Filosofía de la elocuencia · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
filosofía
DE LA
E L O Q Ü E N C I A.
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V X
IMrtMO rOR H. BlYEIt, BRIOOE •TRCBTi BLACKFBIARIí, EN LONDRKK.
Bontt. Art. po <r .
POR JD. ANTONIO DB CAPMAITtTBEMOKTPALAIJ.
Secrtitirio Ferjtctufl de la R\ Actuictnia Matritefise de la Iiytoria. V ,fu Indñ'iditú €Í£ÍKuniero. v miatibro dv las de Bdlas Lctni,f
de Sevilla v Barcelona.
LONDRES.
Publicad/* porlerupruaiJIurst Ru^e. Omu y BromuPatentoster Riyw.
l8l4.
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PROLOGO.
^^^^Mw^jmg^^i^mgj^
Vawolas kfin stdo las opiniones aoerca dé ItlA paites «n que dividieron los Retóricoá la tttjfqueacia ; pero la ftlosofia, tfue no «s otra cosa que la razon^ las reduce & dos sélamente, eUretácMty y pro^nncitíeion. ^ estas calidades sb
fanda esencialmente eParte defaablar bien, en el
qual no se cottipirehehdcn la invención y la áíi-
po^idoüfSi^or ({ue la primera es la traza del argumento, y el argumento, como quiera que sea,
' pertenece á la XHalecttca, sino nos queremos desentender de la doctrina que nos dexaron Afiitofeles, Platón, y Marco Tülio. El fin tJe la
- eloi^a^ñcia es adornar la oración con las galas y
"hiÉes del estilo, y el ée la Dialéctica fonniír dis-
':%at!A)s y fafciochiios,
a 2
. . £rta obra, piíes, que abraza solo la ^locación, no se destina á forma un orador en el pulpito^ ea el foro^ ni en el senado, instruyéndole en las demás partes y requisitos peculiares á sus res^ pectíyas funciones, porque no examina, ni propone^ si no las del estilo, considerado baxo de todas las formas retóricas. No enseñará á compon» un Discurso, harenga, ó razonamiento cutero y perfecto en la invención de sus tópicos, y disposición de sus partes con respecto á los tres diferentes géneros de que tratan todos los preceptistas clásicos antiguos y modernos. Pero familiarizará al lector con los escogidos exeñiplos que encierra; y guiandole con la luz de las observaciones, doctrinas, y juicios que se le presentan al fin de todos los dechados, de todos los géneros de estilos, se le facilitará el conocimiento de lo que tal vez ignoraba, ó el desengaño dé^ lo que erradamente habia aprendido en la clase.-
: Y por esto mismo, aunque todos los hombres HP tienen precisión de ser oradores, ni esoritorésr pi^licoB, ó carecen de aptitud ó disposieío^ pava: estos oficios ; sin embargo tendrán muchotf de ^osp en difenmtes situacicmes de la £ortiam^if ddslaaíiosde la vida civil, ocasiones de .acreditar.
ten el úripe^áo de la palabra sa mérito^ su puito, fH estado, su poder, ó su talento. Asi, pues, na ereo que, ni al que se dedica á persuadir á los otrosí ni al que le conviene quedar persuadido^ dexé de aprovechwles la lectura de este tratado, dondei* haUarán á la mano los instrumentos con que los: hombres eloqüentes obraron este prodigio/ Exempk» insignes les ofrecerá la historia e. k» trozos selectos y variados, recogidos en esta obra^ y coparcidos en sus propios lugares. En oncer oká la voz del profeta que amenaza, 6 del pre^ dioador que edifica : en otros la del Vencedor que aterra imperando, y del esclavo qne ensefial sdtíeado : en otros la del magistrado que de< fieade las leyes^ y la del caudillo que alienta surtiopas ; y en otros la del héroe, admirándonos: ^m su fortalesm, la del sabio predicando la ret^\ dad, y la del siervo de Dios acusando nuestw tUineza.
•; I^ inronunciaciou con la acción es la segunda pafte.de la eloqüencia, 6 lo que llama Creería ^hfmntí» eorpariSé Bstas dos calidades 8<tti tan. ^setDQÍafees.:al: oijadpr, y k todas las personas qucT l)imd#Mldapisn público, que solo ellas.dm vida jMfmiicH^jáoqmnxi^f la qual^íconsérváda eú^U^
.iDbitíBonti, &íén\«l papel, €6 puerpo án:braeoii y
m limgnai. Este trkitado falteba eiv la primem
;9dkioi> dé esta ehra^ y se )mi 8nfl4ido á la pre-
. ;Dec|atado y& el obgetode esta obra/ resla .^pra dax rawn de su titulo, baxo ^dd qual se ; iutroduce la eloqüeacia oomo caeada con la filo-* . 9P^9L £1 alma delie considerar en lo qu^.la ^** layta> ó sorprdhetide bt razón y causa de le qae . ^eate : y eptoace$( los progresos de eiriíe exáfneo . acrisola f perfecciooao. lo i^tie llamamos ¿fusls. Ha^ta aqu^ la eloc|üiQncia se babia tratado, entre nosotros, como un mero arlte^ ftui4sdo nvus en preceptos que en princiipio$, maa en defimóones qpe en exea)i|)loSf y mas en eipiecnlacion que en el movimiento de los afecto!. IVm* este método los muchachos no han tenido sino Cartillas clá-« sicas para enriquecer su nsi^meria, y ninguna laÁ para guiar después su talento quando, en edadmas adelantada, hayan 4^ presentar al páUico, de palabra, ó por escrito el fruto dq sub estMr dios;. A este fin es de sun|a n^esitad íMa^ x^íA-^ rica filosófica, es decjr, en la imal se diese la razón de sus doptrinas, se eicáinin^^ei^^on ^^d criticedlos exemplos;, se comparase el Q^ifitiiid^
las c^iiceptos cmi lafuerza delaes^iMieotM déi^ menuzase la extractam de las frwes, y ee ifeieiU trañase la relación entre nuestros afectos y M propio leoguage^ mostrando el origen de las Thv tndes. del estilo, y de sus vkios ta&bim. B^ta es la que nos falta para dar pasto ai enteiMfip miento y al corazón de los lectores, deseosos d^ aprovechar en el noble exerdcio da la eló^ qüencia.
Uamo yo jüosofia de la éioqiknQia aquella sa» biduria, aquella discrecnm en producir Ctín Vigor, gracia y propiedad de pedabras lo que se engendra en nuestro discurso. Perdóneseme á lo menos el pensamiento que concebí taíeiftCa' y seis años hace» ya sea por su novedad^ ya por mi noble intención. Y habiendo yo pttesfco los ojos en el título antes de tomar la pluaka, aea^ so no eché de ver que con lo mucho que tsi éí promete^ me imponia uDa g'ran carga, que en realidad fué muy superior a las fuerzas y al cau^ dal de mis juveniles aiios. Dichoso me llamaré mil veces, si en esta nueva edición, hueva, tm todo menos en el titulo y en la forma, eí ánimo •me ayuda para salir menos desayrado que eñ la primera. Y si bien el público lá ^ recibid ' 'cop
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g^éraS 'ti[>láti^y si lietnps de contar por tal el despacho de tres impresiones; nunca pudo satisfacer mis deseos, ni aquietar mi genio msíl contentadizo. A la primera empresa nadie me obligó, como tampoco á esta segunda ; ' y por esto iHismo seré menos digno de indulgencia si segunda vez no hubiere medido bien mis fuerzas con el peso del trabajo* Hé dicho qué nadie me ha obligado, y no sé si hé dicho bien : mi decidida afición á este género de estudio, el amor indeleble que profeso á nuestra lengua, y el dolor de ver que de algún tiempo acá se venden,^ para instrucción de la juventud española, Cursos de héBM Utrasj y Lecciones .de retórica^ traducidos ya del francés, ya del inglés, en trage y gesto estraogero ¿ no son estímulos bastantes para vengar la lengua, la eloqüencia, y la Nación ? Ya 68 tiempo deservir á la Patria con puro y ardiente zé\óf que suple por el talento, y muchas veces hace hablar á los mudos.
Sirvan en este caso mis yerros, no para la disculpa, sino para el escarmiento de aquellos que sin vocación genial, sin estudios, ni preparación conveniente, y destituidos de todo don natural ó adquirido» pretenden entrar de carrera en la
Modftde la eloqfiencia. Hemos YÍsto' m efi»oto
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IkMübres, dotados de cierta facilidad en el decir 7 satileza ea el discurrir .eo coinveraaetones y ea' debates escolásticos, que han creído que serrazonador era lo mismo qae ser eloqüente : prenda-, es ^la qae alcanzan poquisimos. Y por ettosf; dice Marco Craso en el dialogo de los oradores y Digerios vidimns muüosf jelo^pientem omnüuk ne»
VWwCan»
La Cátedra sagrada ha recobrado en. EspaSa . sos antiguos derechos : la perRuasion eyangélic^^ la caridad apastóUca, la energía prpfética, yvl^\ dignidad .oratoria. Esta dichosa rev^^lucioo^ cnja época apenas llega á quarenta años* nii^s^aav: debe á los excelentes modelos qne siempre desea» * gañan y ensenan, qne á las amargas sátirai^^q^e.^ irritan el corazón de los agraviados sin üpslraír -, sa entendimiento. Mas también de aqaiha|NNh^» Tenido un mal. Como los buenos modelA>s q^aia^ se les han yenido á las manos á los que. se dedí^ ^ can al pulpito^ al foro, y á otros oficios, de ^ elpqüencia, sean de autores franceses, les hmi'^ comunicado el buen estilo, envuelto en. 1^ Al?^^^ .: de la lengua original, tosiendo y contando. J9^>
cláusulas |ü oso de aquellos escritores : de su^i^ ¿
^6. ]0 : ^6 lienio0 ganado 'Mt ln oratorki, 1^^ hamos podiáo 'en k. piírMai ftapitáend, ñtíi^ tnant^ j gfim de nucatm koiguaj (mttáado eY crtüoi^ 'filmas y scmftlaBiles ipia n# añeiitéii 4 UuImucÍkm» castb» cartdjtaMu Bar otta parle, lik fK^ttídAd de tañar á la víala cortada* ya y^ QQflídas píaMs y dÍ9ciuK»^ peora todoa loa aauíitM» bian aagnd<M^ bíaü ps^noa; ba fameotada grandemente la pereza de nuestros oradores» ^íaoaa copiand» laa idaas^ y can alias la cKcqioni bann Tenido áí^eoiiyerticae en meros traduetoroB ó íniÉadaras dñ loa cmieeptas y eupresion agena : compMvda toda en laslíblperias^ tiomo «e amipmn vestidoa baehoa en h» tiendas de- Im raparas»
Sata áuailto ea may^ c6mfidú> & lea e^pintaa peoaBoaos, y 4 ka talentos cortos 6 snperfieMe»^ qoe pttedeii loeír eon poco trabastt>« Lea dechado» son paam norma de loa joTenes que se été^-^ can ai nimatnrio de la palabra; peiro debe ser sa ¡HÁiveipal enídado> probas las fuerzas de su 0iitefi>- diiMeflttb & solaa, habctuasidose» k continuos e- ^ceroiciM. Entonces oenoccfán que el talentiv oratoria se ha d^ sacar de pmpso caudal, no de bst i9er¥ÍV imitación^ porqueisin ipg^enio^no se iwreÉta,
úa ^imHgvmafm no 9e pinUk, wi 9ÍectM no sb coQumeve» sm g^to &o 5e deleyta» ni $o OMOiéí aín aab^oria.
PefDy quamdo considfiro la eloqüqncia biuio d# otro raipetoj, ie^toy persuadido d^ qa^ sai e«UiN. dio, 7 auicbo menos su fixercicio no es propio de los DMicliachoss por que dcdbioodose sxxjpmM paca su práctica un rico tewro d# pensamientos, el conocimiento del hombre mor^» vastas y asco* gidas fepturas, una ravon exarcjikadaj y di«0tro np^ac^ de $u lengua, requiíiitoj» de qu9 c^ffoce y es incapáis su corta edad ; no pu^o juagar por racional el mótod<v ba^ta aqm generid* líente seguido, de anticipfur el estudio de U retórica al de la fijiqsofía. A esta inconyeniente habian anadeo los, profesores* oteo nMyoi: cdoseSando el arte en lengua latina, y en esia núanaa la composición : y tal vez es ésta otra de las *€»«• ^ del poco fruto de s^ institucionea. Por otra parte ¿ qué atractivo puede tener p^ura la pueríeia el estudioxle la eloqüencia. en una lengua muerta, que no entienden, 6 entienden tjrabtt3&Qsamente ? Y qoando todas las circuñ^taneiasdifi- ^¡les de reunir concurriesen para foraaar unía* íiiústa elogüente^ ¿lo se^ia é^te igualaicaite
su lengaa materna? Ordinariamente los qae blasonan de excelentes latinos, suelen ser fríos, obscuros^ é insípidos qnando han de escribir en romftnce» El método mas útil y mas prudente seria, á mi parecer, que los jóvenes retóricos exercitasen su talento en composiciones castel* lanas, cultivando y probando la harmonia, grave* dad, y riqueza de esta nobilisima lengua saboreándose con ella.
Pero tampoco pretendo que, sin grande preparación, se presente de improviso la bisofieria de los retóricos á lucir su eloquencia, recien cogida de la clase, con demasiada confianza. De ningnna manera puede ser bueno, dice Plutarco, lo que se dice ó hace acelerada y desatinadamente, y según el proverbio : ho bueno es Jo difidh Las razones no pensadas, por la mayor parte van llenas de vanidad, liviandad, y des-' cuido, pues no se puede ver donde comienzan ni dopde acaban.
' No digo esto, continua Plutarco, por que quie^^ ra reprobar la prontitud y presteza en el hablar y razonar, ni para que se exerciten menos eh ello los que puedan hacerlo buenamente ^ Binó que^ hasta que vengará tener edfid de faombr«^
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noiengdpor^bttMO que el muchacho hable ni baga ' raaonuDiafitddy ni oración ée repente : máfl, qoando ya hubiere fundado las rayces la elu^tencia^ entonces, quando él tiempo y la oportamklad lo requieren, muy bien es usarlihtémuáe de las razones. Asi pues los que dexan álo^muchaelios hacer oraciones 6 razonamientos deJüiproTiso y sin pensarlo, dánles cansa de cobrar un hábito de parlar mucho y hablar vanidades* Cuentan de un pintor muy ruin y vi^o^ que/ mostraado á Apeles una imagen qué había pintado, le. dixo .: esto lo hice de repente j y el otaro le respondió : bien ¡o conozco aunque no lo, digas*
1d}^g^x%t\ no se contentó como Aristóteles y Ifermógenes, con damos preceptos enteramente seoos y desnudos de ornato : no quiso caer en el defecto que reprehende á Cecilio, quien hiskiv^ escrito del estilo sublime en estilo baxo. Pero liong^no, tratando de las perfecciones de la elocución, sopo usar de- todos los primores de ella : frequentemente comete la figura que ensena; y qoando habla del sublime, el mismo es sobtínoe. Sio embargo, lo hace tan á propósito, que .no se le podria tachar en ningún pasage de
que 96 salga iclel estilo didáctúio: y .esto es lo ^ue le ba dado aquella alta cefvikta^cioB en^ tre .los sabios. .
