Historia de Chile para la enseñanza primaria · Unidad 6 de 35

Unidad de lectura 6

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Muchos de los españoles, para ocultar sus crueldades, decían que los indios no tenían alma, que no eran hombres como los demás hombres, y que no había injusticia en perseguirlos, cautivarlos y domarlos como á fieras Esta excusa tan torpe no podía atenuar la culpa de los españoles porque la doctrina cristiana, de la que ellos se decían discípulos y defensores, ordena tratar

con caridad, no sólo á los hombres, sino también á los animales. El Papa Paulo III condenó el mal tratamiento que los españoles daban á los indios de América, y declarando que éstos eran «verdaderos hombres capaces de la fe cristiana,» ordenó que fuesen tratados con benevolencia y suavidad, que no se les sometiese á esclavitud ni se les despojase de sus bienes. Los Reyes de España también ordenaron muchas veces que se tratase á los indios con justicia y establecieron severas penas contra sus perseguidores.

Pero las declaraciones del Papa y las órdenes de los Reyes no mejoraron la triste suerte de los indios, que fue ron exterminados en Chile y en toda la América con invariable crueldad. Hubo, por excepción, unos pocos españoles que no fueron crueles. En este número se encuentran varios de los sacerdotes que vinieron á fundar iglesias con la esperanza de convertir á los indios al cristianismo. En los primeros años de la conquista hubo sacerdotes guerreros, más inclinados á la violencia que á la caridad; pero hubo también otros que se ocuparon sólo en predicar el Evangelio, yesos fueron caritativos, justos y generosos. En páginas anteriores se ha referido cómo el padre Luis de Valdivia se consagró á servir á los indios y cuánto trabajó para impedir las violencias de los españoles. Algunos años antes, en los primeros tiempos de

Un misionero.

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la conquista, tres frailes franciscanos reprendieron severamente al mismo Gobernador Pedro de Valdivia por su conducta inhumana con los indios y obtuvieron que ordenase corregir algunos abusos. El fraile dominico Gil González fué también un defensor generoso de los indios perseguidos y predicó en su iglesia que «los indios defendían causa justa; que era su libertad, casas y haciendas, por lo cual se iban al infierno los que los mataban.»

El primer Obispo de Santiago fué Rodrigo González Marmolejo. Este sacerdote vino á Chile sirviendo de Capellán en la expedición de Pedro de Valdivia. Fué muy querido de los conquistadores, porque no sólo les prestaba los servicios propios de su ministerio, sino también les auxiliaba en sus desgracias y les ayudaba generosamente en sus necesidades. Era ya muy anciano y estaba achacoso, cuando le llegó en 1562 su nombramiento de Obispo; murió en 1564 sin haber podido consagrarse, ni desempeñar las funciones episcopales.

El primer Obispo de Concepción fué el fraile franciscano Antonio de San Miguel. El Papa hizo su designación para el Obispado en 1563; pero el señor de San Miguel no pudo consagrarse, por diversos inconvenientes, hasta el año 1568. Este Obispo es digno de recuerdo por sus constantes esfuerzos para conseguir que los indios fuesen tratados con humanidad. Igual mérito tiene el tercer Obispo de Santiago, fray Diego de Medellín, también de la orden franciscana. Fué el más decidido protector de los indios contra la crueldad de los españoles; poco antes de morir escribía al Rey de España estas palabras que revelan toda la bondad de su alma: «El mayor deseo que en esta tierra tengo es ver á estos naturales con alguna quietud.» Murió á la edad de noventa y siete años. Un historiador de la iglesia chilena escribe lo que sigue refiriéndose al Obispo Medellín:

«Profundamente amado y respetado en el país, debió de ser su muerte sentida por todos, pero principalmente por los pobres indios, á quienes, durante los diez y

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siete años de episcopado, no había cesado un momento de prestar decidida protección, defendiéndolos contra los poderosos y los opresores con el valor, la constancia, el desinterés y la generosidad de que sabe dar muestra un Obispo católico.»

8.— El Obispo Villarroel.

ACASO el más notable de los sacerdotes de Chile durante la colonia, fué el fraile agustino Gaspar de Villarroel, séptimo Obispo de Santiago.

El Obispo Villarroel era un modelo de bondad y de virtud. Vivía consagrado á servir á los enfermos y los

menesterosos. Los días lunes visitaba á los presos en la cárcel pública, les llevaba alimentos y cigarros, hablaba cariñosamente con ellos y trataba de hacerles arrepentirse de sus faltas. Los viernes visitaba el hospital de ' San Juan de Dios y personalmente distribuía á los enfermos los regalos que para ellos llevaba. Los sábados repartía limosnas en su casa, que se llenaba de hombres, mujeres y niños hambrientos por falta de trabajo. Dos pobres, casi desnudos y temblando de frío, llegaron á pedirle limosna en circunstancias en que él no tenía las llaves de su escritorio y de su ropero, porque

Obispo Villarroel.

