Historia de Chile para la enseñanza primaria · Unidad 34 de 35
Unidad 34 · GUERRAS DE ARAUCO
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GUERRAS DE ARAUCO
Fragmentos de "La Araucana."
1.— Don Alonso de Er cilla.
EL capitán español D. Alonso de Ercilla y Zúñiga vino á Chile después de la muerte de Pedro de Valdivia y permaneció tres años en el país peleando valerosamente contra los araucanos. Al propio tiempo que peleaba, escribía en verso la historia de esas guerras. Este libro, dice Ercilla, «se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y sitios, escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel y, en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos.»
Las siguientes estrofas de «La Araucana» dan á conocer las principales hazañas de los indios de Chile en su heroica lucha con los conquistadores castellanos:
2.— Descripción de Chile.
Chile, fértil provincia y señalada En la región Antartica famosa, De remotas naciones respetada Por fuerte, principal y poderosa: La gente que produce es tan granada, Tan soberbia, gallarda y belicosa, Que no ha sido por Rey jamás regida, Ni á extranjero dominio sometida.
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Es Chile Norte Sur de gran longura, Costa del nuevo mar del Sur llamado, Tendrá del Este al Oeste de angostura Cien millas, por lo más ancho tomado; Bajo del Polo Antartico en altura De veintisiete grados prolongado, Hasta do el mar océano y chileno Mezclan sus aguas por angosto seno.
Y estos dos anchos mares, que pretenden Pasando de sus términos, juntarse, Baten las rocas y sus olas tienden; Mas esles impedido el allegarse: Por esta parte al fin la tierra hienden Y pueden por aquí comunicarse; Magallanes, Señor, fué el primer hombre Que, abriendo este camino, le dio nombre.
3.— Retrato de los Araucanos.
Son de gestos robustos, desbarbados, Bien formados los cuerpos y crecidos, Espaldas grandes, pechos levantados, Recios miembros, de nervios bien fornidos, Ágiles, desenvueltos, alentados. Animosos, valientes, atrevidos, Duros en el trabajo, y sufridores De fríos mortales, hambres y calores.
No ha habido Rey jamás que sujetase Esta soberbia gente libertada, Ni extranjera nación que se jactase De haber dado en sus términos pisada; Ni comarcana tierra que se osase Mover en contra y levantar espada: Siempre fué exenta, indómita, temida, De leyes libre y de cerviz erguida.
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Los cargos de la guerra y preeminencia No son por flacos medios proveídos, Ni van por calidad, ni por herencia, Ni por hacienda y ser mejor nacidos; Mas la virtud del brazo y la excelencia Esta hace á los hombres preferidosEsta ilustra, habilita, perfecciona Y quilata el valor de la persona.
4.— Almagro y Valdivia.
Pues D. Diego de Almagro, adelantado, Que en otras mil conquistas se había visto, Por sabio en todas ellas reputado, Animoso, valiente, franco y quisto, A Chile caminó, determinado De extender y ensanchar la fe de Cristo; Pero en llegando al fin de este camino Dar en breve la vuelta le convino.
A sólo el de Valdivia esta victoria Con justa y gran razón le fué otorgada,
Y es bien que se celebre su memoria, Pues pudo adelantar tanto su espada; Este alcanzó en Arauco aquella gloria Que de nadie hasta allí fuera alcanzada: Su altiva gente al grave yugo trujo,
Y en opresión la libertad redujo.
Vióse en el largo y áspero camino Por la hambre, sed y frío en gran estrecho; Pero con la constancia que convino Puso al trabajo el animoso pecho:
Y el diestro hado y próspero destino En Chile le metieron, á despecho De cuantos estorbarlo procuraron, Que en su daño las armas levantaron.
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El felice suceso, la victoria, La fama y posesiones que adquirían Los trujo á tal soberbia y vanagloria, Que en mil leguas diez hombres no cabían; Sin pasarles jamás por la memoria Que en siete pies de tierra al fin habían De venir a caber sus hinchazones, Su gloria vana y vanas pretensiones.
