Granada, Jaén, Málaga y Almería · Capítulo real 5 de 11
CAPITULO VII
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CAPITULO VII
Levantamiento de estas provincias contra los almorávides. - — Entrada y triunto de los almohades
De 1091 Á 1212
RAYES mudanzas alteraron en breve esta unidad. Los árabes de España no veían en los almorᬠvides sino extranjeros ambiciosos que estaban imponiéndoles el yugo de sus armas, y aborrecían en el fondo del corazón á esos hi¬ jos del Desierto, á quienes sólo ha¬ bían podido llamar al ver pendiente sobre su cabeza la vengadora espa¬ da del infiel Alfonso. Impelidos por el espíritu patrio y por sus vivos deseos de independencia, se suble¬ varon apenas abandonó Taschfyn, hijo de Yusuf, las costas de An¬ dalucía, y no tardaron en conmover el aire de estas provin¬ cias con el rumor de nuevos combates. Levantaron sus pri-
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meros estandartes de guerra en el Algarbe ; y al verse ven¬ cedores , se atrevieron á desafiar á sus enemigos frente los muros de Sevilla, desde donde, aunque derrotados, hicieron cundir el fuego de la revolución hasta el reino de Valencia. Muchos habían abrazado ya la doctrina de los almohades, secta que, llevada de su celo religioso, acababa de conquistar el África; y enardecidos más por sus nuevas creencias que por su odio á la servidumbre, no veían llegada la hora de acabar con sus contrarios, creyendo que para acelerarla debían arrostrar toda suerte de peligros y la misma muerte. Presentáronse así en esta lucha osados y resueltos; y favorecidos poco después por sus correligionarios africanos, pudieron arrojar pronto del suelo de la patria á los bravios guerreros que poco antes habían hecho saltar la corona de la frente de sus reyes.
Levantóse en Córdoba sobre el cadáver del cadí de los almorávides Abu-Djafar-Hamdain ; y ardió en breve todo el Mediodía de la Península. Cayó Almería, en las provincias gra¬ nadinas, bajo el poder de Abdala-ben Mordanisch ; alzóse llena de furor la ciudad de Málaga contra su walí Almanzor-ben Mohamed, á quien obligó á retirarse á la Alcazaba y tuvo_en estrecho cerco por más de siete meses; proclamó Ronda á Hamdain, y entregó al alcatib de éste, Atchyl-ben-Edris, su castillo inexpugnable ; desnudaron su alfange Baeza y Jaén ; y Granada bañó durante largos días con su propia sangre las murallas de su fortaleza, escudo á la sazón de sus temibles enemigaos. Esta ciudad sobre todo fué teatro de las más vivas luchas. Rechazados los almorávides por el pueblo, al que capi¬ taneaba Abu-Mohamed-ben-Simek, se encerraron en la Alcazaba, dispuestos á morir antes que ser vencidos por sus enemigos, y se sostuvieron por mucho tiempo peleando día y noche en san grientísimas refriegas. Viéronse durante los ocho días primeros fatigados por continuos asaltos; lejos de menguar en esfuerzo, llenos de mayor resolución y denuedo , rompieron no pocas veces contra los sitiadores, á quienes hacían sentir á menudo el
peso de su lanza. Mataron en uno de estos choques al mismo Mohamed; y libres de los ataques del pueblo, mientras éste aclamaba por su caudillo á Abul-Hasam-ben-Adha y solicitaba el favor de los rebeldes de Córdoba, Jaén y Murcia, repararon sus quebrantadas fuerzas, disponiéndose con ahínco á mayores y más terribles trances. No aguardaron ya á sus enemigos dentro de los muros de la Alcazaba ; al ver acampada en las cercanías la hueste de aquellas tres ciudades, compuesta de doce mil caballos y mayor número de infantes, se reunieron en consejo, conocieron la necesidad de aventurarlo todo en una batalla decisiva, bajaron á la llanura al romper el alba, y se atrevieron á acometer de frente aquel ejército á cuya vista debían al pare¬ cer rendir humildemente sus espadas. Arrojáronse como fieras sobre sus contrarios , combatieron desesperadamente y sin temor de perder la vida , que veían ya cruelmente amenazada ; y sor¬ prendiéndolos no sólo con su valor, sino también con la osadía misma de su empresa, los arrollaron, les vencieron y les obli¬ garon á volver vergonzosamente las espaldas. Vertieron á raudales su propia sangre; cubrieron también el campo de cadáveres enemigos, é hicieron morder el polvo de la tierra á Abu-Djafar, emir de Murcia, que murió allí abandonado por los demás caudillos.
