Fábulas argentinas · Unidad 7 de 22
Unidad 7 · XXXIV.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XXXIV.
El chajá y los patos
Una bandada de patos estaba á punto de volar para otros pagos; pero unos querían ir al sur, diciendo que en vista de la estación calurosa que se acercaba, se estaría mucho mejor allá, con grandes lagos siempre llenos de agua, aun en los días más fuertes del ve:; rano.
Los otros porfiaban que, acercándose la cosecha del trigo, era mucho mejor irse al norte, á Santa Fé, (habían leído sus informaciones én los diarios), donde, decían, hay inmensos sembrados; allá se podría anidar y empollar en las mejores condiciones, por la abundancia de grano que siempre queda en los rastrojos. Ambas partes daban excelentes razones á favor de su opinión, pero ninguna podía con-
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vencer á la otra, probando una vez más qué, aunque digan, toda discusión es inútil entre gente de opinión contraria.
Por suerte apareció por el cañadón un chajá, y los patos convinieron en someterle el caso, comprometiéndose cada bando á acatar su laudo sin más trámite. Los patos que querían irse al sur se acercaron los primeros, y después de saludar al chajá, le dijeron:
— ¿No es cierto, señor chajá, que es al sur á donde debemos ir?
— ¡Chajá, chajá! — contestó sin vacilar el interpelado, y con un tono de convicción que no admitía réplica. Los patos, agradecidos, se pusieron en marcha con rumbo al sur, gritando á los compañeros:
— ¿No ven?
Pero los que querían ir al norte los dejaron salir solos y preguntaron también al chajá:
— ¿No es cierto, señor chajá, que es al norte á donde debemos ir?
— ¡Cliajá, chajá! — vobáó á gritar el chajá con la misma convicción, y los patos se fueron al norte, persuadidos de que el chajá les daba la razón.
El chajá, muy prudente, había sabido evitar compromisos y quedarse bien con todos.
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XXXV.
La babosa.
Deslizándose pesadamente entre las sombras de la noche, evitando con mucho cuidado el atravesar en descubierto las sendas iluminadas por los rayos de la luna, la babosa se arrastraba por el suelo, buscando en que planta dejaría caer su baba asquerosa.
Plantas espinosas de abrojo, plantas grises y feas de cepa-caballo ó de chamico hediondo, ortigas y yuyos venenosos parecían solicitar sus repugnantes abrazos, pero pasaba ella como despreciándolas. Algo mejor quería. Ensuciar lo sucio ¿ para qué ? hubiera sido gastar en vano la baba de que anda tan bien provista.
Y siguió su camino hasta encontrar un rosal cargado de flores en el que trepó, recorriendo todas las ramas; trabajo le dio, por cierto, pero ¡qué gloria, qué gusto, qué deleite! Pudo ensuciar, sin dejar indemne una sola, todas las hermosas rosas espléndidamente abiertas por la Primavera y perfumadas, por el sol.
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