Genio y figura · Unidad 8 de 16

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Sólo el vizconde, testigo de aquella escena, pudo comprender sus causas y explicar su significado.

Don Joaquín no volvió a servirse del bastón, porque Rafaela le dijo que el verle le hacía daño.

En efecto; Rafaela era una criatura muy singular. Al principio halló chistosa la equivocación de su marido y se rió de todas veras, con placer semejante al que produce la representación de un grotesco sainete; pero la tenaz persistencia de la escultura en sus muecas y visajes le produjo un efecto muy raro. Del mismo modo que al restregar un fósforo se hace brotar la llama, se diría que aquella figura, con sus persistentes y fantásticos movimientos, le restregó las telas del cerebro, y barriendo de allí las imágenes ridículas, hizo aparecer el cuadro vivo de tristes sucesos a que ella había dado ocasión, cuando no causa, y la no menos viva representación de la deplorable facilidad con que ella, casi sin saber cómo, había abandonado, en un momento de alucinación, los sinceros propósitos y los excelentes planes que le había hecho concebir el Padre García. Tal vez en la misma noche en que Arturito y el gaucho reñían un duelo a muerte, ella con el inglesito se había olvidado de todo. El puño del bastón, con su monstruosa y semi-humana figura, de repente se trocó en un espectro para ella; en un espectro que acudía a atormentarla con burlas espantosas.

La señora de Figueredo, con todo, no se ahogaba en poca agua ni se asustaba por cualquier niñería. El ahogo y el susto pasaron pronto. Todas las cosas volvieron al ser que tenían.

El inglesito llegó a ser íntimo en casa de Rafaela. Don Joaquín concibió por él mucho más cariño que el que tuvo al gaucho, y casi estamos por afirmar que un poco más que el que tuvo a Arturito. Hasta la propia _Madame_ Duval le cobró mayor amistad, le consideró más que a nadie y le miró como si fuese el señorito hijo de la casa, hablándole siempre en inglés y dándole el tratamiento de Master John.

Pasado este incidente, advertido sólo por el vizconde de Goivoformoso y por los tres actores principales, empezó y transcurrió una época brillantísima para el hotel de los señores de Figueredo y famosa en los anales de la _high life_ fluminense. Banquetes, animadas tertulias, bailes, lucidas cabalgatas y hasta giras de campo se sucedían con corta interrupción. El inglesito no faltaba jamás en estas diversiones. Y Rafaela, como el sol en el meridiano, resplandecía por su hermosura y elegancia y parecía dichosa. Lo que es D. Joaquín no se mostraba menos elegante ni menos satisfecho, aunque sí harto menos bonito, y dejando notar en la flojedad de sus piernas y en el temblor de sus manos que lo que llaman vulgarmente el _bajón_ iba llegando para él, y que así para él como para los demás mortales, no pasan en balde los años.

-XXII-

Pronto pasó uno más, cuando ocurrió algo que, si bien hubiera debido preverse, fue muy doloroso para Rafaela. Juan Maury, trasladado por su gobierno con ascenso a una Legación de Europa, tuvo que abandonar a Río de Janeiro. Rafaela sintió sin duda grandísimo pesar, pero no le faltó energía para disimularle, y a los ojos del público apareció impasible y serena, así en los días que precedieron a la partida de Juan Maury como después de su partida.

Lo que pasó, durante aquellos días, en el corazón de Rafaela, no lo supo más que una persona. Rafaela no se lo podía ni se lo quería decir a _Madame_ Duval, por juzgar sobrado sublime su secreto para hacer partícipe de él a tan vulgar personaje. Ni podía ni quería tampoco confesarle al Padre García, por considerar su secreto profano y por no ver en él culpa acompañada de arrepentimiento.

Rafaela, no obstante, sentía la necesidad de desahogar con alguien su corazón, hablando de sus penas. Y como su único, constante y muy íntimo amigo en la ciudad era el Vizconde de Goivoformoso, a quien trataba desde que ella había llegado a Lisboa, Rafaela reconoció que sólo el Vizconde era su posible confidente, y habló con él de todo, si bien con mayor seriedad, con el mismo desenfado y con la misma franqueza que empleaba para hablar con él cuando, hacía ya más de diez años, él y ella iban a merendar o a cenar juntos en el _Retiro de Camoens_.

Después de la ida de Juan Maury, Rafaela, a fin de evitar las hablillas y para que no se burlasen de ella afectando compadecerla como a mujer abandonada, siguió recibiendo por las noches y procurando que su tertulia no estuviese menos concurrida ni menos alegre que antes.

Las expediciones campestres de D. Joaquín a la _chácara_ y las frecuentes jaquecas de que ella padecía, eran recursos de que no se había desprendido ni quería desprenderse. De estos recursos se valió entonces, no en pro del amor, sino en pro de una antigua y constante amistad, de la que esperaba consuelo y alivio en sus penas. Deseosa de hablar reposadamente con el Vizconde, le citó para una noche en que no recibía a los demás tertulianos, y tuvo con él el coloquio que vamos a reproducir aquí.