: I^xps de mi toda vanidad. die liaiber álcaiüíado esta gracia y ^rfeccion .en. la manera detraer \/x znateriaj pero quédemie hi satidbccmiá lo m^os de lamber tenido el mts»Q pnásamiento, ya que no el mismb acierto. Las: leotoves sarán ims juecesi y dirán si he sabido ¿tesviartne de ia" senda común de los preceptistas que exjplican en el mismo estilo lo humilde que lo elerado, lo tem^ piado que lo vehemente, lo frío que lo patético : que dan reglas para expresar con calor lo que no sienten, para mover los afectos ,que no eonoeen> para exált&r la imaginación de que carecesr, para formare] estilo cuyas propiedades ignoran, viniendo á dar por fin^ en lo mismo qne escriben*, exemplo contrario de lo que presumen eastóajx Si :no> satisfaciese á todo^ mi forma.de tratar esta amena y rica materia $ satisfágales mi jkv bleempefio, y mi mas noble iateiito,.de haoar lucir y campear la lengua patria, ton mal . tra»- tada de ayunos afios acá par los mismos qaéia mamaron mas f)ura arlos pechos de sus. madresi. Juo que desniéreoier^ mi pjama, lo vengarán Iqs
véónobks ncñtons oíwÁm, 'ckfin^ etemfim -kc «BOii^Bdb >paia KBÉLoddbs ^ luíW9laS"ttfifá*
'^ de «litchmr éxiralgieroii^ ni loe pttmÉBlicaMtinf ,
fflíeiido Im eleelDplos qm aqm pniseuto ide aié- 'toi«réfl{iafi¿kscleltíeiii¡ioíe» qtte né .«sftálni la .imcñcHft cMitoBMMida cma lactan» si tradumi ottés
doto de la iliéiguai que, ptrr dttsgvaoia ntieMitt, ÍTaf:toaBfliida*i^a.diQfiza y idéoitMlfes ílé «la >^¿- iS6«a con 1^ «bra9 tSradueídai^ donde todo lé ^qttie -#6 ^etdmffanar id€> parte. d8 >las ídem y lA^I*» «^Epima^ ^nataié^Si <«e iui pendido d« fí^ffile • de. Ja ekl0ii€&aii» que dottaéwü aiaoafve'jdgiiii' Web de 4a ládano dtíl:pfimitír.artíirae« ^
' Gon.eiMs «acempbs de ^esorit)éecB*doiiiAstteos iiiea fcraólnttirat^éines^oeetnw, y k>s «xstr^tfgieros -áidbiiadaB lia lengaaeipaflola» ctfn loe4etioiái, idelicadoÉ, y dastiaes modes tle éeo(^ Meepaia- ..Uea 'de la eabstanoía ede 4os fNBMamittitoa» y^dte 4ai'etitnietilra icÉérioade 1» oracieo. fift^^És ffátímu de lo mas vefacmíftiite^ dkqpante, j6 Miéragtoojfle kuelaoiiotoi^ MinpM/0ae» la üwa^la Ái»-
tnUf y la indde de la leogna eo <{ae se escribe* X>e éste achaque adolecen ks traduccíoiieg por esmeradas que sean. No basta saber imitar el talle del cuerpo^ si el corte del vestido no dice con la fig^ara. ¿ Y qné diremos del estambre de la tela, qne es la propiedad de las palabras ? üsta también se vá perdiendo, y soki la lectmra de naestros autores antigitss puede reparar tanto daño. Nuestra preciosa lengua debía haber sido analizada en sus vocablos, y ealos varios ligados que se forman c<m ellos, por un músico filosofo, ó por un filosofo músico. Pero, por desgracia, ni el oido ni el criterio se han empleado hasta ahora para conocerla, ai darla á conocer á los que la igndran, ni para hacwla gustar k los que la sabeur que .no son todos los que la hablan. Coa tan bien compnert» instrumento pttede m escritor atinado y -^remirado hacer hablar á las Musas y á las Furias, á los Lacóniós y á los As^ticos, á Cesar y ¿Cicerón, á Platón y á licurgo, á Zenon.y Ji.EpicÚDO. Con la nrisma l«igua y las mismas .pidabrasjqu^ usa d palurdo, hablan el síibio y el' orador ; peco estos se distinguen ^ Ip.qiie <piítaB á añaden^ y en los vocablos caía casfUd, idigaoMdo. asi, ó descasan. Y esta
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M 86 imedé kaelT «émpre en todas la» lenguas Tulgarea íbera de la española, principalmellte en aquellas qae tienen nna especie de moldes ó pa« tronespíara las frases, y como unos carriles se^ ialados por dcnade meden las oracional.
No por esto pretendo que todos los exemplos qae pvopongo de nuestros autores con aplicación i esta ó á la otra figura, sentencia, ü oración, aunque bien acabados en quanto á la extruetura 6 forma generalrde tales, dexen de padecer algunos defectos parciales, ya de dicción, ya de gramática, ya de vejez, unas veces pw negligencia, otras por desaliño. Y asi no se deben imitar tan religiosamente por scrfo respeto á su m^aoria, que se quiera autorizar basta sus yer«
ros, 6 descuidos, y basta las dicciones hoy desu» sadas, ó las que nuestra delicadeza ó capricho, ó la mudanza de costumbres desecha como plebeyas, 6 mal sonantes* A la verdad, ni todo merece alabanza^ ni todo admiración : porque el i¡pe quisiera imitarles hasta en los yerros, sugetando su juicio, cqísúo siervo, á kk autoridad y celebridad de aquellos nombres, seria semejimte á los <pe, no pudieado pintar lo bueno, procuran coSJbjr lo malo, como los dísctpufos de Platón, que
el baMtt tÉftamudál.
'No Éú eflcátidttlkfietí IO0 lecítores^ erHMkA deÉ<fe' M tiiilM eli el tongtMgre frM^-hidpMdf éi «A ló# 6(x?emplos de efipufleitfs rM^k^A ifoe e<iNnttx> á amt of<my eéVftdM et¥ otfo piteto» ne éiyeontMrHsff ks pM&tM favoritas de Itt moáetísh wcfitk, cmm ^e^ supremo^ kumánidádf benefkmfftéh f/óeiédád^ ^- revj smMmieiidós, deUíües^ oMinMiew, 8íc. porqué ed aqttrUae tiempos no m hábiim deitei^rado dé noeaftia lengua los noiblMw de i^fúnftiri dé SéñnHri d^ÁUiBimó, de Dirí^ i&Ntfor 6 HáceiÜnr^ é& O^mm^HOM^ efi ftn, de .ÍKbr, {yoes parece nféc^ twMiitrividarse de esrUs palabras qtie tiueleti de-
mMiade á teologí^i en el teynwáh de ht ftlosofia. Los ^e asiliablan y escriben, sifi dtida ilo han admrtído: que el mr Mpremoy sacado todo eUten» del éoMétám /tre francés^ nada stgniftea ett cas* teÜMo^par.qaee^ idea aivstraeta se ^aeplica eokrettdsotros porsoí^eraaa eienda^ 6 áMiu/i fí^- toM/«v qo^ ^í lo <^tce Fr. Luis de Oranada, y* lo dkiee otMS ' esei^twes n«eft<¥OS qtre eatendianbien su \eugú% y sabián como se babra denomfaffte'&^Bíes; Hdsta estos AKtmos tiempos dseiá<» molí pisB«£fcn<i^ioiÍes¿ casas de pi6d»d> ^ de üá-
4»lii^0i6fieaiAtitMMMM que jhpy $«|ple im e&^ mm lie tedM^ «q^Uiis vitta^es. Tfimbi^fi ^ <«o»p^ Mciim e» otro^empo entre aoaidtroí» l^ JmmmP' y k ¿0ii6^fMiiQí<i» y Ae <ücerctt»b«ii cM#q«e
filgÍDib Aofirw, loohiift»» Cole^oa^ iScc. e&e«0lf todo» fan ftKfbleníie Stpafia» que mientan a%m hm aiglee.^, em^Uedad ; pero aqveUMidoa nm»* faiM mm^ ee^Ueabín /otttoDoes á l«r yiritodM prÍFudM (^e á -Im póblkos. También m waT ban. entonces, y se leerán en los exsmfkm .dé 9i0tí$kttm «ütMiesr 'laa weam de moiukid^^ pero^ ^eawpaflMdft iwmywe 4el áé>onÉoJtttinapg>á>iapg¿ Jie «MPCMuí teübÍM'los 4€re$'hno éL wjBoAre^íñ'^ iwitifb y otros v.eces:de cartafatnis ; los «entiittkii^^ toe Man eolonces afectos ó afeociots.; los ée^: taJisseran pormoneres ; las aatmt&faas, faotas^ OMigieaoSf eoncnrsos» cabildos, &c.
»8m:isfiv. nD tratado etfsioo de retérioa mtmi nbw» linijt roMfeneoesaab dosificar y definir ior
vimbres 'ééi^«ñéi'^ímii^ié»'é6}^,$^^
*€StíB petisámiefhlo^ »1 dé peáBnb&A^ • ni ^éé pm* éiindk)fi, ^trindi^'ttenós 4e paefíliáadi '^ Mts ^ bjü ^^éc^Mo ttéc^ñriéBe^i' este catíiÍM pürtt^giltt!^ <idM* iiífetod<H^^»> y étaridbá. La ^dirtiébü^tiiii ^ ){|>4iMái$ti^tura ayodán á^ laa^moria^yé ftt &itélf|^Déia^^n |>erjudicar á la\ doctrina^ ÓAÍá 4td^>]fefléiítones que la acompafian. firto mimlD ^a«dai[i4iu cl^mca, la bótánicBr la geommiñeh laíjmetañitea, hoy ide6Io|fia ; y.taitt^icíiia^atfi^ incd;:^ ¿Kfteniai^t) 4»rtas ciiMi^iassuft^prHicipiiM^ Yic«M«rlá*Qra.lécin%a- ¿iiabiá de loarecer de ^élia la :f loquipneia «>du>: arte» > para áestenief á las feí^Bi^i&iafs ^pavtieiones orátottaisiy - á tos géaemi^
*.>:g'íBtaéiputá0ek^éí lector eti oir los nombres de «mimsfiM!^ éejpiríJhtiÍ9Í ééiígi^fihfí^ de jmM^ fíffHyf^aMet/qtteioe igfnoira» coitío-iri que iM 4í^a'f cdiriifaidMp. i fib piímero verá la definickMi y la^dj>ctritta ^con ^muestras que la eonfirñiéii éú M^MipectiUo logar, ooiBO si ^ara cada cosa sé bubiese escrito aquel solo artículo ; y el se^ndo ailMaiarftfki mlo^. ilo^efaro, y tal vefe^ faállafá^ alfpHiMililfireldaé, i y i» .Sf»TO9ecbafá de ios exem^ píos varios, que es todo el fruto de la doctrina*
:rjifí^i^9íS^^pofiBfé^ 8111 dpcaiiioQ» ni «Ip-
itttífifkm^VBl^ñwií. IfiogiUMi de estas trw €oaaii «CMOQMQfpi^ ni pued^jl distíogair lock roma^cirta»; «y Í9d[]^rsii9iaiirq«e Uanramos leg^ podrán 4miie* Jte:figiwis iitti «iberio ellos jnismos» podrán d^M^ ima ñe!9se wblibie sia apérctbirlo qnando la kAp il decir, m qnando la d^íctan» ni despnea de hai^ Iwda dteli0^ y tfcaso no dirán otra en im aSq* Samipococjstosiieráii ciqpaces de hacer Una oomipoflíóia entera ; m tampoco luia sdaürase la inmar^n liittpía» elegante» ni correcta^ y . auA fiMM^ 'Mbrán escritola ; por ^e eth esto últiHié liilni ya d exercieio y el estudio delr: arte; y olMratilMay sosegadamente el ánimo pára?pro«* iiocñr sus pensamietitos coa orden, preciaioii )y claridad, y evitar los muchos vicios eH qoe debfi cherimasMaménte el que no tí^e • esfeBo rftn^a* do; pues no lo puede poseer, 4iqu6l qlle^ign(m MP «Imneatos, sos cánones^ sus génems y e^if diades. Y ¿ cómo tendrá piteseñted <Mtar r^glik y principios el que no coQ08ca;d .l»rte . qiie lilj^ li^ recopilado, clasificado, esclarecido, y «aemt .|4ifteado?. . • . - •-.'. ::¡á
. La.eii^üencia fué antes^que la. ret&rioa^r«i vffilsdf'j^ero debe entenderse,/ né di estílo^^vf
.;-'■?'. ;:; ■ , / ^' .'
4)o)ios ó ra«goB mel4% brebc^ wooioiitGfi^.piso^Ul^ fáfj^ |MW )a «ola ioa^^gjWAciiea ó {Mt^iou «oiM^* l4fi49A de hcoabres de buwi juioio m^^vidM ide fuit
£1 urte vino dMpues y reoapiló eatm di^hoi-y jQS^ fr,<i»^^ ]ius defimói la» caUfioó^ I«s .ordaió, jr da9Í/icó> y de :l;odo iovmá na oaeirpo ide.doii' Iríoa dp elocución para los f«e oe dadicaaeiLá la oratorias en cayo exercicio poco Imbiertti apro** yeohadp, mo bubioBeii tenido bien laidas y medi* todas sos . Vftglas» y la i^licacioo 4e los exieaii» píos,
Ipl uso qfue se debe hacer de estas cogías» la oportuiftid»d» los casos» y las cirouMtenoias, ya vo* dapandoa 4el meeaiúroio del arte; dcficnide^ si' 4fi la 4isoreoioiif del UOsí tin<]^ y idisl buei^ gusto del c|!|e Jp^la ó escribe; y el que bien escribe no pwd^.dsMT de estar muy familiarífado antes con las. roglasy hm nombises y sus doCnicionei^ por mas flUe después afecta d^spre^vuJi^s o9mo luipuoias clásicas ó pueriles. 8i esto no faei»
asi ¿ cómo es que las personas iliteratas^ 6 se^ l^^l^rPpi'.V^M diesiips pe0dolísftii«^(tte,seaa en todos. Im ;raia<% wwtibon M«l iuoorrectMasiil^
tti»
oraciotí m pasando de neis lineas? y niM Mdl&Tk^ si bciy <t^e stdit* ftiera del caitil gtamati^ eti 4í cAcíomI para levatttarse á regitm mas nobla óñgWBíiák^ M iKíeleii fietPdi^r entonces, pofqtie ni fietieü alas qttando quieren volar^ ni báónid paira MiBiiiar por terreno eacéhtwo y descoMeido para olloi^ m las qne los ^ie en la obscuridad de MIS ideas> ni MaHaU tia^ donde hacer ¡^ qnaftido se entran con el agfua hasta la barba ? Ifirtaa alas^ ^ste bácnlo» lo presta la retórica; f cu los preceptoé qne dicta para el estito, halla kt luK para no descarriarse; y el snelo para né ahogarse, d que pretende escribir destitnido dé su socorro.
