Fábulas · Unidad 14 de 24
LIBRO NONO — parte 1
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FÁBULA PRIMERA
El Gato y las Aves.
Charlatanes se ven por todos lados En plazas y en estrados, Que ofrecen sus servicios (¡cosa rara!) Á todo el mundo por su linda cara[421]. Éste, químico y médico excelente, Cura á todo doliente, Pero _gratis_: no se hable de dinero. El otro petimetre[422] caballero Canta, toca, dibuja, borda, danza, Y ofrece la enseñanza _Gratis_ por afición á cierta gente. Veremos en la fábula siguiente Si puede haber en esto algún engaño: La prudente cautela no hace daño. Dejando los desvanes y rincones El señor _Mirrimiz_, Gato de maña, Se salió de la villa á la campaña. En paraje sombrío Á la orilla de un río De sauces coronado, En unas matas se quedó agachado. El Gatazo[423] callaba como un muerto Escuchando el concierto De dos mil avecillas, Que en las ramas cantaban maravillas. Pero callaba en vano, Mientras no se acercaban á su mano Los músicos volantes, pues quería _Mirrimiz_ arreglar la sinfonía. Cansado de esperar, prorrumpe al cabo, Sacando la cabeza: _¡Bravo, bravo!_ La turba calla: cada cual procura Alejarse ó meterse en la espesura; Mas él les[424] persuadió con buenos modos, Y al fin logró que le escuchasen todos. --No soy Gato montés ó campesino; Soy honrado vecino De la cercana villa; Fuí Gato de un maestro de capilla; La música aprendí y aun, si me empeño, Veréis como os la enseño; Pero _gratis_ y en menos de una hora. ¡Qué cosa tan sonora Será el oír un coro de cantores, Verbigracia, calandrias, ruiseñores! Con estas y otras cosas diferentes, Algunas de las aves inocentes Con manso vuelo á _Mirrimiz_ llegaron: Todos en torno de él se colocaron; Entonces con más gracia Y más diestro que el Músico de Tracia[425], Echando su compás hacia el más gordo, Consigue _gratis_ merendarse un tordo.
FÁBULA II
La Danza pastoril.
Á la sombra que ofrece Un gran peñón tajado, Por cuyo pie corría Un arroyuelo manso, Se formaba en estío Un delicioso prado. Los árboles silvestres Aquí y allí plantados, El suelo siempre verde De mil flores sembrado, Más agradable hacían El lugar solitario. Contento en él pasaba La siesta, recostado Debajo de una encina, Con el albogue, Bato[426]. Al son de sus tonadas Los pastores cercanos, Sin olvidar algunos La guarda del ganado, Descendían ligeros[427] Desde la sierra al llano. Las honestas zagalas, Según iban llegando, Bailaban lindamente, Asidas de las manos, En torno de la encina Donde tocaba Bato. De las espesas ramas Se veía colgando Una guirnalda bella De rosas y amaranto. La fiesta presidía Un mayoral anciano: Y ya que el regocijo Bastó para descanso, Antes que se volviesen Alegres al rebaño, El viejo presidente Con su corvo, cayado Alcanzó la guirnalda, Que pendía del árbol, Y coronó con ella Los cabellos dorados De la gentil zagala, Que con sencillo agrado Supo ganar á todas En modestia y recato. _Si la virtud premiaran Algunos cortesanos, Yo sé que no huiría Desde la corte al campo._
FÁBULA III
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Los dos Perros.
_Procure ser en todo lo posible El que ha de reprender irreprensible._ _Sultán_, perro goloso y atrevido, En su casa robó, por un descuido, Una pierna excelente de carnero. _Pinto_, gran tragador, su compañero, Le encuentra con la presa encarnizado, Ojo al través, colmillo acicalado, Fruncidas las narices y gruñendo. --¿Qué cosa estás naciendo, Desgraciado _Sultán_? _Pinto_ le dice. ¿No sabes, infelice[428], Que un perro infiel, ingrato, No merece ser perro, sino gato? ¡Al amo, que nos fía La custodia de casa noche y día, Nos halaga, nos cuida y alimenta, Le das tan buena cuenta[429], Que le robas goloso La pierna del carnero más jugoso! Como amigo te ruego No la maltrates más: déjala luego. --Hablas, dijo _Sultán_, perfectamente. Una duda me queda solamente Para seguir al punto tu consejo: Di, ¿te la comerás si yo la dejo?
