Genio y figura · Unidad 2 de 16
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El oficio de darle consuelo le parecía gratísimo y en su modestia llegó a creer que él, y no ella, era el verdadero consolado.
Cada día simpatizaba más con Rafaela. Se ponía melancólico cuando estaba lejos de ella. Y no bien despachaba los asuntos de su casa, se iba a acompañarla en la fonda donde ella vivía.
Con rapidez extraordinaria tomó Rafaela sobre el viejo omnímodo ascendiente y le ejerció con discreción y provecho. El Sr. de Figueredo estaba en borrador, y Rafaela se propuso y consiguió ponerle en limpio, realizando en él una transfiguración de las más milagrosas.
Ella misma sabía por experiencia lo que era y valía transfigurarse. No recordaba de dónde había salido ni cómo había crecido. En Cádiz, en el Puerto, en Sevilla y en otros lugares andaluces, había pasado su primera mocedad, tratándose con majos, contrabandistas, chalanes y otra gente menuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vez hasta los señoritos. Así es, que en dicha primera mocedad, había sido algo descuidadilla. En Lisboa fue donde se aristocratizó, se encumbró, y con el trato de los _janotas_, acabó por asearse, pulirse, adobarse y llegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento más exquisito.
El desaliño y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, como ella era tan pulcra, le causaban repugnancia. Puso pues, en prensa su claro y apremiante entendimiento para insinuar el concepto y el apetito de la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr. de Figueredo. Con mil perífrasis sutiles y con diez mil ingeniosos rodeos le hizo conocer, sin decírselo, que era lo que vulgarmente llamamos un cochino, y logró hacer en él, con la magia de su persuasiva elocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compañeros de Ulises, a quienes dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habló de lo conveniente para la salud que eran los baños diarios, y el frotarse, fregarse y escamondarse con jabón y con un guante áspero, que infundió al Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y las hizo, y ya parecía otro y tan remozado como si él no fuese él sino su hijo. Luego fue Rafaela a la _rua do Ouvidor_, donde están las mejores tiendas, y en la perfumería de moda, compró cepillos de dientes y pelo, polvos y loción vegetal para limpiárselos, y aguas olorosas, cosméticos, peines y otros utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizo Rafaela a D. Joaquín, que tal era el nombre de pila del Sr. de Figueredo. Y bueno será advertir en este lugar, porque yo soy muy escrupuloso y no quiero apartarme un ápice de la verdad, que pongo el Don antes del Joaquín por acomodarme al uso y lenguaje de España, porque en Portugal, y más aún en el Brasil, son rarísimos los Dones y sólo le llevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el Brasil, si no recuerdo mal, sólo habría media docena de Dones en todo el Imperio. Las señoras en cambio tienen todas, no sólo Don sino excelencia, y hasta la más humilde es la Excma. Sra. doña Fulana: prueba inequívoca de la extremada galantería de los portugueses.
A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame _Don_ al Sr. de Figueredo, porque, como al fin se casó con Rafaela que era española, y esta dio en llamarle mi D. Joaquín, todos los amigos y conocidos, y llegó a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el _mi_, le dejaron el _Don_, y él acabó por ser universalmente _donificado_. Pero no adelantemos los sucesos.
-VI-
Mucho se ha discutido, se discute y se discutirá, sobre si la amena literatura y otras artes del deleite, estéticas o bellas, deben o no ser docentes. Afirman muchos que basta con que sean decentes, sin procurar fuera de ellas fin alguno, y sin enseñar nada: pero es lo cierto, que la creación de la belleza, y su contemplación, una vez creada, elevan el alma de los hombres y los mejora, por donde casi siempre las bellas artes enseñan sin querer, y tienen eficacia para convertir en buenas y hasta en excelentes las almas que por su rudeza y por los fines vulgares a que antes se habían consagrado eran menos que medianas, ya que no malas. Algo de este influjo benéfico ejercieron en el espíritu de don Joaquín las bellas artes de Rafaela. No me atreveré yo a calificarlas de decentes por completo, pero no puede negarse que fueron docentes. Ella las ejerció con certero instinto, superior a toda reflexión y a todo cálculo. Procedió con lentitud prudentísima para que la transfiguración no chocase, ni sorprendiese en extremo, ni al público que había de verla, ni al transfigurado que en su propio ser había de realizarla.
Escamondado ya interiormente D. Joaquín, Rafaela le obligó a que se afeitase casi de diario y a que se cortase bien las canas, que limpias, lustrosas y alisadas tomaron apariencia de venerables.
