Memoria histórica de las posesiones hispano-africanas · Unidad 146 de 388

Unidad 146 · 190 PARTE Ill-CAPITULO XV

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190 PARTE Ill-CAPITULO XV

Mazagrán, y al conocerlo cargaron los Argelinos sobre la retaguardia, que sostenía D. Martín con los caballos y alguna infantería. Pareciéndole que se juntaban demasiado, mandó una carga; pero apenas si le siguieron 30 caballos, que al verle herido de un arcabuzazo, volvieron grupas cobardemente y con ellos toda la retaguardia.

En esta confusión ocurrió un grande estrago: el repuesto de la pólvora voló, con muerte de más de 500 hombres, y el valiente catalán Ginés de Osete, que con unas pecezuelas sostenía á los soldados viejos, tuvo que abandonarlas. A la explosión y al tumulto de la retaguardia que huía, se desordenan todos, y el escuadrón de la batalla tira las picas, y á todo correr se refugian en Mazagrán. Al ver el Conde la rota, pasa de la vanguardia á la retaguardia, y afrentando á unos y animando á otros, da dos veces del acicate al caballo, y á la tropa el grito de Santiago; pero nadie le sigue. Sólo quedaban en el campo sosteniendo el ímpetu de los Turcos y Moros, los soldados viejos de Oran, que si bien cedían el terreno, era en buena formación y defendiéndose con cargas muy ordenadas.

Tres veces entró en Mazagrán el Conde, herido ya de un brazo (según se dijo, por sus mismos soldados, que también mataron al valeroso Capitán Juan de Ángulo), suplicando á los fugitivos que saliesen á pelear, pues ya veían que con los pocos que estaban firmes, detenía la victoria de los Turcos; pero soldados bisónos los más, y que habían roto el freno de la disciplina, volvíanle unos las espaldas y los más deslenguados le contestaban: «que saliese él, que ellos no querían salir. » Sin esperanza ya de reducirlos, el Conde los dejó diciendo: Salgarnos d morir y )iu pierda su honra la casa de Montemayor; y al pasar por un postigo, arremolinóse la gente, se le enarmona el caballo, cae, y en aquella angostura muere pisoteado por la multitud.

Muerto el Conde, cierran los amotinados las puertas de Mazagrán á tiempo que llegaba Hascén y le envían parlamentarios, ofreciéndose por cautivos, con tal que pudieran rescatarse los principales. Si algún soldado ignorante de los tratos ó no decaído de valor, disparaba el arcabuz, los Capitanes le daban de cuchilladas, diciendo: «Sal fuera tú, que no eres de rescate.»

Cuando esta vileza supo D. Martín, que estaba curándose la herida, hizo que lo sacaran en brazos, y con lágrimas en los ojos les conjuró: «que ya que por ellos había muerto su padre, no hicieran otra cosa peor vendiéndole á él: que tuvieran ánimo, que si resistían, él los sacaría á todos en salvo.» Prometiéronselo; pero apenas se lo llevaron, siguieron sus