Fernando de Córdoba y los orígenes del Renacimiento filosófico en España · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

FERNANDO DE CÓRDOBA

(¿ 1425 - 1486?)

Y LOS

ORÍGENES DEL RENACIMIENTO FILOSÓFICO EN ESPAÑA

(EPISODIO DE LA HISTORIA DE LA LÓGICA)

DISCURSO

LEÍDO EN EL ACTO DE SU RECEPCIÓN

POR

D. ADOLFO BONILLA Y SAN MARTÍN

CONTESTACIÓN

DEL EXC1IO. É ILMO. SEÑOR

D. MARCELINO MENÉNDEZ Y PELA YO

Director de la Real Academia de la Historia

EL DÍA 26 DE MARZO DE 191 1

MADRID — M.CM. XI

FERNANDO DE CÓRDOBA

(¿1425-1486?)

Y LOS

ORÍGENES DEL RENACIMIENTO FILOSÓFICO EN ESPAÑA

(EPISODIO DE LA HISTORIA DE LA LÓGICA)

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

FERNANDO DE CÓRDOBA

(¿1425-1486?)

V LOS

ORÍGENES DEL RENACIMIENTO FILOSÓFICO EN ESPAÑA

(EPISODIO DE LA HISTORIA DE LA LÓGICA)

DISCURSO

LEÍDO en el acto de si recepción

POR

D. ADOLFO BONILLA Y SAX MARTÍN

CONTESTACIÓN

DEL EXCMO. lí 1I.MO. SEÑOR

D. MARCELINO MENÉNDEZ Y PELA YO

Director de la Real . \cademia de (a Historia

EL DÍA 26 DE MARZO DE 191 1

l<3. 3 43

MADRID - M. CAL XI

Madrid. Estabh i imii nto tipográfico de Fortanet, Libe rtad, 29. 1 1 1

DISCURSO

D. ADOLFO BONILLA Y SAN MARTIN

Señoree Bca&énncoe:

Si habéis leído (que sí habréis, por lo menos en aquellos no muy lejanos tiempos en que la novela no era todavía anfiteatro de torturas morales, sino poético asunto de instructiva recreación) el más bello de los Cuentos de mi huésped, que el gran Walter Scott hizo pasar por narraciones «recogidas y dadas á luz por Jedediah Cleishbotham, maestro de escuela y sacristán de la parroquia de Gandercleugh», recordaréis el maravilloso retrato que el poeta y erudito escocés hace de aquel Viejo de la muerte (Oíd Mortality), á quien solía verse inclinado sobre las tumbas, descifrando y reconstituyendo las antiguas inscripciones grabadas en las lápidas que cubrían los restos mortales de los entusiastas defensores del Covenant. El martillo y el cincel servíanle de instrumentos evocadores de ignorados hechos, que, engarzados por el hilo de oro de la Historia, eran, en labios del errante presbiteriano, manantial perenne de amenísimos relatos, en que los personajes y las sociedades que fueron, mostrábanse con luz más viva y con detalles más pintorescos de los que suele prestar á lo pasado la caediza memoria de los hombres.

Muchas veces he recordado ese novelesco retrato, y ahora viéneme de nuevo á las mientes, con ocasión de ser yo el designado por esta Academia ilustre para suceder, no para sustituir, al Excmo. Sr. D. Mariano Carlos Solano Gálvez de San Pelayo y Villalpando, Marqués de Monsalud, doctísimo investigador

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de la arqueología hispana (especialmente de la extremeña), y generoso procer, á quien se deben el hallazgo y la conservación en preciado museo de no escaso número de nuestras venerandas antigüedades.

Tengo para mí que todo hombre de ciencia ha de ser necesariamente un artista, sea cualquiera la esfera intelectual que cultive, porque sólo el Arte es capaz de determinaren el investigador la emoción de absoluto desinterés que hace llevadero el rudo trabajo de buscar la verdad. La Ciencia procede enlazando ideas; pero este enlace es un movimiento, y la energía misteriosa que le produce y le sostiene es, en cuanto energía, creadora, y, en cuanto creadora, poética ó artística. Se ha podido definir ia Verdad, por lo menos en la relación subjetiva. Nadie, en cambio, ha sabido definir satisfactoriamente la Belleza, quizá porque, como profundamente dijo la sentencia platónica: «las cosas bellas son difíciles».

Bella, y difícil por consiguiente, es la Arqueología, disciplina en la que el benemérito Marqués de Monsalud realizó tan notables estudios. Sabía él de sobra la diferencia que existe entre un arqueólogo y un coleccionista de antigüedades; y cuando hacía excavaciones en las villas romanas de Villafranca de los Barros; cuando descubría en el cortijo de Maricara el ara votiva dedicada á Júpiter óptimo máximo; cuando hallaba en Mérida la inscripción del diácono Eulalio; cuando descifraba la carta autógrafa del siglo ni escrita sobre una teja romana; cuando daba acogida en su museo á la bellísima y mutilada Diana emeritense, y cuando en Extremadura, en Andalucía y en Aragón reunía y publicaba centenares de inscripciones latinas, no tanto lo hacía por el mero afán de amontonar curiosidades, como por el noble propósito de estudiar sus datos y depurar con ellos la verdad histórica.

Así pudo él persuadirse, entre otros importantes hechos, del continuo comercio de la Lusitania, por el estrecho hercúleo, con Cartago, Madaura y otras ciudades de ambas Mauritanias, durante los primeros siglos del cristianismo; así comprobó una vez más el culto, en las regiones occidentales y meridionales de la Península, de dioses del Imperio, como Júpiter, Hércules,

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Marte, Mercurio, Diana, etc., junto á divinidades persas, como Mithra; egipcias, como Sérapis é Isis; é indígenas, como Bandiarbaraico y Roncoenatuaco; así también, estudiando los miliarios, pudo seguir la marcha de los conquistadores romanos; y así, por último, logró profundizar en la historia de la organización de los municipios, del desarrollo de las sodal/tates, de capitales sucesos eclesiásticos y civiles, y hasta de interesantes formas (no tan atendidas como merecen) del ser/no rtt&ticus latino-hispano.

