Filosofía de la Eucaristía · Unidad 1 de 48

Unidad 1 · SAS Lo AA BO

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FILOSOFÍA

DE LA

EUCARES TILA

POR

JUAN VÁZQUEZ DE MELLA

EUGENIO SUBIRANA, EDITOR PONTIFICI PuERTAFERRISA , 14— BARCELONA — 1808

IMPRIMATUR Barcinone, 1 decembris 1927.

+ JOSEPH, EpISCoPUS BARCINONENSIS.

De mandato Excmi. Dni. Episcopi, Dr. Frasciscus M.” ORTEGA DE La LORENA, Secretarius Cancellarius,

ES PROPIEDAD

CoryricHT 1928 ny EUGENIO SUBIRANA

PRÓLOGO

Muchos prelados insignes y teólogos eminentes que han visto antes que yo este jugoso libro del Sr. Mella, Filosofía de la Eucaristía, hubieran aceptado gustosos cualquier indicación de su autor para prologarle, convencidos de que no sólo no hay nada en él que contravenga en lo más mínimo al dogma y a la moral, sino que debe cuanto antes publicarse, por ser utilísimo y provechoso para todos, así católicos, como protestantes y disidentes de nuestras adorables creencias. Pero el Sr. Mella, sin saber por qué, se ha obstinado amigablemente en que sea yo el prologuista, y es preciso complacerle. ¡ Genialidades de los grandes hombres que se hacen más pequeños por el cariño, cuanto mayores son por el talento!

Y ahora me alegro de la ocurrencia, porque

me da motivo para manifestar algunas cosillas

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ENTOSUEPA. DE LA EVUCARIN O A AN

que, de otro modo, quedarían sepultadas en ] más hondo del tintero. >

Sea la primera, el decir que este libro es fiel cumplimiento de una promesa hecha por el autor en el Sanatorio, un día memorable para él y para cuantos le amamos de verdad. Acababan de hacerle una grave operación quirúrgica los eminentísimos y a la vez bondadosísimos y simpatiquísimos doctores militares Gómez Ulla y Herrer, con el éxito más satisfactorio que podía esperarse, y más en un diabético, pareciendo a todos sorprendente y admirable dicho resultado.

Después de administrarle la Sagrada Comunión (que recibió con íntimo recogimiento), quise exhortarle a dar gracias a Jesucristo, no sólo por el acierto que había puesto en el pulso y bisturí de los médicos, sino también por los beneficios inmensos que en toda su vida y a manos llenas le había prodigado, aun en medio de sus muchas amarguras y tribulaciones. ¡En buena hora lo hice! El exhortado más bien fuí yo. Su lengua rompió en un himno tan elocuente como ardoroso de alabanza y adoración, que jamás olvidaré. No

hablaba él, sino Jesucristo en él. Sólo me atreví

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