera á juntar tc/dos los que andaban sueltos en el cajón de mi mesa y también en mi cabeza, haciendo de ellos el modesto lio que aquí ofrezco al lector.
De ese lío, publicado íntegro por la Biblioteca de la Nación, eleji para la presente edición escolar las que me parecieron contener ciertas lecciones de moral, de economía, de vida práctica, de amor al trabajo, de indulgente filosofía más adecuadas á la edad de los alumnos de nuestras escuelas, haciéndolas ilustrar como para que formasen, al mismo tiempo,
un verdadero álbum de la fauna pampeana.
Y si las llamé Fábulas Argentinas, es que,
aunque lo mismo pueden ser de aplicación en cualquier otro país, me han sido inspiradas, todas, por sucesos é incidentes acaecidos aquí, entre gente de esta tierra, siendo sus actores, salvo muy contadas excepciones, animales pertenecientes á la fauna argentina. G. D.
'^m^
El hombre y la oveja.
Él ílombre dijo á lá oveja : — ¡Te f oy á proteger.
Y á la oveja le gustó.
— Apenas — dijo el hombre — tienes en las espaldas, para resistir al frió, algunas hebras de gruesa lana. Vives en rocas ásperas, donde tienes que brincar á cada paso, con riesgo de tu vida, para buscar el escaso alimento, el pobre pasto que allí crece. Los leones no te dejan en paz. Crías hijos flacos con tu poca, leche, y da pena ver en semejante miseria á ti y á toda tu familia. Ven conmigo. Te daré rico vellón de lana fina y tupida, perseguiré á tus enemigos, curaré tus enfermedades; tendrás parques seguros y prados abundantes. Verás tus corderos, ¡ que gordos, serán ! Ven pues; te voy á proteger.
Y fué la oveja, balando de gozo.
— 12 —
El hombre, primero, la encerró en un corral. Quiso ella salir; un perro la mordió el hocico.
La hirieron en la oreja con un cuchillo y la metieron en un baño frió, de olor muy feo.
Por fin, de compañero le dieron un carnero que á ella no le gustaba nada.
En vano protestó.
— Es para tu bien — dijo el hombre: — ¿nó ves que te estoy protegiendo?
Poco á poco se fué acostumbrando.
Sus formas agrestes cambiaron por completo; sus mechones cerdosos se volvieron lana, y se hinchó de orgullo al ver su hermoso vellón.
Entonces, el hombre la esquiló.
La oveja tuvo magníficos hijos, rebosantes de salud y redondos de gordura.
El hombre se los llevó, sin decirle para donde.
La oveja quiso saltar el corral para seguirlos, y rompió un listón de madera. El hombre, furioso, asestándole un golpe en la cabeza:
— ¡Vaya! — dijo, — ¡métase uno á proteger ingratos!
— 13
u¿tM- •M.wM^nút
II. La mariposa y las abejas
De flor en flor iba la mariposa, luciendo sus mil colores, más linda que las mismas flores, más liviana que un pétalo de rosa.
A cada paso, en sus revoloteos, encontraba á las abejas, atareadas siempre, siempre afanadas. Asimismo, como sabia dejarlas el paso, saludándolas afablemente, las abejas le habían criado cariño, y de cuando en cuando se dignaban algunas conversar un rato con ella.^
Asi se enteró la mariposa de cómo las abejas edificaban su colmena, la proveían de todo lo necesario para el invierno, tenían sus depósitos llenos y hasta podían dedicarse á un negocio lucrativo de intercambio de productos con otros insectos.
Se la ofrecieron mucho, poniendo sus casas á su disposición, prometiéndola mil cosas, rogándola que las ocupara, sin cumplimiento.
La mariposa, llena de imaginación, se figuró
— 14 _
que con semejante ayuda, podría también ella poner negocio. No había trabajado, hasta entonces, en recoger la miel, sino para su con^ sumo personal; pero, como las abejas, sabía juntarla, y lo mismo que ellas podría muy bien hacer fortuna.