Mtoehaü de las personas que, por moda, más que per ra^on^ hacen meünxh^ á las voces k^ pMlfMtBf metéiepMf Hkpsts, atOHAésü, 8te., qué entran ea la noÉMntlatura de la 'doentídri» sn^*' frefr, y aun aprenden con empeño y no cdn ^cá tittildad> shi ser físicos de profbáion,' sino aficiO'^ ftBsil&Bf los nombres exAticos ñtüzo^^ Mídúí*, sitíl^ /kMi carbonates, Scc. de la fisYoIo|fia mbdema; qné'á la terdad no son/ ni mas dtdiéS ni taáB iaidú^StiesifdehhB otros, fie Ilegfado á soirpe*^ áUtt^é Vista dt^ esta contradicción de muchos'
b^mbres 4¡ii$ cultivanJaf letras» qM tol me xqh i;p pomo puerilidad )a nomenclatura T^rica« l^r que aprendieron el arte eq su puericia, como desdeSandosCí quando adultos, de ti|ii humilde recuerdo. Bi es esta la i^ausa» me confirmo e^^ lo que tengo dicho eii. la primera edición de esMk obra^^ me lo ha vuelto á confirmar n^ propia
experiencia ; esto es, que el arte de bien decir
«e^iiebiera enseñar á los jóvenes después^ de la
lógica y de los demás .estudios filosóficos : y en*
topees la' edad de los discípulos, c^imo su razón,
• ■"■' ^ .,'
ya mas cultivada, ademas del mayor fruto que cogería, daría mas autoridad é importancia aT estudio de la retóríca.
JSl escritor ha de cometer las figujras y formar 8^ P^riodc^ sin preparare para hacerlo, ni acor« darse en aquel acto de sus nombres y definicioníW»^tt&e 4!eí||m?? deshechos p^ra corregir Ip qu^ haya dicho mal. Para este caso sirve el estudio tafáiápv de 1a retórica, ya sea jpara no caer ea Jggrm^ ^jupam enmendarlos desjiues de com^tU dos. Yasá, quando he dicho" qu^ lof[dechadw síirven m|(s gue iG^^preceptos, no he querido d^it €¿a. 4:osa smo que sirven paraja imitación y di estudio. De otra manera ¿ cómo se distinguiíán
líilrffieiai» amo ieéJbKk eáeogtít k> imeiioj lo éSfoú, lo mejor, ti iio le ba conocido mtes ? T ¿ c6mú 86 conocerft n noae tienen ya tábidos kr pnceptot?
Trecq>tot9 rettidot, 6 mejor, dítfrazadot con
r , • #
4»bteryacionet, reflexiones, adrertenctat ezem'- fbíreaí %e tembrado en esta obra, ya direetnt ya indirectos, para no dexar la doctrina con la te-
quedad ydesnpdez de lecciones dé la clase. Mo
♦ * •
eontdnto con baber escogido insignes exemplot,
be querido nwiltiplicarlós en cada sentencia y figara, introduciendo en cada una, no un autor
fuio mocbos, para que se vea entre la diferencia
de ellot la gran variedad de modos, y de cami*' not por donde cada qual Ueg^ al mismo fin¿ di* eiendo un mismo pensamiento sin decirlo de W mismo nK)do. Y acordándome de que la piermeta bdlteza i^ debe sacar de distintos modttos,^ por quánto en un solo individuo es impóidble Inlti fine cota def todo perfecta j asi mehá yátaride^ nti|L admat de agradable, la T$na fcttotfa ém
tMsajJos da diferentes autOTisnnertüa,
^ .«
de esta regla be jtkgado k Zeozís de faoMeiiitno iiiQter, por muy pMdtnté ' c
gen de la que admiró á toda Grecia, y, ^j ^^^m
¥iP9«: qtii^ I^ImWí j<»nii$H4$Kdp M «I A«iii. ^ ^ Swtt^a* £nzQn^ pareíoe, ^u^ aprol^ó ^«ta^ i;(to:«ra.4fti«lit«kr<lN9»4»Frec^ta4o ¿q«épin>. t00 d^ Im-.^wügag» se propoú» pam iifíitw? #^i^^* «ciMindoi «on la mm» hacia. «ieiÉ»
íftOÍ W#/i Wí?4 íl^wpft lo. qu#, solía (Jegii: : ^\^ , 4ft* 14,]P^19» 91ÍMHA h»im n^tl&fí^^ y s^Püd» 4
; . .y», .ccHm» ]^«d« woedfti: q|i«^ aquol újtja»^. pwh. colar de <;tdA Wflbey-rúcatífipo^^^ M ^«tti^(b
sflrim ppiümMiieMto értttmJÉaJto, y* mempPOOÉü
T<t mucho de parte da,tt»eMva kngaa^ ftiaiilkli¡P' 2aiidoDos con el buen decir de los padres
Cicerón, queriendo escribir de la manera órw, liizo por lindo orden mención de todoé ló^ ^e babian orado ó escrito de oratoria^ asi grie^' gOB cerno latinos ; y con admirable felicidad y ag;nde£a de ingenio, y con propiedad grande de pídabras, los representó, sin dexar cosa qué ftíé-^ s^ digna de loa en alguno de ellos. Y alabó, no solo á los célebres, mas también á los dé menos nombre, por que entendía qtté no podían dexar de tener alguna cosa digna de alabanza, y y asi introduce á Pomponio Ático ; que á graíides Toces le dice : tíí dertatnenté t^ ya dando ia0 hiíGis; y él le responde : Ye voy buscando todoS U» qué ¿e atrevieron á orar e^, páUtéo^ por n# dexar alguno de quien no pueda mearse ftulik Y no dexaba de creer por eso el orador Ro^ mano, como lo dice : que la rerdadera ^exm
ItfHHa^ i|m' M yé oon sola lamonte é iníñf^--
Éák' abua m lia de sacar de eada oosa lo fae fartciere mas perfecto.
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ELOQÜENCIA.
INTRODUCCIÓN.
L/BSPmBS de haber los hombres perfeccionado la facultad de^ comuaicarse sds ideas, culti-* váron la de infundirse sus pasiones. Este exercicio en las instituciones democráticas produxo y autorizó el talento oratorio : de cuyos maravillosos exemplos se. vino á formar un arte su- . blime, que, escuchado como oráculo en las deliberaciones públicas, fué arbitro de la paz y de la ^erra, terror y azote de la tiranía, y tal rez arma &tal de los tiranos.
]>e aquí tomó su origen é imperio la elo- ^encia, que destinada para hablar al > corazón como* la lógica al entendimiento, llegó en la antigüedad á imponer silencio á la razón humana. Asi es que los prodigios que obró ' nladiai veces .en boca de un ciudadano cauti^
Taado los ánimos de un pueblo entero, forman acaso el testimonio mas admirable de la supe* rioridad de un hombre sobre la muchedumbre* Dexando innunietablesi exetnplos, basta traer á la memoria aquel Cyneas Tésalo, hombre taa grave y suave en el decir^ que Pyrro rey de los £pirótas le embió por embaxador á muchas ciudades, el qual las traxo de tal suerte á su devoción, que mostró ser verdadera la sentencia de Eurípides, de que acaba todas las cosas la Oración^ con la qual poco pitede el hierro enemigo. Y aun el mismo Pyrro solia confesar que ma^ pueblos habia adquirido con la lengua de Cynéas que con las armas.
La eloqüencia públáca tuvo su cuaa y su trono en las repúblicas^ por <yie allí em qm^ sacio para, mandar á los hombrea» persuadÁrl«a la necesidad y justicia de la ley } y aUi se oo«r servó siempre estimada» por que ^ aburila forma de gobierno abria el caamno para hA dignidades, el honor, y las riquezas. Esta f^í la causa de que en aquejUÍM estados, populare» m honrasen no solo la eloqjüeaciar «po twiMevt todas las demás pro£e$ioues piopvias paM,e4iis-, tituir oradores, como eran. ^ p^Utíca^ la jwis* prudencia, la poética y 1^ filosofia. EntoofB^ f^ echó de ver que paora ser i|Q¡sígn« orador eat^ menester, np solq criarse en- a^piel coiK5iinfo> d«b circunstao^cias necesarias para formc^* an Iimík bre. grande^ mas ann en tiempos y paysas» úaoáft
M poditge impMMiiiente feprehesider ci vioki» hMmr la TÍrtttd, j iprtáícm la vj^óhA. JBn efecto sí Atenas y Roma, tan fecrnidas en ikistve» wador» en una edad, íneron tan esté» riles en otra, ñié por que la eloi|íieftcia oomA allí, cono en toda» portesy la fortoiía de la Mbertad. Asi la gnuide época de lo» gvíegM •e caenla desde Píaístnrtor baato AkfX:a]Mh!% y la de ka yomaDOi desda Mario kaaka Aognsto Gesa¥* Sosegadas las diaeostone» del piiaUo^ atibado el deseniveiio im k» partido^, alópatas h» posíenca y las armas al rigor de la» leyeé^ eesaroa laa importaiiitea causas j sbbaté» cpi^ mi elioro y en el senado kabiaa hecbo- Talaettie y magaáfiea la eloqüencia^ Desde antODcaa los enéoue» péUicaa, cayo deatkia^ era oan» %m eaaplBD-.del Balada, acabaron su* ofiéio;. y pran cisadoa á abrazar aauntoa paoifieii» . y jmrúcm kaes, ae Tiemn redcicidos á la oondieíon da san-^ pksafaogadaBé
IiKelDqüeiiM% cpie nació Miles qua laiotó** nca^ asi coaovlaa laugnaa se formaron antea qua la gnmáÉBca, ao as otaa cesa, )Hd)la«da ook peapriadad, sino el den falia de impriasiroiaÉ aidor y efiaacta ea d ámma del oyente loa afectan que tíeaan agitado el naastro*^ fista «UiaBia tálenlo nace de aqfud' ei^qpiísitn delay ta q|ie«iJaallamas en laa coaas, cuya gfvandM% imn portanain y .verdad oeupa» nnaslaro eorazonvpos qaa la míavín di^osíeion del ahna que nos
hace seHtir cou viveza quálquier movimiento interior» basta para hacemos comunicar su im* pulso á los oyentes. Asi» pues» parece que. no hay arte para ser eloqüente» una vez que no. lo hay para sentir •
Los grandes maestros dedicaron sus preceptos» mas para evitar los defectos, que para enseñar las perfecciones : por que la naturaleza sola cria los hombres de ingenio» del modo que forma en las entrañas de la tierra brutos é informes los metales preciosos; el arte hace después en el ingenio lo que en estos metales : los limpia y acrisola. Si la fuerza de la dioqüencia dependiese directamente del artificio, no viéramos que lo sublime se traduce siempre» y casi nunca el estilo ; pues el trozo verdade-r ramente eloqüente es el que conserva su carác«r ter pasando de una lengua á otra.
Vemos también que la naturaleza hace elo* qüentes á los hombres en los asuntos de grande interés, y en una vehemente pasión» que son dos fuentes de sentencias sublimes y verdaderas: por esto casi todas las personas hablan bien én la hora de la muerte. 1^1 que se conmueve vé las cosas con otros ojos que los demás hombres ; compara y pinta con veloz pincel ; y hasta las personas vulgares, como lo muestra la- experiencia, llevadas de su natural imagi* nación» se explican con tropos y figuras : asi exi todas las lenguas arde el corazoHf ciega ¡a
tíkrai embriaga el amw^ se enciende el odto, 9cc. Esta misma naturaleza es la qne inspira algimas veces expresiones vivas y animadas, quando un vehemente deseo^ un peligro inminente llaman de repente á su socorro la imaginación. Enrique lY. de Borbon, para animar á sus soldados en la batalla de Ivri^ asi les dice con su exemplo: Compañeros: vosotros corréis mi fortuna y yo la vuestra. Quando perdáis las banderas^ seguid mi penacho blanco, que lo hallareis siempre en el camino del honor y de la gloria.
Mas ardiente y sublime hallo yo esta breve harenga que hizo un caudillo de patriotas, para animarlos, al ver el exército Real que venia á darles batalla : Yo no soy de los que se reser^ van para el premio : capitán quiero ser de los muertos j y si 7U> me haUóredes entre vosotro¿, huscadme aüá entre los enemigos. Tráela D. Francisco Manuel en su Historia de la guefra de Cataluña de 1641 en boca de Tamarit, xefe de los Barceloneses amenazados de perder sus fueros.
Diremos, pues, que los rasgos en que brilla la eloqüencia apasionada son hijos tlel corazón, y no de los preceptos frios ; antes por aquellos se formaron las reglas, por que en todas las cosas la naturaleza fue siempre madre y modelo del arte. .
Pero jno se ha dicho como axioma comutí,
qiitt loB poetes nacen, y los oradores se hacen? 9j^ eii v«rdad; pero no es lo mismo decir cesas coa ek>qiiencia que ser escritor ú orador elo-> qüente. Brte neoesáta estndíar las leyes, las iticlmaciones de los jiaeces, las odstumbpes j fxisiones y el gusto de su tiempo» para persnaJáVf mover y deley tar ; y tuiíiios ikben^ por un larg'o ejercicio y estudio de su lengua y de sos tesíHXMs, texer sus sentencias, ordenar sas paki« brasj medir stis frases, vestir sus razones, es* f<M*sear sus afectos, y sostener el discurso para llamar la atención del oyente, y captar su benevolencia. £41 gracia y mérito del orador está^ no solo en expresar bien lo qiie siente, más aún lo que «o siente; y en erta «ficción es dende hkce toda la costa el «rte, y muy poca la naturaleza.