Este triunfo, sin embargo, no hizo sino salvar por algún tiempo más á los almorávides, que se retiraron de nuevo á la Al¬ cazaba. El pueblo granadino estaba aún fiero, y deseaba acabar con ellos más que debiese sobre sus propias víctimas escalar los muros que impedían su venganza. Siguió bajo el gobierno del cadí Ebn-Adha implorando el auxilio de los demás rebeldes ; y apenas se vió favorecido por nuevas tropas, volvió á las pasadas luchas y á los asaltos que tan caros le habían costado en los primeros días de su levantamiento. Encontró apoyo en SeifDola-Ebn-Hud, á quien Hamdain acababa de arrojar de Cór¬ doba, lo encontró de nuevo en el alcaide de Jaén Ebn-Gozei, que deseaba vengar la afrenta recibida en la última batalla; y
puesto á la sombra de las banderas de estos dos caudillos, acampó en la Vega, atacó por centésima vez la Alcazaba, hirió, mató, destrozó, sacrificó mil vidas ante las murallas, y sólo dejó caer la espada al asomar la noche para volver á empu¬ ñarla con mayor denuedo al rayar el día. Era tanta su cólera y obstinación que ni treguas quería dar á sus enemigos ; pretendía luchar contra ellos hasta alcanzar del todo su exterminio. Mas no pudo satisfacer sus deseos; después de ocho días de pelea tuvo que retroceder dejando muertos la flor de sus guerreros; perdió al hijo de Seif-Daulah, cuyo cadáver fué enviado al padre por los almorávides en rico ataúd cubierto de púrpura, adornado con franjas de oro y perfumado por los más dulces aromas; perdió el brazo poderoso del mismo Seif, que, desconsolado con la muerte de su hijo y temeroso de la inconstancia de la muchedumbre, levantó á poco el campamento y lo abandonó, dejando de walí á Abu-Hasam-ben-Adha, hermano de aquel Ebn-Adha, en cuyo favor combatieron en la Vega los rebeldes de Jaén, Córdoba y Murcia. Ebn-Adha, su principal caudillo, había sido víctima de su propia lealtad apurando la copa enve¬ nenada que dió á beber en su primera entrevista á su aliado Ebn-Hud (i); y el pueblo, falto de todo arrimo y desalentado por los repetidos triunfos de sus contrarios, no pudo pensar ya sino en hacer capitular á los almorávides, algunos de los cuales se fueron á Almuñecar, lugar á propósito para pasar al África.
La situación de los almorávides era, no obstante, funesta. Sentían á sus espaldas los pasos de los almohades, y les era
(i) Al llegar á Granada Seif-Daulah, salió Ebn-Adha á reeibirle, y después de saludarle, se le llevó y le hospedó á el y á su hijo Amad-Daulah en su casa. Pidió Amad agua y Ebn-Adha se la presentó en un vaso; mas apenas fué á bebería, le detuvo un alima que estaba á su lado, diciéndole: no la bebas. Sultán; porque está envenenada. Trastornado Ebn-Ada, que procedía sin malicia, apuró el vaso para que no se le conceptuase capaz de tan gran crimen; pero esta prueba de lealtad le costó la vida. Estaba el agua verdaderamente emponzoñada, y Adha falleció en la noche de aquel mismo día. Ignórase si fué él mismo quien inadvertidamente echó el veneno en el vaso ó si fué otro; el hecho es raro, pero no nos da sobre él más explicaciones la historia.