Sólo le faltaba un poco de cera para empezar y algunos otros materiales para formar la colmena.
Fué á ver á sus amigas las abejas, á pedirlas^la cera.
Una, desde el umbral de su casa, le contestó que, justamente en este momento, acababa de disponer de la poca que tenía guardada, y que deveras sentía mucho no poderla favorecer.
La segunda entreabrió la puerta y le dijo que todavía no tenía cera disponible; y la tercera, por la ventana, le gritó que sólo al día siguiente la iba á tener.
Otra, con mucha franqueza, le contestó que, realmente tenía, pero que la iba á necesitar y no se la podía prestar.
Y la mariposa volvió á sus flores, convencida de que de los mismos que se ofrecen, muchos van á^tener," muchísimos tienen y se lo guardan, y que, si los hay, bien pocos deben de ser los que tienen y dan.
— 15 —
III.
El tigre y los chimangos.
Un tigrecito joven y de poca experiencia, se habia fijado que cuando volvía de la caza, los chimangos se juntaban por centenares alrededor suyo, saludándolo con su simpática gritería, mientras devoraba la presa. . — Nosotros los tigres — pensaba, — como principes que somos, pocos amigos leales solemos tener. Adulones no nos faltan, por cierto, que siempre tratan de sacar de nosotros alguna tajada, ó miedosos y cobardes, que con tal de alejar de si nuestra ira, serían capaces de las más bajas vilezas. Pero estos chimanguitos no son ni uno ni otro. Se conoce á la legua que sus gritos son de sincera y pura alegría, de felicitación desinteresada, pues nunca vie-
_ 16 —
nen, estando uno -de nosotros, á -pedir siquiera una lonjita de carne. Tampoco nos pueden tener mucho miedo, pues son tan flacos que no valen un manotón, y bien lo saben ellos, por cierto, ¡Estos^ sí, pues, son verdaderos amigos !
Un dia, volvió sin haber podido cazar ninguna presa.
Como siempre, muchos chimangos había airededor de la guarida paterna; pero calladitos.
— Tristes están los pobres — pensó el tigrecito, — porque ven que vengo sin nada y les da lástima verme pasar hambre. ¡ Qué buenos amigos !
Enternecido, contó el hecho á su padre, quejándose sólo de no poder conocerlos á todos uno por uno, para quererlos más.
— ¿Quieres saber cuántos son? — le dijo el viejo.— Pues, hazte el muerto, no más, y pronto se van á juntar todos.
Así hizo nuestro tigrecito. Al rato, empezó la gritería, y venían chimangos, y más chimangos; demasiados eran para poderlos contar; y casi lloraba de gusto el tigrecito al verse rodeado de tantos amigos
De repente sintió que dos de ellos, creyéndolo muerto de veras, le empezaban á picotear los ojos, y conoció su error.
— 17 —
IV.
El arroyo y el cañadón.
Angosto y transparente, corría el arroyo, con su incesante cuchicheo, sobre su hermoso lecho de piedritas, en mil saltos alegres., entre sus riberas floridas.
Extendido en todo lo ancho de la llanura, reflejando las nubes espesas, mudo, dormía el cañadón perezoso, tapado en partes por su sábana de juncos y duraznillos.
El primero brindaba, con amable generosidad, á las haciendas sedientas el cristal de
sus aguas.
—Pocas, pero buenas — las decía, sonriéndose, con su vocecita cantante: — tomen sin cuidado. Son limpias y sanas. No teman que se les acaben; vienen de á poco, pero para todo y para todos alcanzan. No se secan nunca: siempre corren renovadas.
— ¿Qué diré yo, entonces - refunfuñó el cañadón,— si este pobre tanto se alaba? Aunque corras y trabajes toda la vida, nunca pasarás
~ 18 —
de lo que eres, encerrado entre tus barrancas. Enriquecido yo, de todas las aguas que de ti y de tu.s semejantes puedo detener, no necesito moverme para vivir. ¿Ves esas nubes negras? algo destruirán, pero aumentarán mi caudal. También sé ser generoso á mis horas y no impido que las haciendas prueben mis aguas.