En varias publicaciones, y especialmente en la Revista de Extremadura y en el Boletín de esta Real Academia, dio numerosas muestras el Marqués de Monsalud de sus dotes de explorador y de sus vastos conocimientos epigráficos y arqueológicos. Su nombre, como los de A. Machado, Vicente Barrantes, José de Viú, M. Roso de Luna, M. Ramón Martínez y algunos más, irá indisolublemente unido á la historia de las investigaciones modernas en materia de antigüedades extremeñas.

Dio, además, el Marqués de Monsalud un ejemplo altísimo, que por desgracia suele tener muy pocos imitadores en nuestra patria. Dedicó á esos trabajos científicos buena parte de su fortuna, y esto, que en Norte América (para no citar otros pueblos) parecería muy natural y corriente, es todavía verdaderamente raro en España, donde, por un lado, el tradicional recelo (por no darle peor nombre) respecto del mérito positivo de los españoles, y por otro el menosprecio imbécil respecto de cuanto trasciende á labor histórica y erudita (como si los pueblos más grandes del mundo civilizado no diesen de ella el más formidable ejemplo), han determinado un ambiente de ruin escepticismo, sólo propicio á que se entronice la osadía ignara de unos pocos sobre la base de la estólida timidez de muchos más. Pobreza y sabiduría tuvieron siempre en todas partes estrecho parentesco, pero en España, salvo contadísimos casos, parecen ir unidas en virtud de una de aquellas presunciones que los glosadores llamaban inris et de iure, por no admitir prueba en contrario.

Si á las referidas condiciones científicas que concurrían en el Marqués de Monsalud, agregáis la sencillez de espíritu y la

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rectitud de intención que avaloraban todos sus actos, comprenderéis lo que fué en vida aquel discretísimo varón, cuya memoria deberá enaltecer más bien cortada pluma que la mía. Al ingresar en vuestra Corporación, Señores Académicos, un 3 de Junio de 1900, creyóse él obligado á manifestaros la expresión de su reconocimiento. Al asociarme yo también, en el día de hoy, á vuestras tareas, compartiéndolas con algunos que fueron y siguen siendo mis venerados maestros, paréceme harto poco hablar de gratitud, y espero demostraros con hechos que, si no igualar, sabré por lo menos seguir sus huellas.

De Historia pienso hablaros, señores; pero no de la historia de intrigas políticas, ni de evoluciones lingüísticas, ni de monumentos arqueológicos, ni de textos literarios, ni de tradiciones artísticas, sino de la historia de las ideas, de que los actos humanos son siempre expresión, las más de las veces imperfecta.

Es, por cierto, la Filosofía, aquel orden de conocimientos en que la Historia tiene una representación tan indispensable, que adquiere un verdadero predominio en el método. Comprendo bien que á un poeta, sobre todo si es futurista y aboga por la quema de las Bibliotecas, le parezca muy posible escribir un buen soneto sin haber leído á Homero, y un regular poema geórgico sin conocer á Teócrito ni á Virgilio. Me explico que se pueda construir un sólido edificio sin haber hojeado á Vitrubio, y que se cultive bien un campo sin haber estudiado á Columela ni á Varrón. También admito que se pueda resultar un prodigioso matemático sin haber leído á Euclides; y doy por supuesto que Edison ó Marconi no hayan pasado jamás los ojos por la Física de Aristóteles. Admito todo esto (aunque todavía habría bastante que hablar en ello); pero lo que no puedo aceptar es que un pensador discurra provechosamente acerca de cualquier problema filosófico, sin conocer por lo menos los principales esfuerzos de los que le han precedido. Allá á solas

-íleon su cabeza, ese pensador correría gravísimo peligro de descubrir lo que de coro sabe cualquiera que haya saludado un manual de historia filosófica, y emplearía un esfuerzo inútil en reconstruir lo ya edificado (1). Además (y esta es la principal razón del fenómeno), lo que está deductivamente averiguado en Matemáticas, por ejemplo, tiene un carácter apodíctico que se impone por la virtualidad misma de la demostración; mientras que en Filosofía las soluciones no- tienen ese aspecto, y así caben en ella, acerca de todo problema, las conclusiones más contradictorias, por lo cual toda labor de este género ha de comenzar siempre, in mente ó in scriptis, por un balance de argumentos.

La base del razonamiento filosófico es, por consiguiente, una indagación histórica, y aun cuando ni la Filosofía ni la Historia sean objetos, sino modos de estudiar los objetos, es lo cierto que todo pensar filosófico se muestra como función de un pensar histórico.

Tal acontece con el problema que ha dado lugar á los trabajos acerca de los cuales pienso hablaros hoy (refiriéndome preferentemente á pensadores españoles). Es un problema que pertenece á la jurisdicción de la Lógica, y que necesito plantear antes de exponer sus soluciones históricas.

Notorio es que toda ciencia constituye un determinado orden de conocimientos, ó, mejor dicho, que todo saber es un orden de conocer, caracterizado por ciertas notas, que, material ó formalmente, son la demostración y el sistema. «Nosotros — dice Aristóteles — pensamos saber absolutamente algo, y no de un modo sofístico y accidental, cuando creemos conocer que la causa por la cual es la cosa, es la causa de esta cosa, y que no puede suceder que acontezca de otra manera» (2). En tal su-

(1) Cf. M. F. Picavet: L'histoire de la philosophie; ce qu'elle a été; ce qiíelle peut étre.; Paris, F. Alean, 1888; p. 47.