hostil hasta la tierra que pisaban. Al ver próxima su ruina ni sabían dónde volver los ojos: hacia el Norte no veían sino nubes que reflejaban los vivos destellos de la formidable lanza de Alfonso el Emperador. Este Alfonso era para ellos aún más temible que los almohades; ¿podían, empero, abrigar contra aquél el mismo odio? Alfonso era para los almorávides un infiel, y cada almohade un hereje; Alfonso era su enemigo natural, y los almohades, enemigos suscitados por la ambición, por la sed de sangre y por el deseo de exterminar su raza. Dirigiéronse á Alfonso, hicieron alianza con él, y protegidos por sus armas siempre- vencedoras , por sus soldados armados de malla y por sus caballos cubiertos de hierro, empezaron una guerra fatal para todos los árabes de España.
Los cristianos, respondiendo á este llamamiento, pusieron el pié en Andalucía, y no salieron de ella sin haber vencido gran¬ des ciudades y profanado los más sagrados objetos del culto mahometano. Cayeron de improviso sobre Andújar, sitiaron á Baeza, y no tardaron en reducirlas á sus armas. En Baeza, según nuestras crónicas, tropezaron con grandes obstáculos, viéndose sitiados en sus mismos reales ; pero los arrollaron merced al ardor de que estaban poseídos y al favor de San Isi¬ doro y Santiago que pelearon denodadamente en la batalla. Al¬ fonso, dicen los cronistas, vió en tan gran peligro su ejército, que creyó deber llamar á consejo á los prelados y á los barones para resolver de común acuerdo cómo habían de salvar su honra y su vida. No halló ni oyó otro medio que el de luchar hasta la muerte vendiendo al mejor precio su sangre; y como esto le sirviese de gran desconsuelo, apenas llegó á su tienda, se dejó caer de rodillas, oró, se sentó como abrumado por la fatiga, y dobló la cabeza ante un tranquilo sueño. Estaba apenas entre dormido, cuando, cubriéndose el cielo de un res¬ plandor divino , vió ante sí la venerable figura de un obispo que brillaba como el sol y una mano fija en una espada que estaba despidiendo fuego; y oyó la voz del sacerdote que le dijo: «no
dudes, Alfonso, ni temas pelear contra estos infieles, porque está levantada contra ellos la mano de Dios, y sus cadáveres cubrirán mañana el campo. Soy el escudo que para ti y los tuyos ha escogido el Señor, y el hierro dirigido contra ti se volverá contra tus enemigos. Pelea sin temor al rayar el alba, porque tuya es la victoria.» Sintió fortalecer su espíritu con estas pala¬ bras, y preguntando al prelado tmas ¿quién sois vos, que así bañáis en inefable consuelo mi alma.b> oyó de nuevo la voz del enviado del cielo que le contestó; «soy Isidoro, sucesor de San¬ tiago, de quien son esta mano y esta espada; alienta tu ejército y toma en amaneciendo tu caballo de guerra; tus ojos nos verán combatiendo en lo más vivo de la refriega.» Volvió á poco de su sueño y no vió ya al Santo; mas lleno de fe y de ardor sagrado, convocó al punto su consejo, refirió cuánto había visto y oído, é hincando la rodilla él y cuantos con él estaban, entonó un fervoroso cántico de gracias al Señor bajo la estrellada bóveda del cielo. Instituyó aquella misma noche una hermandad en honor del aparecido, prometió invocar el nombre de éste en las batallas, hizo jurar otro tanto á los reyes y grandes que le acompañaban, y ordenó que se acometiera al enemigo en asomando la mañana. Volvió luégo á su tienda, donde vió por segunda vez á San Isidoro; y como no le dejasen sosegar sus deseos de entrar en pelea, montó pronto á caballo, hizo poner en armas al ejército, lo recorrió animándolo al combate con la esperanza de la victoria, y ciego de fe y de entusiasmo, se