Facundo · Unidad 1 de 43
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[imagen: DOMINGO F. SARMIENTO
Cuando escribió el _Facundo_.]
BIBLIOTECA ARGENTINA
PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES
DIRECTOR: RICARDO ROJAS
12
FACUNDO
POR
D. F. SARMIENTO
[imagen]
BUENOS AIRES
LIBRERÍA «LA FACULTAD», DE JUAN ROLDÁN Y C.ía
359, FLORIDA, 359
1921
Imp. de A. Marzo.--San Hermenegildo, 32 dupd.º.
[El texto del original libro no fue actualizado. (Nota del transcriptor.)]
DOMINGO F. SARMIENTO
BIOGRAFÍA.--Nació en la ciudad de San Juan el 15 de febrero de 1811, al año siguiente de la Revolución argentina, cuyas agitaciones impresionaron su primera infancia. Fué hijo de José Clemente Sarmiento y de doña Paula Albarracín, ambos sanjuaninos, y de antiguas familias coloniales de Cuyo. En sus _Recuerdos de provincia_, Sarmiento ha pintado el ambiente doméstico de su infancia, su casa, su pueblo, su familia, su educación, y trazado una reticente silueta de su padre, y una muy conmovida de su madre, que influyó poderosamente en su imaginación y su carácter. Los azares de nuestras guerras civiles lo lanzaron a la acción, y fué montonero unitario, conspirador de la Asociación de Mayo, periodista de oposición, emigrado, adversario periodístico de Rosas y después de Caseros, diputado, senador, ministro, gobernador, presidente y general. Pero su verdadera grandeza no reside en ello, sino en la fiereza indomable de su carácter, en la abundancia de su sensibilidad, en el poder de su inteligencia, en la sugestión de su obra escrita, todo lo cual ha hecho que, con motivo de su centenario (1911), los argentinos le proclamáramos por un genio. Desde 1840 hasta 1852 residió en Chile, primero como desterrado de Benavides, tirano de San Juan; después como adversario de Rosas, tirano de Buenos Aires. Asistió con Urquiza a la batalla de Caseros, y fué después con Mitre adversario de la política del caudillo entrerriano. Después de ser ministro argentino en Wáshington, desempeñó la presidencia de la República (1868-1874). Como director de enseñanza, o ministro, o legislador, o periodista, fomentó casi todos nuestros progresos morales y materiales, desde 1853 hasta su muerte, ocurrida el 11 de septiembre de 1888, en la Asunción del Paraguay, adonde había ido en busca de alivio para su vejez ya fatigada. La fecha de su muerte es efemérides que se rememora todos los años en las escuelas nacionales. La biografía más extensa de Sarmiento es la publicada en 1901 por J. Guillermo Guerra, en Santiago de Chile. Una sinopsis de la misma fué hecha por A. B. S. y repartida en Buenos Aires por la Comisión Nacional del primer centenario de Sarmiento.
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BIBLIOGRAFÍA.--Sarmiento ha sido el más fecundo de nuestros escritores. Sus _Obras completas_, publicadas en Buenos Aires por su nieto Augusto Belín Sarmiento, alcanzó la respetable cantidad de 32 volúmenes. Un índice analítico de esa publicación ha sido editado por la Universidad de La Plata con el título de _Bibliografía de Sarmiento_. Los principales libros de Sarmiento son: _Facundo_, traducido a varios idiomas y repetidamente editado; _Recuerdos de provincia_, _Educación popular_, _Conflictos y armonías de las razas en América_; podrían ser incluídos entre los productos de su ingenio las ocurrencias y gestos recogidos por el nieto en su _Sarmiento anecdótico_. La copiosa literatura a que Sarmiento ha dado lugar es tan extensa, que no podríamos mencionarla en este lugar.
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ICONOGRAFÍA.--El retrato que acompaña este volumen, es el de cuando escribió el _Facundo_.
FACUNDO
NOTICIA PRELIMINAR
POR
RICARDO ROJAS
NOTICIA PRELIMINAR
Es el _Facundo_, de Sarmiento, la obra más famosa en la abundante bibliografía de su autor, y, según es notorio, una de las más afortunadas en la bibliografía nacional. Su título ha traspuesto la ambigua esfera de la minoría letrada para bajar al pueblo y a la escuela, mientras penetraba su doctrina en los campos de la controversia y de la acción sociales. Ha ido más lejos este libro aún, trasponiendo el límite de nuestro territorio para interesar a toda América, y franqueando los aledaños de nuestro idioma para ser vertido, siquiera fragmentariamente, a cuatro lenguas europeas--fortuna esta última raras veces lograda por escritores de la América española--. Libro así prestigiado, por el éxito editorial y la indiscutida gloria de su autor, no podía faltar en la BIBLIOTECA ARGENTINA, y ella se atreve a reeditarlo, no para colmar un vacío, puesto que son numerosas las ediciones del _Facundo_, sino porque creemos que siempre habrá lectores para obra tan fundamental, y que nuestra colección quedaría incompleta si omitiéramos ésta, vinculada a las fuerzas más esenciales de nuestra cultura.