A fin de que todas estas reformas fuesen persistentes y no efímeras, buscó Rafaela para su amigo, en vez del negro ignorante que antes le servía, un excelente ayuda de cámara, gallego desbastado, ágil y listo.
Después, y siempre poquito a poco, fue modificando el traje de D. Joaquín, empezando por los pantalones, que, como se los pisaba por detrás, los tenía con flecos o pingajos, que solían rebozarse en el lodo de las calles. Después declaró Rafaela guerra a muerte a toda mancha o lamparón que sus ojos de lince descubrían en el traje de D. Joaquín, resultando de esta guerra la desaparición completa del antiguo vestuario, que apenas pudo servir ya para los negros desvalidos, y la adquisición de otro nuevo, hecho en Río con menos que mediana elegancia. Pero Rafaela era insaciable en su anhelo de perfección; y, deseosa de que D. Joaquín estuviese, no sólo aseado, sino _chic_, y como ella le decía, hablando en portugués, _muito tafulo_ o _casquilho_, hizo que le tomasen las medidas y escribió a París y Londres encargándole ropa, que no tardaron en enviarle. Como por los pantalones era por donde más había claudicado, mandó Rafaela que se los hiciese en adelante un famoso sastre especialista, _culottier_, que por entonces había en París, _rue de la Paix_, llamado Spiegelhalter. De los fracs y de las levitas se encargaron en competencia Cheuvreuil, en París, y Poole, en Londres. Las camisas, bien cortadas, sin bordados ni primores de mal gusto, pero también sin buches, vinieron de las mejores casas parisienses que a la sazón había, correspondientes a las de Charvet y Tremlett de ahora. Y por último, como Rafaela aspiraba a que todo estuviese en consonancia, hizo venir de París el calzado de D. Joaquín, encomendando al Hellstern o al Costa, que florecía en aquel momento histórico, que reforzase con clavitos los tacones y que pusiese los contrafuertes debidos, para que D. Joaquín perdiese la perversa maña de torcer y deformar, como solía, botines y zapatos.
En resolución, y para no cansar más a mis lectores, diré que antes de cumplirse el año de conocerse y tratarse D. Joaquín y la bella Rafaela, él, con asombro general de sus compatriotas, parecía un hombre nuevo: era como la oruga, asquerosa y fea durante el período de nutrición y crecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplan sus altos fines, transforma la mencionada deidad en brillante y pintada mariposa.
-VII-
Como aún me queda no sé qué escozor y desasosiego de no haber dado, a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguración visible y palpable que en D. Joaquín se había verificado, quiero hablar aquí de un solo perfil o toque, a fin de que por él se infiera, rastree y calcule el cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tenía además la vista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, que en el Brasil y en Portugal llaman _cangalhas_. Siempre las tenía prendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, se las apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, lo cual no era nada bonito. Así es que Rafaela hizo que suprimiese las _cangalhas_ y que, en lugar de ellas, gastase monóculo. Todo, pues, contribuía a que tuviese el aspecto _fashionable_, atildado y digno de un antiguo diplomático jubilado.
A su rara discreción y al entrañable afecto que había inspirado debió Rafaela los mencionados triunfos; pero los debió también a sus lisonjas, llenas de sinceridad y fundadas en fe _altruista_. Esto requiere explicación, y voy a darla.
Seriamente no es lícito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaquín; pero sí puede, y debe afirmarse, que le cobró grande amistad y le estimó en mucho, considerándole casi un genio para todo aquello que a la crematística se refiere. Y como se lo decía, dándole encarecidas alabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin el menor artificio. Así el imperio que sobre él había adquirido se hizo más firme y más completo.
No se vaya a creer que presentamos aquí a Rafaela como un pozo de sabiduría. Su educación había sido descuidadísima, o mejor dicho, Rafaela no había recibido ninguna educación; pero naturalmente era muy lista. En sus ratos de ocio, había aprendido a leer y a escribir, aunque escribía sin reglas y apenas leía de corrido. Sólo había leído algunas novelas y los periódicos. Como tenía buen oído, excelente memoria y notable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primor y gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa además, con el trato constante de la gente fina, se había soltado a hablar en portugués y hasta a chapurrear el francés un poquito. Pero lo que mejor adquirió, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas, sino en la conversación y trato de personas de mérito, fue un temprano y pasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntos que se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela tenía disposición maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nada comunes.
Comprendido así el carácter y el entendimiento de Rafaela, no parecerá inverosímil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo en resumen rápido, sin entrar en pormenores.
