Fábulas argentinas · Capítulo real 4 de 18

XXVII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

XXVII.

La mulita indiscreta

Al pasar, de noche, cerca de la cueva de unos peludos, una mulita oyó el ruido de la conversación, y como es bastante curiosa por naturaleza, se acercó despacio y paró la oreja para escuchar mejor. Primero no oyó más que el murmullo confuso del cuchicheo. Concentró su atención y cuando empezó á distinguir las palabras comprendió que de ella misma y de su familia se trataba.

Pensó, pues parecen ser bastante amigos, aunque parientes, los peludos con las mulitas, que estarían haciendo su elogio, y ya se preparó á saborear alabanzas que tanto mayor valor tendrían, cuanto más sinceras tenian que ser.

Había vivido poco, ignorando todavía que á los ausentes, lo mejor K^ue les pueda suceder, es que no se acuerde nadie de ellos, y prestando más y más el oído, oyó que uno tras otro los peludos cantaban sus glorias y las de su

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familia, pero de singular modo, no dejando un vicio, un defecto, un ridiculo, que no atribuyeran á ella ó á alguno de sus más queridos deudos. Oyó cosas terribles, que nunca hubiera creido que pudiesen salir de la boca más odiada, invenciones pestilenciales, calamnias ponzoñosas, pérfidas exageraciones y restricciones peores, alegres votos de muerte, de ruina, de deshonra para ella y para los suyos; y se fué corriendo á su cueva, á contarlo todo á su madre, aniquilada por el dolor de haber oido tamañas cosas.

— «Bien hecho, — le dijo la madre, por indiscreta. Guarda tu oido de las rendijas; pues no acostumbran ellas cantar alabanzas; ni tampoco tienen para qué guardar la boca.»

XXVITI.

¡Ay! ¡del aislado!

Cazadores de todas clases hacían estragos entre los bichos silvestres de la Pampa. Unos, con escopetas, mataban á larga distancia perdices, patos y palomas; otros, con boleadoras, perseguían al avestruz y al venado; las mulitas y los peludos, en las noches de luna, eran degollados por centenares; no escapaba ningún animal de ser víctima de la codicia ó sólo del instinto destructor del hombre.

Formaron entonces las víctimas una sociedad para tratar de aminorar sus males, y cada uno de los socios se comprometió á avisar á los demás

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por señales apropiadas á sus medios, de cualquier peligro de que tuviera noticia.

Esto, por cierto, no impidió del todo la matanza, pues siempre hay incautos ó malévolos, pero la hizo disminuir en grandes proporciones.

Al mirasol le propusieron entrar en la sociedad; pero no quiso él. Alegó que no tenía enemigos; que sus relaciones con el sol lo elevaban demasiado encima de los demás habitantes de la tierra, para que pudiera rebajarse á ser un simple miembro de cualquier asociación; que su género de vida, puramente contemplativa, no admitía que se pudiese molestar en avisar á los demás de peligros que para él no existían; que no podía desprender su atención ni un momento de la adoración perpetua del astro del día, al cual había consagrado su vida; y que por fin, siendo él de una flacura tan extrema que la misma muerte temería mellar su guadaña en sus huesos, no corría personalmente ni el más remoto riesgo de excitar la codicia de los cazadores. En vano don Damián, el venado, persona muy prudente, le hizo observar que nadie, en este mundo, puede guarecerse á la sombra de su propio cuerpo; le opuso el mirasol los invencibles argumentos del egoísmo.

Pero sucedió que entró la moda entre las

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mujeres, de llevar de adorno plumas en la cabeza, y particularmente copetes delgados y finos. Pronto se les ocurrió á los cazadores que el copetito blanco del mirasol era lo más apropiado para el objeto; y la matanza empezó.

¿A quién hubiera podido ser más útil el aviso del peligro que á este eterno soñador cuya vista siempre queda perdida en las regiones etéreas y que parece olvidarse de que la tierra existe.?

