Fábulas argentinas · Unidad 19 de 22
Unidad 19 · LXXXIV.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LXXXIV.
El caballo y el burro.
Un burro cargado con grandes canastas llenas de verdura, se metió en un pantano. Mientras estaba haciendo mil esfuerzos para salir á la orilla, pasó un caballo tirando con toda facilidad un carrito vacío. Bien hubiera podido ayudar al burro ; pero miró y pasó. El burro siguió penando, callado, resignado, hasta librarse solo del mal paso.
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Algún tiempo después, el burro, desensillado estaba paciendo con toda tranquilidad, cuando' pasó el caballo atado á una volanta tan llena de gente, que apenas le daban las fuerzas para caminar al tranco. El burro levantó la cabeza, miró y siguió comiendo.
El caballo no pudo contener su indignación y lanzó tres ó cuatro relinchos expresivos á ese grosero, egoísta, mal criado, que no era capaz de ayudarle, viéndolo tan mal parado. El burro se hizo el desentendido, acordándose de lo de antes, y pensando, con razón, que al rico que no ayuda al pobre, hay que negarle la cuarta en medio del pantano.
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LXXXV.
Las abejas en sus comicios.
Nunca puede haber dos reinas en una colmena, y si por casualidad así sucede, una de ellas tiene que desaparecer en seguida, disparando con algún enjambre ó muriendo. Así reza la Constitución, y, para cumplir con ese mandato, procedieron una vez á votar los habitantes de una colmena.
La lucha fué recia, pues cada una de ambas reinas tenía sus partidarias acérrimas; tanto que una abeja quiso "aprovechar el tumulto para votar dos veces. Pero todas, al momento, se dieron cuenta de lo que había hecho, y, sin más trámite, la mataron á aguijonazos.
... ¡Pues, amigo! . . .
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LXXXVI.
El pavo real y sus admiradores.
El pavo real, con la cola desplegada, erguido en un delicioso cuadro de prados verdes, de aguas relucientes y de arbustos, parecía sacudir alrededor suyo, bajo los rayos del sol, una lluvia de pedrerías, un rocío de esmeraldas, de záfiros y de oro.
Le rodeaba un espeso círculo de admiradores extasiados, y él gozaba de veras.
Pero se le ocurrió á uno de los que allí estaban, decir en voz alta que también era muy lindo el faisán dorado. Por cierto, no le quitaba al pavo real nada de su mérito, y sin embargo se quedó éste tan triste, casi, como si le hubieran llamado feo.
Muchos pavos, que no siempre son reales, así piensan que el mérito ajeno rebaja el de ellos.
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