Juanita La Larga · Unidad 9 de 22

PROLOGO — parte 9

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--La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente, porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi yerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago. No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal vez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con vuestra malicia.

--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--. ¡Esto solo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha encajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase, sino con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde ha salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de usted.

--No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo que gana trabajando de modo honrado y lícito, y no estando vigentes en el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias, no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.

--Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua--replicó doña Inés--, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defender el escándalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilándose con ricos trajes y mantillas de madroños, como dicen que en Madrid van a los toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle, y como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán, sí ya no lo han dado.

--Ni han dado ni darán lo que no debe darse--exclamó don Paco, perdiendo ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.

--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.

--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós, hija.

--Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe usted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no quedó ella menos furiosa.

XIX

El sermón del padre Anselmo se comentó y se interpretó por todo el lugar en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sacó la cara por ellas, salvo el maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.

La Casilla era y es todavía en algunos lugares el Casino y el Ateneo primitivos y castizos.

Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en sala relativamente cómoda y espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían los periódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a las damas.

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honores del establecimiento, donde concurrían casi todos los personajes del lugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del boticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco envidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecido soltero; tenía una lengua como un hacha, con la que destrozaba las reputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo bizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelaba cierta diabólica y punzante travesura.

En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas y facultades científicas, sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y decía era natural, sino en gran parte por inspiración y con auxilio del demonio; por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que, si hubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo. Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de ellas es más aparente que real y más somera que profunda. Produce la diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas, ocultando la raíz de su ser, y que, según sus varios efectos y operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo, de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el dios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de ser energúmeno.

Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpo vara de virtudes; pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda y larguísima uña en el dedo meñique de la mano derecha, la cual uña le servía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror cuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía que el boticario ya magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a las gentes, despidiendo por dicha uña fluido magnético, ya se electrizaba todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y lanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas y luminosas. Y no faltaba quien añadiese, jurando haberlo visto, que sólo con acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado de electricidad, encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco que se usaba para esta experiencia.

Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales afirmaciones; pero como quiera que fuese, el boticario, aunque aborrecido de las damas, a lo que debía de contribuir su fealdad nada común, era persona divertida y hospitalaria.

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí se hablaba; pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio señor alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro de escuela.

Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza, sosteniendo irónicamente que el padre tenía razón.

--Sí, señores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido. La futura revolución tendrá, pues, por objeto apoderarse de otros bienes y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.

El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió de este modo:

--No es exacto que la revolución haya despojado inicuamente de sus bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el caso no es idéntico. Ninguna asociación tiene por sí los derechos radicales e imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es asociación suprema, a la cual están sometidas las otras, sin que puedan existir en contra suya. Y si el Estado es árbitro de la vida de ellas, ¿cómo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el socialismo, yo creo que la civilización propende a extender y afirmar más cada día los derechos individuales. ¿Quién se atreverá a decir hoy, si no está loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y poderoso que sea, es señor de vidas y haciendas?

--No nos venga usted con sofismas--interrumpió el boticario--. Si cada uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos imprescriptibles, incluso el de asociarse, y si no hay rey ni roque que pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida, ¿cómo se explica que no persista en la suma lo que preexistía aisladamente en cada uno de los sumandos?

Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento del boticario; pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas, agudas.

Por dicha, los que estaban allí presentes eran propietarios más o menos ricos, y varios de ellos habían comprado bienes de la Iglesia. Todos, por consiguiente, hallaron que don Pascual discurría mejor que Solón y que Licurgo; se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fácilmente, pero todos se cansaron de chillar y se pusieron roncos, terminando por cansancio una disputa en que los extremos se habían tocado y en que la impiedad atea había estado de acuerdo con el más fervoroso catolicismo. Hubo un entreacto: un rato no corto de sosiego. Después recayó de nuevo la conversación sobre el sermón de aquel día, sobre el desenfrenado lujo de las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.

En este punto, el maestro de escuela impugnó igualmente el sermón y defendió con más calor, ahínco y acierto a Juanita.

--Es--decía--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha hecho hermosísima, y casi, casi estoy por decir que no sólo tiene derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sería ingratitud para con Dios y desdeñar lo que enseña la parábola de los cinco talentos. Y extraño mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la propiedad individual, se vuelvan ahora contra mí y se pongan del lado de don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Juanita tiene dinero, ¿por qué no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse como una reina? ¿Y qué le falta a ella para ser reina o para ser emperatriz?

Movido el boticario por su espíritu malicioso, e impulsados los demás por el odio y envidia de sus mujeres, respondían, si no con buen discurso, con desvergüenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.

Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza; Juanita, una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas costumbres, y don Paco, un viejo chinadísimo, a quien hija y madre ponían en ridículo e iban a chupar cuanto poseía.

En lo más recio de la disputa acertó a entrar en la botica el señor don Paco, y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de oír y de comprender los horrores que allí se propalaban.

Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle. La herida, con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversación. Se habló de cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente no dar a entender que había oído, y no traer de nuevo la conversación a tema para él tan enojoso.

A fin de disimular, trató de aparecer sereno y alegre; habló de las novedades políticas; se congratuló de que don Andrés Rubio acabase de obtener una gran cruz y fuese ya excelentísimo; y, por último, echó unas cuantas manos de tute con el maestro de escuela.

Embromó al boticario diciendo que no creía en la fuerza electrizadora de su uña; y el boticario, a fin de convencerle, le prometió que el día menos pensado, cuando estuviese él bien dispuesto, le llamaría y haría delante de él la experiencia de encender el candil y de disparar el cañonazo.

Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no bien volvió a su casa, la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo crispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar de puñaladas.

No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la más culpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modo de vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerse el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano y casarse con ella.

¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!

Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondió que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.

Entonces no se paró don Paco en más reflexiones; fue a su bufete y escribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la _Larga_) una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.

Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempo de criado y ayuda de cámara, y le encargó que al día siguiente, y muy de mañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase en mano propia.

Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien ha cumplido un deber, y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una pica en Flandes.

XX

Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana, recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga, porque, si bien sabía leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades; sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.

Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:

--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo sepan.

--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?

--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno, caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo tardaríamos en lograr, tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo tanta costura, y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos aún a la sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.

--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?

--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada. Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case, porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo del herrador, ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un caballero, ¿por qué no le tomas por marido?

--Porque no quiero casarme por cálculo; porque aunque quisiese casarme por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo, porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.

--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer. Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más que Lepe.

--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que nones?

--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo no escribo sino las cuentas.

--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo te la iré dictando.

--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo. Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me pese, lo que tú me digas.

Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo, según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera historia, hemos de consignar aquí.

La carta decía como sigue:

Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone. Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida como una princesa, para azuzar más en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte. En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura. Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer su ambición o su vanidad casándose por cálculo, y también sería muy tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.

Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si aceptásemos la proposición de usted; pero también nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa, pues, ocultar todo esto.