Crecían los intereses y malicia, A costa del sudor y daño ajeno,
Y la hambrienta y mísera codicia Con libertad paciendo iba sin freno: La ley, derecho, el fuero y la justicia Era lo que Valdivia había por bueno, Remiso en graves culpas y piadoso,
Y en los casos livianos riguroso.
Así el ingrato pueblo castellano, En mal y estimación iba creciendo
Y siguiendo el soberbio intento vano Tras su fortuna próspera corriendo; Pero el Padre del cielo soberano Atajó este camino, permitiendo
Que aquél a quien él mismo puso el yugo Fuese el cuchillo y áspero verdugo.
6.— Parlamento araucano.
El Estado araucano acostumbrado A dar leyes, mandar y ser temido, Viéndose de su trono derribado,
Y de mortales hombres oprimido; De adquirir libertad determinado, Reprobando el subsidio padecido, Acude al ejercicio de la espada, Ya por la paz ociosa desusada.
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Por dioses, como dije, eran tenidos De los indios los nuestros; pero olieron Que de mujer y hombre eran nacidos
Y todas sus flaquezas entendieron: Viéndolos á miserias sometidos, El error ignorante conocieron, Ardiendo en viva rabia avergonzados Por verse de mortales conquistados.
No queriendo á más plazo diferirlo, Entre ellos comenzó luego á tratarse Que, para en breve tiempo concluirlo
Y dar el modo y orden de vengarse, Se junten en consulta á definirlo, Do. venga la sentencia á pronunciarse, Dura, ejemplar, cruel, irrevocable, Horrenda á todo el mundo y espantable.
Iban ya los caciques ocupando Los campos con la gente que marchaba,
Y no fué menester general bando, Que el deseo de guerra los llamaba Sin promesas ni pagas, deseando El esperado tiempo, que tardaba, Por el decreto y áspero castigo,
Con muerte y destrucción del enemigo.
T.— Discurso de Colocólo.
EN la junta ó parlamento se reunieron todos los caciques con sus vasallos. La reunión fué muy agitada porque todos los caciques se disputaban el mando. A este motivo de discordia se agregaba la embriaguez, pues los indios, siguiendo su vieja costumbre, hablaban y bebían al mismo tiempo. En el calor de la disputa los araucanos tomaron las armas para herirse unos á otros cual furiosos enemigos. Levantóse entonces el respetado Colocólo y habló así:
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Caciques, del Estado defensores, Codicia del mandar no me convida A pesarme de veros pretensores De cosa que á mí tanto era debida: Porque, según mi edad, ya veis, señores, Que estoy al otro mundo de partida; Mas el amor que siempre os he mostrado A bien aconsejaros me ha incitado.
¿Por qué cargos honrosos pretendemos,
Y ser en opinión grandes tenidos, Pues que negar al mundo no podemos Haber sido sujetos y vencidos?
Y en esto averiguarnos no queremos, Estando aún de españoles oprimidos: Mejor fuera esa furia ejecutalla Contra el fiero enemigo en la batalla.
¿Qué furor es el vuestro ¡oh araucanos! Que á perdición os lleva sin sentillo? ¿Contra vuestras entrañas tenéis manos
Y no contra el tirano en resis tillo ? ¿Teniendo tan á golpe á los cristianos Volvéis contra vosotros el cuchillo ? Si gana de moriros ha movido,
No sea en tan bajo estado y abatido.
Volved las armas y ánimo furioso A los pechos de aquéllos que os han puesto En dura sujeción, con afrentoso Partido, á todo el mundo manifiesto: Lanzad de vos el yugo vergonzoso; Mostrad vuestro valor y fuerza en esto No derraméis la sangre del Estado Que para redimirnos ha quedado.
No me pesa de ver la lozanía De vuestro corazón, antes me esfuerza, Mas temo que esta vuestra valentía, Por mal gobierno el buen camino tuerza:
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Que vuelta entre nosotros la porfía, Degolléis nuestra Patria con su fuerza: Cortad, pues, si ha de ser de esa manera Esta vieja garganta la primera.
Pares sois en valor y fortaleza, El cielo os igualó en el nacimiento; De linaje, de estado y de riqueza Hizo á todos igual repartimiento;
Y en singular por ánimo y grandeza Podéis tener del mundo el regimiento: Que este precioso don, no agradecido, Nos ha al presente término traído.
