Historia de la filosofía del siglo XIX · Capítulo real 11 de 18
CAPITULO XI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XI
El materialismo contemporáneo
sus oii"one« -Progresos de las ciencias biológicas en el pasado sig,o.-!«.« MttUer y sus disclpn.os.-Buchner. - El mon.smo de Ilaeckel- Mantegaiía, Vogt, elí.
Difícilmente nos podremos formar idea de las causas que motivaron el materialismo contemporáneo, si prescindimos del pujante desarrollo que las ciencias biológicas y químicas obtuvieron en
el pasado siglo. ^
Ni los ataques violentos á la religión y sus dogmas de Voltaire, Rousseau y demás enciclopedistas ni las aproximaciones entre la psicología y la fisiología llevadas á cabo por los fisiólogoidealistas, Destutt de Tracy, Cabanis, ete., ni mucho menos el racionalismo imperante en la primera mitad del siglo xix, pueden considerarse, aunque lo parezcan, como los verdaderos determinantes de las corrientes materialistas que se notan en la mayor parte de los investigadores científicos sobre todo desde los años 1850 á 1880.
Que tales hechos no son los precedentes del materialismo se demuestra, ya por la imposibilidad
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de descubrir relaciones de escuela ó de dirección lilosofica entre unos y otros, porque los primeros son casi exclusivamente filósofos, y los materiaistas se han consagrado de un modo principal á las ciencias naturales; ya por el lugar en que se desarrollan, pues no en Francia sino en Alemania encontramos el foco principal del materialismo, y resulta históricamente comprobado, que lejos de influir el pensamiento filosófico francés eii Alemania, durante el período de tiempo á que nos referimos, ha ocurrido precisamente lo contrario; ya también por el carácter cientifico que todos reconocen al materialismo- de nuestros días. Y por lo que se refiere al racionalismo, no hay para qué decir, que el espiritualismo exagerado, y no el materialismo, es el fruto natural de las tendencias racionalistas, como puede observarse en Kant y sus discípulos, Cousin y su escuela.
En otras fuentes, pues, habremos de buscar los orígenes del materialismo contemporáneo. Quizá Jas maravillosas conquistas de los biólogos en la investigación de las funciones y estnictura de los organismos sedujeron de tal suerte á los naturalistas, que llegaron á creer se podría suprimir todo principio espiritual ó superior á las fuerzas físicas ó químicas como Innecesario para la explicación de la naturaleza en todos sus órdenes. Veamos si los hechos confirman esta suposición . Desde luego observamos que Alemania, foco principal del materialismo contemporáneo, ha sido también el centro en donde se han realizado los grandes progresos de las ciencias biológicas. Dé-
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bense estos en gran parte á Juan Müller (180M858) que desde los años 183B á 1858 trabajó con una actividad incomparable en su cátedra de Berlín, en la que se formaron los mejores biólogos del pasado siglo (1). Cuando en 1838 el botánico Schlelden reconoció en la célula el órgano elemental de todas las plantas, Müller, después de advertir esa misma estructura celular en algunos animales, estimuló á su discípulo Schwan á que exextendiera las investigaciones á todo el reino animal. Estas dieron por resultado la famosa teoría celular (1839) que luego comprobaron Brücke y Koelliker, discípulos ambos de Müller. Posteriormente Wirchow (2), educado en la misma escuela que los anteriores, aplicó la teoría celular á la patología, en su obra Patología celular (1858).-
Parecidos adelantos se advierten en embriología. Las viejas teorías de la preformación y de la hivolución (emboitement) son reemplazadas por la de la epigénesis, según la cual la formación del feto no es el crecimiento de órganos preformados, sino una serie de trasformaciones. Partiendo de esa hipótesis establece Baer en 1828 la teoría de las hojas germinativas, como elementos primeros del embrión, las cuales al subdividirse dan nacimiento á la capa epidérmica, muscular, vascular y mucosa. El estudio de la generación en toda la escala zoológica, da por resultado los dos princi-
(1) Resumió sus trabajos en una obra á la que dio el modesto título de Manual de fisiología humana.
(2) t 5 Septiembre de 1902 j nació en 18^1.
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pios siguientes, que resumen el proceso de la ontogénesis en todos los seres orgánicos, á saber: el principio del crecimiento desigual de la capa celular del embrión, y el principio de la división del trabajo y de la diferenciación de tejidos.