Este es un libro que ya tiene historia. Si por la propia expansión de su mérito no hubiera logrado un éxito tan general, es bien seguro que lo hubiera conseguido bajo el glorioso auspicio de su autor, por la persistencia, vanidosa primero, orgullosa después, con que Sarmiento lo invocaba como el mayor de sus títulos. Si al volver de la proscripción, cuando Caseros invocaba a _Facundo_ para alistarse entre los jefes de la milicia y entre los estadistas de la organización, todavía siguió invocándolo treinta años después, como una de las fuerzas que derrocaron la tiranía de Rosas y como una de las más vivientes páginas de la literatura americana. En 1881, a propósito de la traducción italiana de este libro, Sarmiento escribía: «No vaya el historiador en busca de la verdad gráfica a herir en las carnes del _Facundo_, que está vivo; ¡no lo toquéis!; así como así, con todos sus defectos, con todas sus imperfecciones, lo amaron sus contemporáneos, lo agasajaron todas las literaturas extranjeras, desveló a todos los que lo leían por la primera vez, y la Pampa Argentina es tan poética hoy en la tierra como las montañas de la Escocia diseñadas por Walter Scott, para solaz de las inteligencias[1]. Y luego los ricos no despojen al pobre quitándole la venda de los ojos a los que lo traducen, cuarenta años justos después de haber servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal de un tirano, ¡y cosa rara!, el tirano cayó abrumado por la opinión del mundo civilizado, formada por ese libro extraño, sin pies ni cabeza, informe, verdadero fragmento de peñasco que se lanzaron a la cabeza los titanes...»[2]. Exageraba el autor, sin duda alguna, en ese fragmento, la importancia «cívica» de su obra, atribuyendo a sólo ese libro lo que fué penoso esfuerzo de toda una generación; pero nadie podrá negar que tal fragmento define, con maravilloso acierto de autocrítica, la verdadera condición «literaria» del glorioso panfleto[3].
Panfleto fué en sus orígenes el _Facundo_: panfleto periodístico, improvisado, banderizo. Es bien sabido que su primera edición apareció en los folletines de _El Progreso_, en Chile, el año 1845. Había publicado Sarmiento en ese mismo periódico unos _Apuntes biográficos_ sobre Aldao, el fraile caudillo, muerto a principios de aquel año en Mendoza. Como el libro gustase a los emigrados argentinos, lo estimularon éstos, y algunos jóvenes camaradas chilenos, a que escribiese una obra de mayor aliento dentro del género, y así le vino la idea de referir la vida de Juan Facundo Quiroga. Confiesa él mismo que improvisó la redacción, y que durante los meses de mayo y junio fué publicando sus entregas _El Progreso_, a medida que Sarmiento las escribía. El fondo del relato biográfico lo constituían sus propios recuerdos y el testimonio de la tradición oral, recogida en cartas y conversaciones de los proscriptos más ancianos. Pero no reside en esto la fuerza y originalidad de este libro, sino en la asociación que hizo de la vida del héroe con el ambiente geográfico y con los problemas urgentes de la organización nacional. El medio físico de la pampa sirvióle a su paleta de escritor para el colorido romancesco de la obra, necesario a la índole del folletín y al gusto romántico de su época; en tanto que las guerras civiles del caudillo, protagonista vigoroso de ese medio salvaje, sirviéronle a su pensamiento de político para el imprescindible ataque a Rosas, en que no cejaron, hasta después de Caseros, los poetas y publicistas de la proscripción. Origen tan humilde y azaroso explica todas las calidades y defectos del _Facundo_; las fallas de justicia y de verdad que han sido ya denunciadas; los aciertos de intuición social y de belleza literaria que constituyen la esencia vital de este libro. Por estos últimos ha sobrevivido a las circunstancias externas que le dieron origen, transmutada ya su primitiva y perecedera fuerza «política» en nueva y durable fuerza «espiritual». Lo que estuvo en el plano de la «historia» ha pasado ya, gracias al genio de su autor, el plano más excelso de la «epopeya».