Bl arte, «s verdad, «o 4á el talento, ni el ingenio, ni la imagtitacími, ni kis afecciones al que carece de estas dotes na^biirales; pefro enseña á usar ée ellas en tiempo y sansón, á darles el temple conveniente, y á distribuir las particiones y adornos que pide una composición elo- «jpieiáey ya sea oración, (plática, é razonamiento. Esta paite artificial, hija toda del estudio, ademas 4iel ipeso y grandeza ée las razones, conviene S9bre manera al hombre político, y al capita», para exdrtar á k» ciudadanos, y mover á los guerreros. Buen exemplo de este tenemos en las Filípicas, y algtinas harengas
ngae hay en Tucidideg y Quinto dnrdOf y u^4m BuenM valor» úí en ^enor nÚJKiero, las <i«e >« Leen eií varios de Mestros hirtoríadonoi* fiea la prúnera la i^átíca qne BartoUüi6 At Arg'ensola en m historia de las Molácas ^ne en hocm del Rey de Tydóre xefe de la lij^ eootra los Eur^ypeos, para morer á los prineipcp couarcaaos ^ confederados* Nwtst/me fmerxas m imm Juntado pars tíbrarfios del yt^g/o ewrépéo om$^ t^jftíndot con rieigo de «ifarfftc rtmim genená, trnt^ howíbsreg á qmenes m> úiligmm Mmestrat iencí^ fictas, nd enme»dar^$i mie$tmi$ mmamao^: imdramas dd orhef f «e le tiene» msmpado cubriemio su cáMÜcia C9H tiUiím nmpkj^ioos jfpiaáoe&eJ Eu wmo hemos probéido siempre upluosBrsu sefberbim for medie de mttstvü íSfbeéienda y modssiiu : m haUau , ememi^ ricos.. Me mueskmn mmros; si pobres f mulwdosos* Sola esta nocian es la fue con igssal disseo eodieia ios riqmezas y ios misefias Ojéenos. Roban^ nmltm^ aiifasMan^ y ^con fabos, mnnb^w nos priva» de mmestro isnperio: y háista ^fue eonm^te^i ios pswáncius ^en ^riéótades^ «0 ks pareas o^/um la ^aa. .Nos Jisáhmos po^ ssedares.de las mas fhiiles sdas dd Asia, solo pmm ^fue oon sus frutos compramos ssrviámnbre y wmdiage é^amei eomvirtimdo esta feÜcfsvma U^ ieralidaddel cielo en trAutas á Ja ambición de tíranos advenedizos^ JSaperi^seia tenemos de qmn odioso ha sido siempre wnestro valar á ¡os ss^fitas^ ohristíiOtnoSf los guales^ por esto mtismOt
na debemos esperar ni mas modestos^ ni menoá enemigas. Tened, pues, en memoriaf asi los reyes como los súbditoSf asi los que os prome^ teis gloria como los que salud, que nifyuna de estas cosas se alcanza sin Ubertad, ni esta sin brios y sin conformidad.
LeeóoLOS en el mismo Argensola la lamentable harenga que la reyna viuda de Témate hizo á los portugueses, apretando entre sus brazos al tierno infante su hijo, al tiempo que querian . quitarsdo ^ color que ivan á coronarle: Quancío yo estuviera derta' de que le lleváis para que reyne en sosegada fortuna y en prosperidad no asaltada de temores ; quisiera mas^ verle crecer y durar en vida privada, sin cargas de ningún cuidado público, que verle reynar por vuestro aaiiqjo : ¿ Será justo que os entregue mi hijo para recibir la corona, y juntamente le destinéis á las cadenas y hierros, de los quales vengan á librarle solo el veneno y las fcdeas acusaciones con que han fenecido sus hermanos «y sus padres P Que prendas me tiene dadas la fortuna- de que en este niño se ha de aplacar con aquella famüia, á quien por la protección que pensó haUar en vuestras armas X ordenó que le cargaseis yugo intolerable ? Hkivadnos, pues á la madre y al hyo ocupar los, éniw4)s en las obras de la naturaleza, ya que las de la fortuna nos han desengañado eo» Um costosas experiencias. \ Permitid que nos
no» cfirirtemof de dios con el enUévo y numse'* ámbre de est&sjardmes ; séanoSf iiquieraf tícito carecer de lo que tantee desean.
Que dirémoB de la elocución que hizo Hernando Cortés á sas soldados quando llegó de la Havana á la Isla de Cozoniel, animandoles á la. empresa: Amibos y comineros (les dice) ¡a canea de Dios nos Ue»a^ y la de nues^ tro rey 9 que también es suyay á conquistar regiones no conociátas^ y ella misma volverá por sí mirando por nosotros. No es mi ánifWí fa^ cuitaros la entesa que acometemos: combates nos esperan sangrientos ^ facciones increUdeSf batallas desiguales en que habréis menester so^ correros de todo vuestro valor: miserias de la necesidad^ inclemencias del tiempo^ y asperezas de la tierra en que os será necesario el sujrir mientOf que es el segundo valor de los hombres. Pocos somos j peto la unión multiplica los exér^ dtoSf y en nuestra conformidad está nuestra mayor fortaleza. Unoy ami^, ha de ser el consejo en quanto se resotoierey una la mano en la execucionf común la utilidad^ y común la ylo-' riaenlo que se conquistare. Del valor de qual* quiera se ha de fabricar y componer la segu-* ridad de iodos. Vuestro caudillo soy y y seré el primero en aventurar la vida por el menor de los soldados; y mas tendrá que obedecer en mi exemplo que en mis órdenes.
Veremos otro exemplo del estilo en que sé^
VMten las imféngás coi k wdMtacÚNi ^e híza 4 los M^KÍcanaü el rey de TeM^Of sobrino de Motezuaia que estaba á la«a2aa preso en poder de los espafiolee: J[ qve 4igHurdanu)s (les dice) 4Mn¿fo« y parientes f qtie no abrimos los 0fús al oproiño de nuestra nación y á la nueza de wuiestr^ sírfrimientQp Nosotros que nacimos á ku armas, y f0Mmós wtestra mayor feUddad €» <ej terrier 4e nuestros enemigos «/ ciohlamos la cerviz al yuyo afrentoso de u»a gente adoeneáisúa ? ¿ Que son sms atrevimientos sino aeueaciones de nneetra fioxedad^ y desprecio de nmesira pacieneia P Prendieron al yran Mote-^ znmaf saeandok violentamente de m palacios y no oonteséos om ponerle yisardias á nuestra ^mta^ psuaron 4 ultrofor supersana y diynidadcon las prieionee de ¡os deknqüentes. ¿ Qide» hakrá qoe iocñea, sin desmentir u sus ofos? O^er^ dad iysmnHmoáOp diysm del silencipt y m^or poím íslolmdo 1 Pues ¿ en qne os detenéis^ ilue^ tres mexicanos, preso vuestro rey, y vosotros de^ armados? Esta libertad ^pie le veis gozar estos dios, M es Ubertad sino un tránsito enyañoso ú oisño oamtioerio de mayor ¿ndecenciaf pues le Jum tinamzeodo ol^oorwíon, y se kan iecko dueños de ms üSoJmntmd^ que es la prisión mas indigna de hereyesM
ISdúoM raK9iMaaíe«jto8ii y todos los que se lla-^ man directos en las Justoiias antiguas^ son fittgaáiíT» os ffoúüái SQH inverosímiles adesias^
y ttmbien eñ Ferdad. lEl autor es quien 4iaien dieta, y quien habla» quaiido pooíe sui cultas rasones en boca de incultos pereonages. Pero no se han traatsladado wpÁ mmo para mot* trar que ninguno^ ora sea docto» ora indocto» poede labrar ia extmctnra de estas ficciones en filerza solo de su naimnl sino se socorre del arte y del estudio.
La eloqüencia de la naturaleza es común al hombre civil y al salvage: rasgos se citan de ellos» y no discursos. En sus breves senten* cias hay palabras» y no hay estilo;' hay imágenes, y no colorido ; hay grandeza» y falta el decoro; hay sencillez» mas no hermosura. Hablan las pasiones rompiendo por la salida mas corta, como son el amor, y el dolor» cuya impetuosa expresión rebienta en exclamaciones, imprecaciones, quexas» amenazas» deprecaciones» y en personificaciones comunes. Pero la elocución» que es el habla culta» pura» noble, espléndida» agraciada y persuasiva» solo se alcanza fundamental y científicamente con el estudio de la retórica» por que en ella está cifi^do el arte de bien decir. A este debieron su fama y excelencia las oraciones de los £í^ chines y Deinóstenes» de los Tnlios» Brutos, Antonios» Crasos» y Hortensios.
En tanta estima se tuvo siempre la gracia de la eloqüencia» que aquellos grandes reyes, en* gendrados de Dios como dice Homero, hincha*
dos con la púrpura, cetro, guardias y oráculos divinos, y que con su grandeza y magestad espantaban y sugetaban al i vulgo; también querían hablar por reglas de retórica, y abogaban en el foro, usando de la facundia y razones que sublimaban á los hombres al sumo grado de reputación. Pedían á Júpiter el consejó, á Mi^ nerva el entendimiento, y á Caliope la eloqüencia.
CALIDADES DEL TALENTO ORATORIO.
Ei« que pretenda á un tiempp enseñar, mo- ▼er, y deley tar^ que es oficio del orador ¿ qoé conocimiento no es menester que tenga del corazón humano, de su propio idioma, y del espíritu del siglo en que vive ? ¿ qué gusto, para presentar sus conceptos en un semblante agrá» dable? qué estudio, para ordenarlos del modo* que bagan lá mas viva impresión en el énimo de los oyentes P qué discernimiento para distinguir las circunstancias que deben tratarse con alg^mna extensión de las que, para ser sentidas, bástales solo ser manifestadas ? qué arte, en fin, para hermanar siempre la variedad con el orden y la claridad.
£1 hombre eloqüente huye de la aridez del mirtilo didáctico, por que no basta que sea magnifico, alto, y sólido un pensamiento, sino « felizmente expresado. La hermosura del estilo solo consiste en la claridad, y colorido d^ }a frase, y en el arte de exponer las ideas* Asi, pues, hay gran diferencia entre el escritor eloqüente y el escritor elegante. El primero se anuncia con una elcnnicion animada y persuasiva, formada de expresiones valientes, enérgi-
cas» y brillantes, sin dexar de ser ajustadas y naturales. £1 segundo declara su pensamiento con nobles y galanas frases, formadas de expresiones cultas, fluidas, y gratas al oido.
El escritor eloqüente, como sea su fin mover y persuadir, se sirve en el discurso de lo vehemente y mbüme, dedicándose sobre todo á la fiícrza de los términiB, á la grandeza de ktfr inágenes^ y al orden ée ka» idns. Y el ele* gante, como aspira á deleytar, solé bwca la gracia de la decneA», eabo es^ la bemesura de fa» fülahr», y Im hmmá^ «»rdin««« de faL senteacia. i
Faade un eacrher ser dísertoy ea dedr, paede bacet un díscarte íkcHk, puré, claro^ eleg«tifte, y aiiDL espléndido, y con todo no ser eloifoeifte, per f^kade el caler y la energia Bl diseuma eloqüente, es vivo, sniraadey vehemente, y peté^ tico, quiero decfir, híwe, eleva, arrebeta, domina y suspende el ánimo. Asi que, suponiende en m
CH« en los p<»a«e»ta.. y calorL lo. afecto.^ basla pava haeer un escritor eloqüente.
£1 arte eraloria, coaao observa un autor de mu(^ ingenio, ceasíate, mas que en otra eosa»^ en un estudio seflexivo de los me^es medeloa, y en ua contnmo exercicio de coiaponer y de comparar sus débilea ensayoe een la perfeeñea de loe origineiea: exereicto^ que hace firaetificar
^l tnübaxa maír qué im«i ostentación de re^as, la ■uiyw p»rte aá^bitrárias.
íKmi eosaa pcocce que ooncurren para formar tm •rftdor, la ni2rm» y el coretzon^ acuella para gwrwniccr, y este para mover y persuadir. BobM €8189 dos dísposieiones naturales se añanzá ki veriiftéera eloqücnv^ia, como el árbol en sus
embargo, tos' buenos* oradores son muy pocos, por que- Mft también muí raros !o9 bombviM dotados de a<|nfella penetración, extensión, y «x^ÍMto jtticío, necesai^ias para discernir lo verdadero, y hacerte evidente ; por qne, en fin, son Muy rara» aqueQas- almas delicadas que sien^ tan interiormente la impresión de los obg'etos de SI» aaeáítacioiies, y que puedan tr^sp^^ar al eorazoa del oy^te las afecciones de que están poseídas.
Del modo de i^r las cosas, depende en gran parte )a fderza ó debilidad en sentirlas, y pot ronnigniente ei^ expresarlas. Las ideas adquiriddas por «na sosegada y tfbia reítexton en el retiro de «n eetudKs son menos riras y acaIo« que- las que nacen de la vista y coñtem-» de este teatro del mundo. Seria, pues, prodigio bailar ét an ciego de nacimiento, rieqüeRté^
Bttpttosto el nativo talento de que hablamos, asonapaüado- de la biz de la experiencia qué presta la humana sociedad, y de la elevación y
ttobl^eza de los sentinieiitos aooralefl^ importa mucho al orador elegir siempre aaaatos dignos* Foresto vemos que algunos, quando el asunto es V8^o y general, recurren á lugares comunes j hablan mucho, y nada dicen* A otros vemos que, quando es . árido y estéril, se exhalen apurando, menudeiicias : y á otros que, quando es 4ébil y frivolo, se vén forzados á cubrirle sa desnudez con el adorno de floreciUas^ que se marchitan en sus mismas manos. En smna, tíí carácter y autoridad d^ la eloquencia no se acomoda sino á obgetos grandes, ilustres, é intereí^ santes á los hombres ; y desprecia siempre la insípida Ipquacidad, y la pompa vana de las
Los obgetos grandes. prestan eloqüeneia á loa ingenios sublimes ; pues vemos que Descartes y Newton, que no fueron oradores, son eloqüentes ^ando hablan de Dios^ del tiempo, del espacio, y del universo. Ma efecto, todo lo que nos ^eya el espíritu, ó nos engrandece el ánimos ^.;n)^^ía propia para la eloqü^icia, por aq^d pla^i; que sentimos de vemos grandes. Tam« |>ien, y por; la misma causa, todo lo que nev anonada ante los ojos de nuestra considerackMiy ^ o^geto digno de la gravedad oratoria : puts ¿ qué cosa mas capaz para levantar nuestra eB«' plritu humillándole, que el contraste de nuestra pequenez con la inmensidad de la naturafawa criada? - <
I^a^ veinMera «loquencim neceétm del aujdttío da UMtsbm cienfám j arles bb«aleB« Cueviit a/sáe toda$ la gramátioa^ que tiene mas obm i)iia oBteatoeíoaj y es fuiíckinieiito del art^ 4a bie& 4deir, pue^^sía eiU« sedamos siempve nuMMk 0^ la iojs^ swa el método y Caefza del raciacuiía : de la geometriay el orden y enlaze de Jbs vHfw dmies : de la hÍ9Í0ria, ü exetfipb y wkoffldad de loa insignes yarouas : de la janáprttdemMy )á$ cp^ácidoa de las ley ea : de lajUos^ iaiam/f el cqfiei^ÍBiMiito del corazón dcA hombre, y dle mp ywiíop^; y dela|iQm# el eolctndpd0la9 hÍMt (paesy y al embelaa» de la barpiwia.