Aplicando HIrn la teoría mecánica del calor á los motores animados descubre una relación de equivalencia entre el movimiento producido por el animal y el oxígeno gastado; y por consiguiente, que el movimiento de los seres orgánicos está sometido á las mismas leyes que cualquier otro movimiento mecánico.
Esta aproximación de las funciones vitales á los fenómenos mecánicos avanza rápidamente con el nacimiento de la química orgánica. "Los progresos de la síntesis química, dice el distinguido catedrático Sr. Hernández Pajarnés (1), han logrado con el genio y arte de Berthelot producir substancias ternarias, ácidos orgánicos como el ácido fórmico; éteres, alcoholes, y señaladamente el alcohol etílico, el producto mismo de la fermentación de la glucosa; y lo que es más, la síntesis obtuvo ya antes por el químico alemán Wohler una substancia cuaternaria azoada, una materia albuminoidea, la úrea.„
Si á todo esto se añade el perfeccionamiento de los medios de observación, obtenido, ya por las mejoras introducidas en el microscopio y en otros aparatos similares, ya por el descubrimiento de
(1) Principios de metafísica. Cosmología. -Zaragoza. 1893, cap. VII, pág. 263.
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substancias químicas, como el ácido crómico de Hannover (1840) que endurece la substancia nersr alterarla, las materias colorantes que hacen posible la contemplación de la marcha de una célula en un proceso fisiológico, el c..a^ Ze deja intacta la sensibilidad é imposibilita ^- do movimiento voluntario ó reflejo, los aneste ieos ete., se comprendeYá fácilmente que os bióSs se encariñaran con sus métodos de investígadón excluyendo todo otro procedimiento cienIfico Y que entusiasmados con la contemplación del Lo material del universo rechazai^n como creencia pueril, mantenida en otras epo^^^^^^^^^ mentable atraso científico, la que hace mtervenu Tara la explicación satisfactoria de los maravillosos fenómenos de la vida y de la conciencia, a pr ncipios de un orden superior á las fuerzas mecanicas y químicas. En esta opinión habrían de confirmarles el clamoreo triunfal con que eran recibidas las hipótesis de Darwin sobre el origen de los seres vivientes, y la falange de discípulos que se impusieron la ruda tarea de extenderlas y apoyarlas con nuevas observaciones.
Todo esto que acabamos de decir resulta comprobado por los hechos, toda vez que Baer Wirchow, Du Bois-Reymond, sucesor de J. Mu er en la cátedra de fisiología de Berlín, el mismo Wund y otros, se inclinaron del lado del materialismo al empezar su carrera científica. ,. ^ ;
Mas no se crea por esto que el estudio de la naturaleza conduce infaliblemente al materiahsmo, y que el método experimental es de suyo exclusí-
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vista é incompatible con todo otro procedimiento. Nada de eso. A la manera que al banquero caprichoso á quien le enseñan una hermosa finca de recreo, se le despierta la codicia de poseerla, y no advierte en aquel entonces, ni los inconvenientes que podrá tener el pasar en ella la vida, ni le ocurre la posibilidad de que haya otra mejor y más barata; pero una vez adquirida y cuando tiene la suerte de habitar en ella, se le van ofreciendo un sinnúmero de dificultades en que no había reparado y hasta descubre luego otras fincas más deliciosas y amenas; así también el naturalista en sus primeros ensayos de investigación al asomarse por el microscopio y ver las maravillas, por ejemplo, de la división y multiplicación de la célula, ni concibe que haya otro medio de observación tan exacto, ni que deban admitirse otras cosas que las que el microscopio descubre. Sin embargo, cuando pasan los primeros fervores y el entusiasmo va cediendo, se impone la reflexión y surgen otros problemas que antes no se habían advertido, y se presentan indicios de algo que debe estar más allá del campo visual del microscopio. Esto ha ocurrido con los naturalistas anteriormente citados.