arrojó sobre los árabes como los torrentes de luz con que el sol naciente cubría á la sazón el campo. Terrible fué ya desde un principio la pelea; los alaridos de guerra tardaron poco en confundirse con los gritos y suspiros de muerte. Las tropas de los árabes estaban divididas en cuatro partes; y combatían todas á la vez y eran á la vez combatidas. Acá gemía el aire al paso de las flechas; allá sonaba el rumor de las espadas y el de las lanzas, rotas no pocas veces sobre brillantes armaduras. La muerte recorría todas las filas y la tierra recibía sin cesar
cadáveres. Subía hasta el cielo el polvo del combate, y los rayos del sol lucían siniestramente sobre la sangre de los muertos. Y allí donde más arreciaba la lucha se veía suspen¬ dido en los aires un caballo blanco, y sobre este caballo á un obispo que llevaba en una mano la cruz y en otra la espada, y pegada á su cuerpo otra mano con otro acero que parecía echar rayos sobre las tropas de los infieles. Y caían estas espadas contra los enemigos tersas como la luz del alba, y subían chorreando sangre por la empuñadura, y en todas partes dejaban el dolor y las tinieblas.
Los árabes, prosiguen nuestros crédulos cronistas, se divi¬ dieron ante esta visión celeste, é impelidos por una fuerza fatal, echaron flechas contra sí y se hirieron á sí mismos. Recono¬ cieron aunque tarde el favor que deparaba Dios á los cristianos, y volviendo de repente las espaldas, abandonaron el campo corriendo á guarecerse en las cumbres de las sierras. No creyeron poder salvarse sino con la fuga; pero aun con ella murieron á centenares alanceados por la caballería de Alfonso, que les siguió el alcance en el espacio de cinco leguas, y no dejó con vida á ninguno de los que pudo coger con el hierro de sus lanzas ó con la planta de sus caballos. Quedaron entera¬ mente derrotados, y, la ciudad fué entregada al vencedor (i).
(i) Celebró esta toma de Baeza Pedro de la Vecilla, poeta del tiempo de Felipe 11, en su León de España. Trasladamos á continuación algunas octavas;
Ved este rey Alfonso que teniendo Sitiada á Baeza, muy turbado Estará multitud bárbara viendo Que el paso y las espaldas le han ganado;
Y el real San Isidro, que queriendo Mostrar que en tal sazón no le ha olvidado,
Aparecelle y prometelle ufano
Que le ha de dar favor con sacra mano.
Mira que Alfonso terciará su lanza,
É investirá á los moros apiñados,
Y ellos á él con bárbara pujanza,
Y andar unos y otros denodados:
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En tanto los almohades de África que habían entrado en Andalucía, estaban ya sobre Sevilla; y los almorávides, acaudi¬ llados por Abu-Zakarya-Yahyah ben-Ganya, peleaban denoda¬ damente por la conquista de Córdoba, próxima á hacerles entrega de sus llaves. Alfonso, apenas hubo entrado en Baeza y purificado la mezquita, que convirtió en templo, se dirigió al campamento de sus aliados, estrechó el cerco de Córdoba, contribuyó á rendirla, y entró en ella á despecho de AbuZakarya, pudiendo difícilmente contener á sus soldados, que ataron sus caballos en la grande Aljama y profanaron con sus manos el libro santo de Otmán, Corán precioso traído de la Siria que los califas solían llevar abierto en medio del estruendo y confusión de las batallas. Era su intento apoderarse exclusiva¬ mente de Córdoba, donde permaneció durante algunos días; mas no se lo permitieron los triunfos de los almohades, cuya
Veis cuál irá el Patrón dando esperanza A los cristianos, y por los airados Moros rompe á caballo, desbarata.
Pasa, derriba, espanta, hiere y mata.
Resplandecerá el rostro y los vestidos En lugar de la túnica acerada.