Todús GOBdonren á lormaír; é man bÍM; i vestir al ercMlot exterior : mas la ekiqiistifm^.w la ^oaefi* moral as vanidad paorát) y asi ^nm davieron estaa das éiaacías aompañefa^ ifim ^l^aatira^pOf y lo» mismas i|ae eaMftalm» i aifsv altan maestros debiaatas eMtmubaeib -Lai lasoimyfta y faenUadas^ tf» Uamm artas lí^^ berales, pueden aprender los jóvenes de corrida^ como para tomar el sabor y tintura de ellas, por que es imposible, y corta la edad, para ser per^ fecto en todas. Mas en la filosofia se deben detener, y tenerla por principal ciencia: por qoe asi como es gran plaasr y casa cariosa a) que navega pasar á la vista de muchas ciudades é isha). aai tamUan' ca asny étíi y ^vaeloso ip dMiBi Jk jnawMT en la mejor de- «llatf.* V&é voBoy gBacíosamente decía Bíoai et ftlóMÍb \
que, a^i como los enamorados de Penélope, no podiendo jmitarse coa ella, tenían parte en sus siervas y criadas ; asi los que no pueden alean-- zar la filosofia, se deshacen y consumen en las otras ciencias que no son de ningún valor. Por lo qual conviene tener por ca(beza de todas la filosofia.
Para la cura de las dolencias del cuerpo bailaron los hombres la medicina y el exercicio, por que aquella dá la sanidad, y este, la buena disposición. Pero, de las pasiones y dolencias del ánimo sola la filosofia es la medicina, por que COA esta» y por esta, se puede conocer. qual es lo bueno y lo malo, qual lo justo y lo injusto, djué es lo que debemos elegir, y lo que debemos huir. E^ tino, que aprendemos con la filosofia, respecto de nuestras acciones, sirve para componer nuestras r<i2ones, escoger las palabras y las figuras, y dirigirlas con discreoioii y acierto á los oyentes^ para encender ó templar sus ánimos.
De la Sabiduría,
A muchos escritores, por otra parte facundos, les falta cierto caudal de sabiduría, sin cuyo soccnrro^ 6 nada se piensa, ó se piensa erradamento*
Otros, solo aspiran á decir lindezas ; sin adver tir que lo esencial para hablar bien consiste en decir cosas buenas, porque no basta hablar como orador para llamarse uno eloqnente, si no piensa como filósofo. No le basta formarse por el dechado de gandes oradores, si carece de aquella luz de sabiduria, necesaria para no desviarse de la senda de la razoil, distinguir la ▼érdad de su sombra, y exponerla con dignidad y firmeza.
MucIh) desdoran el lustre y autoridad de la eloquencia algunos discursos, tan vados de ídeaá, como de sentido y razón : los unos, texidos de paral(^fismos brillantes, que emboban á la muchedumbre y hacen reir al sabio; k>s otros,- vestidos de pensamientos tinviales, de expresiones estudiadas, sacadas de lagares cbjnunes, gastados ya del continuo uso»
La sabiduría, asi como es fundamento de ' todas las otras cosas, lo es también de la eloquencia. Y pasa poseer la gracia de la elocución, y la alteza de las ideas, es menester juntar, como juntó Platón, el arte de decir y el de pensar elegante y sublime. No es muy común esta unión, acaso por ser tan necesaria. El mismo Horacio la reconoció por tal quando señala la sabiduria como principio y fuente de 'escribir bien. El mismo Platón en su Gorjgias dice : que 6l orador ha de poseer la ciencia de lot filósofos : Aristóteles después nos enseña en
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M retoma que la Terdadera filosoáa es la i^ creta ^ia en todas hA aites : j el padre de bi oratoria romana ¿ no ttama i )a etiquencia copiase hquens sapieñtia ? Y para na citar siempre autores profanos^ en el Edesiástieo' ae lee hablando del varón justo r ** SU el gran Dioa ^ y SeSor quisiera, henchirlo há de espirito de ^ sabiduría ; j asi Heno de este espíritu^ deirra^ *^ mará como liuvia las palabras de la sahi- " duria."
¿ Qué será, pues, aquel sapert de Horacio P No es eiértsmente el saber como erudición^ ni como ciencia de la escuela, sino la salndnria ; aqneDa sal con que se condimenta la oración;^ aquel punto de sazón que se debe dar al msmjar del e9|)iritu ; aquel discernimiento para escoger lo mejor ; aquel término y modo de deciv y escribir correcto, puroi claro, decoroso y natural; aquella templansca en los conceptos y en sus galas ; aquella econemia en los ornatos ; aqu^a propiedad y proporciiotí en las imágenes ; aqueHa oportunidad y justa medida en las alusiones)', rimiles y comparaciones; aquella severidad' y Tetdad en las sentencias ; aquella igualdad en los términos y curso de la oración, hija del nscto seivtido y liberal raciocinio que se llama fi(^ sofia, y és como antoncha que guia los paáós del escritor que. aj^ira á la eloquencia.
Et iSágenio y ht imaginaeion, pO¥ feoundós que étean*) nié aleilnzan solos á« esté puiít^ de* per»-
facción ; solo la razón lo aicapza» m^ ayqida4^ áel saber» que no nace con el hpmbre, ^ntes se forma con la meditación, con la escogida lectora^ y con un continuo exercicio de v.er, de comparar, y de componer. Entonces se adquiere aquella discreción, aquel tino y acierto en la elección de las palabras, en ía fuerza y verdad, de las sentencias, en la solidez y eficacia de las razones, y en el movimiento de los afectos. Entonces preside en todaá nuestras composiciones aquel recto sentido con que discernimos no solo lo bueno de lo malo, lo vei^dsKÍero de lo falso, lo sólido de lo vacio, lo profvndo.de lo soperficial, «no lo llano de lo humilde, lo natural de lo plebeyo, &c*
£ste pulso ifilQSÓfico que á lai^ j[)lumas;de Sftiustio. Tácito y Lucano, dio tan recio temple, se forma de la sublimidad de las ideas, de la pfofoBdidad de Ic^ afectos, y de la independencia dd juicio y opinión común de los jiombres. Pero esta filosofia tiepe por cimieirtos, ya una fiMrzpa de rfizqn para profundizar liasta los práMapios- de las ojosas, y lev^fit^se á los conoekníantos srias peirfectos de que el hqii^bre ^ Q^fésLi ya una sabiduría de razon^ que con» ttaieuúokn en Iqs limites senaladps al ente^dimiento, 1^. libra de los errores en que hapen deslizar al .hombre la vanidad :y el deseo fat^l
de sin^nl^i^ars^. .^Vi^ .otili4^Y, dotado de este puho filosofo,
ahondando las verdades mas comunes, sabe sacar de ellas nueva sustancia; y mezclándola c0n sos propios pensamientos, produce nnevas verdades, como el diestro cbtmíco, que descubre nuevw seres de las sustancias mas conocidas.
De la Imaginación.
La mayor parte de los que hasta hoy han tratado de la imoffinaciony han estrechado 6 extendido demasiado la significación verdadera de esta palabra ; cuya ajustada definición se ha de tomar en su etimología latina, imagOf imagen.
La imaginación consiste en una combinación ó reunión nueva de imágenes, y en la correspondencia ó conformidad exacta de ellas con la afeccioii que queremos excitar en los otros.
Si ésta ha de ser el terror, entonces la imaginackm cria los esfinges, anima las Furias, hace bramar la tierra en sus volcanes y vomitar fuego alas nubes; si la admiración 6 el embeleso, cria de repente el jardin de las Hespéridan, la . isla • encantada de Armida, y el palacio de Atlante. Asi, pues, podremos decir muy bien que la imaginación es la invención en materia de imágenes» asi como en materia de ideas el ingenio.
De estas observaciones se signe ^ ser )á imagir^ nacioii aquel poder que todo hombre tiene de. representarse en su mente las cosas visibles y materiales. Esta facultad intelectual ó intui-^- tiva, depende originalmente de la memorial pues hemos visto antes los hombres, los animales, los montes, los valles, los ríos, los mares, los cielos, y sus fenómenos. Estas percepciones entran por los sentidos exteriores, la memoria las retiene, y la imaginación las compone; por esto los griegos llamaron á las Musas hijas de hí 3Iemoria.
La memoria, cargada de hechos, imágenes j representaciones diferentes, y ejercitada de continuo, engendra la imaginación, la qual, segfun se observa, nunca es tan viva como desde los treinta hasta los cincuenta años, quando las fibras del cerebro han adquirido toda su consistencia, para dar vigor á las verdades ó errores, que abrazó el entendimiento. Concurren también otras causas físicas á fortificar la imaginación : los libros la excitan ; la pintura y la másica la encienden; la vista del teatro del mundo la ^igrandece ; y el clima y suelo nativo la exaltan. A la verdad, alguna diferencia ha de haber entre las eternas nieves de la Lapóuia, y el beáigno cielo de las fortunadas márgenes del Betis.
No pódennos negar que en la antigüedad la imaginación tuvo una suprema influencia fu los
espritore^i quieaed, naf idos y cp^adof il^bftKO de un cielo jardieate j i»^eno» babUban lén^oM muy favorables á la harmonía; y teoiaa adeBuaa una física aaimada, y upa mitología que era á sus ojos uua galería de pinturas. Su mundo metafiíaíco estaba poblado de entes corpóreos» 000 filósofos eran poetas, su religiodoi daba yida» alma y movimiento á lo mas inerte y bruto de la naturaleza. Y en su meteorológpia se (Hnta^ ron con tan apacibles imágenes los fen^enos terribles^ que llegaron á llamar risa de Yesta y Vulcano á los relámpagos y truenos. Desde entonces rien las prados, y llora el alba rega^ lando esmeraldas y perlas á la poesia.
Es cosa muy natural al hombre el formam» en su, fantasía especies de todo lo que ha visto» y de los fenómenos que han asombrado á su ignorancia} y aquel que se ha labrado y pi;iUdp en los preceptos del arte, nunca es mas efioás ni eloquente que quando reduce á imágenes sos conceptos mas abstractos. Y este lengpiage nutur^ nos es tan familiar que diariamente le usamoa en todos los acontecimientos de la vidn com«in« £ste es el del amante enloquecido, de la amada Mlosa, de la viuda desconsolada, de la madre que ha perdido su hijo, y traspasa con su lamento el corazón de los vecinos»
íim embargo, los antiguos no agotaren todos los manantiales de «la imaginación» de donde mucho pueden sacar los modernos, pneajen^CN
dM tw eieritww de aobresifieiite elóqüénciá bvtfli»» digamorio ubí» peasamieiitM y figuras m^Tas, animadas con TÍvas imág^enes. Y esto no 68 de admirar, por que se pueden dar tantas y tan diversas f<Mnnas á las pinturas de la natnrakaa coaio ¿ los oaractéres de la imprenta? ▼etdad, qne dinMoia de que cada hombre ha de ]Htttar los ob^fetos según los vé, y conforme la impretion qve le causan.
' La imaginaiHon, siempre que no se abuse de SH oalor, ni de sus colores, es necesaria al esimtor que ha de hablar al sentido, y al orador qnaftdo ha ée «^amover los ánimos : por que la razón i solas con la naturaleza, dexa tibia y C<Aiio apagada el «Ima del oyente. tSin embar-^ ga^ el orador no puede dexarse poseer <le la imagkiAokm como el poeta, cuyo exeeno en esta partees sdo disculpable en una colnpósicÍQB escrita con calor y ifohemencia*
Qnando di orador ha de presentar uñadaseápwm ó piatinra para inAmdir iMror, piede acudir 4 la uttagmacion, que le sertisá los f>^ tnMos mas ^prasidiosoB, an»^e sean los mattoa cof#eotosy ooBM los mas poderosos para caosar una grande impresión. Entonces^ por eaem* pie, preferirá las erupciones de iiiego humo y ceniza del flfimgftelo á. la quieta y pura kiz^da W lámparas del sepulcro» Si se tñitade ax» prasaor un ^hecAio sencillo con una imágen^briUantto, de r^psesentac, ra|>angaii»08^ la «disodr*
día levantada éntire. le» ciudadanas; la imaginación pinta la paz que sale llorosa de la ciudad tapándose los ojos con la ohva que ciñe su frente.
Y ¿ quien puede dudar que es algnna vez la imftgínacion, no menos necesaria que la razón, al hombre que ha de persuadir á los otros ? Eb claro que en un discurso, no solo es menester decir verdad para satisfacer al entendimiento ; sino también vestirla de imágenes, para hacerla espléndida y agradable á la imaginación. Si tuviésemos por oyentes puras inteligencias, ú hombres mas racionales que materiales, bastarla exponerles sencillamente la verdad; y entonces el orador ¿en que.se distinguiría del geómetra? Pero, como en la mayor parte de los discursos se habla á hombres que ciaran sus <»dos á lo que no pueden imaginar, que no comprenden lo que no sienten, y que no se dexan persuadir sino de lo que les conmueve y arrebata ; por esto es en algún modo necesario que el que habla se valga del auxilio de las imágenes, las quales, poniendo ccMno ante los ojos las cosas, sostienen agradablemente la atención, y suspenden el ánimo.
La imaginación activa que fomia los poetas, es hija del entusiasmo, el qual, según la significación de esta voz griega, es una moción interna que, agitando el entendimiento, transforma el autor en la persona que hace hablar.