Así Wirchow, que en su discurso sobre la concepción mecánica de la vida, había dicho que la actividad de la célula no difiere en nada de las actividades físico-químicas, combatió después enérgicamente el monismo materialista de su antiguo discípulo Ernesto Haeckel, sosteniendo "que toda célula proviene de otra célula,,, y que "nada hay
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cioaes psicológicas (1). _
Espiritualistas han sido también: Pasteur (1822 á 1895), el contradictor de las generaciones espontáneas, á cujos descubrimientos biológicos le estarán siempre agradecidas la humanidad y la ciencia; Cl. Bernard (1813-1878) que tan claramente ha demostrado la necesidad de una "idea
(1) ElémenU. de psyehologii phytiologique, 2.' edic. t. II, cap. XXIII. (Trad. franc. Alean. 1886).
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directriz^ á la cual obedecen en su formación los seres vivientes, y cuya obra IntroducHon á V étude de la médecine experiméntale (1865), continúa siendo en nuestros días el manual clásico del investigador; P. E. Chauffard (1823-1879); Quatrefages (1810-1892), el más notable de los impugnadores del darwinismo; y otros muchos.
Los que han permanecido aferrados á aquellas exageraciones materialistas que estaban tan en boga hace cuarenta años, y los que han disfrutado también de mayor popularidad son Büchner (1824-1899) y Haeckel (1834), aunque no sean los que más han contribuido al progreso de la ciencia.
El primero, conocido principalmente por su obra Forcé et matiére (1855), repite hasta la saciedad en todos sus escritos que "todo lo que existe es materia ó movimiento de materia,,, que la materia es realmente inftnita en el espacio y en el tiempo, y cree explicarlo todo por simples combinaciones atómicas y transformaciones de la materia y de la fuerza, lo mismo la atracción de los átomos que el crecimiento de la planta, la sensibilidad que el pensamiento. Este último para Büchner es una secreción del cerebro, como la bilis es segregada por el hígado. El fisiólogo alemán, discípulo de Wirchow, escribe siempre en tono dogmático y presuntuoso y en ocasiones llega hasta el cinismo más repugnante. Como ejemplo de esto último citaremos estas palabras de su obra, Z' homme selon la science: "Toda ciencia y sobre todo la filosofía que busque la realidad y no
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la apariencia, la verdad y no la hipocresía, debe ser necesariamente atea. En el momento que un libro de filosofía emplea la palabra Dios, á no ser que se trate de una crítica ó de una cita, ya se le puede echar á un lado, pues seguramente no encontraréis en él cosa alguna que pueda contribuir al progreso de la ciencia.,,
Quien así resuelve cuestiones tan arduas y que siempre han mirado con interés y hasta con respeto los más profundos pensadores, revela carecer en absoluto de espíritu filosófico y que no le mueve á escribir el esclarecimiento de la verdad, sino el deseo de estampar frases gruesas para oradores
de club.
No es menos presuntuoso ni menos atrevido en sus afirmaciones el profesor de zoología en la Universidad de Jena, Ernesto Haeckel, el cual, á pesar de sus numerosas producciones científicas, editadas algunas de ellas hasta nueve veces y traducidas á doce idiomas distintos, no pasa de ser un vulgarizador pedante de las teorías darvinistas. Él mismo reconoce que sus maestros y condiscípulos, los cuales en otro tiempo se mostraron partidarios de su monismo materialista, le han dejado solo; pero ese aislamiento, lejos de hacerle titubear en sus convicciones extravagantes, Haeckel lo interpreta como una prueba de la virilidad y madurez de su espíritu. Si Wirchow, Du Bois-Reymond, etc., empezaron por ser monistas y han acabado por ser dualistas, sólo se explica esa metamorfosis psicológica, como él la llama, por la turbación de la vista y la degeneración que
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suelen acompañar á la vejez (1). Como él, á pesar de sus sesenta y ocho años^ha conservado la frescura y ía audacia de la juventud, ha querido dar la solución á todos los enigmas del universo á fin de que las generaciones venideras no tengan que perder tiempo en descifrarlos, en su obra recien publicada, Les enigmes de V Univers.