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su mayordomo estaba ausente. El Obispo, no pudiendo resignarse á despedirlos sin darles un socorro, pasó á su cuarto de dormir, se quitó rápidamente la ropa interior y pronto volvió, vestido sólo con su sotana, para dar á uno de los pobres su camisa y al otro sus pantalones. Este acto de caridad cristiana debe servir de ejemplo á todos los curas que están encargados, no sólo de predicar la enseñanza sagrada, sino también de sacrificarse en servicio de sus semejantes.

El 13 de Mayo de 1647 un espantoso terremoto destruyó á Santiago. A las diez y mediaTde la noche se estremeció la tierra con tanta violencia que en breves instantes cayeron derrumbados todos los edificios de la ciudad. Algunos de los habitantes alcanzaron á correr á las calles y á los patios interiores de las casas; otros quedaron sepultados entre las ruinas. Muchos de éstos murieron aplastados por las paredes; otros estaban heridos y daban gritos lastimeros pidiendo socorro.

En medio del espanto producido por la catástrofe, los que estaban sanos y salvos se desesperaban por encontrar á las personas de su familia, pues todos temían que sus padres, sus esposos, sus hijos ó sus hermanos estuviesen pereciendo bajo las ruinas. Era necesario proceder sin demora á levantar los escombros y prestar ayuda á los desgraciados que pedían auxilio. En esta obra de salvación, el Obispo Villarroel tomó una parte principal. El mismo estuvo á punto de perecer, quedando sepultado bajo los escombros de su casa; sus sirvientes lograron desenterrarlo y así libró con sólo tres heridas leves en la cabeza.

El Obispo, apenas se vio libre de este gravísimo peligro, se ocupó en auxiliar á los moribundos y cuidar á los heridos, obra en que fué ayudado por todos los sacerdotes que había en la ciudad. Las autoridades civiles, por su parte, hicieron prodigios también- para servir á los desgraciados; pero en aquellos tiempos se creía que los temblores y terremotos eran castigos decretados por Dios, y las gentes, aterrorizadas por el cataclismo, daban más importancia á las oraciones del

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Obispo que á los servicios de las autoridades civiles. Por esto en los recuerdos del terremoto se menciona especialmente la actividad con que procedieron los sacerdotes á confesar y absolver á los moribundos. Lqs que habían salvado, también se confesaban á gritos y hacían otros actos de devoción para descargar sus con-

Iglesia Matriz de Valparaíso.

ciencias de las culpas que, según creían, eran la causa del terremoto. Más de cuarenta sacerdotes pasaron la noche en escuchar las confesiones de tantos culpables arrepentidos en la hora del peligro.

í>.— Los Jesuítas.

EN la historia eclesiástica de Chile corresponde un recuerdo especial á la famosa Compañía de Jesús. En 1593 llegaron á Santiago ocho jesuítas, los primeros que venían á Chile. Su pobreza era extremada, no tenían dinero ni para pagar su alojamiento y su comida. Fueron hospedados eri el convento de Santo Domingo, mientras la caridad pública les proporcio-

naba recursos para atender á sus necesidades. Setenta años más tarde había en Chile 300 jesuítas, que eran dueños de 59 haciendas, de innumerables casas en todas las ciudades, de 2,000 esclavos y de una inmensa cantidad de animales. Estos bienes representaban un valor de muchos millones de pesos.

La mayor parte de estas inmensas riquezas fueron regaladas á los jesuítas por los habitantes de Chile; pero ellos administr aban sus bienes con mucha habilidad y los aumentaban mediante el trabajo y la economía. Es admirable que los chilenos, en medio de su pobreza, fueran tan generosos con los jesuítas. Esto se explica, porque esos sacerdotes eran los hombres más instruidos, •

más serviciales y más laboriosos que había en el país. Servían de maestros á la juventud, predicaban en todas las iglesias, hacían con frecuencia procesiones y fiestas solemnes, viajaban como misioneros por los campos, enseñándola religión á los indios, acompañaban á los enfermos, auxiliaban á los moribundos, consolaban á los afligidos, y eran los consejeros de

Un jesuíta.

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todas las familias en los días de desgracias y pesares. Los padres jesuítas se ocuparon especialmente en predicar á los indios la religión cristiana. Despreciando los peligros de la guerra, se internaban como misioneros en el territorio de Arauco, fundaban iglesias y procuraban convertir á los indios por medio de la bondad. El ejemplo del jesuíta Luis de Valdivia fué imitado por muchos sacerdotes de la misma orden. Entre otros es justo recordar al padre Diego Rosales, que vivió algunos años entre los araucanos y escribió una notable Historia de Chile. En la penosa vida de misioneros, los jesuítas tuvieron que soportar grandes sufrimientos.