— Rico eres, es cierto, cañadón mió — le contestó el arroyo, — rico de lo que nos quitas, y tienes agua más bien por demás. También la das á los animales sedientos; pero les tapas el pasto bueno. Tus aguas barrosas, sucias y cálidas no fecundan la tierra y sólo producen gérmenes de muerte para los que, apremiados por urgente necesidad, se atreven á probarlas.
No seas orgulloso por tu extensión; los sapos, los escuerzos y los mosquitos son los únicos que cantan tu gloria; y si, cansado de tu insolencia, te llega á secar el Sol, ¡qué olor, señor!
Mal puede alabar su generosidad el usurero.
.j.-t'^
La hormiga y la cucaracha
Al pie de una bolsa de arroz se encontraron un día la hormiga y la cucaracha.
La primera, con cuidado, agarró un grano de los que sallan por la costura de la bolsa y con gran trabajo lo llevó hasta su cueva. Volvió, tomó otro, y se lo llevó también; y así siguió sin descanso.
La cucaracha subió hasta la misma boca de la bolsa, probó un grano, lo tiró, probó varios, probó muchos, mordiéndolos apenas y tirándolos en seguida. Una vez llena, se durmió entre el mismo arroz y lo ensució todo.
Al bajar, horas después, volvió á ver á la hormiga que seguía trabajando, llevando sin descanso los granitos á la cueva.
Se burló de ella, la trató de avarienta y se fué á pasear sin rumbo por los techos del granero . La hormiga se fué para su casa, á comer y dormir.
Días después, la cucaracha, en una hora de hambre, se acordó de la bendita bolsa de arroz
^ 20 ^
y corrió á donde había estado parada. Pero la habían quitado de aquel sitio justamente por haberla ella ensuciado tanto.
— No importa — dijo, — la hormiga tiene.
Y fué en su busca.
La hormiga la recibió muy bien, y consintió, sin mayor dificultad, en prestarla cien granos de arroz, pero con la condición que le devolviese ciento diez al mes.
Agradecida, la cucaracha se comió los granos sin contar, y cuando no tuvo más fué á visitar otra vez á la hormiga.
Pero no consiguió nada hasta no haber cumplido con su anterior compromiso. ¡Y que trabajo le costó! Habían escondido la bolsa de arroz en un rincón obscuro, lejos de la cueva de la hormiga, y tuvo que hacer viajes y viajes.
La hormiga almacenaba los granos á medida que venían llegando. Puso aparte ocho de los diez que le correspondían por rédito y como la cucaracha le preguntase por qué hacia asi, le contestó :
-^Estos ocho los comeré yo; los otros dos quedan de reserva ; y son ellos los que me permiten trabajar para mí sola, y también hacer trabajar á los demás para mí.
Con la economía se conserva la independencia propia y hasta se compra la ajena.
-- 21 -
El hurón y la gata.
Hicieron, un dia, sociedad el hurón y la gata, para beneficiar una cantidad de ratas que se habían apoderado de una casa.
Durante muchos días, vivieron como reyes y en la mayor amistad.
La gata cazaba poco, porque las ratas eran grandes y no las podía agarrar sola; pero ayudaba al hurón; y éste mataba muchas, haciéndole su parte á la compañera, quien, por su lado, y para variarle la comida, le dejaba algo de lo que le daban los amos de la casa. -' V
Pero, poco á poco, fueron escaseando las ratas; el hurón se comía las pocas que podía cazar, y la gata, que había tenido familia, ya no le daba nada al hurón, pues apenas le alcanzaba para sí la ración.
Vino la penuria; hubo reyertas.
Así sucede á menudo, entre los mismos
— 22
lioriibres, que en vez de conier los úítinios pedazos de pan, se los tiran á la cabeza.
