Fábulas argentinas · Unidad 13 de 22
Unidad 13 · LVIII.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LVIII.
El hurón y el zorro en sociedad»
El zorro hizo, una vez, sociedad con el hurón. Este entraba en las conejeras; el zorro se quedaba afuera, espiando, y con diente ligero, cazaba á los conejos asustados que asomaban á la puerta.
Al hurón le daba parte de la presa, lo menos posible y los peores pedazos: el cogote, la cabeza, las patas.
Pero el hurón quedaba muy conforme así; y el zorro no tenia boca para ponderar á su socio, su compañero y su amigo. Cierto que le mezquinaba un tanto la carne, pero los elogios llovían: era fuerte, valiente, sin pereza, dócil, fiel, honrado, franco, sin orgullo ... un tesoro.
Un día, asimismo, ¿quién sabe por qué sería? tuvieron un disgusto y el hurón pidió la cuenta. El zorro se la arregló; y después de contar, no se sabe bien qué, con las uñas, le
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hizo ver al hurón qae él era quien quedaba debiendo, y lo despidió, perdonándole la deuda, dijo, pero tratándolo de desagradecido.
El hurón se fué y empezó á trabajar por su cuenta. Le fué bien, no más; engordó, mientras que el zorro, que ya casi no podia cazar, enflaquecía á ojos vistas.
Un día que el zorrino le preguntaba al zorro por qué no trabajaban ya juntos con el hurón:
— ¿Qué quieres, amigo? contestó don Juan ¡si no sirve para nada! ¡Es un flojo, un cobarde, un haragán, un vanidoso, un desobediente, un sin palabra. ... un cachafaz!.
Las cualidades ajenas fácilmente se vuelven odiosas para él que ha dejado de aprovecharla?;.
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LIX.
El ruiseñor y los gansos.
Un ganso se había enriquecido vendiendo plumas, y todos sus hijos seguían con el mismo oficio, enriqueciéndose más y más. Una tarde que, después de comer hasta más no poder, tomaban el fresco, cambiando de vez en cuando graznidos insulsos sobre los negocios del día, oyeron los simpáticos trinos del ruiseñor.
El padre ganso lo llamó y le declaró que, deseoso de proteger el arte, lo que le permitía hacer su gran fortuna, había resuelto ofrecerle el puesto de maestro de música de sus hijos, remunerándole generosamente con la casa y la comida.
El ruiseñor no necesita mucha casa, ni mucha comida; pero, artista incipiente, era tan pobre que aceptó.
Empezaron las lecciones; pero por mucho
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que hiciera, nunca pudo conseguir de sus discipulos otra cosa que el estridente grito: « ¡Juan Juan!» y desanimado, se retiró, diciéndole al padre:
— Mire, señor; mejor es renunciar; sus hijos han nacido sólo para ganar plata, no trate de hacer de ellos artistas.
LX.
El burro»
El burro había nacido bueno, alegre, sumiso, lleno de buena voluntad. Era feo, es cierto, pero se reia con tan buena gana, que á pesar de su voz horrenda, su rebuzno parecía canto. Se burlaban de él y de su facha; él sacudía las orejas y se reia, bonachón.
Pero, porque era bueno, empezaron á abusar de él. Era fuerte, por ser tan chico; lo
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cargaron demasiado; era sobrio; caisi no le dieron de comer; era resistente; le hicieron trabajar más de lo que era posible. Y cuando ya no daba más, lo empezaron á maltratar.
Se le avinagró el genio; sus orejas no se movian ya risueñas, sino que las echaba para atrás, enojado, enseñando los dientes y aprontando las patas.
Y el amo, desconfiando, á pesar de tener en la mano el palo amenazador, decía:
— ¡ Qué malo es el burro!
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La vizcacha y el zorrino»
La vizcacha tendrá sus defectos; pero es afincada; vive con su familia en su casa propia; es ordenada; le gustan el ahorro y la limpieza, y todo bien mirado, es persona decente.
Una tarde que iba troteando por el cardal, la saludó con mucha cortesía el zorrino y se le puso á la par, entablando conversación y siguiendo viaje con ella. Aunque la vizcacha sólo lo conociera de vista, no lo quiso desairar y le contestó atentamente. Pero pronto se fijó en que todos los conocidos á quienes saludaba por el camino se hacian los ciegos ó los despreocupados y no le contestaban el saludo. Primero se resintió y después reflexionó; y pensó que, no pudiendo ser para ella la afrenta, debía de ser por su compañero. Lo miró de reojo; no le vio nada de muy particular, pero le tomó como un olorcillo raro. Olfateó más fuerte y ya se dio cuentia de que andaba mal acompañada. Pronto, con un pretexto cualquiera, dio media vuelta, se paró, saludó al zorrino;
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— Mucho gusto — le dijo — en conocer á usted.
Pero no le oiFreció la casa.
LXII.
El loro muerto.
El loro llenaba en la corte tres empleos : anunciaba la visita de los altos personajes; tenía el encargo de recrear á Su Excelencia, en sus momentos de ocio, con cuentos amenos, y de atajar á los solicitantes con el grito consagrado: «¡No hay vacante!» Y como es justo, teniendo tres empleos, cobraba tres sueldos, como quien dice nada.
Murió; y pocas horas después del triste acontecimiento, estaban conversando el chajá, la urraca y el bien-te-veo, ponderando á cual más las cualidades del finado:
— ¡Pobre señor loro! decía uno con aflicción.
— ¡Qué muerte tan repentina ! contestó otro tristemente.
— ¡Es un gran vacio! observó el tercero, compungido.
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— ¡Y una gran Asacante! murmuró la urraca.
Y el chajá se sonrió y también el bien-te-veo; y los tres, mirándose con ojos de candidato:
— ¡Qué vacante linda, che! — susurraron los tres.
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