(2) « ' E^'ataaOoi'. ol oio¡jle9' É'/.aarav á^Xio;, áXXi ¡ir, tov atXDitnixov rporcov tov •/.ata au[j.6E6r)y.o?, oxav tr¡v i' aíxíav OltójJieOa yiVüSaXElv 3'.' r,v T¿ ~fá-/¡j.x iaT'.v, ott 5X6ÍVOU aixía ¡azi, za\ p¡ evoi'/iaOa: toOt' aXXw; v/v.v.» (Analyt. post., 1, 2;

cito siempre por la edición A. F. Didot.) Aristóteles exceptúa de la demostración la ciencia de los principios

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puesto, una clasificación de las ciencias no es otra cosa que una ordenación de los grupos de conocimientos demostrativos y sistemáticos. Ahora bien; el conocimiento es un resultado del conocer, y el conocer es un acto, acerca del cual no caben sino las preguntas siguientes: el qué, el para qué, el cómo, el por que y el quien. Que sea lo que conocemos, es el objeto de las varias ciencias particulares que se distribuyen la materia del conocimiento. Para qué conocemos, es asunto propio de una ciencia de los fines, que podría llamarse Ética. Cómo conocemos, ó sea, cuál es el mecanismo y la función del conocer (abstracción hecha de la materia del conocimiento), es lo estudiado por la Psicología. Y, en cuanto al quién, ó sea al sujeto del conocer, aparte de que, en último análisis, es la energía indefinible é indeterminable, se resuelve en el cómo, porque la naturaleza de semejante sujeto es la misma función de conocer, pues el sujeto en potencia para conocer no es el sujeto que conoce. Queda la pregunta acerca del por qué, que á mi entender constituye la materia propia de la Lógica, porque ésta no es, como pensaba Kant (1) «la ciencia de la simple forma del

inmediatos (tüv ¿¡¿eW/) (ídem; t, 3); y hace muy bien, porque el punto de partida de la demostración («icó8ei|;is) es un indemostrable (ávanóSeixxo;), del mismo modo que el punto de partida de lo dividido (tójiio;) es un indivisible {,x-.'i'j:,l), el de lo mediato (p¿go;) un inmediato (xu.no;), el de lo movido (xiv7)to';) u/1 inmóvil (Íxivijto;), el de lo limitado (s¿p«;) un infinito (a- íptov), como ya note') Anaximandro de Mileto. Lógica y cronológicamente, lo infinito es antes que lo finito. (Cf. ü. Tiberglüen: Dissertation sur la Théorie de l'/nfini; Bruxelles, 1846; p. 24). Para el vulgo, que ve en lo finito la realidad (considerada como percepción), lo infinito es la serie indefinida de elemento finitos, y así el punto de partida es para él lo finito, el icÉpoc;. Para el filósofo, el verdadero principio es lo Infinito, y la misma realidad es un infinito (etópwv) , limitado por las formas subjetivas de la percepción. La unidad real ó simbólica — decía J. Alvarez Guerra Unidad Simbólica, y Destino del Hombre en la Tierra, Madrid, 1837; tomo i, p. 3(i) — es un compuesto mental de dos infinitos (ascendente y descendente).

( I ) Logiqae, publicada por Jaesche; trad. J. Tissot; Paris, Ladrange, 1840; p. 4. En parte responde al pensamiento kantiano esta otra definición de Sanz del Rio: la ciencia que estudia y aplica las leyes del entendimiento al conocimiento de la verdad (Doctrinal de Psicología, Lógica y Etica; 2.a Parte: Lógica; Madrid, I". M. García, 1863; p. s.). Kant, en efecto,

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pensamiento en general», sino, substancialmente, una teoría de la demostración. Así lo entendieron sus más antiguos cultivadores: los indios; el Nydya-Sdstra de Indrabhuti ó Qotama (607-515 a. de C.) es en esencia una doctrina de la prueba (1). Pero, si la Lógica estudia la teoría de la demostración, y el conocimiento verdaderamente científico es el causal ó demostrativo, la Lógica es en realidad una Doctrina de la Ciencia, una Scientia scicntiarum. Y aquí se nos presenta el problema á que en un principio aludía: si toda ciencia es un orden de conocimientos demostrativos, aplicados á un objeto particular (por ejemplo, las demostraciones de la Física con relación á los fenómenos mecánicos, calóricos, lumínicos, eléctricos ó magnéticos que estudia), habiendo una teoría general de la prueba, esas demostraciones particulares serán un desenvolvimiento de aquélla, es decir, al demostrar una ley física, aplicaremos al fenómeno especial de que se trate los principios generales de la prueba, so pena de que estos principios no nos sirvan de nada, ó, en otros términos, so pena de que no exista semejante teoría general. Si se admite esto, cabe preguntar: siendo evidente que toda demostración es demostración de algo en las ciencias particulares, ¿será también demostración de algo la Teoría lógica, ó carecerá de objeto? Una prueba sin objeto, real ó hipotético, es un absurdo. Si, pues, ha de haber un objeto de la demostración lógica, ¿cuál será? ¿Resultará quizá que, del mismo modo que la prueba física es una aplicación de la prueba lógica, el objeto físico es igualmente una expansión, una diferenciación

había dicho también que la Lógica era: la ciencia de las leyes necesarias del entendimiento y de la razón en general (loe. cit.). Y, aunque parezca extraña la coincidencia, no difiere gran cosa del concepto de Sanz del Río el que formula Orti y Lara cuando dice que el objeto formal de la Lógica son las leyes á que deben conformarse la percepción, el juicio y el raciocinio, á que se reducen todas las demás operaciones intelectuales. (Lógica; Madrid, Jabera, 1885; p. 6).

(1) Véanse: M. Satis Chandra Vidyabhusana: History oflhe medioeval School of Iridian Logic; Calcutta, 1909; p. 2 y sigs.— Sadajiro Sugiura (ed. by E. A. Singer): Hindú Logic as preserved in China and Japan; Philadelphia, 1900: p. 21. — Panchanana: División of the Categories of thc Nyára philosophy, wit/i a commcntarv; ed. Roer; Calcutta, 1850.

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particular del objeto lógico, de tal suerte que, así como la prueba, en el primer caso, en tanto es prueba, en cuanto conviene con la prueba lógica, el objeto, en tanto sea objeto, en cuanto participe del objeto lógico?

Según se conteste afirmativa ó negativamente á la pregunta, el valor de la disciplina lógica variará de un modo extraordinario; porque, afirmada la existencia del objeto lógico, el sujeto se hallará en potencia propincua para utilizar un artificio casi divino, verdadera piedra filosofal, con la cual podrá investigar y demostrar, de un modo universal y absoluto, todo lo que se puede saber en todas las ciencias; y si se contesta negativamente, habrá que invertir el orden genético que habíamos supuesto, y lejos de ser la prueba especial una derivación de la general, será ésta una consecuencia de aquélla.

