Fábulas argentinas · Capítulo real 18 de 18

XCVII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

XCVII.

El cencerro y la campana.

Un cencerro, colgado de un hilo en la puerta de un zaguán, no hacía más, cada vez que se movía la puerta ó lo acariciaba el aire, que conversar y charlar, diciendo nimiedades, y riéndose como un loco, con esa boca que tienen los cencerros, abierta hasta las orejas.

Una campana grande, también estaba allí, sosegada en su sitio, hablando muy poco, ella, sólo cuando era necesario, y siempre con importancia y en tono grave.

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Por supuesto que se pasaban la vida burlándose el cencerro de la camj)ana, 3^ retando ésta al cencerro.

— ¿Sabe que algo de mi alegría no le vendría mal? señora campana — decía el primero.

Y la otra contestaba diciendo al cencerro que haría muy bien él en tomar algo de su formalidad.

El portero, que todo el día los escuchaba, pensó, como era cierto, que ambos tenían razón. Pero al querer aprovechar para si el consejo, en vez de aprender á decir con gracia co.sas graves, aprendió, el muy zonzo, á decir nimiedades con aires importantes.

XCVIII.

Los pajaritos y la luciérnaga.

Cuatro pajaritos recién emancipados del nido dormian en un monte muy tupido, con la madre. A las doce de la noche, fueron despertados por una luz y rompieron á gorjear.

La madre, sobresaltada, preguntó lo que les pasaba y contestaron en coro que ya habia salido el sol. Y la madre les hizo ver que no era más que una pequeña luciérnaga.

A muchos les pasa lo mismo, que ven genios en todas partes y gritan: — ¡Aquí está el sol ! al prenderse cualquier vela.

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XCIX.

Ayuda oportuna.

Una vizcacha había tenido la desgracia de ver destruida su cueva por el hombre. Por suerte habia podido escapar con vida, pero andaba errante, arruinada, sin casa, sin nada. Había acudido á varias vizcacheras, pidiendo ayuda para rehacer su cueva, prometiendo pagar poco á poco el trabajo de las compañeras que vinieran en su auxilio; pero, al verla tan pobre, todas le cerraron la puerta, echándola á pasear, en muchas partes, con palabras de desprecio.

La pobre apeló entonces á su sola energía; trabajó con afán, luchó, peleó, conquistó tierra, volvió á cavar su cueva, la agrandó paulatinamente, se creó una familia que poco á poco se hizo poderosa.

Y vinieron entonces á ofrecerse todas las vizcachas del pago, con mil zalamerías, poniendo á su disposición elementos de todas

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clases para cualquier cosa que se le ocurriera.

Dio las gracias. Ya no necesitaba más nada.

Al pobre que pide ayuda: ¡palos! que sólo cuando ya no la precise, se la vendrán á ofrecer.

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El cimarrón y el zorro*

Cada vez que el cimarrón encontraba al zorro, se admiraba de que éste pudiera estar tan gordo, cuando él, que era más fuerte y quizá mejor cazador, andaba siempre tan flaco. Siempre j^arecía el zorro recién salido de la mesa, mientras él, por lo contrario, siempre andaba buscando donde tenderla. No se explicaba el porqué de semejante diferencia, hasta que, un día, se decidió á pedirle al zorro le dijese de donde, á su parecer, podía ¡Jrovenir.

— ¿Quién sabe? — dijo el zorro, meneando la cabeza con aire reflexivo. — Será porqué

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no lo acompaña la suerte, pues sus méritos....

— No hay duda — asintió el otro.

— Pero, — agregó el zorro, — si usted consintiese, podríamos ayudarnos uno á otro j poner en sociedad lo que encontrásemos.

— Se lo iba á proponer — interrumpió el cimarrón, y tomando aire de importante, agregó:— Usted conoce mi fuerza y mi viveza sabe que no solamente cazo los animales silvestres, sino que también soy mu}^ capaz de llevarme, de vez en cuando, una oveja.

— ¡Cómo no! — dijo el zorro. — ¿Cómo no he de conocer sus méritos, si son notorios?