Como aquí veis, y dejará vencidos Á los soberbios moros con la espada:
Y siendo infinidad dellos perdidos,
Y la tierra de muertos ocupada,
La dudosa Vitoria irá ganando,
Quedando de Baeza el rey triunfando.
por memoria de la hazaña honrosa.
No menos que el provecho de tal dia.
El rey y su cuadrilla valerosa Vendrán á instituir la cofradía De San Isidro; y luego con curiosa Obra como el Patrón resplandecía,
Al tiempo que le habló y vino á ayudallo En un rico pendón hará pintallo.
Aluden estos dos últimos versos á que, según los cronistas, el Emperador hizo bordar en su estandarte á San Isidoro en la misma forma que le vió pelear en el ejército cristiano. Quedó el emperador desde la toma de esta ciudad muy afecto al Santo: tomó por remate de su pendón la cruz arzobispal del mismo, la dió por armas á Baeza, y al volver á León hizo consagrar en honra de él una iglesia con asistencia de todos los prelados y señores de su reino.
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entrada en Sevilla fué á poner en alarma á los cristianos y á los almorávides. Al recibir éstos la fatal nueva se reunieron en consejo; y haciéndose cargo de lo difícil de su situación, creyó cada cual deber pasar á su reino en busca de nuevas tropas. Tuvo que ceder cada caudillo de sus pretensiones, y Alfonso debió contentarse con retener á Baeza, más fácil de guardar que Córdoba por estar más cercana á las fronteras del reino de Castilla.
Regresó Alfonso á Toledo con ánimo de volver pronto á Andalucía para pelear con los almohades ; pero no fué ya este el principal motivo que le indujo á tomar las armas y atravesar Sierra Morena. Almería era entonces una ciudad de piratas que estaba infestando de continuo las aguas del Mediterráneo : salían de ella los más temidos corsarios, y no estaban seguras de sus imprevistas irrupciones ni aun las más apartadas costas de Italia. Las playas españolas, sobre todo las sujetas al poder de los cristianos, eran muy á menudo invadidas y taladas con grande estrago y pérdida de hombres, vendidos generalmente como esclavos; los pueblos marítimos vivían en perpetua zozobra, no pudiendo soltar ni de noche la espada sin temor de amanecer reducidos al más duro cautiverio; el intrépido navegante que se atrevía á arrostrar la cólera de los mares y el furor de las borrascas, temblaba al pasar junto á nuestro continente, rece¬ loso de ver de un momento á otro sobre sí el hierro de esos bandidos que no dudaban entrar al abordaje buques de alto porte. Alfonso, deseando poner coto á tantos males, se propuso avasallar la ciudad de donde procedían, y fué principalmente este deseo el que le llevó segunda vez á Andalucía. Viéndose para su empresa escaso de marina, había diputado de antemano al obispo de Astorga D. Arnaldo para que le procurase el favor del duque de Montpeller, el del conde de Barcelona y el de las repúblicas de Pisa y Génova, temidas á la sazón por sus escuadras; y seguro al salir de Toledo de la ayuda de unos y otros, no vaciló en dejarse caer de pronto sobre Almería.
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Llevaba tras sí una hueste esclarecida y poderosa, acaudillada por los mejores guerreros de su siglo; llevaba tras sí á Don García, rey de Navarra, al conde de Urgel D. Armengol, á D. Fernando Juanes de Galicia, á D. Ramiro Flórez Frolaz de León , á D. Pedro Alfónsez de Asturias, al conde Ponce y á D. Fernando Ibáñez de Extremadura, á D. Martín Fernández de Guadalajara, á D. Gutierre Fernández de Castro y á Don Manrique de Lara de Castilla la Vieja, y á D. Alvaro Rodríguez, por fin, de la provincia de Toledo. Cada uno de estos caudillos gobernaba las tropas de su lugar, que formaban juntas un ejér¬ cito considerable.