Tal es, señores, el problema filosófico, en algunas de cuyas soluciones históricas voy á ocuparme. Hubo en el siglo xv un insigne español, llamado Fernando de Córdoba, cuyos trabajos coincidieron con los albores del Renacimiento en nuestra patria. Él creyó haber descubierto un maravilloso artificio «omnis et investigandi et inveniendi natura scibilis»; él hizo ostentación de su maestría dialéctica en los países extranjeros y, como Protágoras huyó de Atenas ante una acusación de impiedad, él hubo de salir de París en vista de que los doctores de esta Universidad le tomaban por el Anti-Cristo; él vivió junto á los grandes hombres del Renacimiento italiano; y él, por último, en su vida misteriosa y accidentada y en sus escritos peregrinos y abigarrados, enlaza por modo extraño la decadencia del Escolasticismo con el generoso fervor del Renacimiento. A Fernando de Córdoba, pues, y con este motivo á los orígenes del Renacimiento filosófico ex España, dedicaré los párrafos que siguen.

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EL RENACIMIENTO

La famosa teoría de los corsi c ricorsi, de Vico, aun cuando no responda por completo á la realidad histórica, no puede afirmarse que la falsee en absoluto. Así como en el hombre hay un sedimento natural y originario que (en parte) depende de la herencia y que explica el fenómeno de la continuidad del Yo, así en la Humanidad existe otro sedimento primitivo, á cuyo progreso contribuyen más ó menos todas las generaciones y que, principalmente, se mantiene por la conservación de lo tradicional. De aquí el valor para mí más preeminente de la Historia: su poder unitivo, en virtud del cual nos sentimos ligados con las generaciones que nos han precedido en el mundo, y suponemos que nuestros esfuerzos serán también elemento de vida para las venideras. El intelectualista puro corre grave riesgo de ser un profundo pesimista; el amor á la Vida sólo puede descansar en la apreciación del valor de la Vida misma, y este valor no se comprende cuando únicamente observamos nuestra propia individual existencia, porque es función de toda una serie, cuyo principio se nos oculta y cuyo término no podemos precisar. Al modo que el atacado de parálisis general, después de un período caracterizado por el tacdium vitae y por fenómenos neurasténicos y psicasténicos, comienza por perder rápidamente la memoria y por abandonar el sentido de la orientación, así el olvido de las tradiciones y de la Historia distinguen á los pueblos cuya existencia corre peligro de muerte.

Pero, así también como el individuo renace en la generación que le sucede, así los pueblos vuelven á la vida en las sociedades que les sustituyen. Y del mismo modo que en la vida individual hay periodos en que resurgen, apoderándose de toda la

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dirección de la actividad, estados de conciencia que parecían definitivamente olvidados; asi en la Humanidad se dan esos resurgimientos, que no sin propiedad se han llamado renacimientos.

Digo esto, porque sería error no liviano entender que el único Renacimiento es el así denominado en los libros de Historia general, y cuyo curso se extiende desde el año 1453 (fecha de la toma de Constantinopla por las tropas turcas de Mohámmed II) hasta el 1517 (momento histórico de aparición de la Reforma luterana). Ha habido otros, no menos notables, en la evolución de la Humanidad. ¿Quién pondrá en duda, por ejemplo, de que lo es igualmente el siglo xn, época en que el comercio de las ciudades hanseáticas, de las repúblicas italianas, de Marsella y de Barcelona, adquiere inusitado esplendor; en que el régimen municipal se transforma, emancipándose las ciudades; en que se fortifica el estado llano y se abate el poder feudal; en que despiertan las lenguas romances; en que florece la arquitectura románica y viene á luz la ojival; en que las cruzadas (comenzadas en 1096) ponen al mundo europeo en comunicación con el Oriente? Hasta los filósofos que brillan en aquel tiempo, parecen distinguirse por el mismo insaciable deseo de saber y de correr tierras, que constituye una de las notas características de los hombres del segundo Renacimiento. Buena prueba de ello es el inglés Adelardo de Bath, que estuvo en España y que fué autor del curioso opúsculo De eociem et diverso (escrito por los años de 1105 á 1106), donde bajo el velo de una imitación de Boecio, se contiene uno de los más antiguos intentos de conciliación platónico-aristotélica (1). Y no es para olvidar el mara-

( I ) Quoniam igitur illud idem, quod uides, et gemís et species et iiuliuiduum sit, mérito ea Aristóteles non nisi in sensibilibus esse proposuit. Sunt etenim ipsa sensibilia, quamuis acutius considerata. Quoniam uero ea, in quantum dicuntur genera et species, nenio sine ¡maginatione presse pureque intuetur, Plato extra sensibilia, scilicet in mente diuina, et concipi et existere dixit. Sic uiri Mi. licet uerbis contrarii uideantur, re lamen idem senserunt. (Des A. yon B. Traklat De eodem et diverso. Zum ersten Male herausgegeben und historisch-kritisch Untersncht von Dr. Hans Willner; Münster, 1903; p. 12; en los Beitrdge zur Ueschie/ile

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villoso espectáculo de aquella Escuela de traductores toledanos, presidida por el arzobispo D. Raimundo (1125-1151), Escuela cuyos trabajos, como hace notar Ernesto Renán, «divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas perfectamente distintas» (1). En ella trabajaron, entre otros muchos, el arcediano de Segovia Domingo Gundisalvo, el judío converso Juan de Sevilla, el italiano Gerardo de Cremona, el inglés Daniel de Morlay, Hermann el Dálmata, Roberto de Retines, y, algo más tarde, Hermann el Alemán (después obispo de Astorga), y Miguel Escoto. A estos trabajos, iniciados en el ambiente hispano, se debe el que la segunda Edad Media conociese, si bien por el imperfecto medio de las versiones latinas de textos árabes (que á su vez solían ser traducciones de traducciones), las obras fundamentales de Aristóteles, de Euclides, de Hipócrates, de Themistio, de Galeno, de Alejandro de Afrodisia, de Tolomeo, de Avicena, de Algazel, de Alkindi, de AIfarabi, de Averroes y de Abengabirol; es decir, la mayor parte del bagaje intelectual que sirvió de base á los investigadores hasta el siglo xv. Y, para colmo de analogía, así como el Renacimiento de esta última época se enlaza con agitaciones sociales y con disensiones religiosas, así el del siglo xn se relaciona con las contiendas de los albigenses y con la aparición de

der Philosophie des Mittelallers de los Dres. Baeumker y von Hertling, ív, 1).