Medio nluerto dé hairibre, Ú hurón, un dia vio pasar cerca de él á uno de los cá'chorritOs de lá^ gata, y sé lo corilíó. Lá gata, cuando volvió, buscó ál hijo; pero ni rastro encontró. Al día siguiente, el hurón, ciebado, se cazó otro. La gatd, esta vez, lo vio y corrió sobré él; en vano, ya se lo había comido.
Echó la gata los gritos al cielo, y se deshijo la sociedad.
Más bien sola, pensó tarde la pobre, y no tan mal acompañada.
— 23
VII.
^ La cigüeña
De paso acompasado, con los anteojos puestos, alzando los pies con majestuosa precaución, iba la cigüeña, clavando á cada rato su largo pico en el suelo húmedo, matando y tragando por familias enteras los sapos, las ranas, las lagartijas y demás inocentes bichos.
Sin más defensa que sus quejas, los pobres en vano le pedian piedad, y la llanura resonaba del triste coro de sus ayes y de sus maldiciones al terrible tirano.
Impasible, seguia su obra la cigüeña, indiferente á quejas que no entendía; encontran-
— 24 —
do, si, — aunque llena de tierna indulgencia, — que todos esos infelices, realmente, metian demasiada bulla con sus gritos y que harían mejor en callarse. . .
En la falda del bañado, conversaban en aquel momento la mulita, la vizcacha y el zorrino.
— ¡Mira! — dijo la mulita. — Ahí está la cigüeña. Habrá venido á pasar su habitual temporada. ¡Cuáp^o me alegro! Pues, es un gusto pasar un ri^to con tan buena persona.
— Cierto que es muy buena persona, y tan reservada — afirmó el zorrino.
— {Excelente persona! — dijo la vizcacha. Y los tres formando coro: — ¡Excelente persona! — repitieron con convicción.
Según el juez, es el juicio.
VIII. El mono y la naranja.
Un mono, sin dejar de rascarse, alzó una naranja y la quiso comer. Pero, primero la tenia que pelar.
No queriendo dejar su ocupación, tiró de la cascara con los dientes, pero poco le gustó la amargura de la cascara y buscó otro medio.
Siempre rascándose con una mano, puso un pié sobre la naranja, y con la otra mano la empezó á pelar. Posición cansadora.
Se sentó entonces y apretó la naranja entre las rodillas, sacando con la mano libre algo de la cascara; pero la fruta se le resbaló y rodó por el suelo, donde se ensució toda. Enojado, pero siempre rascándose, la limpió como pudo y la empezó á chupar. Con una sola
mano poco jugo podía exprimir y sus esfuerzos no daban resultado.
Algo desconsolado, pestañeaba, mirando con sus ojitos la naranja sucia y deshecha, buscando la solución del problema, cuando de repente se le alegró la cara. Había por fin encontrado el medio sencillo y seguro de poder pelar ligero y bien una naranja.
Dejó de rascarse por un rato, agarró fuerte la fruta con una mano, la peló con la otra en un minuto, la partió, la comió, la hizo desaparecer, y dando dos piruetas, se empezó á rascar otra vez, pero ya con las dos manos.
Hacer dos cosas á la vez no sirve, y siempre ■ trabaja mal una mano sin la ayuda de la otra.
27 -=
71b.
IX.
El ombú.
Erguido en la planicie, orgullosamente asentado en sus enormes raices, el ombú extendia en la soledad sus opulentas ramas.
En busca de un paraje donde edificar su choza, llegó alli un colono con su familia.
¡ Que árbol hermoso ! — exclamó uno de los hijos; — quedémonos aquí, padre mío.
Seducido por el aspecto del árbol gigante, consintió el padre. De una raíz iba á atar con soga larga, para que comiera, el caballo del carrito en el cual venía la familia, cuando vio que alli no crecía el pasto y tuvo que retirar el animal algo lejos del árbol.
Mientras tanto, el hijo mayor, á pedido de la madre, cortaba unas ramas para prender el fuego y preparaír el almuerzo. Pero pronto
— 28 —
vieron que con esa leña, sólo se podía hacer humo.