Con tan gran número de lanzas apenas halló Alfonso quien se opusiera á su marcha. Tomó al paso Baños y Baeza, que estaba otra vez en poder de moros, tomó á Cazlona, y se pre¬ sentó dentro de corto tiempo enfrente de Almería, cuyas aguas estaba surcando ya la armada de los aliados. La vista de tantos enemigos por mar y por tierra no pudo menos de turbar y amedrentar la ciudad que los contemplaba, según los cronistas árabes, cubriendo cerros y vegas, agotando fuentes, arroyos y prados, y haciendo estremecer y resonar todas las lomas de los alrededores; no fué tanta su turbación que no considerase cuán fácil le era aún defenderse por mucho tiempo desde los bien enlazados y torreados y almenados muros de su vasta fortaleza. Se le puso rigoroso bloqueo, se le dieron asaltos furibundos, se la combatió con todo género de armas y aparatos de guerra, se le desmoronó sus torreones y murallas, se la desmanteló por mar, se la atormentó y destruyó por tierra; pero bien pertre¬ chada y llena de valor, resistió por más de dos meses sacrifi¬ cando ante las aras de su libertad millares de soldados. Era su vecindario numeroso y propio para las fatigas militares, y no temía á los enemigos ni por la cantidad ni por el denuedo. Aceptaba toda clase de retos, provocaba refriegas, se batía como un león y se hacía respetar y temer hasta después de su derrota. Mas debió sucumbir, por fin, á los esfuerzos de tantos
príncipes reunidos. Escasa ya de vituallas, abiertos sus muros y mermada por cien combates, hubo de inclinar la cabeza ante el Emperador, pidiéndole humildemente, no ya la libertad, sino la vida.
Entró Alfonso en la ciudad setenta y ocho días después de haber acampado en la serranía inmediata, seguido del brillante cortejo de todos sus aliados. Grande fué el número de los árabes que redujo á la esclavitud ; pero mucho mayor el de los tesoros que halló y distribuyó como botín de la campaña entre los genoveses, los pisanos, el rey de Navarra, el conde de Bar¬ celona, el duque de Montpeller y sus más leales castellanos. Se despidió luégo de los aliados satisfecho de tan gran victoria, y regresó á su reino dejando en la ciudad las tropas necesarias para su defensa.
Produjo la toma de Almería viva sensación en estas pro¬ vincias de Granada; pero no pudo mejorar la situación de los almorávides. Abu-Zacarya-ben Ganya seguía aún en Andalucía recorriendo campos, sojuzgando pueblos y procurando conquis¬ tar los ánimos de los cadíes rebeldes con dejarlos en sus puestos; pero ni surtían siempre efecto sus deseos, ni bastaban sus esfuerzos ni su constancia á detener los pasos de los almohades, que iban adelantando incesantemente. Kasem-benEdris, á quien confirmó en el gobierno de Ronda, fué arrojado de esta á viva fuerza por el alcaide de Arcos, que le atacó movido sólo por la ambición y el odio; los almohades, contra quienes tenía siempre dispuestas sus armas y las de los cris¬ tianos, lejos de retroceder un punto de su empresa, fueron á desafiar su poder en la misma ciudad de Córdoba, tomada por capitulación de su walí Yahyah-ben-Aischa. De nada le sirvió su carácter esforzado; sus sentimientos apenas encon¬ traron eco en parte alguna, y se vió solo, enteramente solo, contra el poder de sectarios que estaban ya mirando el África á sus plantas. Acudió de nuevo á Alfonso; pero éste se contentó con mandatle un corto número de caballos; llamó á sí á Yahyah,
el vencido en Córdoba; mas éste no le sirvió sino para desalen¬ tar su ejército, al cual encarecía de ordinario el denuedo y la destreza de los almohades. A pesar de verse aislado y perdido, quiso echar el resto de su valor en su propia salvación y en holocausto al honor ya mancillado de su pueblo. Airado al ver la villanía de Yahyah, tiró del alfange y le cortó la cabeza de una cuchillada, exclamando; «esto debía haber hecho antes de encargarte la defensa de mi ciudad de Córdoba.» Trabó luégo en Jaén varias escaramuzas, y apenas supo que los almohades estaban cubriendo con innumerables tropas la Vega de Granada, se arrojó sobre ellos trabando una refriega en que, después de hechos heróicos, salió con las armas rotas, el cuerpo abierto á lanzadas y la muerte en lo profundo de su pecho. Había sido siempre denodado, y lo fué hasta en sus últimos momentos: murió al fin sobre el campo de batalla el que se atrevió á combatir en Fraga con aquel tremendo batallador, llamado Alfonso, muerto en aquella misma jornada para honra perpetua de este Abu ben-Ganya. No sin razón fué llorado por los almorávides como el postrero de los suyos: después de haber caído en manos de los almohades, el príncipe Aly á quien servía no tuvo otro recurso que guarecerse en Almuñecar, donde murió envenenado mientras ocupaban sus tropas las fortalezas cuyo pié bañan las aguas del Mediterráneo. Feneció con este Abu-Zakarya la causa de los almorávides.