A Platón le llama Adelardo de Bath: «meus Plato», y «familiaris meus Platos (p. 13). En la página 32 de la edición citada, dice Adelardo: «Verumtamen quoniam hae ipsae, quas laudo, non omnes apud eosdetn facile reperiuntur, operae pretium erit diuersarum gentium doctores adire, quodque in singulis elegantius reperies, memoriae mandare. Quod enim Gallica studia nesciunt, transalpina rescrabunt; quod apud Latinos non addisces, Graecia facunda docebit.»

Según resulta del opúsculo, Adelardo de Bath había estado en Francia y en Italia. Cuenta que, yendo de Salerno «in Graecia maiore», habló á «quendam philosophum Graccum, qui prae ceteris artem medicinae naturasque rerum disserebat» (p. 33).

(1) Cons. el vol. i de mi Historia de la filosofía española (Madrid, 1908), pág. 309 y sigs., donde he añadido algunos datos nuevos á los ya conocidos por los trabajos de A. Jourdain, Leclerc, Hauréau y Wiistenfeld.

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doctrinas como las de Amaury de Chartres, David de Dinant y Mauricio hispano, condenadas por el Concilio de París de 1210.

Ni ¿quién dudará tampoco de que es otra época de Renacimiento el siglo xix, en el que, aparte del prodigioso progreso de las ciencias experimentales, del florecimiento general de los estudios históricos y de las agitaciones de todo género, vemos surgir nuevas formas de Arte y aparecer una investigación portentosa de las antigüedades orientales? «El extremo Oriente nos entrega sus tesoros; las esfinges del valle del Nilo y los ladrillos caldeos nos han revelado su secreto; las raíces aryas, interpretadas por la filología, nos cuentan la vida de los patriarcas de la Bactriana; donde quiera se levantan, del polvo que parecía más infecundo, dinastías y conquistadores, ritos y teogonias. Empiezan á sernos tan familiares las orillas del sagrado Ganges como las del Tíber ó las del Ilysso, y la leyenda del Sakya-Muni tanto como la de Sócrates (1). Y resultado de la conjunción de este pensamiento oriental con el genio de Occidente, ha sido el sistema metafísico más sólido y poderoso de cuantos el idealismo kantiano ha producido: el de Arturo Schopenhauer, cuyo espíritu ha influido notoriamente en la producción de la obra artística más original y profunda del siglo: la de Ricardo Wagner.

Volviendo al Renacimiento así llamado por antonomasia, al del siglo xv (periodo histórico que, á mi juicio, debe alargarse hasta 1550 y no hasta 1517), preciso es convenir en que, aun cuando se distinga externamente por la resurrección de la antigüedad clásica, sagrada y profana (sin excluir por completo la hebraica y arábiga) concurren en él otros fenómenos más gene-

(1) M. Menéndez y Pelayo: Discurso leído ante la Real Academia de la Historia el 13 de Mayo de 1883; Madrid, 1883; p. 39.

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rales y más íntimos. No solamente es un período de nueva intelectualidad, sino de nueva vida. La comunicación con e! mundo antiguo no se había interrumpido nunca por completo (ahí están los nombres del Petrarca y de Boccaccio para probarlo); pero la entrada en Italia de los emigrados griegos abrió nuevos cauces al pensamiento. Por otra parte, la invención de la imprenta, el descubrimiento de América y la formación de los grandes Estados que acompañó al advenimiento de la Edad Moderna, contribuyeron á aumentar prodigiosamente los medios de propaganda de las ideas y á ensanchar cada vez más el campo de las iniciativas individuales y colectivas. No sin razón, pues, se llama humanistas á los literatos de esta época, porque ya comenzaba á ser posible que el hombre se considerase ciudadano del mundo y que sus palabras fuesen escuchadas por la Humanidad. «La significación del Renacimiento- escribe Hoffding (1)— es, por lo tanto, la de designar el periodo durante el cual las barreras y las tendencias exclusivas del concepto que la Edad Media tenía de la vida, pudieron ser atacadas por medio de experiencias nuevas y de nuevos puntos de vista. Por diferentes que sean los personajes que encontremos en la filosofía del Renacimiento, tienen, sin embargo, de común un gran entusiasmo por la naturaleza, una gran confianza en ella, la ambición de realizar un concepto unitario de la existencia y de afirmar la legitimidad y la justificación de la vida humana según la naturaleza.» Humanismo (humanitas, que decía Cicerón), es erudición y es cultura; pero es también, y principalmente, amor á los hombres y comunión con ellos en espíritu y en naturaleza.

No fué este humanismo del Renacimiento un humanismo marmóreo, egoísta y meramente artístico, sino todo lo contrario. Cierto que, como ha hecho notar el Sr. Menéndez y Pelayo, el Renacimiento en Italia y España es más artístico, y en los países del Norte más batallador y agresivo. Cierto también que el humanismo reanimó la inteligencia y el sentimiento de la

(1) Histoire de la philosophie moderne; trad. Bordier; Paris, Alean, 1906; i, 14.

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belleza antigua (1); pero es en el fondo exacto aquel aforismo de Weininger, según el cual entender plenamente á algún hombre equivale á superarle (2), y como los humanistas comenzaron por procurar comprender lo que trataban de imitar, no tardaron en filosofar por su propia cuenta. Así, Giotto y su escuela copiaban una estatua, un motivo ornamental, más poco á poco se desligaba el artista de la sujeción al modelo, á medida que le iba penetrando mejor. Por eso la resurrección á que me refiero no fué una mera copia ó servil imitación de modelos más ó menos perfectos, sino que laten en toda ella ideales nuevos, tendencias de libertad y amplitud hasta entonces desconocidas, contradicciones de mera forma unas, de radicales principios otras (3). Y como sólo de la comparación racional, del examen abierto, de la lucha de ideas, nacen las convicciones arraigadas y los progresos verdaderos, de ahí la excepcional importancia que semejante revolución ofrece para la historia de la Humanidad.