Uno de los muchachos, entonces, para calmar el hambre, se trepó en las ramas altas y quiso comer la fruta del arból. Se dio cuenta de que aquello no era fruta, ni cosa parecida.
— ¡Hermoso árbol!— dijo entonces el padre, — para los pintores y los poetas. Pero no pro- / duce fruta, su leña no sirve, y su sombra hxj dejaría florecer nuestro humilde jardín.
Orgulloso, inútil y egoísta; más bien dejarlo solo. Vamonos á otra parte.
29 —
' X. La vizcacha y el pejerrey.
Una \izcacha, buena persona sin duda, pero algo corta de vista j de ingenio, andaba un dia, á la oración, buscándose la vida en las riberas de un arroyo. Al mirar las aguas, quedó de repente asombrada: le había parecido ver moviéndose en ellas, un ser vivo, lindo, al parecer, ágil, plateado. Pronto se convenció de que efectivamente asi era, y que un animal vivía de veras en el elemento liquido.
Si su primer movimiento había sido de asombro, el segundo fué de compasión. Llamó al animalito que había visto en el agua, y éste, un lindo pejerrey, no se hizo derogar para venir á conversar un rato (todos saben cuánto les gusta conversar á los pescados) y sacó afuera del agua su cabecita brillante.
Después de los saludos acostumbrados entre gente decente, doña Vizcacha le manifestó al pejerrey cuánto sentía ver á tan gentil caballero, condenado á vivir de modo tan cruel,
— Vivir en el agua — decía, — ¡que barbaridad! gij esa, cosa tai^ fría, ^lY cómo es que no sg
^ 30 —
ahoga usted? ¿y, qué es lo que come? ¿y dónde se aloja la familia? ¿Donde está su cueva? Debe de ser una vida de grandes sufrimientos y de grandes penurias ¿no es cierto?— le decía.
— Señora — le contestó el pejerrey, — agradezco el interés que usted me demuestra ; pero no crea usted que lo pasemos tan mal en el agua. No somos de los peor servidos. El agua le parece fría; para nosotros es apenas fresca. Tenemos en ella abundante mantención. Pocos enemigos nos persiguen, y vivimos aquí muy bien, señora. Y dígame usted ¿es cierto que vive en una cueva?
— ¡Como no! — dijo la Vizcacha.
— Esto sí, debe de ser penoso, — interrumpió el pejerrey. ¡Qué triste vida debe de ser la de ustedes! vivir en obscuridad tan profunda. ¡No cambiaría con usted, señora!
Y zabulléndose, dejó á la vizcacha con cierta sospecha de que, para ser feliz, cada cual tiene que vivir en su elemento.
XI.
Flor de cardo.
El rayo del sol rajaba la tierra.
Una planta de cardo, ya casi seca, luchaba para conservar, un rato más, en su seno, á sus hijitos alados, prontos, en su inexperiencia juvenil, á dejarse llevar hacia lo desconocido, por el primer soplo que pasara, que fuera céfiro ó fuera ráfaga.
! Hijos, hijos mios! — decía la planta; — escuchen á su madre querida. No se alejen del hogar paterno. Las alitas que tienen ustedes pueden, cuando más, impedir que se golpeen al caer; pero no son las alas del águila para afrontar las tempestades, ni las de ia paloma incansable viajera.
Escuchaban, y con todo, se les iban hinchando las alitas ; asomaban por las rendijas de la corola, abriéndolas más y más, y la pobre madre, sin fuerzas, ya, inclinaba poco á poco la cabeza, resignada.
Una de las impacientes semillitas cayó. Antes que tocara el suelo, un airecito embalsa-
ttiado se la llevó, amoroso, enipiijándiola despació hacia el cielo azul, y Cuando dejó de soplar, lo que fué muy pronto, cayó la semillita alada en un charco fangoso, donde desapareció.