Después de los amistosos saludos de costumbre, con la inveterada familiaridad de siempre, y tuteando al Vizconde como solía, Rafaela le dijo:

--Tú eres mi mejor amigo, lleno para mí de amabilidad y de indulgencia. A solas contigo, no sé disimular: todo lo confieso: pienso alto. No me lo agradezcas. Yo soy quien debe mostrarte su gratitud. Si yo no pudiera decir a alguien lo que siento, si no te tuviera a ti para decirlo, creo que mi corazón estallaría como una bomba.

--Pues, hija mía, di cuanto se te ocurra, que pronto estoy a escucharte y a consolarte si puedo.

--De sobra--replicó ella--sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que no sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones. Otros hombres me han inspirado simpatías más o menos vehementes. Por ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha impulsado no sé qué extraña misericordia, no sé qué endiablada generosidad, que califico de perversa, y no sé qué vanidosa estimación de mi propia hermosura. He sido como engreído artista que anhela mostrar la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen perito. He sido como el poeta que, por más esfuerzos que hace, no sabe resistir a la tentación de recitar sus versos a quien juzga persona de gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los quilates de perfección y de belleza que contienen. Esta soberbia mía y el benigno afán de conceder yo venturas, sin pena para mí, sino tal vez con deleite, han sido la causa de no pocos extravíos y ligerezas que deploro. La gente me calificará de mujer galante y enamorada. Pero, si bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una combinación de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y empeño vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa cierto cariño, todo el valer, toda la lozanía y toda la potencia deleitable y beatífica de la propia persona. Pero esto no es el verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he leído, yo no tendría de él ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido predilección no pocas veces. Tú, por ejemplo, y no quiero lisonjearte, has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido el amor perfectísimo de que nos habla la poesía. Mi alma ha tenido sus predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al único, al verdadero y legítimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin él no se concibe goce. Las aspiraciones todas del espíritu, la fe en el mérito y excelencia de un ser extraño, el ansia de inefables placeres, todo, según dicen, se pone y se busca en el amado, el cual sólo podría tener rival en Dios, si lográsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en espíritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la tierra, rival el amado. Yo no había llegado ni me consideraba capaz de llegar a tan gentil idolatría. Sólo he entrevisto y columbrado así la capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde que fui de Juan Maury. Pero él, bondadoso, agradecido, con notable afecto hacia mí, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni de su egoísmo, siempre me consideró como a una buena mujer, aunque harto ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unión completa e indisoluble entre dos corazones humanos, jamás imaginó que pudiera enlazar su corazón con el mío. Yo entiendo que esto no llega a conseguirse jamás con súplicas y excitaciones de una parte. En ambas, para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontáneo. Además, yo soy orgullosa y detesto la ficción y la mentira, aunque la piedad las motive. De aquí que al amor ideal, al amor exclusivo y único, que iba a brotar en mi alma, por primera vez y como flor tardía, le corté yo las alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le censuro. Ha hecho bien. Ni él podía darme ni yo podía exigirle amor constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no el que ya vivía y ha muerto. Hasta en mi propia alma había obstáculos invencibles contra el nacimiento del amor, obstáculos que hubieran combatido contra él para darle muerte apenas nacido. La amistad que me inspira Joaquín Figueredo, mi gratitud hacia él, la estimación que le tengo, al ver en él un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado antes bajo las ruines condiciones de su sórdida existencia primera, y que yo he descubierto después, así para mí como para la generalidad de los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinación viciosa de mi naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno en que me he criado. Inútiles han sido mis propósitos de serle fiel; pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejándole ver con claridad mi desvío, siendo con él cruelmente ingrata. Tengo por cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de él por completo, todavía hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaquín Figueredo, sin los cuidados y la ternura que hoy más que nunca necesita y que yo le dedico. Por esta consideración, casi me alegro de que Juan Maury me haya dejado y se haya ido muy lejos. Más vale que amor no nazca que no que muera en terrible lucha con una obligación que juzgo sagrada. Acaso halles tú harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo que siento aunque te parezca inverosímil. Hoy, perdido para mí Juan Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual único fin de mi vida el propósito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible, y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su muerte.

El Vizconde oyó con placer este en su sentir bello discurso, y le oyó también con asombro, porque apenas había hablado íntimamente con Rafaela desde que, en la aurora de la vida de ella y de él, tuvieron ambos frecuentes y encantadores coloquios en el famoso figón de Lisboa, llamado _Retiro de Camoens_.

En extremo se pasmó el Vizconde del extraordinario progreso del espíritu de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazón en elevaciones morales. Él pensó, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaquín, no se habían opuesto hasta entonces, ni se opondrían en lo futuro, a ciertos dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pensó también que Rafaela estaba afligidísima porque no había podido nacer en ella el amor puro. Y pensó, por último, que para consolación de tantas cuitas, y vista y declarada la imposibilidad del amor puro, aún podría servir el mixto, tal como Rafaela le entendía y le había descrito, o sea la combinación de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallardía y de la sed del deleite.