Luego que consiguió informarse con exactitud de lo que importaba todo el caudal de don Joaquín, concibió un plan económico muy hábil, e hizo que él le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como había cambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividió en dos partes los cuantiosos bienes de D. Joaquín. A la parte más pequeña, aunque suficiente para el fin a que ella la destinaba, llamó capital triunfante y beatífico. Y a la otra parte, muchísimo mayor, llamó capital militante.
El capital triunfante y beatífico estaba compuesto de predios rústicos y urbanos y de valores públicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabe en la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes y reveses de la fortuna.
De la renta de dicho capital, que no había de ser ni alterado ni mermado, viviría D. Joaquín con grande esplendor y lujo, y cuanto sobrase, sin hacer ahorros mezquinos, se dedicaría a obras de caridad y a socorrer y a aupar a los parientes pobres y menesterosos, de quienes en manera alguna debe avergonzarse quien los tenga, si bien ha de procurar ponerlos en situación de poder alternar con ellos sin el disgusto que causa el alternar con gente zafia, hambrienta y mal vestida.
Hecho esto, y asegurada ya una vida holgada, cómoda y generosa, D. Joaquín quedaba con un gran capital militante para no tenerle ocioso ni estarlo él, sino para emplearle y emplearse en empresas, no mezquinas y ruines, sino grandiosas, y tanto para él como para la nación a que él pertenecía, y aun para la sociedad entera bienhechoras o productivas. Hasta entonces D. Joaquín, según Rafaela le hizo notar y comprender, no había creado riqueza alguna: no había hecho más que dislocar la de los otros, absorbiéndola y acumulándola por medios ingeniosos, más o menos de acuerdo con la moral, pero que no infringían el menor precepto de los códigos.
En esto se empeñó y consiguió Rafaela que D. Joaquín cambiase de método y conducta. En adelante no había él de ganar un solo _rei_ que presupusiese que otro le había perdido, sino que había de ser un _rei_ nuevo, si añadido a su caudal, añadido también a todo el acervo de la riqueza de su nación y hasta del género humano.
En ninguna región del mundo mejor que en el Brasil podía entonces conseguirse esta creación de la riqueza, aplicándose a tareas agrícolas, industriales, mercantiles y constructoras. El territorio dilatado y fertilísimo, la coexistencia en él de todos los climas y de las producciones más varias, la apenas explotada virtud productiva del suelo y del subsuelo, la carencia de vías de comunicación que convenía abrir, los ríos caudalosos de curso dilatadísimo que se podían navegar, y las risueñas y pomposas florestas vírgenes, bellísimas, pero inútiles al hombre, que convidaban a que su codicia y su trabajo las trocase en plantíos y sembrados ubérrimos, todo esto más que indicio era prueba evidente de que, si D. Joaquín consagraba su ingenio, su actividad y el capital ya acumulado a producir objetos provechosos a la generalidad de los seres de su especie, podría hacerse mucho más rico de lo que ya era, mereciendo, en vez de ser aborrecido, que sus conciudadanos le mirasen como a un bienhechor con gratitud y con respeto.
No bien Rafaela trazó este plan, el obediente y sumiso Sr. de Figueredo le aceptó y empezó a realizarle.
En la parte primera del plan había un punto que Rafaela no quiso tocar, ni menos señalar, no por hábil, sino por modesta y desprendida. Este punto le adivinó, le tocó y le señaló el propio D. Joaquín, impulsado por el afecto y por la admiración que Rafaela le infundía. Sin duda para animar y alegrar su magnífico hotel, necesitaba D. Joaquín de mujer propia y elegante que en él viviera. ¿Y quién había de hacer este papel y ejercer este cargo mejor que Rafaela? Es cierto que ella, aunque nos sea muy simpática y nos duela decirlo, era lo que ruda, cruel y groseramente se llama una perdida. Pero D. Joaquín nada tenía que perder tampoco en lo que toca a buen nombre y fama. No eran en esto dos nulidades o ceros cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades negativas que se convierten en positivas al multiplicarse.
Rafaela no empleó ni ardid, ni astucia, ni embustes, ni retrechería, ni ningún otro artificio de los que suelen emplear las mujeres para proveerse de un marido y sobre todo de un marido rico. Él fue quien solicitó y quien rogó para el casamiento. Ella consintió al cabo, porque le deseaba y le convenía, pero en todo puso y lució su lealtad, su franqueza y su desprendimiento. Y no fueron menos dignos de aplauso la moderación y el talento con que ella supo, ya que no evitar, amortiguar el escándalo y el ruido. Para que no hubiese la cencerrada moral de las hablillas, tomaron ambos, sin asesorarse con persona alguna, la resolución de casarse, y se casaron luego, al año de conocerse, sin boato ni fiestas y como si dijéramos a cencerros tapados.