Sarmiento no escribió la biografía de Facundo, sino creó su leyenda. Compuso el poema épico de la montonera; y si desde 1845 sirvió este libro como verdad pragmática contra Rosas, y desde 1853 como verdad pragmática contra el desierto, después de 1860, debemos tender a utilizarlo solamente como verdad pragmática en favor de nuestra cultura intelectual, por la emoción profunda de tierra nativa, de tradición popular, de lengua hispanoamericana y de ideal argentino que ese libro traduce en síntesis admirable. Nadie comprendió mejor que Sarmiento, en su vejez, la verdadera limitada condición de esta obra; nadie ha discernido mejor que su propio autor lo que hay en el _Facundo_ de personal y de colectivo, de transitorio y de permanente, de provisional y de esencial. Sarmiento mismo le ha llamado «el génesis de la Pampa»[4], y él mismo dice que nadie ha caracterizado mejor la fisonomía de su libro que el historiador López cuando lo llamó «historia beduína»[5]. «López no se da cuenta del origen de sus impresiones»--agrega--. «El vió escribir el _Facundo_ sin archivo en país extranjero, al tiempo que rendía exámenes de latín escaso en _De Bello Jugurthæ_, de Salustio, y ya sabemos la indeleble y eterna asociación de las ideas»[6]. Y apoyándose en la recóndita y lejana asociación juvenil que cree ver en el juicio del compañero proscripto de otro tiempo, Sarmiento insiste con orgullo: «Es el _Facundo_ el Jugurta argentino; el libro sin asunto, porque la guerra contra el caudillo númida, escapando en el Sahara a las pesadas legiones romanas, no marca en la historia; es apenas un episodio sin consecuencia. Lo que Roma vió fué un libro, y lo que los estudiantes y los latinistas ven es la figura de Jugurta el númida con su bornoz blanco, en el negro caballo, haciendo razias o fantasías, o algaradas, delante de las legiones. Es Salustio, el pintor del Africa y del desierto»[7]. Y en la reticencia de su orgullo, eso quiere decir: «Es Sarmiento el pintor de la América y de la Pampa», o bien: «lo que han de ver en él los argentinos es sólo «un libro _pintoresco_»; libro inmortal e imaginario, y no la verdadera historia de un caudillo cuya obra real fué tan efímera, y cuya belleza legendaria sobrevive, precisamente, gracias a estas páginas perdurables.
Hay en el _Facundo_ una como estratificación de varios órdenes de ideas, «visibles» en la estructura íntima de este libro. Descubro en él un elemento _biográfico_, formado por lo que Sarmiento atribuye a Quiroga y Rosas; un elemento _político_, formado por lo que escribe de unitarios y federales; un elemento _sociológico_, formado por lo que discurre sobre la civilización y la barbarie americanas. Todo eso es transitorio, y el nuevo lector habrá de considerarlo según las circunstancias en que el autor se hallaba en 1845, más las rectificaciones o palinodias que el autor proclamó generosamente después de 1880. Esto es como la «clave» del _Facundo_, desgraciadamente olvidada por sus lectores modernos, y que es menester ponerla aquí para la más completa interpretación de este libro.
Ya en la edición de 1845, Sarmiento había escrito esta confesión oportuna: «Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas inexactitudes han debido escaparse en un trabajo hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que no había nada escrito hasta el presente. Al coordinar entre sí sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrando manuscritos formados a la ligera o apelando a las propias reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar»[8]. Fué don Valentín Alsina, su amigo unitario, uno de los que rectificó no pocos errores de hecho y de interpretación. En gratitud por ese comentario de enmiendas, Sarmiento le dedicó la segunda edición de su obra, y en la «carta-prólogo» de esa edición (1851) insiste sobre lo improvisado de su obra y «los muchos lunares que afeaban la primera edición»[9]. Ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas--dícele a Alsina--, el _Facundo_ adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento, sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era concebida, lejos del teatro de los sucesos, y con propósitos de acción inmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido la fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a discusión[10], lectores apasionados, y de mano en mano, deslizándose furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto en sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenares, llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta Buenos Aires, a las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillas populares, un mito como su héroe.» «He usado con parsimonia de sus notas, guardando las más substanciales para tiempos mejores y más meditados trabajos, temeroso de que, por retocar obra tan informe, desapareciese su fisonomía primitiva, y la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada concepción»[11].