EiitólR*es el aüto^ ^ce precisamente las mismas cosas que aquella diría eñ la situación en que se la representa. Pero la ima^nación fog-osa, si no la refrena y templa la discreción y el buen gasto, dé que hablaremos después^ anK>ntona figuras fantásticas é incoherentes^ como lá de aquel que en cierto drama pone en boca de una princesa desesperada esta afectada amenaza : el vapor de mi sangre subirá á encender • el rayo* que los dioses tienen fraguado para convertirte en polvo. ¿ Quien ignora qne él yerdadero dolor no se explica con metáforas tan riolentas y desvariadas ? Y si la imagii^acion es mas permitida á la poesía que a la prosa, es porque la locución del orador debe apartarse menos del lengfuage común y conocido, aunque le ayentaje en la gracia y nobleza del estilo. Asi, pues, las imágenes, que son lo esencial eti ht poesía, vienen á ser lo accesorio en la oratoria.
En la Eloqüencia, como en todas las a:rfes amenas, la espléndida imaginación es siempre naÉnra], la falsa acumula cosas incompatibles, y la fantástica pinta obgetos que no guardan analogía, ni verosimilitud. La imaginatcion fuerte profundiza los asuntos; la débil los toca superficialmente; la florida se pasea sobre pintaras agradables; la ardiente abrasa quanto había de alumbrar ; y la moderada emplea con discKcion todos los diferentes caracteres, ad-
mttieodo rara vez lo extraordLaariov y nunca lo increible.
Todas las imágenes son vivísimas, é in* teresaates^ quando se toman de obgetos mag* níficos» 6 admirables, y aun más de los que están en acción y movimiento. Estos rasgos pintorescos, quando son obra de un grande ingenio, imprimen asombro á las personas de to^ dos los siglos y payses : tal es en Homero la alegoría de la cadena de oro con que Júpiter atrahe los hombres : tal el combate de los Titanes en Hesiodo : tal el razonamiento patético del Océano personificado por Cámoens en su Lusiada.
Es tanto el poder de la imaginación, que qaando el escritor sabe usar de la fuerza y gra* cía del c<dorido, pueden sus palabras solas gm%T la mano de un pintor para dibujar lo que des*- criben. Entonces, en los cases terribles es sublime; en los lastimosos tierno; y en los cu* rioaos ameno. Y aun quando no sienta las cosas que dice con toda la intensión que corraspoBde al asunto; puede pintar con subidos colores todo lo que siente y lo que no siente» socorrido de su sola imaginación, quaado es rica y fecunda, para hablará los sentidos, .fii pfimoF de la mano distingue los artífices. £by algonoy que en un retratopinta ami mas de lo^ que perciban los ojos, por que sabe dar á. en* tMder 4 los ojos aun ttias de lo qjíXB enflim, el
fÍBcéí; y ttbaado ingeDrioso á arte, 68 ma» artw ficÍMo aw el iogeDtow Algaoo bm kabido, que j^intaado ua rostro enejado, lo ha hecho cor tanta pi:o[M^íedad y ytvraa, que pudiera él rúsido» temer sa ita,,cQiiM lo dice ¿ydmúa Apolinar» de yukaBo con la cabeza de Medusa en el ese«do de Palas^ Y ávoees es tanta fat valentía de las palabras con que se retratan los obgetos,. t«e podhriamoa deciry conio se refiere en el fibcódoy en ia marav^Ua de Synai» que las voce» se oían por lea e^os.
Ojj^anoa á an antor de estos últimos tiempos^ wya sublune jdnnia pinta los servicios de hr historia á la meaioría de los hombres : Yo tibrrr tQ»/mUa»de la Histona ; y de repente he mner-- tt» mkn de la nada; y todm buMen, y se apiiiim i mi alrededor. Que pohlaeüm ! ^m rumerf L09 ieeiertm ee hermosean^ loe anticuas eiudadeg vmebfem á levantur9e al lado dé las nuewis; i» getieraewnés amontonadas nnas sobre- otras salen triunf antes de las tinieblas del sepulcro; y hm mamméen^s de su grandeza^ que se Sedearon del finror de los bárbaros, pairece que tiemblan á su vista. Oyffo- la voz de Catón declarando I» gmrra A los vidos j miro á Bruto y á $h htf& mkotadas; soy testiyo del suspiro de- IHto, y asontpam á Sisipion al capitolio. ¡ Que teaif^ este donde los hombres de todos los siylosypayseé se haUmn congregados; y- atíi hablan, obraH, y hmen ^McÑt uno su papel sin iímbarázcürsei ni
údf^undirse! ¡ Qué p^nde y mageslnoM me parece la tierra después que el hombre' halló el secreto de pintar el pensamiento^ de inmMtalizar el espíritu de los insignes varones, y de hacer re* sonar sus hazetíias de polo á poh mil años despues de muertos f Me parece que veo la mano del hombre detener él tiempo en su veloz car^ rera....
Para ponderar el P. Fn Juan Márquez el asombro y miedo que acompañan siempre á la c<mcíencia de los malos, nos representa la imagen de aquel miedo baxo la figura de ruido, de cuchillo y de azote, en estos términos. Todm las males los señaló la naturaleza , con notas de tenun* 6 de vergüenza. Este es aquel sonido espantoso que dice Job, que suena siempre en- las orinas del tirano, y aquel cuchillo que, á qualquiera parte que vuelva el rostro, le está amena-- zando pesadamente. Este es aquel azote sordo que está hiriendo sin cesar el corazón del deliu" quente»...
Pone Cervantes en boca de D. Quixote con colores mas suaves y apacibles una pintura de la felicidad y simplicidad de la edad de oro, y dice de esta manera. Eran en aquella sania edad todas las cosas comunes: á nadie le era Hecesario, para alcanzar su ordinario sustento, te^ mar otro trabaxo que alzar la mano, y átcanzarle de las robustas encinas qué liberalmente Ifis estaban €onvida$uIo con su dulce y sazonado
fruto. Las claroi fuentes y los corrientes vios en magnífica abundancia les cfirecian sobrasas y transparentes aguas. En ¡as quiebras de las feSías y en los huecos de los árboles formaban su república las solícitas y disertas oAejas^ tfre^ ciendo á qualquier mano^ sin interés alguno^ la fértil cosecha de su dulcísimo trtAaxo. Los va* tientes alcornoques despedian de sf^ sin otro artjficio que el de su cortesía^ sus anchas y tivianas cortezas con ^pie se comenzaron á cubrir las casas sobre rústicas estacas sustentadas, Vodo era pazentonces, todo amistad^ todo concordia : aun «^ se hqbia atrevido la pesada reja del corbo arado á abrir, ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ellUf sin ser forzar dar ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar, y ddeytar á los hijos que entonces la poseían.
mattSBBBBBB
De los Sentimentos del Animo.
Aunque en álgun autor ai^iguo noiaatro se lutUalavoz sentimiento en la significación <le a&etOy no puado determinanne á usarla tomada yÍHaménte en este sentido absoluto; por • que M^ica losc nuestros.,!» han usado en singular «^
eüe eaiOy aino en plixnd^ y mam wá siempct ttcoiiip«Bada de kui pakdbrat líttáMA ; comi^mnH^ mienta del ánimo ; el ánimo^ cu^ «enfinueiilet j 6 también determinada por algún adjinto, ooum» sentimientoB oaaerMOf, sewtimientús piadosas. Y como en cartellaao la palabra setUiudento recibe k» aeepcianes de parecer, dictámeB, opinión, y la naa común y nsual de pesar; de mngon BMdo te pnede ufuir Mbt en lugar de afecto ni afectos, por no ineumr en tan Manifiesta ambí^edn^ que no padeee la iMf^ua francesa, da donde la ban tonmdo con poco exánMa los qne boy la Qscyft. Solo he leído en singnlar «itre nnestroii autores inisticosy qne apnraran la fiíenta del lengnage afectuoso, oentímionto del ufana, sentímiento del corazón. Yo me anr^píento idiora de haberla usado tanbien sin el debida conocimiento en la primera edición de eMa obra* No tuve presente entonces que entre nuestras antiguas comedias hay la de afectos de odio y amoTf cuyo solo titulo, puesto por quien sabia su lengua, puede servir al común desengaño.
El afecto, considerado con^ una afeqcion suave del ánimo, referida al hombre moral, es aqudi movimiento interno y pasagero que preotde i la pasvon antes qne ésta empiece á toMot sn téervescencia. Site perturbación del iniñsm e^el espirita de los rasgos vehemoites é pnlér.» tÍMa> qoiero decir^ de aquella rioqüenoia qii0
exalta ^ ^iteraMe al iifaaa. A# «» qMy *ai toa zfetíQs M excíilaBy nt sus tinprasipata se fta^moi si ^ orador no se sieBle herida desellas; <Y ¿ como podria ooBttior^r los aunaos d qaa* tt*^ fíese el sayo tibio y «raaquüo ?-
Además» • tampoco baste <)iie el arador reciba el movimiento de los aloetos eo geaeral, «si noeslá aaimado del que pretende excitar. Toda lo %tte se me¿^ fríamente^ sala lanada y desmayado i lo que se oonoil^e despejadamente^' se prodacs ocm «laridad; y del mismo modo^ sa expresa con calor lo que se siaate cop entusioa^ mo-: por qao las palabras taiii Ücilmepte na^ cen da ana idea olarat como de nna viva aomh moción.
. Se ^noce si ^1 que habla es diestro pitttiM^.do loa afectos, por 4¡l modo de expresarlos. Toda, fiase ingeniosamente texida, defcuboe mas^la^ agpodeza del talento qne el oalw del emssa^v poes el ijoa está popeido de lo que eieata^ . no>s^ * declara 04^1 i?pdeos^ ^tes toi^a ol^camíimmM^ recto, y siempre el mas natm*al. Acodas >V^ sentencian afectuosas las realza la sencilldz, '^ . sea en la fras^ ya en la dicción. Al ^contyaiif, el escritor neo dé ingeenio y pc^re de afoctoSf' -. pediendo de vístalo simpley .lanatavalt convierte sus conceptos en máximas, poi* .donde se muestra mas el estudio del que disertlt ^qi^a^ia ^ fccilidad . del que siente. Este no sutiliza nii .
geiiéraliaa sus praisamieiitoft para sacar de ello» conseqüencias y reflexiones seateneiosas.
Sin embargo de todo lo dicho» no es absolijtomente preciso que la pasión que debe animar al orador sea pof su naturaleza semc^^nte á la que intente ei^eitar en los oyentes. Nuestra alma tiene dos móviles para conmoverse» el sentimiento, del corazón y la fuerza de la imaginación : el primero tiene sin duda mayor acción^ mas la segunda puede su{4ir su oficio. Asi puede suceder que un orador» sin estar realmente afligido» haga derramar lagrimas al au* ditorio» y hacer que él mismo las derrame. Por la misma razón algunos hombres de una imaginación vehemente pueden inspirar amor á las virtudes que ellos no tienen. En efecto» quando el que habla no habla en su nombre» sino en boca agena» queriendo infundir temor» terror» vei^enza, &C4 á otros; no es indispensable que sienta él mismo éstas pasiones» sino que, poni^&dose en lugar del personage que introduce» le parezca sentirlas ; como acontece á un diestro actor» que conmueve á los expectadores con la relación animada de las desgracias que él en realidad no ha.padecido. Séame permitido traer á este lugar un exemplo ilustre de los efectos que puede causar en nuestros espíritus la imaginación herida por la relación de hechos y acciones sentidamente expresados en aquel furor
de Achiles. ' Dale.Homerp lui deseo ardentisi-^ v^ de gloriai conu) espuela ó aguijón con que a veces, quando vacaba de la pelea, se enceodi^i tañendo y cantando alabanzas de var roñes esforzados ; con lo qual se elevaba en tanto ardor de ánimo, que con toda diligencia procuraba desviar los griegos de encontrarse con Héctor, por no ser defraudado de la glo^ ría de matar por su mano enemiga tan señalado.
Si la imaginación suple el oficio del corazoiif no es por la impresión que hace en el ánimo del que habla, sino por el impulso que comunica al de los oyentes. A la verdad la acción de todo afecto obra mas reconcentrada en el interior del que habla, y la de la imaginación sale a fuera, y se comunica mas libremente á los demás: Y si esta es mas yiolenta, es también, mas breve; pero la otra es mas pvofundfi y dur^-^ dera.
Lo que se requiere en los discursos patéticos es que el orador no baga ingeniosas sus expre* sienes, y que en ellas no se halle sino lo mismo que precisamente dicta la pasión á la lengua, ó á la pluma. Entonces el orador, poseído de la pasión, se íixa en una idea, se suspende, calla, y luego vuelve á ella, casi siempre por exclama^ cion, 6 admiración, declarando lo q^e padece éon rasgos breves, como desahogos interrumpidos dét ánimo. En esta fatiga siempre se^díce mas de lo que se habla, y nunca se expresa cou
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mes cfflcáciá que con la accicm, ó el silencio, de que se tratará en otro lü^r. El orador hábil llena estos intervalos de la reticencia, aqoi de una exclamación, allí de un principio de frase, aquí de algfunos mofiosilabos^ alli de algún suspiro enfático : por que la fuerza de la pasión,* cortando el aliento, y perturbando la mente^ suele partir las palabras; y aun dividir las sílabas. El ahna entonces pasa sin voluntad de una idea á otra; y empezando la lengua muchas expresiones, ninguna acaba.
Véase como el caballero Sydney, desde el calabozo, de donde el dia siguiente debía salir para el suplicio, escribe coii sangre de sus venas este terrible billete, á su muger : querida espomf Tu oráculo se ha cumplido....me han condenado ^ ú muerte como rebelde : mas yo muero inocente^ y digno de tu amor i .€onsúelate....Sí : tu esposo no muere todo enterOi...su aima te espera mas allá del sepulcro. La esposa^ después de haber i m-^ plorado en vano la gracia del cruel juez de la causa, y de verse estrechada por las torpes solicitaciones de este arbitro de la vida del preso, que á tan costoso precio se la prometía, le dice entre valerosa y acongojada: Inhumano! es-, peras que compre con mi afrenta tu clemencia ! Y no puedes ser justo sin que yo sea adúltera ! A...yb no tuve mas que un padre^ y no tendré -mas que un marido. Esposo mio!^..Que ! Tu has de morir; y yo puedo salvarte! No lo puedo*....
Siffo hedepad&cerelódiodemi patríay 6 he dé merecerlo I O I tentación terrible! ídolo del abnawiia! €ree...jaíuere virtuMOf qw yo viviré infeliz, mm no deshonrada.