En la virtud de vuestro brazo espero Que puede en breve tiempo remediarse, Mas ha de haber un capitán primero Que todos por él quieran gobernarse: Este será quien más un gran madero Sustentare en el hombro sin pararse;
Y pues que sois iguales en la suerte Procure cada cual ser el más fuerte.»
8-— Los caciques más forzudos.
OBEDECIENDO al consejo de Colocólo, se trajo á la reunión el pesado tronco de un grande árbol, para poner á prueba la fuerza personal de cada cacique. Paicabí fué el primero en levantar el tronco y en sus valientes hombros
Seis horas le sostuvo aquel membrudo Pero llegar á siete jamás pudo.
Elicura, que vino en seguida, resistió nueve horas; Purén, medio día; Ongolmo, más de medio; Tucapel alcanzó á las catorce horas; pero, al fin le tocó su turno al gigante Lincoya y éste, con asombro de todos los
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indios, permaneció durante veinticuatro horas con el tronco sobre sus hombros.
No se vio allí persona en tanta gente Que no quedase atónita de espanto Creyendo no haber hombre tan potente Que la pesada carga sufra tanto. La ventaja le daban, juntamente Con el gobierno, mando y todo cuanto A digno general era debido, Hasta allí justamente merecido.
Ufano andaba el bárbaro y contento De haberse más que todos señalado; Cuando Caupolicán á aquel asiento Sin gente á la ligera había llegado. Tenía un ojo sin luz de nacimiento, Como un fino granate colorado; Pero lo que en la vista le faltaba En la fuerza y esfuerzo le sobraba.
Era este noble mozo de alto hecho Varón de autoridad, grave y severo, Amigo de guardar todo derecho, Áspero, riguroso, justiciero, De cuerpo grande y relevado pecho, Hábil; diestro, fortísimo y ligero, Sabio, astuto, sagaz, determinado Y en casos de repente reportado.
Con un desdén y muestra confiada Asiendo del tronco duro y nudoso, Como si fuera vara delicada, Se le pone en el hombro poderoso: La gente enmudeció, maravillada De ver el fuerte cuerpo tan nervoso; La color á Lincoya se le muda, Poniendo en su victoria mucha duda.
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El bárbaro sagaz despacio andaba,
Y a toda prisa entraba el claro día, El sol las largas sombras acortaba, Mas él nunca decrece en su porfía: Al ocaso la luz se retiraba
Ni por esto flaqueza en él había: Las estrellas se muestran claramente
Y no muestra flaqueza aquel valiente»
Salió la clara luna á ver la fiesta Del tenebroso albergue húmedo y frío, Desocupando el campo y la floresta De un negro velo lóbrego y sombrío: Caupolicán no afloja de su apuesta, Antes con nueva fuerza y mayor brío Se mueve y representa de manera Como si peso alguno no trajera.
Era salido el sol cuando el enorme Peso de las espaldas despedía, Y un salto dio en lanzándole disforme, Mostrando que aún más ánimo tenía: El circunstante pueblo en voz conforme Pronunció la sentencia y le decía: «Sobre tan firmes hombros descargamos El peso y grave carga que tomamos.»
El nuevo juego y pleito definido, Con las más ceremonias que supieron Por sumo capitán fué recibido
Y á su gobernación se sometieron. Creció en reputación, fué tan temido,
Y en opinión tan grande le tuvieron,
Que ausentes muchas leguas de él temblaban
Y casi como á rey le respetaban.
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9.- Hazañas de los araucanos.
CAUPOLICAN tomó el mando sin demora. Su primera hazaña fué atacar y destruir un fuerte donde había una guarnición española. Valdivia, sabedor de este suceso, se puso en marcha con sus mejores tropas y presentó batalla á los araucanos.
Los araucanos quedaron vencedores y mataron sin piedad á todos los españoles; Pedro de Valdivia, hecho prisionero y conducido á presencia de Caupolicán, murió en duro tormento. En premio de sus servicios en este combate, Lautaro fué designado segundo jefe de los araucanos.