Rafaela fue desde la fonda a instalarse en la casa de su marido: en el hotel que ella le había hecho comprar y amueblar con el mejor gusto. Ella eligió para la servidumbre los criados blancos que más convenían, y los esclavos negros más hábiles y de mejor facha. El jefe de la cocina era gallego, como el ayuda de cámara del señor, pero tan diestro e inspirado artista como en las edades pretéritas pudo serlo Ruperto de Nola y como puede serlo en el día el más aventajado y brillante discípulo de Gouffé o del glorioso Antonio María Carême, más que _oficial_, príncipe _de boca_.
El cocinero de los Sres. de Figueredo era cosmopolita en su arte, poseyendo el de la clásica cocina francesa y lo más selecto de la antigua y hoy degenerada cocina española. Se pintaba solo además para confeccionar guisos y _acepipes_ a la brasileña, y para preparar ciertas legumbres del país, como _palmito_ y _quinbombó_, haciendo deliciosos _quitutes_, según en Río de Janeiro se llaman.
Con tales aprestos, D. Joaquín, mejorado de facha, empezó a ganar amigos; y Rafaela, bien vestida, mejor hablada, decorosa e insinuante, fue haciendo olvidar su vida pasada, se introdujo poco a poco entre la flor y la crema de la sociedad, abrió sus salones y convidó a su mesa a lo más encopetado y aristocrático de todo el Imperio: a los poetas, a los Ministros, a los oradores, a los diplomáticos y a los militares.
-VIII-
Todas las anteriores noticias sobre la Sra. de Figueredo y algunas otras que se omiten en obsequio de la brevedad, se las dio al inglesito mi amigo el Vizconde de Goivo-Formoso, cuyo conocimiento y amistad con Rafaela tenían ya fecha muy larga. La había conocido y tratado desde su primera humilde aparición en la gran ciudad de Lisboa, cuando ella no desdeñaba aún, sino que estimaba como el más delicado obsequio y regalo, que algún amigo generoso la llevase al _Retiro de Camoens_, taberna, _casa de pasto_ o figón muy frecuentado y celebrado, a comer los excelentes _petiscos_ que allí se hacían y a beber los deliciosos vinos de Colares y de Bucelas que allí se escanciaban.
Enteramente cambiadas las cosas en el momento de que vamos hablando, Rafaela tenía toda la traza de una dama de muy alto copete, y, sin aparecer orgullosa y soberbia, mostraba cierta dulce majestad y aristocrático decoro.
No frecuentaban mucho su casa ni su tertulia las señoronas del país; pero esto le importaba poco y nada hacía para conseguirlo. De lo que ella gustaba, era de reunir en torno suyo lo más selecto de los caballeros, y lo había conseguido. Sus salones parecían un club, que tenía a una mujer por presidenta, o regio alcázar donde figuraba ella como reina en día de besamanos. Las señoras, por lo general de medio pelo, que se allanaban a ir a la tertulia, no parecían sus iguales, sino las acompañantas y servidumbre de una princesa o las figurantas y coristas que rodean en el escenario a la encumbrada y aplaudida _prima donna_. Manifestó Juan Maury no pequeña curiosidad y deseo de enterarse de cuanto se traslucía y decía acerca de cierto punto un tanto escabroso. ¿Cuál había sido y cuál era la conducta de la señora de Figueredo desde que se casó hasta aquellos días? El Vizconde de Goivo-Formoso quiso indudablemente satisfacer con franqueza la curiosidad del joven inglés; pero, como hay cosas que no se ven a las claras y que suelen quedar en la penumbra o envueltas en más o menos densa nube de misterio, el Vizconde no atinó a poner en claro la certidumbre de los hechos, y se limitó a presentar hipótesis, no fundadas en pruebas fehacientes, sino en sospechas y en indicios vagos.
Como quiera que ello sea, yo voy a dejar hablar al Vizconde. Oigamos lo que sobre este particular decía:
--Rafaela es, a mi ver, una mezcla de extrañas cualidades. Las espontáneas, las que debe a la naturaleza inculta, sin modificación ni mejora, tienen cierta bondad radical. Sobre las que debe al arte hay que decir no poco, empezando por hacer una distinción.