La seocUiés de la expresión es el sobrescrito 4e los afectos. Y para prueba de que lo que con* mueve los inimos es mas la situación del que habla, ó la naturaleza del asunto^ que las palabras ; léase aqui lo que oyó y vio el autor que lo refiera. Vnn aldeana habi^ enviado á su marido á un lugar vecino, y recibe la noticia que le habiao muerto en el camino. El día sí^uientet diee el autor, estuve en casa del difunto, donde vi un espectáculo, y o( unas razones que jamas olvidaré. El muerto estaba tendido ^n una cama, con las piernas desnudas cagando fuera de ella, y la viuda, desmelenada, y sentada en d. suelo, tenia abrazados los .pies del cadáver, y bafiada ei» lágrimas, y con una acción que las hacia derramar á todos, le decia : Ah ! quando yo te envié ^ no pensaba que estos pies tefíevasen á ¡a nmerteí Una muger de mas alta esfera hubiera si^o mas patética ? No ciertamente ; ^ misma situación le hubiera dictado la misma lamentable exclamación. Lu^go la expresión del dolor, como la del amor, es aquella que todos diriamps en semejante caso, y que, nadie oiría sin sentir en si los efectos de igual pena.
Siguiendo el mismo género de situaciones tiernas y patéticas, no podemos paitar en silencio
la afectuosa pintara' que liace Fr. Luis de Gra-* toada de la Magdalena, quando, después de desclavado Christo de la cruz, y puesto en los brazos de su Santísima Madre, la pinta abrazada con los pies del Salvador, diciendole : / O' lumbre de mis OJOS / 6 quan de otra manera tuve yo estos pies y los lavé qnando en ellos me recibiste!
Mas sentida es aun^ si no tan sencilla, otra exclamación de la misma Magdalena pecadora, -á la qual el P. Malón de Chayde la representa ahogada del dolor, del llanto y del amor, quando se abrazó con los pies de Christo en casa del Fariseo, y vertiendo lágrimas de arrepentimiento, les dice ; 6 pies sagrados^ ^pjte vinisteis del ótelo para buscarme f ¡ quien me dará que muera aqui asida con vosotros f ó pies enlodados^ y coiir sadosen mi remedio! pies divinos... f que os ha* beis de ver clavados por mí, y es verdad que os tengo entre mis manos ! y que lo sufrís ! y que Ine esperáis f •
La sencillez que, como ya hemos dicho antes, (Caracteriza la expresión de los afectos, tiene un cierto ^ubliine que todos conocemos, y no acertamos á definir : y esto es lo mas precioso de tales sentencias, tan poco pulidas y agudas, y al mismo tiempo tan penetrantes. Esta sencillez y sublimidad se oye y se siente en estas amorosas palabras que decia un padre & su hijo : Dirás siempre verdad : á nadie prometas lo que no quieras cumplir : te lo ruego por esos pies que
eaieiUaba yo ctm mis manos qutmdo estabas en la cuna. Qae imagen tan tierna! que recuerdo tan dolce !
Oygamos la sencilla y enér^ca respuesta que tHó un caudillo de saiyages i un gobernador europeo que pretendía hacer transmigrar su tribu : Nosotros, le dice, hemos nacido en esta tierra, y en éUa están enterrados los huesos de nuestros padres ¿ Diremos á los hues<^ de nuestros padres: levantóos y venid con nosotros á una tierra ertraSa?
Antiloco Tiene á dar la noticia á Achiles de la muerte de Patróclo su amig^ en ia pelea : cubierto de polvo y de sudor, y con semblante lloroso U^a ante el héroe, y le dá la triste noticia en tres cláusulas de la mayor sencillez y sentimiento: PtUroch (le dice) ha muerto : se pdéa por su cadáver, .^.Héctor tiene sus armas.
Instas delicadezas elípticas y enfáticas, tan freqüentes en los pasages mas sencillos, s^ escapan á la inteligencia del común de los lectores ; por que, como dice un autor, se puede asegfurár que hay mil veces mas personas capaces de entender á un geómetra que á un poeta : la razón es, que hay mil hombres de buen juicio por uno de buen gusto, y mil de buen g^sto por uno de gusto delicado.
La eloqüencia de los afectos es un talento concedido por la naturaleza á pocas personas. Del ingenio podrá depender el arte de convenc^f.
tnas oo ehle ^rsuayiUr ; el de seduciiv lAas no el ée mover : «caso el í Bienio ado forioará un retórico sutil, pero únicamente un corazkm selistble y grande hará un honsibre «la^ebte : por «que aquel que«^ penetra vivat&eBte de lo patéliéo y flublhiie, no está muy lexos de expresarlo. -
Esta dí^KMDcioh de la eloqUeiioia tienta^ que üorma la unokm del estilo» no oonotpr^eiide las oalidadea brillantes de la elocución^ ni la liarmonia entre el tono y ^1 g^sto, de la qUal «ace la eloqüencia exterior^ Aquí tratamos de aque-^ Ha eloqüencia interna^ de aquella^ que» abriei^ dose paso con una expreeáon sencida y 6. veces inculta, hape poco honor al arte^ y mticho á la naturaleza ; de aquella en fin, pn la qual el orador no es mas que un declamador.
¥ en prueba finalmente de que les 'pasages mas tiernos y sublimes son diotados por «1 ecura- 2on> y no por el artificio, seobserta que A los enamorados se les olvida fácilmente lo que dixeron^l dia autes á su dama, por queden ellos obró la naturálesa^ y no el estudio.
Dxi* aeotiáo del gusto» «queUa facultad ftsica de la leagiia y del, paladar puM disBkÍQgiiír ^1 buen 6 mal sabor deloe attmentcsy ae.^ f^raiado la metáfcmt que par la pialabra guBto ^es|pr^sa el recto juicio de lo 4)erfecto ó íinperfe^ ea tedas las artea. £ste gusto es %q/áel discemiíaiento natoral qne ae anticipa á 4oda reflexión, cono el de la lengao. Para adqmrir y formw esle tacto int^ctualy es menester también costambre y hábito como para d físico : es menester eSLcrcítane en ver como en sentitr, y en juagar de lo bermoeo por los ojos, y de lo bueno por él .sentímiento moral.
Paiala perfección dd juieioderla vista no solo se pide exercicio sino obgetos de comparación. En efecto d que no hubiese vislo otras templos qpe los 'pagodas del Indostaa, y nunca S. Pedao dd Vaticano ¿ cómo podriaigraduarla^iiitancia quehi^y de lo-humUdai lo^nu^gntticQf de-lo^meaquino á lo suntuoso, de lo disforme i U> hermoso, de lo monstruosoá lo regular ?
Quando decimos yt<^to en'las'obras de itigienid, eateademm elbuen ¿fv^o, dbuen diseémimiento, aquel delicado tacto .y fina vista» pava conocer donde están las perfecciones^ y donde líos de&ctos de eUas. Este tacto se adquiere, como hemos dicho, con el hábito, y se ^pesfeedena eon la re-
flexión. Por esto an diestro pintor se arroba delante de un qaadro al descubrir á la primera ojeada mil gracias y primores que no se manifiestan á los ojbs vulgares, que podriau percibirlas con la continuación de ver: Una vista exquisita es un tacto uno, por él qual se perciben cosas de que es imposible dar razón. ¡ Quantas belle^s hay en un paysage ó en un trozo de. poesia, que solo las puede calificar el buen gusto, el qual viene k ser el microscopio del juicio pues bace visibles las mas imperceptibles perfecciones !
' Asi, pues, eñ-el pintor, como en el escritor ú orador, él buen gusto supone constantemente un buen juicio, un largo estudio, un ánimo generoso y tierno, un ingenia elevado, y unos sentidos delicados. Dotados de estas calidades, saben distinguir el uno y el otro los généh)s y las situaciones de' las cosas en que han de exercitar el pincel, la pluma, ó la v<a : son patéticos,' sublimes, graves, blandos, y g^- ciosos según el intento de cada uno y la materia que han de tratar.
Sobre el gusto sd ha escrito mucho : los filósofos le han ñ&iradó baxo de un punto de vista, los retóricos baxo de otro, los metañsicos baxo de otro; y hasta ahora, después de tantas discusiones, análisis y críticas] observaciones, no tenemos una guia segura y general que nos lleve al perfecto conocimiento de esta facultad intelec-
tiial, cúfOH efectos se pueden definir mejof qtlfe ra naturaleza*
Mochas cosas hay en las artes y disciplinas, qne no caben debaxo dé preceptos ni regias, ni dechados^ ni pueden ser enseñadas, ni aun se les puede á veces dar nombre proprio : las quales alcanzaron los hombres de alto ingenio, feliz imaginación y larga eicperiencia. Y sino, dígalo la pintara ¿ quan dificultoso es exprimir con el pincel los afectos del ánimo, y darles la luz y la sombra que han menester? No consiste ni se encierra el trabaxo del artista en hacer un cuerpo ; que también ha de procurar manifestar los sentidos exteriores. Alaban de esto i Lysipo, y él se preciaba de ello diciendo : que los otros ^irtífiees hadan hombres^ y él hada figuraos que paredan hombres. Eufanór consiguió también gran nombre por un Páris que hizo de metal, en que se conocia que habia sido juez de las diosas, enamorado de Helena, y matador de Achiles. Algunos creen que Aiistides Tebáno^lné el primero que alcanzó este primar en aquella tabla donde pintó la toma de Tébas, y entre otras cosas puso un niño que á tiento buscaba la teta de su madre, que de una herida qué 'habia recibido en ella, estaba espirando. Encesta actitud, parecia que'témia la madre no acudiese el niño á (^upar la sangre, porque se le habia muerto y secado ya la leche. Hay también otra particularidad en las artes de ingenio, y que, á dicho
de Ajpelesi es üa principal ea la pintara : llama* banla los griega Agíais^ y los latinas la dixerou Graiia ó Venus f liablando poéticainente. Aplicábasela aqael famoso artista á si solo diciendo : qme ptros Rabian hallado las <|emas calidades de la pintura; mas que la graciat belleza, y ayre iÜ se la habia dado.
No siendo, pnes^ posible señalar «ma kfp ni <an modelo perfecto del ^pitfto.eja materia de elo«» qiiencia, aplicable á todos los géneros de ella, ni 4 todos los jcasos tiempos» y naciones; re* dn^KCámonos á convenir en estos principiof f^^oenh^ dictado^ por la recta y sana razón : que todo lo que ^es correcto, puro» £^U, li»*mMo y natyjnal se llama escrito ó diclio con gasto, es decir, con buen ^g^sto, para qw nos .entendamos en castellano ; y que todo lo que ^ende á .estas .propiedadái, debe» ,por el contrarío» Aenense por vicio con el nombre de m^ygwto^ .
. Sste vicio nace, unas v^ece^ de igaoBancía, otras 4<tjffl¡^pidéz de los.^ntidos, otifas .de denouidada educf^pion, y otiras.de falta de c<»|ierció cortesano y literario, en donde se pule el .entendimiento^. se afina el disc^nimiento, y ,se perfecQÍ|ODa^artede;e3qp)Ve9^4<^ pensami^ntfp <;Qn grácil^, 'olaridad, y .p^^cision. Ilambien nace^ y es aun.fnas vitqperatfle ¡por.sn mal e^tvor plOy de>una extremada sutiljoza y lo^mnia ;de ingenio del es<;ritor, quando se cansa de seguir la copiun senda jdd recto juicio. Entonces ésta
Mrtil€2a, fknpnes de hsber o^rrottipiáo h, Prnaúf conxMBpe* el estilo } qiumdo se prieto )o dificnitoso, tgndo, y Afectado á lo McH sólido, jtatiiraU ^BntoncesbrfMSknper^todM parles lo» af;iidos conceptos, las frases 4fíágmkúpUy los sdomoB poin|AMos que obsaareoea 6 ener^im lasf sentencias, asi como en laspkmtas viciosas la lozanía de las bdjas, y la féonnÜa pi>o)e de los hijos las abogan y roban^ el^^igov. Baxo de estas consideraciones eis mas íSíusHidiirttna idea de lo que se llama ffuato en: el arte de escribir, con exensples del imdo que na áü Imem. En el mial gnstose encierran todosilos vicios de* estiloy que proceden de solnrada ciiltura, eeftsMKo, afiectaciei», sutileza, destem|^nza de colores retóricos, y vanidad de singníariftarse.
Esta cofrnpcion empezó entre nosotros desde principios del reynadode Felipe !¥•: decadencia que sncede ordinariamente á una edad de per*" feccion. - Entonces el escritor que se siente do« tado de gpran talento, quiere abusar de este,* como el mozo muy robusto quiere hacer valentiaa eon so sakid ; y al fin es^ag^an ambos sos liier'- zas. Es condición de la vanidad y anftneion de los ingenios sobresalientes el buscar los ajdausos^ Boporel camino que los ganaron sus anteee** wres'ó rivales. Creen que es humillarse imi«« tsrlos ; y asi intentan sobrepujarlos abriéndose auevas sendas que huyan de las de la naturaleza. Y como todo lo que se aparta de lo bueno, ha
de ser necesariameBAe niMo ; de e^ui es que se pierda la regla y hasta la idea del Weo gusto» y que se saboree el público con extravagancia» ingeniosamente monstruosas. Y en vista de esta fa^il experiencia, que ha sufrido la -ebqüencia en tod^s.las naciones» podemos aármar que el mal gusto es mas un vicio de exceso^ que da £alta« En lo flprido ó encumbrado es donde cabe inmoderación y demasía ; no asi' ea lo sencillo y llanOy .porque en este género no caben ni el buen gusto, ni el mal gusto*
¿ Qué era, pues, este mal gusto entre nosotros^ sino una falsa idea de delicadeza, enei^ia, snUi* midad^ y hermosura ? Enfermó hasta tal gradio el juicio sano de los hombres por la costumbre, que el orador y el escritor median su mérito por la dificultad de explicarse, y los oyentes y lectores por la de interpretarlos. Y si lo hemos de juzgar por lo violento é intrincado del estilo, que ha sido mas de un siglo moda ó manía gene*- tal, ¡ quantos escribieron sin entenderse á si mis» mos!
La mayor parte de aquellos escritos y sermona abundan de todo menos de juicio y discreción» con ser tantos los conceptos y discreciones. .. S^ deshacían sus autores por ostentarse ingeniosos y profundos á costa de la verdad, y de la razón. Las moralidades cubrían de un velo enigmático á la moral, y la afectación dexaba dormir loa afectos : el fin era deleytar y asombrar, y no
tttovery ni persuadir; presentarse no garandes» sino ^gantes, á la común expectación.
¿ Para que nos hemos de cansar en buscar defrniciones del mal gusto ? Si este es el mal estilo, en sus mismos vioíois lo haUarémos pintado* í Que profusión de panmomásias y equiyooos puerfles hacian entonces la gracia de la elocución! ¡ Qnaatm antkesis siméftricos, kipérbdles colosales^ metáforas misteriosas, alegorías mou* struoeas, retruécanos violentos, frases afiligrana-' das, sentencias alambicadas, símiles incoherentes^ conceptos fiedsos, y agudezas de puro sutiles imperceptibles, y quantos otros rasgos y foHages ingeniosos, que no tienen nombre ni námero !
