Memoria histórica de las posesiones hispano-africanas · Unidad 39 de 388

Unidad 39 · POSESIONI S HISPANO-AFRICAN IS

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POSESIONI S HISPANO-AFRICAN IS

guardaban, gente popular y bisoña, buye; y si oo acudieran algunos veteranos, que restablecieron el combate, piérdese Ceuta.

Había en aquel sitio un albañal, alto que pasaba de un hombro y ancho que cabían dos: por allí se precipitan los Moros, y al tiempo que el primero salta á Lo interior del recinto; topa con Alfonso Pérez que lo mata de un lanzazo, deteniendo al resto, hasta que llegando otros, les impiden la salida.

Mas tan fuerte era el combate, que los Portugueses pierden la esperanza de defender los muros. Sabido por el Gobernador, echa algunos caballos á la playa; y aunque la marca estaba alta y casi nadando tuvieron que llegar al punto de pelea, dispersan á los asaltantes y los degüellan al querer recogerse en las naves. Desmayados con estas pérdidas, y con la falta de bastimentos, levantan el sitio y se dispersan por sus guaridas.

En tanto el Granadino, que había ofrecido auxiliarles, quedando para él la plaza; reúne poderosa flota, que á los pocos días mojaba en las aguas de ( 'cuta. Regíala su hijo Muley Zaide, mancebo brioso y entendido Capitán. Divide en dos la armada, y con la una, durante la noche, boja el Cabo y se oculta en la parte de Barbazote. Acometen las otras galeras de frente; acuden los Portugueses á impedir el desembarco, y aprovechando la ocasión Muley-Zayde, sin disparar un tiro, gana tierra con 1.500 de los suyos, y se apodera de la montaña. Revuelve D. Juan de Noronha, que guardaba el puesto; mas hubo de replegarse hacia la plaza, al mismo tiempo que por la parte de tierra aflojaban los Portugueses, embestidos reciamente. Por fortuna, al abrigo de las murallas se rehacen, y el Gobernador, alentando con su ejemplo á los débiles y estimulando á los valerosos, provee á todas las necesidades, y resiste la furia de los Infieles, hasta que desanimados cesan en el asalto.

El Rey de Portugal, sabedor por continuos avisos de la angustia de la plaza, apresura el socorro; y el Infante D. Enrique, con crecido número de velas, pone la proa hacia el África. El Rey de Granada desde Gibraltar, con grandes ángaros, prevenía la novedad á Muley-Zaide, quien no entendió la señal; mas sí D. Pedro, que sospechando ser la del socorro apetecido, prohibió á los suyos aventurarse más allá de las trincheras. Divisábase ya la escuadra portuguesa; Muley-Zayde manda á la suya que desde Barbazote pase á la Almina á recoger la gente: pero los más de los buques, sordos al deber, huyen á boga arrancada hacia el refugio de Gibraltar, abandonando cobardemente á su Príncipe. Algunos, muy pocos, cumplen las órdenes de Muley-Zayde, y los soldados se desbandan para acogerse los primeros.