Las biografías de los renacientes (como el Hodocporicon ó Memorias de las aventuras y correrías escolares de Juan Butzbach, y los Recuerdos del profesor é impresor de Basilea Tomás Platter) y su correspondencia epistolar (especialmente la copiosísima de Erasrno), demuestran la existencia agitada de aquellos hombres, su universal deseo de saber, su alegría inmoderada de vivir. La erudición de los humanistas tiene, en efecto, por lo general, carácter enciclopédico. A la manera que Miguel Ángel y Leonardo de Vinci eran, á la vez que pintores, escultores, arquitectos, músicos y poetas, los eruditos del Renacimiento acostumbraban á llevar de frente todas las disciplinas.

( 1 ) Cons. mi artículo: El Renacimiento y su influencia literaria en España, en La España Moderna, de Febrero, 1902; pág. 90.

(2) v Einen Menschen (Kant oder Fechner) vollstándig verstehen, heisst ihn überwinden.» (Dr. Otto Weininger: Cber die letzten Dinge; Wien und Leipzig, 1907; p. 72.)

(?) < Todas las fuerzas, todas las virtudes y todos los vicios fueron impulsados por el deseo febril de gozar del poder, de la gloria y de la inteligencia. El Renacimiento se ha comparado con una bacanal de la civilización. F. Gregorovius: Lucrezia Borgia; trad. Mariano; Firenze, Le Monnier, 1S74; p. 129.

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A la edad de veinticuatro anos publicó Juan Pico de la Mirándola, en Roma y en las principales ciudades de Italia, sus 900 tesis de omni re scibili , desafiando á duelo literario á todos los doctos de su época (1); y para no hablar más que de nuestra patria, Lebrija, Vives, Fox Morcillo, el Brócense y Arias Montano, fueron, á la vez que gramáticos y retóricos, matemáticos, físicos, teólogos, políticos, filósofos y astrónomos. Por eso caben en el Renacimiento todo género de tendencias,

(1) Adversario de Pico de la Mirándola fué un español poco conocido, el Obispo D. Pedro García, de quien conozco la siguiente obra, que posee en su Biblioteca de Santander mi maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo:

Determinationcs magistrales reuerendi patris domini Petri Garsie Episcopi Usselteñ. contra Conclusiones apologéticas Joannis Pici Mirandulani Concordie Comitis.—YLn folio. Capitales iluminadas en rojo y azul. Colofón: «Impressum Rome per Euchariü Sil= | ber alias Franck natione Alemaníi ab | Anno nostre salutis. M. cccc. lxxxix. die | vero. xv. mensis Octobris.->

Según se infiere de la Conclusio operis, Pedro García fué natural de Játiba, y maestro en artes y en sagrada teología por la universidad de París. Escribió esta obra en Roma, el año 1488, en casa del Cardenal D. Rodrigo de Borja, soñor suyo. En la Dedicatoria á Inocencio VIII, dice que ha escrito este libro contra Pico: «humili stilo et scholastico, more parisiensium theologorum».

Las Determina/iones son en número de trece: «I De descensu Christi ad inferos secundum animam.

II De pena peccato mortali debita secundum quantitatem temporis.

III De adoratione crucis et imaginis Christi et reliquiarum sanctorum alionan.

IV De assumptibilitate nature irrationalis quo ad potentiam Dei absolutam.

V De libértate actus credendi fidei christiane.

VI De existentia accidentium in sacramento altaris.

VII De possibili existentia corporis et sanguinis Christi cum substantia pañis et vini in sacramento altaris.

VIII De forma consecrationis pañis et vini quo ad suppositionem personalem vel materialem.

IX De ¡ntellectu et intelligere diuino quomodo et qualiter dicuntur dedeo.

X De intelligere abdito anime humane corpori coniuncte.

XI De Magia et Cabala secundum se et omnes sitas partes quo ad prohibitionem et certificationem de diuinitate Christi.

XII De miraculis Christi, quomodo sunt argumentutn certissimum sue diuinitatis.

XIII De Oiigene, an salutis uel damnatus sit.»

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de aspiraciones y de doctrinas. El Escolasticismo decadente sigue teniendo representantes; el Averroismo continúa imperando en la escuela de Padua; Nicolás de Cusa (1401-1464) resucita los principios pitagóricos, eleáticos y neoplatónicos en sus libros De docta ignorantia, anticipándose á Hegel con sus doctrinas sobre la naturaleza de la Unidad primera y sobre la coincidentia oppositorum, y á la filosofía natural novísima con su concepto de la Materia como Fuerza (1); en la Academia de Florencia, Jorge Gemisto Plethon (1355-1450), Marsilio Ficino (1433-1499) y el Cardenal Bessarion (1403-1472) exponen el pensamiento platónico; el mismo Ficino traduce á Platón y á Plotino, continuando la obra ya comenzada por Leonardo Aretino (1369-1444), que tradujo, entre otros textos, el Fedon, el Fedro, el Critón y el Gorgias; Jorge de Trapezuncia (1396-1484) y Theodoro Gaza (1400 1478) defienden el peripatetismo; Juan Pico de la Mirándola (1463-1494) y Juan Reuchlin (1455-1522) conciertan el neoplatonismo con la Kábbala; E. Cornelio Agrippa de Nettesheim (1486-1535) proclama una peregrina mezcla de misticismo neoplatónico y de principios lulianos con un satírico escepticismo; Teofrasto Bombasto Paracelso (1493-1541) recuerda los ensueños de los alquimistas; Lorenzo Valla (1407-1457) y Rodolfo Agrícola (1442-1485) sientan las bases del criticismo filosófico renaciente en sus respectivos libros: Dialccticae disputationes contra Arlstotelem y De inventionc dialéctica; Juan Argyrópulo (m. 1486) y Hermolao Bárbaro (1454-1493) traducen á Aristóteles y á Themistio; Angelo Policiano (1454-1494) á Epícteto; Pedro Pomponazzi (1462-1525) restaura, en su libro: De immortalitate animi (151G) el materialismo psicológico de Alejandro de Afrodisia; nuestro León Hebreo (¿1460-1520?) hace en sus exquisitos Diálogos de Amor la más acabada adaptación de la estética platónica; Fray Alonso de Castrillo, en su Tractado de república (1521), ataca por su base el sistema monárquico y proclama la libertad natural de los hombres, sosteniendo que «para ser mas segura

(1) Nicolás de Cusa es también, en parte, un luliano (vid. su tratado De venatione sapientiae).