Sobran los exemplos, y sobran los autores de donde se podrian sacar, para manifestación de tan estn^^ado gusto, si no temiéramos fastidiar & loa lectores, á trueco de su desengaño, de que no necesitan tanto en estos tiempos en que la general instrucción, y la luz de la crítica y de la filosofía tienen preservados de seniejante epidemia al orador y al escritor, que no quieren manchar su nombre ; bien que haya algunos que por descuido, ' ó quizá con cuidado, quebrantan las reglas inmutables del arte de bien decir.
4»^
Del Ingenio.
.Bo ifnno JuibrwttM ¡uraÉcndido mmtrar con dtctiWM^oii:«iiipl<Mi y r^xlones guiadas déla filotofiHf laa dfimas. calidades qae cautituyea el taleetb qmtotid, m MW ^vidasemos de la primaria y furócipal que if« el ingfemo, y la que preiide k todaei ¿ De qoe podráui servir ks censíiyos de la aabiduria, los calores de la imaginaeioB, eL oaiktt'fde lo9 afectos» y las reglas del buen goikopara hablar y escribir cea emineiida y aphmso^ al qnie se hallase ^ destituido de esta llana^ d* esta ioí^kiracioii» de este eatusiasnao^ pues coa estat metáforas paéticas se difioe el iugeúo? Este» <Hmsiderado como umt lumbre oeleste que esclarece á nuestro eatendimieBio, ae llama también numefi y genio, personí£cando estos nembres en figura de deidad ó wngú que nos inspira, k dicho de Ovidio, hablando de Íespoetas, est J}eu9 in nobisj para sobresalir en alguna de latf artes de invención, que por esto las llamamos art$» 4ik ingenia.
Ingenie sig^iáca aquella virtud del ánimo y natural disposición, nacida con nosotros mismos, y no adquirida p<Nr arte ó industria, la qual nos hace hábiles para empresas extraordinarias, y para el descubrimiento de cosas altas y secretas. Por esto llamaron los ypegos y latiims ingenio á
la naturaleza de qualquier cosli: y asi tam* bien toda invención en las artes arguye ingenio/ y el que carece de este don nativo» nunca será sino un imitador mas ó menos perfecto de las operaciones de otro. Y no por otra razón decimos que en tal ó tal hombre hay cantera^ ó que tiene cantera, tomándola metafóricamente por ingenio ó talento natural ^e descubre en sus hechos ó escritos^^al modo como de aquella se saca la piedra viva para labrar después los edificios. Por exten* síon 9e llama ingenio toda máquina 6 artificio en mecánica, como las catapultas y trabucos en la antigua artilleria, y los molinos de azúcar ó trapiches, por suponerse ingenio en su invención. Y por otra aplicación análoga damos el nombre de ingenio á la indus- . tria ó maña de que usa el hombre para conaeguir sus fines, por que en estos medios se supone siempre artificio. Por último se Ha* ma por sinécdoque ingenio al mismo sugeto in^ genioso.
Pero, como en la lengua francesa no se dis* tingue particularmente el ingenio del genio, pues no tiene para lo uno y lo otro mas qne el nombre geniej de aqui habrá provenido que en ^stos últimos tiempos, á fuerza de tantaa tra* . dncqiones, se haya introducido en los escritos de algmios de nuestros literatos el abuso de llamar constantemente^ getií|^ k lo que .constante-
tneiite han dicho ingenio nuestros padres y abaelos. En aquella lengua, genie se toma por ingenio mas que por genio^ porque la dicha voz se aplica al arte y profesión de ingeniero, y al iuísmo cuerpo de ingenieros llamado corps du genie; y quando se nombra en particular á üh ingeniero es con el nombre de ingenieur y no de genieur, como parecia mas reg'ular según la radica] genie* Luego, bien podremos decir que el genio traducido á la francesa es nuestro inge* nio verdaderamente castellano.
Entre nosotros, la voz genio vale lo mismo que el natural, la inclinación con que se siente cada uno para el exercicio en alguna ciencia, ó arte, asi como en las de invención se llama numen. Este numen que levanta la mente humana á una región superior, y en cierto modo la endiosa, es aquel espiritu agente que mueve el talento inventor, y abre rumbos no conocidos al discurso. Por esto la supersticiosa admirakcion en la antigua gentilidad dio los nombres ya de genio, ya de demonio á esta potencia intelectual con la que se distinguieron algunos varones sabios por su eminente y maravillosa inteligencia. Este numen era el genio de Platón, y el demonio de Sócrates; la ninfa Egéria que guiaba á Numa; y la corzilla blanca con quien consultaba Sertorío. No sé pudo entonces retratar con otros emblemas mas significativos la luz misteriosa y oculta de la
filosofía, de la ciencia política, y del arte de la guerra. Tanta fué la veneración y respeto que se adquirió el saber soberano de ciertos hombres, que la admiración tuvo que atri^ buir la fuerza de su ingenio á iníluxo sobre-^ natural.
También se toma la voz genio por la misma naturaleza o índole que nos inclina á las obras buenas, o bien a las malas ; porque, como se ha dicho, genius est quod una gignitur nobiscum ; tales son las personas que llamamos de buena ; 6 de mala índole. Pero ninguna de esta^ propriedades, que influyen en la moralidad, pertenecen á lo que entendemos nosotros por ingenio, que es talento superior ó inventivo en las operaciones del discurso, y no del ánimo.
Si alguna vez se ha usado, ó se puede usar, la palabra geniOf es personificándola, tomada entonces por algún sabio singular que ha hecho época en los adelantamientos de alguna ciencia; pero siempre acompañada de algún epíteto, como de divino^ creador^ inventor^ soberano^ ori^ ginal. Diremos muy bien en este sentido el genio de Homero, de Platón, de Aristóteles, de Descartes, de Newton ¡ y no, Homero fué un genio, Platón era un genio, &c. ; porque ésta acepción absoluta nada significa en castellano. Y aun es mas impropia, y menos inteligible^ si^ hablando de las artes amenas, dijésemos, como
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traducido á la francesa : él genio en un poeta ú orador puede ser superior á su gusto. En la eloqUencia puede mas el genio que el arte. — El genio daña á hí sentimientos del orador. — Hay escritores de mucho gusto para juzgar^ y de poco genio para componer.'-^Al que profesa muchas artes le llaman genio universal, &c. Tales son los exemplos que se pueden citar, dexando otros muchísimos vaciados en esta misma turquesa, pues son ya sobrados para el desen-* gaño: y tales los que se leen en la pésima traducción castellana de las lecciones de Hugo Blair.
El nombre ingenio en su común significación se extiende mas allá de los términos^ de las artes amenas, y de imaginación, pues se aplica igualmente al talento sobresaliente en las matemáti-» 'Cas que en la poesía^ en la táctica que en la~ eloqüeucia, en la política que en la pintura, en la astronomía que en la música, y en la física que en la mecánica. Con el arte y el estu-* dio se puede aumentar este talento, mas no ad-' quirir.
No llamamos hombre de ingenio al hombre' de exquisito gusto o de feliz imaginación, si no engendra, produce o crea por si, que es decir» si no trabaja de su propia invención, que decimos también de propio marte en señal de suponerse en el ingenio algo de divino. Lo Muevo y lo singular en los pensamientos no basta
para dar .el nombre de ingenio al orador; es menester que sos ideas sean grandes o sumamente importantes á los hombp^s. Y en este punto se diferencian las obras de ingenio de las originales; porque éstas solo tienen el carácter de la singularidad, y no el de la invención : la qual no debe entenderse solo en la traza y composicion» sino también en la expresión, y estilo. Los principios del arte de bien decir son todavía tan obscuros, tan varios é imperfectos, que el que no es realmente inventor en este género, jamas alcanzará el titulo de grande ingenio* No basta un fino gusto, una delicada crítica, ni conocer lo imperfecto, lo sublime, si no produce nuevas perfecciones, ó las presenta con novedad, que no es pequeña gracia y virtud. Con el gusto se juzga ; y solo con el ingenio se^^ executa. Este ha precedido siempre á toda delicadeza y primor, como sucedió en la infancia de la poesía y de la eloqüencia, y otrais artes, en que las ideas mas sublimes, y las expresiones mas vehementes andaban vestidas en trage tosco y plebeyo. A los primeros héroes pinta la antigüedad desnudos, para representar el vigor y esfuerzo de su naturaleza ; y si vistió alguna vez parte de sus miembros, era con silvestres despojos de sus proprias hazañas, como insignias de trofeo, y no como adornó y com-^ postura. £1 ingenió del orador sugeta al imperio dé sú
{)alabra todo lo criado: pinta á la naturaleza toda con imágenes ; enciende ó apaga las pasiones; y hace hablar al silencio mismo. Lo hermoso toma baxo de su pluma nueva hermosura, lo tierno nueva suavidad^ lo enérgico nuevo vigor, lo terrible nueva sublimidad. Bn fin el ingenio del orador arde sin consumirse.
En vano preguntaría que es ingenio el que no tuviere de el alguna semilla en su ánimo El que queda tibio y tranquilo leyendo las peroraciones de Cicerón por Plancio, por Sextio, por Fonteyo, y recibe como cosa sonora y agraciada los lugares patéticos del francés Masillon, y del español P. Granada, que debian enternecerle y arrobarle ; ¿ qué idea puede tener de este don sublime que la especulación de las definiciones no puede explicar á quien no puede sentirlo? Las maravillas de los afectos de aquellos grandes maestros nada dicen al que no puede imitarlos. Y como el que no puede imitarlos, no tiene en su ánimo centella alguna ^e esta llama divina ; en vano espere producir cosa alguna excelente, ni como poeta, ni como orador. Las reglas del arte son inútiles, y los dechados también, al escritor que carece de ingenio : pues na pu^de crear, ni tampoco imitar, porque quien no siente lo que el maestro siente en tal pasage ó situación, ¿ como sabrá jamas ponerse en aquél caso ? Copie, 6 robe, en-
toncesy los pensamientos ágenos; y véndanos: decpoeis, como el mercader, el trabí^ de otras manos.
Algunos han creído que lo que llamamos ingenio coD^istia en la íe^tension de la memoria : errado conceptQ de entendimientos vulgares, que iiallan4ose con .el cerebro amueblado, digámoslo asi, de pensamientos y frases prestadas, han creído igualar ^ los originales, á los escritores qi]|e ^s^riben de propio numen, como si dixera-^ mos, que trabajan con materiales de su propia nuuuu £1 hom^bre . docto, que cuenta solo con s|i memoria, vien^ á ser el obr^o inferior que vá á las cautcyrias. á escoger el marmo}; y el boxnbire de ing^pio es. el escultor que hace respiri^r la piedra baxo la, forma de la Venus de Gn%é¡Oy 6 del gladiador romano. £1 ingenio, ñ, que puede suplir á la memoria 5 pero jamas ésta al iqgeniq. Cervantes produxo su D. Qnixote, sin haber historia verdadera de tal hÉrqef ni de sus hechos; y Cornelio á Lapide con toda su maravillosa erudición no hubiera hecho una página de la quaresma de Masillen,, ni de las oraciones fúnebres de Bossuet*
SI ingenio, hemos de confesarlo^ tiene tam-. bien sus extravíos ; y suele perderse remontándose en alas de una impetuosa imaginación^ Aquí entra á exercer su oficio un severo gusto, y una sabia moderación, que se forma con . el
estadio crítico dé los maestros del arte; pero siempre con aquel temperamento de no obede^ cer ciega y servilmente al exemplo de aquellos ánimos flemáticos é msettsibles que parece que quisieran arrancar á la eloqüencia sus rayos. Todo lo que está lleno de verdad y razón puede respirar algfuna vehemencia; pero huyendo la ridiculez y fantasía del declamador que, esgrimiendo con palabras huecas» se enardece puerilmente representando con ánimo ^frio lo patético.
La eloqüencia escrita, por estar desacompañada de acción» no necesita menos de lamocion, que la pronunciada. Las Yerrinas, y la segunda Filípica de Cicerón fueron compuestas solo para la lectura» y sin embargo» son acaso lo mas vigoroso y penetrante que tiene la eloqüencia. £1 orador alomnas veces ha de hacer hablar la pasión» y en este caso no debe seguir los pasos lentos y acompasados del disertador. La verdad misma» realzada con la novedad de la expresión, y el calor del estilo» dá mas valor á la justicia de la causa» y gana los votos todos del auditorio.
Digamos en suma: que el orador» ó escritor» dotado de ingenio» quando trata de obgetos que tocan vivamente su corazón» ha de comunicar de necesidad á su estilo los movimientos de su ánimo. Por esto vemos que ordinariamente
Im escritores de ingenio pintan su carácter ensos escritos, y solo de ellos se dice qne tienen . SQ estilo propio, aunque otros les excedan^ tal Tez en mas hermosa y espléndida elocncien.
TRATADO
DC I.A
ELOCUCIÓN.
Obspues de haber sentado los principios generales y prácticos de la eloqüencia en sabiduría, imaginación^ afección, gusto é ingenio, que son los cimientos de ella ; falta tratar ahora, en particular, de las virtudes y reglas de la expresión, sin la qual quedarían sin uso aquellas calidades intrínsecas y elementales del talento oratorío.
Consideremos la elocución como calidad propia y privativa de la eloqüencia, y asunto peculiar de la retóríca ; porque la loctuíion tiene muy estrechos limites, y depende de la gramática immediatamente. Y parece tan claro y natural que del nombre elocución sacase el suyo lá ejioqiíencia, que por aquella se ha señalado siempre el méríto de los oradores, pues es Ift que forma las diferencias de estilo, y constituye
el vigor, la estructura, y el ornato de las sentencias.
Dividen los retóricos la eloctidan en dos principales partes: elección de las palabras, que es la dicción ; y composición ó conveniente colocación de ellas, que es el estilo. A la primera parte pertenece la contextura y distribución del periodo, de la qual nacen, seg^n el enlace y propriedad de las palabras, la claridad, la corrección, el número y la hanoaonía; y la segunda^comprehende la coordinación oratoria, la facilidad,' la naturalidad,, la variedad» la preci* sion, el decoro, y Isus otras virtudes accesorias en la manifestación de los pensami^itos ; yá con la gracia, delicadeza^^ explendor y varieM dad ; y á con la elevación, grandeza, «vigov; 6 novedad de la expresión, que dan todo el mérí-* to y valor á nuestros discursos*
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