Estas desenfadadas confesiones del propio autor, relevan de toda otra prueba sobre la escasa autoridad que a esta obra debe concedérsele como trabajo de historia. Es el propio Sarmiento quien la considera, según se ha visto: 1.º, como «un fruto de la inspiración del momento»; 2.º, como «un ensayo y revelación para sí mismo de sus propias ideas»; 3.º, como «un mito» a la manera de su «héroe». El carácter subjetivo, parcial y militante del libro queda así confesado. Sarmiento se reconoce con ello, más en los dominios de la epopeya que en los de la sociología o la historia, como han creído algunos sociólogos ingenuos o pedantes, cuya ciencia consiste en ignorar la verdadera historia argentina. El caudillo de los Llanos habíale servido tan sólo de pretexto a su inspiración, para revelar, en esa especie de mito sintético de la guerra civil por él forjado, los horrores del desierto, de la ignorancia, del despotismo que tan gallardamente combatió.
No me es posible señalar aquí las numerosas rectificaciones que a la parte histórica del libro podran hacerse[12]. Básteme recordar, sin embargo, que Sarmiento depuso en la vejez ese odio ciego por la persona de Quiroga y que no fué menos valiente su palinodia sobre Rosas. Estos son hechos que la crítica apasionada del _Facundo_ ha perdido de vista también, y de los cuales no es posible prescindir si se desea calificar desapasionadamente este libro.
Acostumbraba Sarmiento en su vejez visitar nuestro cementerio de la Recoleta el día de Difuntos. Es uno de sus más bellos artículos el que refirió en _El Debate_ su visita de 1885. En él nos cuenta cómo iba aquel día entre los árboles y los mármoles, rememorando nombres amados como ante la tumba de su hijo, o la tumba de los que habían estado con él, o contra él, en las luchas violentas de sus días viriles, como aquel Vélez Sarsfield ante cuya tumba exclama: «¡Bravo viejo!: anduvimos juntos muchas jornadas memorables; salvamos, tomados de la mano, abismos que se abrían bajo nuestras plantas, y llegamos al término diciéndonos adiós, satisfechos ambos de haber obrado bien, y legado a nuestra patria páginas de historia sin mancha.» Así marchaba por entre los mármoles y los árboles, hablando a los muertos con familiaridad pagana, y con la sobrehumana serenidad de un héroe ya muerto él mismo, que transitara entre las sombras del Hades... Cuando, de pronto, he aquí que se detiene frente a la tumba de Juan Facundo Quiroga, y a propósito escribe estas bellas y nobles palabras, dignas ciertamente de un filósofo antiguo: «Por entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos, y la bella estatua del Dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte literario más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranca-Yaco, ha condenado a sobrevivirse a sí mismo y a los suyos, a quienes no transmite responsabilidades la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio este león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatua griega, _porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive debe ser bello y arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá al hombre que viene_.» Y si estas palabras que subrayo, porque ellas son acaso las más profundas que Sarmiento haya escrito, pudieran parecer obscuras en su misma profundidad, ved cómo concreta después su juicio definitivo sobre el protagonista de esta obra: «He aquí--me decía un joven Arce, pariente de Quiroga--cómo yo llevo la toga y la clámide del griego y no la túnica ni la dalmática del bárbaro. Pude decirle a mi vez que mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelido sus corpúsculos rojos, _porque eran afines_. Quiroga ha pasado a la historia, y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos, de Ayax y de Aquiles»[13]. Así concluye aquel pasaje magnífico en que, debido a la emoción del día y del lugar, o la intuición del genio próximo a la muerte, pudo ver a Facundo transfigurado por el arte: comprender lo que había de epopeya en su libro, y confesarse idéntico, por la sangre racial, con el héroe maldito de otros días.
Y no fué menos explícita la amnistía que Sarmiento «decretó» para Rosas, tan rudamente combatido también en el _Facundo_. Cuando Ramos Mejía publicó su _Neurosis de los hombres célebres en la historia argentina_, en cuyas páginas, según es sabido, traza la historia clínica del tirano, Sarmiento se apresuró a comentar así ese trabajo: «La tiranía de Rosas fué una locura en acción»--nos dice al comenzar su comentario--. Y luego avanza esta advertencia valerosa: «_Prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho a Rosas, en aquellos tiempos de combate y de lucha_, por el interés mismo de las doctrinas científicas que explicarían los hechos verdaderos»[14]. Con esa austeridad confesaba Sarmiento sus excesos polémicos anteriores a 1852, y si traigo tal confesión sobre sus ataques a Rosas, es porque esta otra figura completa a la de Facundo en la composición de su libro, y porque el «folletín» del _Progreso_ no fué sino un episodio periodístico de la violenta predicación que los emigrados realizaban desde el extranjero contra el tirano de Buenos Aires.