Historias y leyendas · Unidad 91 de 226
Unidad 91 · TOMO XXXVII 14
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TOMO XXXVII 14
VÍCTOR BA LAGUER
este señor, observé que también, como todos los demás, volvía la cabeza á mirarnos, y parecióme ver en él el mismo ademán de extrañeza que notaba en todos. Hubo de recrecer esto mi desasosiego, y faltóme tiempo por la noche, al volvernos á encontrar sentados á la mesa de la fonda, para comunicarle mi observación.
— Sí — me dijo; — fíjeme en ustedes, porque comprendí que, como forasteros, desconocen las leyes del país, no siendo extraño, por lo mismo, que falten á ellas.
— i Cómo ! — exclamé . — ¿ Faltamos nosotros en algo á las leyes del país?
— Ya lo creo, como que van ustedes por la acera, lo cual está aquí prohibido; que es la acera propiedad del dueño del edificio, y no del Municipio ni del público. Cada propietario- — prosiguió diciéndome — paga su acera, ciñéndose á la línea que el Municipio le fija; pero dentro de sus límites, según puede usted observar, cada uno construye conforme su gusto, su capricho ó su caudal, en mármol, en mosaico, en piedra ó en asfalto, seguro de que su propiedad ha de ser respetada. A más, la acera es aquí una defensa, especie de valla que nadie se atreve á salvar; porque si el público la invadiera, podría, á través de los grandes cristales de los cuartos bajos, descubrir el interior de las casas, que es el sagrado de la familia, y lo
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que no está prohibido á las miradas, debe serlo á la discreción y á la cortesía.
Así me habló mi compañero de mesa, dándome también una lección sin saberlo, como me la diera un día el barbero de Ginebra, pudiendo luego convencerme de que las cosas €ran tales como él decía.
La gente transitaba siempre por el arroyo, respetando la acera como terreno sagrado, y solamente el transeúnte subía á ella cuando se veía obligado á salvarse del atropello de un coche, apresurándose á descender pasado el peligro.
— ¡Éste es un país! — decía yo luego á mi camarada de viaje.
Por lo que toca á la tercera anécdota, es aún más breve y más sencilla.
Ocurrió siendo yo ministro de Ultramar, en 1887, cuando andaba preparando aquella Exposición general de Filipinas, con tan caudaloso aplauso recibida, la cual, no sólo fué una verdadera revelación, sino que engendró el Museo-Biblioteca de Ultramar, el primero y único Instituto de esta clase en España, que ha venido á cubrir una necesidad y á llenar