Libres de ellos los almohades podían indudablemente pro¬ seguir con mayor rapidez la conquista; pero no dejaban de encontrar aún graves obstáculos. El espíritu de independencia encarnado en los jefes árabes, los rápidos adelantos de los reyes cristianos, acostumbrados á luchar en el mismo corazón de Andalucía, y sobre todo la voluntad poco decidida que de invadir á España abrigaba aún el emir africano Abdelmumen, á quien distraía el deseo de sujetar otras regiones, les hicieron tropezar todavía con dificultades , sólo superadas cuando pudieron dejar caer sobre la Península todas las tropas de su
vasto imperio. Tomaron en el mismo año de la muerte de EbnGanya la ciudad de Jaén; pero tardaron poco en ver sitiada la de Córdoba por el emperador Alfonso , que la dió repetidos asaltos, taló la campiña, quemó las aldeas, y la puso en tal aprieto, que los árabes andaluces mandaron al emir una emba¬ jada de más de quinientos caudillos pidiéndole encarecidamente que socorriese la capital del islamismo (i). Dirigiéronse luégo contra Almería con grande ejército y un sin número de naves; la sitiaron; levantaron en torno de ella un murallón que, según los mismos árabes, sólo podía abrir paso á las águilas ; pusieron todo su ahínco en conquistarla, y no pudieron, sin embargo, conseguirlo sino después de grandes fatigas y después de haber muerto el emperador Alfonso, que pocos días antes de su fa¬ llecimiento los derrotó en una de las jornadas más sangrientas. Los cercados al ver sobre sí tanto enemigo llamaron en su favor las armas de Castilla; y este príncipe no sólo les socorrió mandándoles sus más bravos capitanes, sino que viendo que éstos no bastaban para levantar el sitio y los almohades iban aumentando el número de sus tropas, bajó precipitadamente á la ciudad con su hijo D. Sancho y los primeros magnates y prelados de su imperio, desnudó la espada y combatió tan esforzadamente contra los infieles, que los obligó en breve á abandonarle el campo de batalla. ¿Podía durar mucho el sitio después de esta derrota? Enfermó el emperador, sintió cerca de
(i) Abu-Djafar, después de haber hablado los embajadores, dijo á Abdelmumen : la capital de España , centro del musulmanismo, se halla sitiada y asaltada por el tirano Aladfuns ¡á quien Dios anonade! Talada horrorosamente está su campiña y quemadas sus aldeas con incesantes correrías. Si te avienes, Señor, á que Córdoba se pierda, quedarán desalentados aquellos musulmanes que con tan gran tesón la están defendiendo. Tienen todos la esperanza de que has de acudir en su auxilio arrojando de sus alrededores á los enemigos del Islam; están todos levantando sus ojos hacia ti como á una cumbre que ha de ampararles y resguar¬ darles: no burles tan grandiosas y fundadas esperanzas. Abu-Djafar era entonces secretario de Estado de Abdelmumen; y como acababa de ser apeado del gobierno de Córdoba, pudo hablar de esta con interés y conocimiento de causa. Otro tanto vino á decir Abu-Bekr, y oídas las razones de entrambos, contestó con agrado el emir, les ofreció su protección, y mandó regresar en seguida á España á ios em¬ bajadores para que se esforzaran en defender su patria.