FÁBULA IV
La Moda.
Después de haber corrido Cierto danzante Mono Por cantones y plazas De ciudad en ciudad el mundo todo, Logró (dice la historia, Aunque no cuenta el cómo) Volverse libremente Á los campos del África orgulloso. Los Monos al viajero Reciben con más gozo Que á Pedro, el czar, los rusos, Que los griegos á Ulises generoso. De leyes, de costumbres Ni él habló, ni algún otro[430] Le preguntó palabra; Pero de trajes y de modas todos. En cierta jerigonza, Con extranjero tono, Les hizo un _gran detalle_[431] De lo más _remarcable_[432] á los curiosos. «Empecemos, decían, Aunque sea por poco.» Hiciéronse zapatos Con cáscaras de nueces por lo pronto. Toda la raza mona Andaba con sus choclos[433], Y el no traerlos era Faltar á la decencia y al decoro. Un leopardo hambriento Trepa para los Monos; Ellos huir intentan Á salvarse en los árboles del soto[434]. Las chinelas[435] lo estorban, Y de muy fácil modo Aquí y allí mataba, Haciendo á su placer dos mil destrozos. En Tetuán desde entonces Manda el senado docto, Que cualquier uso ó moda De países cercanos ó remotos, Antes que llegue el caso De adoptarse en el propio, Haya de examinarse En junta de políticos á fondo. _Con tan justo decreto, Y el suceso horroroso ¿Dejaron tales modas? Primero dejarían de ser Monos._
FÁBULA V
El Lobo y el Mastín.
Trampas, redes y perros Los celosos pastores disponían En lo oculto del bosque y de los cerros, Porque matar querían Á un Lobo por el bárbaro delito De no dejar á vida ni un cabrito. Hallóse cara á cara Un Mastín con el Lobo de repente, Y cada cual se para, Tal como en Zama estaban frente á frente Antes de la batalla, muy serenos, Aníbal y Escipión, ni más ni menos. En esta suspensión treguas propone El Lobo á su enemigo. El Mastín no se opone, Antes le dice:--Amigo, Es cosa bien extraña por mi vida Meterse un señor Lobo á cabricida[436]. Ese cuerpo brioso Y de pujanza fuerte, Que mate al jabalí, que venza al oso. Mas ¿qué dirán al verte Que lo valiente y fiero Empleas en la sangre de un cordero? El Lobo le responde:--Camarada, Tienes mucha razón; en adelante Propongo no comer sino ensalada.-- Se despiden y toman el portante. Informados del hecho Los pastores se apuran y patean: Agarran al Mastín y le apalean. Digo que fué bien hecho; Pues, en vez de ensalada, en aquel año Se fué comiendo el Lobo su rebaño. _¿Con una reprensión, con un consejo Se pretende quitar un vicio añejo?_
FÁBULA VI
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La Hermosa y el Espejo.
Anarda la bella Tenía un amigo Con quien consultaba Todos sus caprichos: Colores de moda, Más ó menos vivos, Plumas, sombreretes[437], Lunares y rizos Jamás en su adorno Fueron admitidos, Si él no la[438] decía: «_Gracioso, bonito_». Cuando su hermosura Llena de atractivo, En sus verdes años Tenía más brillo, Traidoras la roban (Ni acierto á decirlo) Las negras viruelas Sus gracias y hechizos. Llegóse al espejo: Éste era su amigo, Y como se jacta De fiel y sencillo, Lisa y llanamente La verdad la dijo. Anarda furiosa, Casi sin sentido, Le vuelve la espalda Dando mil quejidos. Desde aquel instante Cuentan que no quiso Volver á consultas Con el señor mío[439]. _Escúchame Anarda_: «_Si buscas amigos Que te representen Tus gracias y hechizos, Mas que no te adviertan Defectos, y aun vicios De aquellos que nadie Conoce en sí mismo; Díme ¿de qué modo Podrás corregirlos?_»
FÁBULA VII
El Viejo y el Chalán.