Otras se las llevó un viento más fuerte, prometiéndolas la fortuna, campos hermosos y ricos, donde prosperarían, y de los cuales su numerosa prole, sin duda, podría gozar.
Y las echó por delante, en vertiginosa carrera, arreándolas hacia tierras destinadas al arado, donde no pudieron arraigar, siempre perseguidas, removidas y destruidas.
Quedaban algunas sextillas aladas, listas para tomar vuelo, cuando sopló, en medio de relámpagos y truenos, un terrible ventarrón, llamándolas á la gloria, á conquistar tierras lejanas, gritaba; y las arrebató, entusiasmadas.
Pronto, despavoridas por el trueno, empapadas por la lluvia, atropelladas por el granizo, golpeadas, cayendo y levantándose, llegaron á campos desiertos y pobres, donde fueron presa de los pájaros hambrientos y del fuego destructor. . .
Una sola semillita quedaba con la madre moribunda, y cuando ésta cayó al suelo, quebrada por la tempestad, allí mismo quedó ella: allí brotó, prosperó y se multiplicó.
En el rinconcito familiar había encontrado, sin abrir sus alas, la felicidad.
m -
XII.
El gato montes.
En las islas del Paraná, acurrucado en una rama de sauce que formaba puente encima del agua, un gato montes, en acecho, espiaba las idas y venidas de los pescados del arroyo. Se venian, jugueteando, á poner al alcance de sus uñas ;;muclios pescaditos, entre chicos y medianos; pero hacía frío, y el gato vacilaba en mojarse, dándose á si mismo por excusa de su ^ indecisión, que era mejor esperar que se pusiese á tiro algún pescado que valiera la pena.
— 34 -
Aparecieron varios de muy buen tamaño, pero el gato no los cazó, porque sólo estiró las uñas hasta rozar el agua, y las retiró en seguida, friolento.
De repente, salta á veinte metros de allí un magnífico dorado, y ve el gato que se dirige hacia él, nadando. Alarga las uñas y se prepara.
Viene deslizándose suavemente el pescado; ya está á tiro. El gato todavía titubea, detiene la manotada; y mientras tanto, pasa el dorado abajo del pnentecillo; se da vuelta el gato para cazarlo por detrás; el pescado se aleja. «!Ya! ¡ya!» piensa el gato; y estira las uñas, abre la mano, extiende la pata, se abalanza todo, pierde el equilibrio y se toma un soberbio baño de cuerpo entero, sin poder, por supuesto, ni tocar al dorado.
Al irresoluto, todo le sale porrazo.
'^-^^^
— 35 —
XIII.
El trigo.
Asomaba el sol primaveral, y bajo sus caricias iba madurando el trigal inmenso. Los granos hinchados, gruesos, pesados, apretados en la ^espiga rellena, hacian inclinar los tallos, débileá para tanta riqu'^'^ca, y el trigal celebraba en murmullo suave su naciente prosperidad.
A sus pies, una vocecita también la alababa con entusiasmo. Era la oruga que, para probar su sinceridad, atacaba con buen apetito los tallos. Xlegó una bandada de palomas, y exclamaron todas : « ¡ Qué lindo está ese trigo ! » y el trigal no podia menos que brindarlas un opíparo festín, en pago de su excelente opinión.
Y vinieron también numerosos ratones, mal educados y brutales, pero bastante zalameros para que el trigal no ¡pudiera evitar de proporcionales su parte.
Después vinieron á millares, mixtos graciosos, pero chillones y cargosos, que iban de un
— 36 —
lado para otro, probando el grano y dando su apreciación encomiástica.
Y no faltaron gorriones y chingólos que, con el pretexto de librar al trigal de sus parásitos, lo iban saqueando.
Y cuando el trigo vio á lo lejos la espesa nube de la langosta que lo venia también á felicitar, se apresuró en madurar y en esconder el grano.
La prosperidad, á veces, trae consigo tantas amistades que se vuelven plaga.
^<fcr %*. '«^
— 37
XIV.