No se había querido dar por solidario de sus semejantes; y dejaron éstos, indiferentes, que perdiera la vida.

Cada uno, en este mundo, de todos necesita.

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XXIX.

La gran conejera.

Parecían haberse olvidado los conejos de que los repollos y las zanahorias no crecen en la conejera y se habían amontonado en ella, cavando cada día más cuevas, y también encontrando la vida, cada día más difícil. Como nadie se ocupaba de sembrar ni de plantar, los precios de los alimentos habían subido enormemente, y á pesar de cavarse cuevas y más cuevas, éstas no alcanzaban para la población siempre creciente de la conejera, y los precios de los alquileres iban por las nubes.

Todo estaba repleto, desbordaba; siempre había que fundar más escuelas, crear más hospitales, abrir nuevas vías. Tanto por todo esto como para impedir que siguiese esa aglomeración anormal, las autoridades aumentaron los impuestos y como faltaba el trabajo, la miseria era cada día mayor.

Tan bien que disturbios graves se hubieran pro-

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ducido si un conejo de genio no se acordara de que fuera de la conejera había campos inmensos, despoblados y fértiles, donde la vida abundante quedaría asegurada para cualquier número de conejos que fueran allá á plantar repollos y sembrar zanahorias.

Convenció á las autoridades ; estas dejaron por un momento de atormentar su imaginación exhausta y, en vez de seguir buscando nuevas fuentes de impuestos, regalaron á cada conejo que quisiese ir á plantar repollos una pequeña área de tierra desierta.

La abundancia renació como por encanto, y hasta los que quedaron en la conejera tuvieron con que comer á sus anchas, pues los que de ella habían salido producían para comer, vender, dar, prestar y tirar.

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XXX.

La oveja merina y las ovejas criollas

Llovía; acurrucadas, las ovejas tiritaban de frío. Una oveja merina, de lana fina, larga y tupida, á pesar del magnifico y espeso manto que la cubría, parecía sufrir más que las que la rodeaban, mal tapadas éstas, sin embargo y sólo en parte, por unos mechones ralos que dejaban pasar el agua hasta el cutis.

La merina se quejaba y las otras se admiraban de que se quejase, vestida como estaba, por una mojadura, cuando ellas, casi desnudasi soportaban lluvias y fríos sin decir nada.

Una oveja vieja, que habiendo vivido mucho, sabía muchas cosas, las dijo: «No extrañen que se encuentre tan desgraciada: es hija de ricos, y la pobreza, madrastra como es, mejor que la prosperidad, entiende de educación»,

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XXXI.

Las dos manos

— ¿No ve? ¡otro golpe! — dijo, sacudiéndose, la mano izquierda á la mano derecha, que armada de un martillo, iba á seguir pegando como si ni tal cosa, y declaró que, cansada ya de ser siempre la víctima, también ella quería manejar el martillo, el serrucho, el hacha y el cuchillo, y que á su vez, la derecha tendría parado el clavo ó asentaría la tabla, el trozo de leña ó el pedazo de carne.

La mano derecha, sonriéndose, asintió, y teniendo derecho el clavo, entregó á la izquierda el martillo. Esta lo levantó con esfuerzo, no pudiendo hacer menos que susurrar: « ¡ Que pesado!» y dio con el varios golpes con tanta torpeza, que el clavo voló y la mano derecha hubiera quedado destrozada si no hubiera estado sobre aviso.

Se burló de la izquierda, que ya no podía más, sin haber todavía hecho trabajo útil, y la dejó convencida de que si biejí estaba hecha

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para ayudar, no era capaz de manejar las herramientas.

^«Uno que otro golpe ó ta.jo recibes, es cierto— le dijo; — pero tu tarea no es tan penosa como la mia, y lo mejor, en este mundo, es hacer lo que uno puede, sin meterse en lo demás. »