Fábulas argentinas · Unidad 21 de 22

Unidad 21 · XCIII.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XCIII.

Decreto moralizador.

Entre los hombres, unos tienen mucha tierra y gozan de la vida sin trabajar; otros no tienen ninguna y trabajan sin gozar; bien pocos son los que la tienen justito para gozar trabajando.

Si tuviera cada cual que arar la tierra que tiene, preferirían unos cuantos, sin duda, cederla á otros.

El tigre, al ver que algunos de sus subditos voraceaban, mientras otros casi se morían de hambre, quiso obligarlos por un edicto á comerse cada cual todo lo que cazara.

El zorro se tuvo que comer enterita la gallina que había robado y quedó repleto; lo mismo el gato con una gran rata y dos lauchas, y así de otros, sufriendo no pocos regular indigestión.

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Pero quedaron sin comer muchos perros cimarrones, hambrientos y flacos, que por esto mismo nada habian podido cazar. Y miraban éstos, envidiosos, al puma ocupado, por orden superior, en devorar las diez ovejas que en la noche había muerto.

Su envidia duró poco: después de la primera oveja, el puma no podía más; y al acabar la segunda, obligado por el decreto, reventó.

Los perros flacos eran tantos que pudieron sin llenarse, comer las ovejas que quedaban y también el puma muerto.

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El avestruz y el ganso.

El avestruz 3^ el ganso, teniendo que recorrer juntos cierta distancia, caminaban á al par. Al cabo de muy poco tiempo, el ganso, todo cansado, le dijo al avestruz:

— ¡Pero usted anda demasiado ligero, amigo!

— Si voy al tranco — contestó el avestruz.

Y después de andar algún trecho " más, se dio vuelta el ganso, exclamando:

— ¡Mire cuánto hemos andado ya!

— Mire más bien — le dijo el avestruz, — cuánto tenemos que andar todavía.

Para el ave de patas cortas cualquier paso

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es rápido y cualquier paseo un viaje. Y para gente de vistas cortas, cualquier adelanto también es incomparable progreso.

XCV.

Los dos tigres y el zorro.

Dos tigres cazaban juntos. El zorro, desde lejos, cautelosamente los seguía, para tratar de conseguir, si fuera posible sin peligro, su modesta parte de la presa que cayese.

Al llegar á un pajonal, divisaron los tigres una gama con su cervatillo, dormidos en la orilla. De un brinco estuvieron encima; de un zarpazo los mataron.

El zorro, acurrucado entre los yuyos, seguía con interés la operación, listo para aprovechar los restos, una vez saciados los tigres. Pero pronto vio que estos señores se disputaban la gama grande; ambos la querían, y esta sola, despreciando la otra por ser más

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pequeña; y tanto pelearon que uno murió allí mismo, teniendo el otro que retirarse mal herido á su guarida, con muy pocas ganas de comer.

De modo que con todo sosiego pudo el zorro aprovechar los bocados más sabrosos de las dos gamas muertas y aferrarse en su opinión de que disputar la mejor presa es cosa de poderosos, haciéndole más cuenta al débil contentarse con la que dejen aquellos.

XCVI.

El caballo y la muía.

Una muía, liviana, nerviosa, ágil y de pie firme, habla atravesado, sin mayor dificultad, un pantano muy pegajoso.

Un caballo perdieron, muy pesado, que andaba con ella, también hubiera querido pasar pero tenía miedo de quedarse empantanado, y estaba en la orilla, consultando con la muía.

La muía, criolla vieja, no quería comprometer opinión y se contentaba con decirle:

— Si no puedes, no te metas.

— Pero, ¿podré, amiga? — preguntaba el caballo.

— ¿Quien sabe? — contestaba la muía.

Hasta que el caballo pensó que, fuerte como era, de cualquier modo pasaría; y se metió.

Pero después de algunos pasos, vio que por su peso entraba en el barro hasta el en-

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cuentro, y en vez de moverse ligero y de chapalear para salir, vaciló, se dejó estar, y se atascó del todo!

Y la muía le decía;

— Ya que te metiste, no te hubieras parado,

O no meterse, ó tirar fuerte.

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