Y quedó en seguida cerrado el trato, con gran contento del hambriento cimarrón, que, sabiendo que el otro era muy diablo jD^ra cazar y se llenaba pronto porque era pequeño, ya calculaba cuan ventajosa sería para él la sociedad.

Y el zorro, para dar principio á las operaciones, llevó al cimarrón á un bosquecillo donde había visto colgado un gran trozo de carne fresca. Se lo mostró desde lejos y le dijo que fuese á traerlo para comerlo juntos, con toda tranquilidad, en la orilla del monte. El cimarrón le decía que mejor haiían en ir á comerlo allá no más, donde estaba colgado; pero el zorro insistió, asegurando que era prudente poder vigilar la llanura para evitar

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sorpresas. Y el cimarrón fué, admirando la sagacidad de su compañero.

— Es mujT" diablo — repetía caminando, — es muy diablo.

El zorro seguía con mucha atención los movimientos del cimarrón, no porque temiera que, traicionándolo, se fuese con la presa, sino porque ese trozo de carne, así colgado en medio de un monte solitario, no le inspiraba ninguna confianza.

— Alguna trampa debe de ser — pensaba — ó carne envenenada; mejor será que la pruebe j) rimero mi socio.

La espera fué corta. Llegado que hubo el cimarrón, agarró la carne con los dientes y pegó un tirón. No pegó dos, porque en el acto quedó con las costillas tan apretadas entre los arcos de un armadijo, que apenas podía gritar.

El zorro vino corriendo, se apoderó con toda facilidad y sin peligro de la carne, y como seguía quejándose lastimeramente el cimarrón, le dijo, sin reírse:

— Mire, socio, le voy á dejar la mitad de la presa para que la coma cuando vengan á libertarlo, pues seguramente han de venir. Mientras tanto, paciencia.

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CI.

La nutria y la gallareta*

Más de una vez la gallareta había indicado á la nutria donde podría, en la laguna, encontrar con toda seguridad algún pez grande. La nutria iba, pescaba, comía y floreaba con sus compañeras, haciendo admirar su viveza y su suerte, sin hablar siquiera, por supuesto, de la gallareta y de sus avisos.

Un día, vino esta hacia ella, nadando á toda prisa 3'' le indicó un punto de la laguna en el cual estaba un magnífico pejerrej^ La nutria se echó á nadar, y, momento después, salía á la orilla, apretando entre sus largos dientes de coral el j)escado que, retorciéndose, hacía relucir al sol sus escamas de plata.

Lo empezó á comer, 3^ tan glotonamente que al rato se atoró con una espina y estuvo en grave peligro de morir.

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Se le acercó, entonces la gallareta, si no á socorrerla, lo que no podía hacer, j)or lo menos á consolarla.

Pero cuando la nutria volvió en si y pudo hablar, lo primero que le dijo fué que por culpa de ella casi habia muerto asfixiada, por haberle ella indicado ese raialdido pejerrey; que sin eso, nada hubiera sucedido.

Y la gallareta, humilde y resignada, se volvió á esconder entre los juncos, pensando que si ciertas personas tienen todos los méritos y otras la culpa de todo, es que asi no más tiene que ser.

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CII.

Las liebres.

Cuando llegaron á la Argentina, eran seis. Encontraron mucho que comer y 23rosperaron. Se multiplicaron y cundieron. Cundieron tanto que empezaron á hacerse cargosas, y como no daban nada, casi, en compensación de los perjuicios que causaban en todas partes, en todas partes, empezaron á perseguirlas.

El Hombre, los perros, el zorro, el carancho, el hurón, la comadreja y algunos otros bichos carnívoros no perdieron ocasión de matarlas, para comerlas y hasta para dejarlas tiradas.

Y las liebres, viendo que no tenían más que enemigos en este país que, pacíficamente habían pensado conquistar, pidieron su reembarco.

Pero no se pudo atender su solicitud: ¡eran

eis mi]lcre"«^

Obsta principas. Eficaz ademán de gobierno es atajar en el umbral al intruso que huele á plaga.

FIN