Palmas de la hacienda de los jesuítas en Ocoa.

Algunos fueron apresados y otros muertos por los indios en las épocas de guerra; pero, á pesar de ello, siempre continuaron abnegadamente en la santa obra de enseñar el Evangelio.

Con tales méritos y servicios los jesuítas se conquistaron el afecto de los chilenos. Algunas personas, com-

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padecidas de verlos tan pobres á su llegada, les dieron terrenos y dinero para que edificasen una iglesia; ellos, en señal de gratitud, concedieron á estas personas el título de fundadores de la iglesia, lo que les daba derecho á solemnes funerales el día de su entierro. Esta recompensa espiritual, que era una promesa de salvación del alma, satisfacía también el orgullo mundano de los ricos, y ofrecía un poderoso estímulo á la generosidad de aquellos colonos que se distinguían tanto por su devoción como por su vanidad.

Puede decirse que los jesuítas fueron los primeros agricultores de Chile. Hasta entonces el cultivo de los campos se había hecho de un modo muy imperfecto; ellos principiaron por enseñar á los trabajadores, introdujeron nuevos instrumentos de labranza, construyeron canales para sacar agua de los ríos y regar sus campos en la primavera y el verano. Así lograron que sus haciendas diesen abundante producción de trigo, vino, aguardiente, frutas secas, sebo y charqui.

También cultivaron el cáñamo y fabricaron cuerdas, establecieron curtidurías para beneficiar los cueros de los animales que mataban en sus haciendas y fundaron en Santiago una alfarería para fabricar vasijas, ollas destinadas á la cocina y otros artefactos. En la desembocadura del Maule, donde se fundó más tarde el puerto de Constitución, tuvieron un astillero para construir lanchas y otras embarcaciones menores.

Por estos medios los jesuítas habían adquirido grandes riquezas, no sólo en Chile, sino también en los demás países de América y en España. Formaban, al mismo tiempo, una orden religiosa y una gran sociedad industrial con agencias en todo el mundo, y ponían en la administración de sus negocios igual fervor que en el desempeño de sus funciones sacerdotales. Fué tanto el poder que adquirieron con sus riquezas, su influencia fué tan grande en la sociedad, que Carlos III, Rey de España, llegó á pensar que eran i un peligro para su poder, por lo cuaFordenó que fueran expulsados de todos sus dominios. Esta orden se cumplió en Chile,

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como en los otros pueblos americanos, en Agosto de 1767. Las riquezas inmensas de los jesuítas fueron declaradas de propiedad del Rey.

Dos jesuítas nacidos en Chile, el padre Miguel de Olivares y el padre Juan Ignacio Molina, merecen un recuerdo por su ilustración y sus trabajos literarios.

El padre Olivares, natural de Chillan, fué destinado a las misiones y recorrió casi todo el territorio de Chile predicando la religión á los indios. Cuando pudo x descansar, dedicó su tiempo á la lectura y al estudio y escribió un libro curioso sobre la historia

El rey Carlos III.

de los jesuítas en este país. Terminado ese trabajo, volvió á pasar muchos años en la vida de misionero, hasta que llegó la orden de expulsión. El padre Olivares escribió también una Historia de Chile, que contiene noticias interesantes sobre las costumbres de los araucanos.

El padre Juan Ignacio Molina nació en el campo, á orillas del río Maule. Hizo sus estudios en un colegio que los jesuítas tenían en Concepción y después se transladó al colegio de Santiago, donde estaba cuando llegó la orden de expulsión Molina fué transladado á Italia; allí vivió más de sesenta años en mucha pobreza.

Movido por el cariño á su patria, Molina se propuso dar á conocer en Europa la geografía y la historia de Chile. Desde niño tuvo afición al estudio de las píantas

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y los animales. Esto era una simple curiosidad, porque en aquel tiempo no se daba importancia á tales cosas. En Italia se procuró algunos libros científicos, y con auxilio de ellos y de sus recuerdos, escribió en italiano tres libros, que llamaron la atención de los sabios. La parte más importante de su trabajo es la que trata de la Historia Natural de Chile; fué traducida á las principales lenguas de Europa y dio mucha fama á su autor.

Molina vivió hasta el año 1829. Jamás volvió á Chile; pero siempre recordó á su patria con grande afecto. Los chilenos le han hecho justicia levantándole una estatua que ha sido colocada frente á la Universidad, para que los estudiantes se inspiren en su ejemplo.