El caballo asustadizo
Un caballo qneria mucho á su amo; también lo quería mucho éste á él, porque era bueno y guapo, y siempre hubieran vivido en la más perfecta armonía, si el caballo no hubiera sido tan asustadizo.
Una rama meneada por el soplo de la brisa; un cuis disparando entre las pajas; un térú que de pasada lo rozase con el ala; la sombra de una nube, el ladrido de un perro, el chillido del viento, todo era pretexto para que se espantara, cortara huascas y disparara.
Un animal bueno, pero enloquecido por el miedo.
Un día, iba montado por su amo, ambos medio perdidos en los sueños que tan corridamente nacen, se desvanecen y se renuevan con el suave hamaqueo del galope, cuando de re-
— 38 —
pente toparon con nna osamenta colocada en en el mismo medio de la senda que seguían y tapada por yuyos altos.
Fué cosa ligera: el caballo pegó una espantada tal, que volteó sin remedio al amo en la zanja, y emprendió la carrera como perseguido por la misma osamenta. En la disparada loca, enceguecido por el miedo, sin tener otra idea que la de huir, huir lejos, huir siempre, puso la mano en una cueva de peludo y se mancó; se llevó por delante un alambrado de púa, dio vuelta de carnero, cayó del otro lado, torciéndose el pescuezo y lastimándose todo; cruzó cerca de un rancho, y los perros lo siguieron hasta morderle las patas; al querer escapar de ellos, atravesó á toda carrera un charco pantanoso donde pisó mal y se desortijó, y cuando por fin llegó, sin saber cómo, á las casas, manco, rengo, ensangrentado, medio descogotado, y sin el recado, sembrado por todas partes, el amo, furioso, le pegó una soba de mil rabias.
No hay peor consejero que el miedo, y á cualquier peligro, aunque no sea más que con bufidos, siempre hay que hacerle frente.
S9 -
XV.
Concurso de belleza
Decidieron Iop animales abrir un concurso de belleza: se fijaron día y condiciones, y se publicó la lista de los premios ofrecidos.
Él día señalado, acudieron á la cita los candidatos ; y los miembros del jurado comprobaron con sorpresa que todos los animales, sin excepción, se habían presentado para disputar el premio.
Empezaron á indagar los motivos de semejante unanimidad, pues les parecía que entre los competidores, algunos había que no podían ni remotamente contar con los sufragios de los jueces y que el jurado iba á tener un trabajo por demás ingrato.
Preguntaron, por ejemplo, al elefante, qué era lo que lo impulsaba á concurrir:
«Pero toda mi persona, contestó él; el conjunto
de talles: mi masa imponente; mi trompa tan
y ^
— 40 —
larga y tan elegante ; mi cuero tan i ngoso que no hay otro igual ; y mi colita tan bonita, y mis ojos tan pequeños y mis oreja-! tan anchas. »
Todo lo que era de él le parecía perfecto. Y lo mismo pasó con los demás, sin contar que nunca era lo que á los jurai los parecía digno de mayor aprecio la que á c ada cual de los competidores más le agradara. El pavo real, por cierto, era orgulloso del esplendor de su cola, pero, más que todo, recomendó á los jueces la suavidad de su canto ; el perro ñato ponderó lo chato de su hocico, lo mismo que el elefante habia ponderado lo largo de su trompa, y el zorro no dejó de llamar la atención sobre lo puntiaguda que era su nariz, asegurando que esto era el verdadero colmo de la belleza.
El avestruz quería que todos admirasen lo corto de sus orejas, y el burro sacudía las suyas para hacer valer su tamaño, tanto que el jurado tuvo que aplazar el concurso hasta que entrase — dijo — un poco de juicio en las cabezas, como quien dice: por tiempo indeterminado.
XVI. Patrón rico.
Un caballo tenía para sí solo todo un potrero bien cercado, de riquísimos pastos, con un buen retazo de alfalfa siempre verde, y, en un rincón, varias parvas de heno. En el galpón donde dormía, tenía además, á su disposición y para su consumo, una pila de bolsas de maíz.