_Fabio está, no lo niego, muy notado De una cierta pasión que le domina; ¿Mas qué importa, señor? si se examina Se verá que es un mozo muy honrado, Generoso, cortés, hábil, activo, Y que de todo entiende Cuanto pide el empleo que pretende. Y qué, ¿no se le dan?... ¿por qué motivo?... Trataba un Viejo de comprar un perro Para que le guardase los doblones. Le decía el Chalán estas razones: --Con un collar de hierro Que tenga el animal, échenle gente: Es hermoso, pujante,_ Leal, bravo, arrogante; Y aunque tiene la falta solamente De ser algo goloso... --¿Goloso? dice el Rico; no le quiero. --No es para marmitón[440], ni despensero, Continúa el Chalán muy presuroso, Sino para valiente centinela. --Menos, concluye el Viejo: Dejará que me quiten el pellejo Por lamer entre tanto la cazuela.
FÁBULA VIII
La Gata con Cascabeles.
Salió cierta mañana _Zapaquilda_ al tejado Con un collar de grana, De pelo y cascabeles adornado. Al ver tal maravilla, Del alto corredor y la guardilla[441] Van saltando los Gatos de uno en uno; Congrégase al instante Tal concurso gatuno[442] En torno de la dama rozagante, Que entre flexibles colas arboladas Apenas divisarla se podía. Ella con mil monadas El cascabel parlero sacudía; Pero cesando al fin el sonsonete, Dijo, que por juguete, Quitó el collar al perro su señora, Y se lo puso á ella. Cierto que _Zapaquilda_ estaba bella: Á todos enamora, Tanto que en la gatesca compañía, Cuál dice su atrevido pensamiento, Cuál se encrespa celoso; Riñen éste y aquél con ardimiento, Pues con ansia quería Cada Gato soltero ser su esposo. Entre los arañazos y maullidos Levántase _Garraf_, Gato prudente, Y á los enfurecidos Les grita:--Noble gente, ¡Gata con cascabeles por esposa! ¿Quién pretende tal cosa? ¿No veis que el cascabel la caza ahuyenta Y que la dama hambrienta Necesita sin duda que el marido, Ausente y aburrido, Busque la provisión en los desvanes, Mientras ella cercada de galanes, Porque el mundo la vea, De tejado en tejado se pasea?-- Marchóse _Zapaquilda_ convencida, Y lo mismo quedó la concurrencia. _¡Cuántos chascos se llevan en la vida Los que no miran más que la apariencia!_
FÁBULA IX
El Ruiseñor y el Mochuelo.
Una noche de mayo, Dentro de un bosque espeso, Donde según reinaba La triste obscuridad con el silencio, Parece que tenía Su habitación Morfeo; Cuando todo viviente Disfrutaba del dulce y blando sueño, Pendiente de una rama Un Ruiseñor parlero[443] Empezó con sus ayes Á publicar sus dolorosos celos. Después de mil querellas, Que llegaron al cielo, Á cantar empezaba La antigua historia del infiel Teseo, Cuando, sin saber como, Un cazador Mochuelo Al músico arrebata Entre las corvas uñas prisionero. Jamás Pan con la flauta Igualó sus gorjeos, Ni resonó tan grata La dulce lira del divino Orfeo. No obstante, cuando daba[444] Sus últimos lamentos, Los vecinos del bosque Aplaudían su muerte: yo lo creo. Si con sus serenatas El mismo _Farinelo_ Viniese á despertarme, Mientras que yo dormía[445] en blando lecho; En lugar de los _bravos_, Diría: Caballero, ¡Que no viniese ahora Para tal Ruiseñor algún Mochuelo! _Clori tiene mil gracias: Y ¿qué logra con eso? Hacerse fastidiosa Por no querer usarlas á su tiempo._
FÁBULA X
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El Amo y el Perro.