10.— El Gobernador Ambrosio O'Higgins.

EN Chile había un Gobernador nombrado por el Rey de España y encargado de hacer cumplir las órdenes de éste. La guerra con los araucanos fué la principal ocupación de los Gobernadores.

Por esta causa y por la pobreza del país casi todos se dedicaron á los servicios militares sin hacer obras de provecho que les recomienden á la gratitud de los chilenos. El mejor de esos Gobernadores, el que más hizo progresar la colonia fué Ambrosio O'Higgins, comerciante irlandés que se estableció en España, y después de vivir allí algunos años, se transladó al Perú, con permiso del Rey, llevando algunas mercaderías: O'Higgins perdió en malos negocios el poco capital que poseía y del Perú pasó á Chile como empleado del Rey, con sueldo anual de quinientos pesos.

O'Higgins era un hombre inteligente, laborioso y honrado. Las autoridades superiores le apreciaban mucho por la exactitud con que cumplía sus obligaciones y por su lealtad para servir los intereses de España. Aún cuando era extranjero por su nacimiento, se con-

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dujo en América como el español más fiel á las órdenes reales. En recompensa de su fidelidad y sus servicios, el Rey le nombró Gobernador de Chile en 1778. O'Higgins tenía 67 años de edad cuando recibió este nombramiento; pero su salud era fuerte y, no obstante la vejez, pudo trabajar con la actividad propia de un joven.

El nuevo Gobernador conocía todo el territorio comprendido entre Santiago y Arauco porque, en cum p 1 i - miento de sus obligaciones como empleado, lo h a b í a recorrido m u c h as veces. Su primer cuidado en el Gobierno fué visitar el territorio que no conocía al norte de Santiago. Se marchó primero á San Felipe; de allí se dirigió á Petorca y al puerto de Coquimbo, donde se embarcó con dirección á Caldera; se detuvo en Copiapó treinta días y, atravesando el desierto de Atacama, volvió á La Serena para seguir después á Quillota y Valparaíso.

Hoy, con todas las comodidades con que se viaja, pocas personas se atreverían á hacer una visita á las provincias del norte como las practicadas por el Gobernador O Higgins. Este, á pesar de sus años, soportó las fatigas sin enfermarse y se ocupó activamente en servir á las poblaciones que visitaba. Desde la mañana hasta la noche se ocupaba en recoger noticias sobre las necesidades del país, en oír las quejas que los

Ambrosio O'Higgins.

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habitantes presentaban contra las autoridades locales, en ordenar trabajos útiles y en hacer toda clase de servicios.

Lo que más llamó la atención del Gobernador fué la crueldad con que se hacía trabajar á los indios en los campos y en las minas. O'Higgins, compadecido de estos infelices, se apresuró á ordenar que los mineros y agricultores les tratasen con caridad y les pagasen su trabajo. Hasta entonces los pobres indios habían trabajado como esclavos, porque sus patrones tenían libertad de hacer con ellos lo que querían. Jamás recibían un salario que les permitiese atender á sus necesidades y las de sus familias. Era costumbre general que los amos no diesen á los indios otra cosa que una arroba de charqui de cabra y un almud de cebada en cada mes y algunas varas de bayeta en cada año. Con estos recursos tan miserables, los indios y sus familias no podían alimentarse ni abrigarse, por lo cual morían en gran número, víctimas del hambre y de las enfermedades.

La orden del Gobernador O'Higgins para que los indios fuesen tratados como hombres libres, encontró muchas resistencias, porque los agricultores y dueños de minas hacían su negocio tratándolos como á esclavos. Pero el Gobernador mantuvo su orden con energía y la hizo cumplir, prestando amparo á los indios que se quejaban con justicia de la conducta de sus patrones.

El Gobernador O'Higgins puso también especial empeño en conseguir que los araucanos viviesen tranquilos. Ordenó al jefe de las tropas españolas en Arauco que siempre estuviese pronto para la guerra; pero que no atacase ni ofendiese á los indios sin motivo, á fin de ver si podía estar en paz con ellos. El resultado fué satisfactorio, porque los araucanos, sabiendo que los españoles estaban armados y prontos para combatir, tuvieron cuidado de no atacarlos y vivieron ocupados en cultivar sus campos. De este modo, la prudencia del Gobernador fué mucho más eficaz que las violencias

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de sus antecesores para obtener, siquiera por algún tiempo, la pacificación de los guerreros indomables de Arauco.

11 «—La Audiencia y los Cabildos.

EL Gobernador no era el único representante del Rey en Chile. Había también en Santiago un tribunal — la Real Audiencia — compuesto de un Regente, cuatro Oidores y dos Fiscales, que eran nombrados por el Rey y juraban prestarle ciega obediencia.