Memoria histórica de las posesiones hispano-africanas · Unidad 172 de 388

Unidad 172 · 218 PARTE III— CAPITULO XVII

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218 PARTE III— CAPITULO XVII

pe II con algunos regalos y con cartas del viejo Duque de Alba, dándole consejos é instrucciones sobre la manera con que debía pelear con los Moros.

En 4 de Agosto de 1578, «día funestamente célebre para Portugal,) se dio la batalla. El ejército cristiano, circuido por el Marroquí, apenas resistió, y sin combatir fué tajado en piezas. Inútilmente el valeroso Sebastián de Saá gritaba á los fugitivos: <<Mi caballo no sabe huir; síganme los que quieran á la muerte, ya que no á la victoria,» arrojándose á lo más recio de la batalla.

Sólo el Rey con los Nobles y los Auxiliares pelearon heroica y estérilmente. Donde más reñido el combate, donde más apiñados los escuadrones de los Marroquíes, allí el Rey. Mátanle el caballo en la furia de la refriega; D. Jorge de Alburquerque le da el suyo, y continúa peleando. Le ofrece un Xeque de los del Xerife que le pondría en salvo: «¿Pondrán en salvo mi honra cuando digan que huí de la batalla?» le contesta arrojándose de nuevo en lo más horroroso de la pelea. Muertos los Hidalgos que le acompañaban, y sólo con su favorito D. Cristóbal de Tabora, le dice éste: «Mi Rey y Señor, ¿qué remedio tendremos? — El del cielo, le contesta el piadoso y caballeresco Monarca, si nuestras obras lo merecen: la libertad Real sólo puede perderse con la vida.» Pocos momentos después moría con Tabora alanceado por los Moros '.

Once mil soldados quedaron en el campo, y gran número de Nobles portugueses é ilustres Capitanes extranjeros -.

i Largo tiempo corrió cutre los Portugueses la conseja de que uo había muerto D. Sebastián. El origen parece fué, que llegando á Arcilla de noche algunos fugitivos, > negándose el Gobernador á abrir las puertas, le ocurrió á uno de ellos decir, para lograrlo, que venia allí el Rey. Con este ardid entraron en la plaza, y el que representaba a D. Sebastián, muy embozado cu medio de profundas demostraciones de respeto de los demás. Descubierta la ficción, excusáronla los soldados cou lo iumineute del peligro si se quedaban fuera de los muros. Por más que todo esto se comprobó por el Corregidor de Lisboa 1). Diego Fouseca. comisionado al electo; el vulgo, inclinado siempre á todo lo iu\ erosimil y romancesco, siguió en la creencia de que vivía I). Sebastián, dando lugar á que muchos impostores se Mugiesen tiles, siendo el más célebre, el conocido con el nombre del Pastelero de Madrigal. YA cadaver del Rey fué reconocido por su escudero Sebastián de Rosendos, por O. Duarte de Molieses y demás Señores cautivos. Reclamado por el Cardenal D. Enrique, succesor en el reino de Portugal, negóse Acbmed a entregárselo, inducido por Andrés (¡aspare, sin duda en desquite del desaire que recibió de I). Sebastian, al rechazar la proposición que le hizo en nombre del difuuto Emperador Abd-el-Malek.

2 Varían en el numero los historiadores. El P. Miñaua lo tija en (¡.000, y alguno lo rebaja á 1.000, cosa no creíble cu tan sangrienta batalla; mucho más, cuando al derrotar los Marroquíes la retaguardia portuguesa, no daban cuartel á los rendidos, hendiéndoles 1 1 cabeza como á carneros. Los principales que murieron eu esta jornada fueron los Chispos de