Memoria histórica de las posesiones hispano-africanas · Unidad 157 de 388
Unidad 157 · 20 2 PARTK III— CAPITULO XVI
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nición; el ímpetu de los asaltantes se estrella en la resistencia de los defensores, como la ola embravecida contra el peñasco inmoble que la rechaza. Retíranse; ruge mientras desencadenada tempestad, azota en el rostro á los Turcos, que, cegados por el viento y por el agua, apenas pueden defenderse del presidio, que les acosa por todas partes.
Murió en la defensa el Alcaide Luis Alvarez de Sotomayor, Capitán valeroso, y sitiados y sitiadores se preparaban para nuevos sucesos, cuando unas naves con vituallas y municiones esquivan, á favor de la obscuridad, el cuidado de los Argelinos, y entran en el puerto y animan á la guarnición con la noticia del próximo socorro.
Iguales noticias habían llegado ya á Hascén, que reunió á los Xeques para determinar la prosecución ó el levantamiento del sitio. Opinaban casi todos por lo último; prevaleció, sin embargo, lo primero, por más arrimado al parecer de Hascén; que siempre el inferior, de quien solicita consejo el poderoso, acomoda su juicio al paladar del que se lo pide, tan sólo para que le aconseje lo que desea.
Resuélvese en consecuencia para el 1.° de Junio un asalto general ■por mar y por tierra, con todas las tropas disponibles, ü. Martín, confesada y comulgada su gente, recorre la línea con un Crucifijo en la mano, y anima al presidio á combatir por la fe y por la patria, anunciándoles las recientes nuevas. Un grito de entusiasmo le interrumpe, y los soldados ocupan sus puestos para recibir á los Turcos, que con gentil compás se acercaban dando espantables alaridos. Caen 700 antes de tocar al muro; pueden, empero, fijar 24 escalas, y traban lucha terrible: con piedras, fuego, bombas y toda clase de tiros sostenían los sitiados la furia délos asaltantes;, que sin embargo ganaban terreno. Aplican entonces mechas á unos barriles de pólvora, los arrojan desde los adarves y revientan en medio de las apiñadas masas de los Argelinos; despedazados miembros pueblan el aire; álzase un clamor de suprema agonía; las columnas retroceden; furioso Hascén quiere detenerlas; imposible.
Apuntaba apenas el nuevo día, cuando el feroz Argelino, alfange en mano y embrazada la adarga, pónese al frente de los suyos; acomete una y otra vez, y dándoles ejemplo se arroja á los mayores peligros. Cinco horas de inútiles esfuerzos agotan su constancia; los fosos y ruedos de Mazalquivir están sembrados de cadáveres y tiene que ordenar la retirada; en su furor jura arrasar la ciudad. El 6 de Junio acomete de nuevo y de nuevo es rebotado; repite el 7 con desesperada temeridad, y se estrella contra el muro de hierro que forman los Españoles. Obstinado