Fué Lautaro industrioso, sabio, presto, De gran consejo, término y cordura, Manso de condición y hermoso gesto, Ni grande ni pequeño de estatura: El ánimo en las cosas grandes puesto De fuerte trabazón y compostura, Duros los nervios, recios y nervosos, Anchas espaldas, pechos espaciosos.
Los españoles, resueltos á tomar venganza de la derrota y muerte de Valdivia, salieron á campaña á las órdenes de Francisco de Villagrán. Lautaro les hizo frente en la cuesta de Marigüeñu con tal denuedo que el combate duró cinco horas y los españoles fueron totalmente derrotados La pelea terminó con una famosa carga de los araucanos contra la artillería, que estaba causando estragos en sus filas.
La presta y temerosa artillería A toda furia y prisa disparaba, Y así en el escuadrón indio batía Que cuanto topa enhiesto lo allanaba:
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De fuego y humo el cerro se cubría. El aire cerca y lejos retumbaba; Parece con estruendo abrirse el suelo
Y respirar un nuevo Monjibelo.
Visto Lautaro serle conveniente Quitar y deshacer aquel nublado Que lanzaba los rayos en su gente
Y había gran parte de ella destrozado, Al escuadrón que á Leucotón valiente Por su valor le estaba encomendado, Le manda arremeter con furia presta
Y en alta voz diciendo le amonesta:
«¡Oh fieles compañeros victoriosos A^quien fortuna llama á tales hechos! Ya es tiempo que los brazos valerosos Vuestras causas aprueben y derechos; Sus, sus, calad las lanzas animosos; Rompan los hierros los contrarios pechos,
Y por ellos abrid roja corriente Sin respetar á amigo ni á pariente.
«A las plazas guiad, que si ganadas Por vuestro esfuerzo son, con tal victoria Célebres quedarán vuestras Tespadas
Y eterna al mundo dellas la memoria: El campo seguirá vuestras pisadas, Siendo vos los autores desta gloria.»
Y con esto la gente envanecida Hizo la temeraria arremetida.
Unos por defender la artillería Con tal ímpetu y furia acometida, Otros por dar remate á su porfía, Traban una batalla bien reñida: Para un solo español cincuenta había, La ventaja era fuera de medida; Mas cada cual por sí tanto trabaja, Que iguala con valor á la ventaja.
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Mas eran los contrarios tanta gente
Y tan poco el remedio y confianza, Que á muchos les faltaba juntamente
La sangre, aliento, fuerza y la esperanza: Llevados, pues, al fin de la corriente Sin poder resistir la gran pujanza, Pierden un largo trecho la montaña Con todas las seis piezas de campaña.
Mientras los araucanos festejaban su victoria con interminables borracheras, los españoles volvieron á Concepción para reedificar la ciudad. Pero Lautaro estaba vigilante y acudió antes de mucho con numeroso ejército á hacerles guerra. Los españoles, después de reñidos combates en campo abierto, corrieron á refugiarse en un fuerte que acababan de construir, acosados de cerca por los araucanos victoriosos. Allí se renovó el combate con nuevo furor.
Con audacia, desdén y confianza Lautaro contra el fuerte caminaba: Sigúele atrás la gente en ordenanza,
Y él con^gracioso término arrastraba Una larga, nudosa y gruesa lanza, Que airoso poco á poco la terciaba,
Y tanto por el cuento la blandía Que juntar los extremos parecía.
Los pocos españoles salen fuera Que encerrados no quieren esperallos De arcabuces delante una hilera, Otra de picas luego, los caballos A los lados: y así desta manera Con fiera muestra vienen á buscallos. Llegados á do ya podían herirse Los unos á los otros dejan irse.
Y de rencor intrínseco aguijados Los movidos ejércitos venían: Suenan los arcabuces asestados, Del humo, fuego y polvo se cubrían.
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Los corvos arcos coa vigor flechados Gran número de tiros despedían: Vuelan nubadas de armas enastadas Por los valientes brazos arrojadas.
Cuales contrarias aguas á toparse Van con rauda corriente sonorosa, Que, resistiendo al tiempo del mezclarse Aquella más violenta y poderosa A la menos pujante, sin pararse Volverla contra el curso es cierta cosa: Así á nuestro escuadrón forzosamente Le arrebató la bárbara corriente.