Era soltero, y por supuesto vivía en medio de extrema abundancia, no por codicia, sino porque asi era, no más, por un favor de la Fortuna. Era bueno y servicial, por lo demásj es'-e señor caballo, y un día que un ratón le vino á pedir un poco de maíz para su señora que estaba enferma, le dio permiso para tomar lo que necesitase, pensando que un animal ian pequeño no podía comer mucho ; y no quiso siquiera aceptar la promesa de pago que le quería firmar el ratón.
- 42 —
Este, al volver á su casa, encontró al cuis, su amigo íntimo, y entre agradecido é irónico, le contó la cosa, diciéndole :
«Y tú ¿por qué no vas? Pedíle licencia para estar en el campo y te la va á dar. Poco le cuesta; ¡es tan rico! »
Fué el cuis ; ofreció pagar arrendamiento ; pero el caballo no aceptó y le dio licencia, no más.
Y el cuis aconsejó á la vizcacha que fuera también, pues era tan rico el patrón que seguramente no le negaría campo. La vizcacha pensó que sin pedir nada, bien se podía establecer allí, y así lo hizo, sin que el caballo, bonachón y rico, le pusiera obstáculo.
La cabra se coló un día entre los alambres y fué á visitar al caballo, queriendo, decía, comprarle un poco de pasto verde; el caballo la convidó á comer y puso á su disposición su retazo de alfalfa.
Pronto la cabra llamó á las ovejas, sus compañeras, y á fuerza de pasar por el alambrado, le abrieron un portillo por el cual pudo entrar la vaca; el ternero no podía quedar afuera, y también se hizo baqueano para entrar y salir.
Y toda esta gente comía, destrozaba, vora-
ceaba, ensuciaba, pelaba el campo, volcaba el
maíz, deshacía las parvas, siempre muy zala-
-meros todos con el caballo, á quien llamaban
- 45 -^
patrón, ponderando su riqueza. «¡Es muy rico el patrón!»
Pero cuando llegó el invierno, se encontró el caballo con que le habían acabado el maiz, que casi no le quedaba .pasto seco, que la alfalfa estaba pelada y todo el campo talado, y cuando uno de los intrusos se le vino con la santa palabra: « ¡ Bah; es usted tan rico, patrón ! » él, que ya se veía pobre, se enojó de veras, y lo puso* de patitas del otro lado del alambrado; y con todos se apuró en hacer lo mismo, — no sin bastante trabajo, — y en cerrar los portillos, sintiendo mucho haberlos dejado abrir.
No hay riqueza que Taiga, donde hay derroche.
- 44 --
XVII.
El guacho.
Un cordero guacho, criado con toda clase de atenciones ? por las hijitas del pastor, vivía como un principe. Mantenido con leche á discreción, tampoco le faltaban golosinas, y con sólo venir balando, al momento conseguía que se ocupasen de él y le diesen mil cosas buenas: un terrón de azúcar, un pedazo de pan, granos de maíz, una zanahoria ó cualquier otra cosa de su agrado. Y aunque gordo á más no poder, siembre pedia y siempre le daban de todo á pedir de boca.
Asimismo, no podía ver pasar la majada sin dejar todo tirado, para correr á mezclarse con ella y atrepellar brutalmente á los corderos recién nacidos, quitándoles la teta materna y tratando de chuparse ,él solo toda la leche, con balidos tan quejumbrosos como si estuviera muerto dtf hambre.
- 45 -
Hasta que un día, una oveja le preguntó si no tenia vergüenza, gordo como estaba y en estado de tan manifiesta prosperidad, de llorar asi por leche ; y el guacho le confesó ingenuamente lo que muchos, sin confesarlo, experimentan, que nada valia para él lo que tenía mientras veía que tuvieran algo también los demás.
El hombre sin envidia nunca es pobre de veras; ni rico de veras el envidioso.
46 -