Hojas de mi diario : daguerrotipos · Unidad 69 de 142

Unidad 69 · 176 POE PO) Aa COSA

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176 POE PO) Aa COSA

Eran dos héroes del deber que morían, de muerte injusta y prematura, y hasta los caballos del ensangrentado coche, con las cabezas inclinadas al suelo y las crines abatidas sobre el roto yugo, como los del carro Homérico, ¡parece que lloraban!

D. LUIS GARCIA

“Todos los jóvenes deberían empezar por ser dependientes de Banco.

Este trabajo hace levantar temprano, o no acostarse cuando se ha trasnochado, porque hay que estar en el Banco a las diez en punto y éste no da cuartel: es como el del herrero, o herrar o quitar el Banco.

Este empleado es el primer obrero de la jornada de ocho horas, que como todas las cosas reales y positivas, es un saldo experimental de la capacidad máxima de trabajo útil. Los dependientes de Banco de aquel tiempo, hablo del de la primera guerra franco-prusiana, del de 1870-74, trabajaban de 10 a. m. a 7 p. m. con media hora para almorzar y media para descansar más o menos como el jornalero.

Don Fernando García del Molino, buen pintor retratista del tiempo de Rosas, si hemos de atenernos a sus espléndidas miniaturas en porcelana o en

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esmalte, de Manuelita Rosas y de Juan Facundo Quiroga, quiso acaso hacer de su hijo un Doctor, como todos los Porteños de entonces, y empezó por hacer de él un dependiente de Banco.

Se equivocó el buen señor, en el fin pero acertó en los medios. Luis no pudo aprender a ser Doctor por falta de tiempo, pero aprendió laboriosidad, economía y contabilidad, las tres virtudes cardinales que hacen al trabajador y al hombre de bien.

Lo demás, dice el Evangelio, libro divino porque es humano, nos será dado por añadidura.

Luis era en la época referida dependiente del Banco Wanklyn, calle Cangallo por ahí entre Maipú y San Martín, y como lo sugiere su fisonomía que refleja bondad y resolución, era un muchacho buen mozo, petizón y bien plantado, de puños de acero y un corazón de oro.

Su rasgo característico era por entonces la combatividad; combatía como por un imperativo de su temperamento, pero siempre por motivos altruístas y en su sentir con razón y derecho.

Ya fuese contra un grosero que en el Café de París, almorzando en la mesa de enfrente, comía los higos con la mano y con cáscara, violando así la costumbre culta, que es el derecho común.

Ya fuese cuadrándosele a un inglés gigantesco y boxeador de fama, que en las carreras del antiguo Hipódromo de Lanús, después del almuerzo en el Restaurante de la Estación, se acordaba demasiado