No pudiendo sufrir la fuerza brava Del número de gente y movimiento, Al español el bárbaro llevaba Como á liviana paja el recio viento. Entran sin orden, que ya rota andaba, Todos mezclados en el fuerte asiento,
Y dentro del cuadrado y ancho muro Comienzan pie con pie un combate duro.
Lautaro, gente y armas contrastando, En la fuerza el primero entrado había
Y muerto á dos soldados en entrando Que en suerte le cupieron aquel día. Lincoya iba hiriendo y derribando: Mas ¿quién podrá decir la bravería De Tucapel, que el cielo acometiera Si hallara algún camino ó escalera?
No entró al fuerte por puerta ni por puente, Antes con desenvuelto y diestro salto: Libre el foso saltó ligeramente
Y estaba en un momento en lo más alto: No le pudo seguir por allí gente,
El solo de aquel lado dio el asalto; Mas, como si de mil fuera guardado Se arroja luego en medio del cercado.
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Apenas puso el pie firme en la plaza, Cuando el furioso y bárbaro esgrimiendo La ejercitada, dura y gruesa maza, Iba á los enemigos esparciendo; No vale malla fina ni coraza;
Y las celadas frentes, no pudiendo Sufrir los recios golpes que bajaban, Machucando los sesos se abollaban.
Unos deja tullidos y contrechos, Otros para en su vida lastimados, A quien hunde el pescuezo por los pechos: A quien rompe los lomos y costados Cual si fueran de blanda cera hechos: Magulla, muele y deja derrengados,
Y en el mayor peligro osadamente Se^arroja'?sin temor de armas y gente.
El grave Leucotón, no menos fuerte, Con el valor que el cielo le concede, Hiere, aturde, derriba y da la muerte, Que nadie en fuerza y ánimo le excede: No sé cómo á escribirlo todo acierte, Que mi cansada mano ya no puede Por tanta confusión llevar la pluma
Y así reduce mucho á breve suma.
En esto un rumor súbito se siente Que los cóncavos cielos atronaba,
Y era que la victoria abiertamente Por el bárbaro infiel se declaraba; Ya la española destrozada gente Al camino de Itata enderezaba Desamparando el suelo desdichado De sangre y enemigos ocupado.
10.— Victorias y desastres.
LOS araucanos, en celebración de sus victorias, pasaron muchos días entregados á la embriaguez, hasta que Lautaro consiguió ponerlos nueva-
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mente en campaña para atacar a Santiago y acabar allí con los españoles. Alarmados éstos al saber la marcha de Lautaro, mandaron á su encuentro una partida de exploradores. A poco éstos regresaron precipitadamente á Santiago en completa derrota:
Sin aliento, cansados y afligidos Vuelven con testimonio asaz bastante De cómo fueron rotos y vencidos Por la fuerza del bárbaro pujante, Lasos, llenos de sangre mal heridos, Con pérdida de un hombre, el cual delante
Y en medio de los campos desmandado A manos de Lautaro había expirado.
Cuentan que levantado un muro había A donde con sus bárbaros se acoge
Y que infinita gente le acudía
De la cual la más diestra y fuerte escoge: También que bastimentos cada día
Y cantidad de munición recoge Afirmando por cierto, fuera desto, Que sobre la ciudad llegará presto.
Francisco de Villagrán, que estaba enfermo, mandó al sobrino suyo, Pedro de Villagrán, á batirse con Lautaro. El triunfo fué de éste; pero los españoles pelearon con tanta bravura que el indio comprendió que necesitaba mayores fuerzas para atacar á Santiago. Suspendió en consecuencia su marcha, regresando al Sur en busca de nuevas tropas, y algún tiempo después volvió á ponerse en campaña.
En esta ocasión la suerte le fué adversa. Un indio, amigo de los españoles, sirvió á éstos de guía para llegar de sorpresa al campamento araucano. Lautaro no tuvo tiempo ni para tomar sus armas; presentóse desnudo en lo más recio del combate y allí mismo una flecha le atravesó de parte á parte matándolo en el acto:
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