--Callen todos los perros de este mundo Donde está mi _Palomo_: Es fiel, decía el Amo, sin segundo Y me guarda la casa... pero ¿cómo? Con la despensa abierta Le dejé cierto día; En medio de la puerta De guardia se plantó con bizarría. Un formidable gato, En vez de perseguir á los ratones, Se venía guiado del olfato Á visitar chorizos y jamones. _Palomo_ le despide buenamente; El gatazo[446] se encrespa y acalora: Riñen sangrientamente, Y mi _Guardajamones_[447] le devora.-- Esto contaba el Amo á sus amigos, Y después á su casa se los lleva Á que fuesen testigos De tal fidelidad en otra prueba. Tenía al buen _Palomo_ prisionero Entre manidas pollas y perdices: Los sebosos riñones de un carnero Casi casi le untaban las narices. Dentro de este retiro á penitencia[448] El triste fué metido Después de algunos días de abstinencia. Al fin, ya su Señor compadecido Abre con sus amigos el encierro; Sale rabo entre piernas agachado: Al Amo se acercaba el pobre Perro, Lamiéndose el hocico ensangrentado. El Dueño se alborota y enfurece Con tan fatales nuevas. _Yo le preguntaría ¿Y qué merece Quien la virtud expone á tales pruebas?_
FÁBULA XI
Los dos Cazadores.
Que en una marcial función, Ó cuando el caso lo pida, Arriesgue un hombre su vida, Digo que es mucha razón. Pero el que por diversión Exponer su vida quiera Á juguete de una fiera, Ó peligros no menores, Sepa de dos Cazadores Una historia verdadera. Pedro Ponce, el valeroso, Y Juan Carranza, el prudente, Vieron venir frente á frente Al lobo más horroroso. El prudente, temeroso, Á una encina se abalanza, Y cual otro Sancho Panza, En las ramas se salvó. Pedro Ponce allí murió: _Imitemos á Carranza_.
FÁBULA XII
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El Gato y el Cazador.
Cierto Gato en poblado descontento, Por mejorar sin duda de destino (Qué no sería Gato de convento) Pasó de ciudadano á campesino. Metióse santamente Dentro de una covacha, mas no lejos De un gran soto poblado de conejos. Considere el lector piadosamente Si este noble ermitaño Probaría la hierba en todo el año. Lo mejor de la caza devoraba, Haciendo mil excesos; Mas al fin por el rastro que dejaba De plumas y de huesos, Un Cazador lo advierte: le persigue, Arma trampas y redes con tal maña, Que al instante consigue Atrapar la carnívora alimaña. Llégase el Cazador al prisionero, Quiere darle la muerte. El animal le dice:--Caballero, Duélase de la suerte De un triste pobrecito[449], Metido en la prisión y sin delito. --¿Sin delito, me dices, Cuando sé que tus uñas y tus dientes Devoran infinitos inocentes? --Señor, eran conejos y perdices; Y yo no hacía más, á fe de Gato, Que lo que ustedes hacen en el plato. --Ea, pícaro, muere, Que tu mala razón no satisface. _Con que sea[450] la cosa que se fuere, ¿La podrá usted hacer, si otro la hace?_
FÁBULA XIII
El Pastor.
Salicio[451] usaba tañer La zampoña todo el año, Y, por oírle, el rebaño Se olvidaba de pacer. Mejor sería romper La zampoña al tal Salicio; _Porque si causa perjuicio En lugar de utilidad, La mayor habilidad, En vez de virtud, es vicio._
FÁBULA XIV
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El Tordo Flautista.
Era un gusto el oír, era un encanto, Á un tordo gran flautista, pero tanto, Que en la gaita gallega, Ó la pasión me ciega, Ó á Misón le llevaba mil ventajas. Cuando todas las aves se hacen rajas[452] Saludando á la aurora, Y la turba confusa charladora[453] La[454] canta sin compás y con destreza Todo cuanto la viene á la cabeza, El flautista empezó: cesó el concierto. Los pájaros con tanto pico abierto Oyeron en un tono soberano Las folías[455] la gaita y el villano[456]. Al escuchar las aves tales cosas, Quedaron admiradas y envidiosas; Los jilgueros preciados de cantores, Los vanos ruiseñores, Unos y otros corridos, Callan entre las hojas escondidos. Ufano el Tordo grita:--Camaradas, Ni saben, ni sabrán estas tonadas Los pájaros ociosos, Sino los retirados estudiosos. Sabed, que con un hábil zapatero Estudié un año entero: Él dale que le das á sus zapatos, Y alternando, silbábamos á ratos. En fin, viéndome diestro, --Vuela al campo, me dice mi maestro, Y harás ver á las aves de mi parte _Lo que gana el ingenio con el arte_.
FÁBULA XV
El Raposo y el Lobo.
