Memoria histórica de las posesiones hispano-africanas · Unidad 233 de 388
Unidad 233 · •286 PAUTE III— CAPITULO XXIV
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•286 PAUTE III— CAPITULO XXIV
pierna á D. Antonio Pinero, Sacerdotes que formaban parte de la compañía de Eclesiásticos, que con las armas en la mano peleaban como soldados en defensa de la fe, y que se distinguieron rechazando los asaltos del 11 y 12 de Enero de 1G95.
Reinaba entonces en Portugal D. Pedro II: al rumor del sitio y quizá soñando con que algún día pudiese volver Ceuta á sus manos, envió en ayuda un tercio á las órdenes del anciano Maestre de Campo, Alonso Gómez Gorea, y del joven D. Pedro Mascarenhas. Unióse éste de corazón á los Españoles; pero aquél, con los veteranos que habían sostenido la guerra de la independencia, huían de toda comunicación con los que, si auxiliaban como aliados, aborrecían en su corazón como enemigos.
Seguían los Moros en el sitio la táctica heredada de los Turcos; levantando trinchera alrededor de las fortificaciones, hasta sobrepujarlas en altura y poder disparar á caballero contra ellas. Tanto adelantaron la labor que por el ángulo de San Pablo, el más elevado que había, consiguieron formar un ataque que lo dominaba; pero que se destruyó con la voladura de un hornillo.
Algunas escaramuzas para avanzar ó para destruir los aproches, ocuparon la primavera; hasta que en 19 de Junio dispararon la primera bomba contra la plaza, novedad que obligó a los pobladores á refugiarse en la Alraina.
Lo largo del asedio, lo monótono de las operaciones, lo crecido de la guarnición, los refuerzos que continuamente recibía de España, la enfermedad del Gobernador, y la muerte del infatigable Ripalda, fueron motivo de que se relajase la disciplina y aflojara el cuidado, hasta el punto de que los Comandantes de la plaza de armas iban á comer con sus familias, tan tranquilos, como si los Marroquíes estuviesen á 100 leguas.
Instruidos por un tránsfuga, el 30 de Julio de 1695, á las doce de su mañana; hora del mayor descuido, en que la guardia dormía sin centinelas, y el Maestre de Campo D. Luis Daza, á quien tocó aquel día estar de facción, se hallaba en la ciudad; algunos Moros, arrastrándose por las quiebras délas fortificaciones y gateando por la escarpa, subieron á las contra-guardias San Pedro y San Pablo. Al ver el abandono de la guarnición, hacen la señal convenida á los suyos que, emboscados en las inmediaciones, acuden á la carrera, escalan en el primer ímpetu las obras exteriores, y degüellan sin piedad á los infelices soldados que del sueño pasan á la muerte.
Descubiertos los asaltantes por algunos centinelas de la muralla Real, alertan la ciudad. Al grito de, ^<los Moros están dentro,» arremolínase el