Rafaela estaba bellísima: incomparablemente más bella que allá en Lisboa, en la plaza de toros o en el _Retiro de Camoens_. Entonces era diamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzado en cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda y desabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, rica en flores odorantes y pomposas y en los frutos más exquisitos y sazonados.

Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto la mente del Vizconde, y movido además por el deseo, por el cariño y hasta por la obligación en que se creía de ofrecer consuelo, a fin de no pasar por descortés y por sandio, el Vizconde recordó con viveza las antiguas intimidades y mostró con mayor viveza aún el prurito de renovarlas. Pero se llevó chasco y se quedó frío.

Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sin descomponerse con violencia y con enojo, le rechazó de modo tan resuelto y tan firme, que se disiparon las ilusiones que él se había forjado y reconoció que sólo con amistad podía consolar a Rafaela y ella quería ser consolada por él.

El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizo bien el papel de confidente y amigo. Así el coloquio duró aún más de una hora. Rafaela volvió a hablar de su pena, de su aspiración no cumplida de amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tenía, celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury. Declaró por último su firme propósito de consagrarse en adelante a la amistad sólo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Para esto, para que fuese su íntimo amigo, había citado al Vizconde. El otro amigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quería seguir endulzando hasta que llegase a su fin e iluminándola con luz hechicera, era el señor de Figueredo.

Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaela tocó la campanilla, vino _Madame_ Duval y sirvió el té con bizcochos, pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que había en la _chácara_ de Petrópolis.

El Vizconde tuvo que irse después por donde había venido, con el contento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, y con la melancolía de que fuese ya otra su forma, harto más sutil, depurada y etérea que en lo antiguo.

-XXIII-

Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la persona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta de Rafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquio con el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba en realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes. Entonces aún no había ferrocarril hasta Petrópolis. D. Joaquín, que había envejecido, aunque gustaba de ir allí, se fatigaba mucho y Rafaela se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba y compartía con él la fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba al campo a D. Joaquín cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacía en tener a D. Joaquín a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni más seria que en lo pasado; su buen humor y su alegría eran como siempre. Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupción. Nadie hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury había modificado el ser de Rafaela.

Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en el coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella seguía hablando con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su conversación amistosa la consolaba y la deleitaba.

No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.

El Vizconde tuvo que irse a Berlín a ocupar otro puesto diplomático.

Sufrió Rafaela con calma la nueva contrariedad, y aún siguió, durante algunas semanas, el mismo género de vida.

De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a una enfermedad, Rafaela dejó de recibir, se retiró y se aisló. Nadie la veía ni en visitas, ni en paseos, ni en teatros.

Este eclipse, aunque largo, terminó al fin, cuando pasaron otros cuatro o cinco meses.

Rafaela reapareció entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, y volvió a ser, durante más de un año, el delicioso centro de las elegancias de Río.

Quien enfermó después fue el pobre D. Joaquín. D. Joaquín enfermó muy de veras y de la última enfermedad, que fue larga y penosa. En ella le atendió, le veló y le cuidó Rafaela como la más santa, más fiel, más devota y más apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegación y fervor en ella, que hasta las personas más incrédulas y mal pensadas la miraron como modelo de cariñosas enfermeras. D. Joaquín exhaló en la hermosa cara de ella el último suspiro, y ella con la dulzura de su mirada mitigó el terror que infunde el ángel de la muerte, y en la herida con que mata derramó el bálsamo de sus lágrimas.

Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. En aquella ocasión lo fue de suerte que dejó maravillados a todos los brasileños. Pudo disponer y dispuso de la última voluntad de D. Joaquín como de la suya propia. Todo D. Joaquín era suyo.

Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D. Joaquín, se enorgulleció y hasta cierto punto se consoló con repartirle en legados a todos los parientes pobres de él, que eran muchos, y a varios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos los esclavos, en recompensa de sus servicios, les concedió libertad. Sólo guardó consigo, aunque también beneficiados por el testamento de D. Joaquín, a _Madame_ Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los más fieles, hechos también libertos.

La gente profana decía, entre admiración y broma, que jamás había habido en el mundo aventurera más rumbosa, ni más bizarra y espléndida mujer galante.

Claro está que la esplendidez de Rafaela no llegó hasta el necio extremo de quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase a vivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante años, había gozado. Rafaela conservó para sí una pequeña parte, en fondos extranjeros, del gran capital de su difunto marido; conservó lo bastante para que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con los que decidió irse de Río y venir a vivir en Europa.

Así lo hizo, a los pocos meses de viuda.

De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, ni tenemos noticias circunstanciadas ni nos convendría darlas aquí aunque las tuviésemos.

Sólo veinte años después por medio del Vizconde de Goivoformoso, he vuelto yo a saber de Rafaela, reanudándose su historia en lo más esencial con lo que contaré en adelante.

-XXIV-