Un triste Raposo Por medio del llano Marchaba sin piernas, Cual otro soldado, Que perdió las suyas Allá en Campo Santo. Un Lobo le dijo: --Hola, buen hermano, Diga, ¿en qué refriega Quedó tan lisiado? --¡Ay de mí! responde; Un maldito rastro Me llevó á una trampa, Donde por milagro, Dejando una pierna, Salí con trabajo. Después de algún tiempo Iba yo cazando[457], Y en la trampa misma Dejé pierna y rabo.-- El Lobo le dice[457] --Creíble es el caso: Yo estoy tuerto, cojo Y desorejado Por ciertos mastines, Guardas de un rebaño. Soy de estas montañas El Lobo decano, Y como conozco Las mañas de entrambos, Temo que acabemos, No digo enmendados, Sino tú en la trampa, Y yo en el rebaño. _Que el ciego apetito_ _Pueda arrastrar tanto_ _Á los brutos, pase,_ _¡Pero á los humanos!_
FÁBULA XVI
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El Ciudadano Pastor.
Cierto joven leía En versos excelentes Las dulces pastorelas[458] Con el mayor deleite. Tenía la cabeza Llena de prados, fuentes, Pastores y zagalas, Zampoñas y rabeles. Al fin, cierta mañana Prorrumpe de esta suerte: --¡Yo he de estar prisionero Cercado de paredes, Esclavo de los hombres, Y sujeto á las leyes, Pudiendo, entre pastores, Grata y sencillamente Disfrutar desde ahora La libertad campestre! De la ciudad al bosque Me marcho para siempre: Allí naturaleza Me brinda con sus bienes; Los árboles y ríos Con frutas y con peces; Los ganados y abejas Con la miel y la leche; Hasta las duras rocas Habitación me ofrecen En grutas coronadas De pámpanos silvestres. Desde tan bella estancia, ¡Cuántas y cuántas veces, Al son de dulces flautas, Y sonoros rabeles, Oiré á los pastores, Que discretos contienden, Publicando en sus versos Amores inocentes! Como que ya diviso Entre el ramaje verde Á la pastora Nise[459], Que al lado de una fuente, Sentada al pie de un olmo, Una guirnalda teje. ¿Si será para Mopso[460]?...-- Tanto el joven enciende Su loca fantasía, Que ya en fin se resuelve, Y en zagal disfrazado, En los bosques se mete. Á un rabadán[461] encuentra, Y le pregunta alegre: --_Díme, ¿es de Melibeo_ _Ese ganado[462]?_--Miente, Que es mío; y sobre todo, Sea de quien se fuere. --No respondió el buen hombre Muy poéticamente. El Joven temeroso De que tal vez le diese Con el fiero garrote Que por cayado tiene, Sin chistar más palabra[463], Huyó bonitamente. Marchaba pensativo, Cuando quiso la suerte Que cogiendo bellotas Á la pastora viese. --¡Oh Nise fementida! Exclama: ¡cuántas veces, Siendo niña, querías Que yo te recogiese La fruta con rocío De mis manzanos verdes!-- Diciendo así, se acerca: La moza se revuelve, Y dándole un bufido En las breñas se mete. Sorprendido el Mancebo, Dice: «¿Qué me sucede? ¿Son éstos los pastores Discretos, inocentes, Que pintan los poetas Tan delicadamente? Á nuevos desengaños Ya no quiero exponerme.» Rendido, caviloso Á la ciudad se vuelve. _Yo siento á par del alma Que no se detuviese Á disfrutar un poco De la vida campestre. Por mi fe que las migas, El pastoril albergue, El rigor del verano, Los hielos y las nieves, Le hubieran persuadido Mucho más vivamente, Que es un solemne loco[464] Todo aquel que creyere Hallar en la experiencia Cuanto el hombre nos pinta por deleite_.
FÁBULA XVII
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El Ladrón.
Por catar[465] una colmena Cierto goloso Ladrón, Del venenoso aguijón[466] Tuvo que sufrir la pena.
«--La miel, dice, está muy buena, Es un bocado exquisito: Por el aguijón maldito No volveré al colmenar.-- _¡Lo que tiene el encontrar La pena tras el delito!_
FÁBULA XVIII
El Joven filósofo y sus Compañeros.