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la República, no conuiene ser perpetuos los gouernadores della», y que, <salua la obediencia de los hijos a los padres, y el acatamiento de los menores a los mayores en edad, toda la otra obediencia es por natura injusta, porque todos nacimos yguales y libres» (1); Maquiavelo (1469- 1527) formula la filosofía política de la nueva Era; Mario Nizolio (1498-1576?) combate sistemáticamente los métodos de la antigua Dialéctica; Juan Luis Vives (1492-1540) reforma la Pedagogía, critica y restaura la enciclopedia filosófica, y se muestra como el pensador más completo del Renacimiento; y, presidiendo esta universal efervescencia, aparece la ingente figura de Erasmo de Rotterdam (1467-1536), un poco escéptica, de miras concilia doras, como las de aquellos emperadores romanos que admitían los cultos de Isis, de Mithra, de Orfeo y de Jesús junto al de Júpiter (2).

A pesar de que hay en el pensar del Renacimiento una parte

(1) Cap. XXII; págs. 40 y 41. (Burgos, Alonso de Melgar, 1521).

(2) Vid. A. Bonilla: Erasmo en España (Episodio de la historia del Renacimiento); New York, Paris, 1907(170 págs. en 4.").— ídem, id.: Clarorvm hispaniensivm epistolae ineditae, ad hvmaniorvm litterarvm historiam pertinentes (Excerpta e RevUe Hispanique, raí); Parisiis, 1901 (136 págs. en 4.°).

En cuanto á la filosofía del Renacimiento en general, véanse:

Ueberweg-Heinze: Grundriss der Geschichte der Philosophie; Zehnte Aufl.; Berlín, 1907; t. ni, págs. 1-68.

Dr. R. Falckenberg: Geschichte der neueren Philosophie; Fünfte Aufl.; Leipzig, 1905; págs. 17-54.

Aunque demasiado breves, merecen también leerse las págs. 141 á 151 del notable compendio de A. Schwegler: Geschichte der Philosophie im Umriss (Sechzehnte Auflage; Stuttgart, 1905), y la 382 y sigs., de W. Windelband, en la reciente: Allgemeine Geschichte der Philosophie (BerlinLeipzig, 1909).

Acerca del Renacimiento, son obras clásicas las de G. Voigt: Die Wiederbelebung des classischen Alterthums oder das erste Jahrhundert des Humanismusii.* ed. hrsg. v. Max Lehnerdt; Berlin, Reimer, 1893, dos tomos), y Jac. Burckhardt (Die Cultur der Renaissance in Jtalien, 4.a ed. aumentada por L. Geiger; Leipzig, 1886; hay versión francesa, de M. Schmitt, con el título de: La Civilisation en Italie au temps de la Renaissance; Paris, Plon, 1885, en dos vols.). Puede consultarse también el libro de L. Geiger: Renaissance und Humanismus in It alien und Deutschland; Berlin, 1882. (Hay versión castellana en la Historia Universal de Oncken; Barcelona, Montaner y Simón).

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constructiva muy interesante, es evidente que predomina en él el sentido crítico. Por eso decía antes que, en general, parece respirarse la alegría de vivir en la atmósfera del Renacimiento: "la crítica — escribe Nietzsche (1) — deja sobre su estela un reguero chispeante de alegría, de ingenio, de admiración á uno propio, de fiereza, de enseñanzas, de buenos propósitos. El Dios de la alegría creó lo malo y lo mediano por la misma razón que le movió á crear el bien.-> Alegría y fiereza parecen ser. en efecto, las notas características de aquellos críticos que se atreven á residenciar á Aristóteles, como Vives y Nizolio; que hacen más aprecio de las odas de Píndaro que de las páginas del Breviario, como Policiano y nuestro Brócense; que rompen á veces con todos los escrúpulos morales, como Poggio, Filelfo, Beccatelli, Aretino y el mismo Lorenzo el Magnífico; que proclaman la incertidumbre y vanidad de todas las ciencias y artes, como Erasmo y Agrippa; que envuelven en sus sátiras á todos los estados, como Rabelais; que fustigan despiadadamente la barbarie antigua, como Ulrico de Hutten ó quienes sean los autores de aquella inmortal sátira rotulada: Epistolae obscurorum virorum, donde se pinta á los Maestros en las Universidades «cum suis sociis, per totam noctem bibentes. ludentes, et tractantes levitatem»; y se supone á los obscurantistas admirados ^quod unus simplex studens aut cornutus vult plus scire jam in Aristotele, quam Baccalaureandus, aut Magistrandus, qui audivit cursutn et est bene qualificatus> (2).

Estudio crítico de la antigüedad clásica, humanismo en el sentido ético del vocablo, concepto naturalista de la vida, enciclopedismo en la cultura, espíritu de libertad (3) en todos

(1) Der Wanderer muí sein Sehatten (El Viajero y su Sombra). (Chemnitz, 1880); I., §. 149.

(_'! Epistolae obscurorum virorum aliaque aevi decimi sexti monimenta rarissima; ed. Dr. E. Münch; Leipzig, 1827; págs. 87 y 289.

(3) Cons., en la invectiva In pseudo dialécticos de Luis Vives I Opera omnia; Valentiae Edetanorum, 1782; t. ni, p. 37 y sigs.), los párrafos en que habla de los renacientes como de libera ingenia, y dice que llaman ií la libertad i sus conciudadanos (cipes suos ad libertatem vocant) y que vindican la libertad de la república literaria (vjndicabunt totam prorsus litterariam civitatem in libertatem longe suavissimam) (p. 62, ed. cit.)

los órdenes, y, como consecuencia de ello, fe en el progreso de la Humanidad (1): tales son, á mi juicio, los caracteres más señalados del Renacimiento.

El Renacimiento del helenismo comienza verdaderamente en Italia en el siglo xiv, y tiene su principal foco en Florencia, á donde Palla Strozzi hizo ir en 1396 á Manuel Chrysoloras, «padre — advierte A. Didot--de toda una generación de helenistas».

