Hampa : antropologia picaresca · Unidad 133 de 221
Unidad 133 · I PSICOLOGÍA GITJIKE8CA 901
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1 tu. Escuchando las notas largas de su melopea
I nos creeríamos balanceados en una hamaca. Uni-
; camenteal segundo ó tercer riíomeWo, fuerza la
voz el coro con resolución apasionada. Entonces ya han llegado casi todos los habituales concurrentes; se sirve el ponche y el frío de las primeras horas de la tarde comienza á ceder. La llama azul contrasta con las luces de las numerosas lámparas que penden del techo y con las débiles de los candeleros, colocados sobre las consolas; pero estas últimas se extinguen poco á poco, y el cuadro se destaca al resplandor incierto del alcohol que arde en las poncheras. Los hombres ordinariamente beben en silencio, hasta que el perfume del ananás y del limón excita á las mujeres. Cuando éstas han bebido, la orgia se manifíesta tumultuosamente.
»La danza vuelve á comenzar con carácter distinto y mucho más libre. Las viejas, que aún no se habían decidido á tomar parte en la demostración, en cuanto las excita suficientemente la música, las palabras de las bailarinas y los vapores del rom, se precipitan. Entonces, más insinuantes, más enérgicas que las jóvenes, dan al . espectáculo la apariencia de una infernal borrasca. Nada las detiene; Jos ritmos se acumulan; los coros asumen entonaciones más altas, ganando en vibración con un crescendo que sorprende al oído por sus intervalos, sus laxitudes y sus inesperadas explosiones, tan ajenas á nuestras costumbres musicales. En tanto las bailarinas continúan
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al unisono de esta extraña exuberancia de sonori- •dad. Describen vueltas, rotaciones, círculos más rápidos, torbellinos cada vez más vertígiDOSos, hasta que al fin se juntan todas en un grupo compacto, y como si cada una tomara á préstamo un poco de fuerza de su compañera, agotan el resto •de energía en un último movimiento giratorio, el cual no termina hasta que aturdidas, agotadas, fatigosas, caen juntas por el suelo como una masa inerte. En este momento cantores y oyentes, bailarinas y espectadores, están igualmente febriles. Entonces se concibe que para alcanzar aquellas sensaciones de refinado gusto, y gustar el veneno lascivo y abrasador, se consuman los patrimonios.»
El influjo musical de los zíngaros tal vez sea más poderoso en Hungría que el de las zíngaras -en Rusia. «El éxito de los instrumentistas zíngaros— dice Colocci — en las provincias magiares, danubianas y orientales, es fenomenal». Lo testimonia con refet*encias de dos autores. Las de Ko* galniceano expresan lo siguiente: «Con frecuen- -cia los oyentes se sienten tan estimulados y atraídos, que se levantan de su asiento junto á la mesa, toman dos ó tres ducados ó libras turcas y las aplican á la frente de aquellos músicos. En las hermosas noches de verano, todos los distritos de la ciudad de Jassy arden en música y cantos de alegría. Por una parte va el señor acompañado de una música que se puede decir á la europea; por otra ün honrado mercader ó un buen colono, que
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después de haber vendido su carga de heno ó de madera, ansia distraerse. Después de haber bebido hasta las diez de la noche, sale á la calle precedido de dos músicos zíngaros que tocan alternativamente las arias que les piden, y ellos, en actitud orgullosa y satisfecha, con el pecho descubierto, las manos á la espalda ó apoyándose en su compadre, prueban una gota de felicidad».
El otro autor, citado por Colocci, describe la fascinación ejercida por el zíngaro en los naturales de Hungría: «El húngaro, dice, sin caer nun- ^ en la embriaguez estúpida y bestial, repugnante y feroz, propia de ciertos pueblos, llega, sin embargo, fácilmente á una especie de exaltación de un carácter muy singular. Podría llamársela estado de sonambulismo, durante el cual improvisa frecuentemente canciones acerca de males imaginarios, cuya expresión es tan insinuante, que parecen inspirados en un recuerdo..... En este momento el húngaro se aparta con su zíngaro, y cuando éste encuentra el ritmo musical que suena en el alma del poseso apresado por su demonio interno, ejerce con él un acto de dominación, con su fisonomía movible, con su mirada fija, como una pitonisa inspirada por Dios. Mientras grita y
i se enoja, el zíngaro es humilde y complaciente;
^ pero al enternecerse el húngaro, la mirada pro-
funda del astuto indiano se enciende, porque conoce que es dueño de aquel ánimo, que el canto que sugestiona ya ha influido y que la bolsa del obseso ya es suya. Más tarde fingirá estar cansa-