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Almería los primeros golpes de la muerte, y tuvo que dejar aquel teatro de sus últimas hazañas. Deseoso de morir en su patria, partió de improviso con los suyos; y fueron los bosques del Puerto de Muradal los que recogieron su último suspiro (i). A este desgraciado suceso debieron principalmente los almoha¬ des la toma de Almería, que les fué entregada por los cristianos después de haber estipulado seguridad para sus vidas y libertad para volver al seno de sus antiguos hogares.
Los almohades no lograron en mucho tiempo hacerse temer por no haber manifestado desde un principio todo el poder militar de que gozaban; así, al paso que fueron lentos en extender sus dominios, carecieron de fuerza moral para conser¬ varlos sin necesidad de acudir á las armas contra los instintos rebeldes de sus enemigos. Después de la muerte de AbuZakarya se habían apoderado por capitulación de la ciudad de Granada; pero no habían aún traspuesto la Vega, cuando alborotándose el vecindario, se- arrojó sobre la guarnición , la degolló casi por entero y dió lugar á que Ebn-Mordanisch se apoderase de la ciudad favorecido por el saheb de Segura y los cristianos. Tuvieron que pasar á sitiarla por segunda vez después del recobro de Almería, y tras numerosas escaramuzas y refriegas se vieron obligados á tomarla por asalto cubriendo las murallas de cadáveres. Y no pudieron estar aún seguros de esta ciudad los cristianos que la defendían : perecieron casi todos los vencidos; pero los jefes de los árabes rebeldes logra¬ ron fugarse entre la confusión de la pelea. Ebn-Mordanisch, llamado también Mohamed-ben-Said, era á la sazón rey de Valencia. Juntando en el mismo año la gente de guerra de Guadix , la de Almuñecar y la de las Alpujarras, se dirigió contra Granada desde la ciudad de Jaén, avasallada poco antes con su anterior ejército. No pudo llegar á ella cuando tropezó
(i) Murió este Alfonso en Fresneda en la misma frontera de Andalucía y Castilla, á 2 I de Agosto de 1156.
ya en la Vega con los almohades; pero no vaciló un momento en aceptar la batalla que le presentaron. Peleó desesperada¬ mente; y fué tanta la sangre vertida por unos y otros, que fué después conocido aquel combate con el nombre de jornada del Sabikat ó del derramamiento.
Vencieron los almohades como habían acostumbrado á vencer en campo abierto ; pero no fué esta la última vez que debieron pelear contra aquel rey de Valencia. Ebn-Mordanisch se escapó á favor de la noche dejando en el campo la mayor parte de su ejército ; y después de haber hecho fortificar á Jaén por uno de sus walíes, se retiró á Murcia, llamó á sus parciales, reunió cuanta gente pudo, tanto de las provincias de su juris¬ dicción como de las tribus árabes que vivían en la comarca de Guadix y en las Alpujarras , volvió á llamar en su auxilio á los cristianos, que le enviaron caballería selecta de Toledo, y apenas tuvo dispuestas para la guerra sus numerosas huestes, que fueron á juntarse en las lomas de Úbeda, partió para Córdoba, en cuyos llanos tuvo otra refriega tan desgraciada y tan tremenda como la de la Vega de Granada. Batiéronse en ella almohades y sublevados como tigres y leones, si hemos de creer á los cronistas árabes; pero nada pudo la desesperación de estos contra el poder de aquellos que se hicieron dueños del campo y entraron luégo en Jaén capitulando. Ebn-Mordanisch tuvo que retroceder á Murcia, dejando para otros más podero¬ sos las campañas contra los almohades.
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