Por lo que á España respecta, los inventarios de las Bibliotecas de D. Enrique de Villena, del Marqués de Santillana, de los Condes de Haro, del Duque de Béjar, de los Condes de Benavente, de Batres, del Duque de Calabria, de D.'1 María de Aragón, y sobre todo los de las librerías del rey Martín de Aragón, del Príncipe de Viana y de Isabel la Católica, nos hacen comprender cómo fué paulatinamente acentuándose el caudal de los elementos de instrucción española y preparándose la era del Renacimiento. Ya el Príncipe de Viana posee libros de Aristóteles, Demóstenes, Diógenes Laercio (Walter Burley),

(1) «¿Quis inter haec— escribe Luis Vives, y sus palabras parecen ser un eco de todo el espíritu renaciente — pronuntiare poterit quousque progredi humano ingenio liceat, nisi solus Deus, qui et naturae términos, et ingenii nostri novit, atictor utriusque? Equidem, haud negaverim qttin olim sapientiae studiosi multum consecuti sint diligentia, cura, diuturnitate disciplinae, intentione animi, quae res ¡líos evexerunt longius, quám quó nos potuimus peruenire socordiá et segnitie impediti ac retardati. ¿Sed cui tándem tanta diligentia, usus, studium, institutio, aetas, acumen suppetiit, longius ut nemo posset progredi, vel alius quispiam, vel idem ipse, quám qufi iam pervasisset, ¡n naturae itinere, tam longo, tam lato, tam multiplici, et propter nostras tenebras impedito? ¿Ipse Aristóteles an non plura assecutus est senex quám iuvenis? ¿Quám multa reliquit sibi ipsum ambigua? ¿Quoties se ipsum correxit»? (Vid. mi: Luis Vives y la Filosofía del Renacimiento; Madrid, 1903; pág. 422).

«Nihil est tam arduum, quo humanum ingenium penetrare non possit», decía Hermolao Bárbaro (Apud: Omnium Angelí Politiani Operum [quae quidem extare nouimus] Tomus prior; Venundantur in edibus Ascensianis &. Ioannis Parui; fol. xcm vuelto).

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Plutarco, Cicerón, César, Tito Livio (en epítome), Tácito, Plinio, Quinto Curcio, Séneca—, que, como Boecio, apenas falta en ninguna biblioteca medioeval — , Elio Lampridio, Justino, Nonio Marcelo, Valerio Máximo, Quintiliano y hasta iLos evangelis en grech* y *.L'n alfabet en greeh* (1).

La Corte de Don Juan II de Castilla (1419-1454) es el preámbulo inolvidable del Renacimiento español. Cierto que, á excepción quizá de Don Alonso de Cartagena, de Don Enrique de Aragón y de Don Juan Margarit, apenas ningún otro de los literatos de aquella época llegó á tener conocimiento del idioma griego; pero en cambio el latín era conocido con relativa perfección, y por tal medio se lograba tener noticia de las obras de la antigüedad clásica. Así, Pedro Díaz de Toledo traducía el Fedon, el Fedro y el Axioco, y recordaba los argumentos de Sócrates para exhortar al desprecio de la muerte y á la condenación del suicidio en el Razonamiento que fizo sobre la muerte del Marqués de Santillana (1398-1458). Así este insigne procer tenía en su Biblioteca las Eticas de Aristóteles, y podía disfrutar de Homero, Platón, Tucidides, Aristóteles, Polibio, Cicerón, César, Salustio, Ovidio, Virgilio, Trogo Pompeyo, Tito Livio, Séneca, Valerio Máximo, Flavio Josefo, Lucano, Frontino, Quintiliano, Plinio, Quinto Curcio, Suetonio y Paladio (además del Dante, del Petrarca, de Boccaccio (2) y de Leonardo Bruni), si no en sus originales, en versiones, pues el Marqués era, como él decía, de los que careseiendo de las formas, eran contentos de las materias». Así también don Enrique de Aragón (1384-1434) poseía, entre otros autores, á Platón, Jenofonte, Hipócrates, Catulo, Apuleyo, Aulo Gelio, Justino y Vegecio. El mismo Don Enrique de Villena traducía á Virgilio, Pero López de Ayala á Tito Livio, y Fernán Pérez de

(1) Don Martín de Aragón poseía á Estacio, en latín (Cf. inventan deis bens mobles del rey Marti d'Aragó, transcrit per Manuel de Bofarull ¡ publicat per J. Massó Torrents; núm. 274; en la Kevue Hispanique; t. xn, núm. 42).

(2) Boccaccio figuraba también, en 1497, en la librería de la iglesia de Santiago (A. López Ferreiro: Galicia en el último tercio del siglo Al'. La Coruña, 1897; t. n, p. 215).

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Guzmán y Mosén Diego de Valera se esforzaban por recordar en sus escritos ia manera de Salustio y de Tácito. El mismo Marqués de Santillana, á quien Don Alonso de Cartagena (que asistió al concilio de Basilea) puso en relación con los humanistas italianos, y á cuyo fallecimiento dedicó sentidos versos latinos Pedro Cándido Decembri, tenia en Florencia un amigo, Ñuño de Guzmán, que le servia de agente para la adquisición de manuscritos y que conoció á Giannozzo Manetti, á Leonardo Bruni, á Pedro Cándido Decembri y á Vespasiano de Bisticci (1). A instancias del citado D. Alonso de Cartagena, Leonardo Bruni, en 7 de Diciembre de 1435, escribió al rey don Juan II, loando su amor al estudio y la protección que dispensaba á los eruditos (2). Un familiar del Marqués de Santillana, Juan de Lucena, vivió algún tiempo en Italia y pudo conocer á los humanistas de este país; y es incuestionable que don Iñigo López de Mendoza, segundo hijo del Marqués, estuvo de embajador en Roma cerca de los Papas Nicolás V y Pío II, y que el Gran Cardenal D. Pedro González de Mendoza frecuentó también la comunicación con los literatos italianos.

(1) M. Schiff: La Bibliothéquc du Marquis de Santillane; Paris, E. Bouillon, 1905. (En la Bibl. de l'Ecole des Haiiies Etudes); página