Du Bois-Reymond, resumiendo las conquistas de la ciencia moderna, ha dicho que quedaban algunos enigmas por descifrar, y que quizá algún día pudieran descifrarse, pero había otros que permanecerían siempre en la región de lo desconocido. Para demostrar la equivocación lamentable de Du Bois-Reymond, presenta Haeckel como solución á todos ellos los siguientes artículos dogmáticos de la filosofía monista.— I. El mundo corpóreo material y el mundo espiritual inmaterial forman un Universo único, inseparable y que comprende todo.— II. El mundo y Dios son una sola sustancia cuyos atributos inseparables son la materia y la energía.— III. El Cosmos (Universo) es eterno é infinito, no ha sido creado jamás y se desarrolla conforme á las leyes naturales y eternas.— IV. La ley de sustancia (conservación de la materia y de la' energía), rige todos los fenómenos sin excepción; todo se reduce á cosas naturales.— V. No existe fuerza vital especial que pueda suponerse independiente de las fuerzas físicas y químicas.— VI. El alma delhom-
(1) Vid. Les enigmes de f Univers por Ernest Haeckel, Prof. de Zoologie á 1' Université de Jeiía, París, 1902, pág. 117.
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bre no es una sustancia independiente, inmortal, sino que procede por vías naturales del alma animal* es un conjunto de sustancias cerebrales (l). Pero la filosofía monista no sólo es el único sistema exento de contradicciones y capaz de dar una explicación plausible de la naturaleza smo que Haeckel tiene la pretensión de que los hono^ rabies teólogos del siglo xix se encargarán de establecer una religión monista. Para esto les indica que puede servir de base la religión cristiana con sus cultos y sus fiestas despojándola de lo sobrenatuml y dando más entrada á la naturaleza; asi, por ejemplo, la fiesta de Pascua no ha de consagrarse á celebrar la resurrección de Cristo, smo a regocijarse de las primeras manifestaciones de la
vida orgánica, etc.
Después de todas estas afirmaciones tan categóricas y de tanta trascendencia, es muy natural que le ocurra al lector preguntar por los argumentos en que se apoya el zoólogo de Jena para escribirlas. No lo sé; he tenido la paciencia de leer toda la obm y no he podido encontrarlos. Haeckel no suele discutir; afirma rotundamente Y espem que se le ha de creer por su palabra. Quizá este dogmatismo, mezclado de voces técnicas, sea la clave para explicar el secreto de su no despreciable popularidad. El tecnicismo sirve para darse tono de sabio profundísimo entre el vulgo que no suele propender por criticar lo que lee; y si á este falso prestigio se añade el éntasis
(1) Ob. cit„ cap. XIX, pág. 414.
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de seguridad y de convicción que campea en todos los escritos de Haeckel, no habrá de sorprendernos que ni el ridículo fracaso del hathihius HaecJcelii le haya restado admiradores. La historia de ese batibio, moco amorfo le llama graciosamente nuestro maestro el Sr. Hernández Faj arnés, demuestra el exceso de imaginación inventiva de Haeckel, que llegó hasta el extremo de engañar al mundo científico contándole la existencia y propiedades de una sustancia que no ha Aisto ni ha podido observar. Así lo demostró el propio Tyndall en una conferencia dada en Liverpool ante la Asociación británica para el fomento de las ciencias, presidida por Huxley (1).
Al lado de Buchner y Haeckel, suelen citarse como materialistas á Vogt, Aloleschott, Herzen, Mantegazza y algunos otros; pero si se atiende á su escasa importancia en el terreno filosófico, no creo se nos pueda censurar el omitirlos. El más interesante desde el punto de vista en que nos colocamos, nos parece ser Pablo Mantegazza por sus escritos psicológicos. Sin embargo, en ellos se echa de menos el psicólogo que busca los fenómenos para interpretarlos científicamente, y aparece el escritor superficial que quiere ante todo ser interesante y deleitar á sus lectores.
(1) Dejamos para los biólogos la exposición de la arbitraria hipótesis de Haeckel sobre el origen de la vida. El Sr. fl. Fajarnés la ha discutido ampliamente en su obra La Psicobgia celular (Zaragoza, 1883), tan bien documentada j repleta de erudición, que basta su lectura Í)ara conocer el juicio que á . los sabios ha merecido la abor de Haeckel.
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Como dato curioso de su honradez científica, mencionaremos la sentencia del Tribunal de Comercio de Róan, que condenó á Mantegazza en 1895 á pagar 2.500 francos por haber traducido los principales pasajes de la obra La escritura y el carácter de Crépieux-Jamín, en su libro sobre la Grafologia (1).
(1) Vid. HisUnre de la philosophie, por Elias Blanc, tomo ni, pág. 423.— París, 1896.
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