Junto Al Pasig · Unidad 5 de 8

ESCENA CUARTA.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LEÓNIDO Y SATÁN.

SATÁN.--¡Detente! ¿Adónde vas?

LEÓNIDO.--¿Quién sois?

SATÁN.--¿Acaso No me conoces ya?

LEÓNIDO.--No recuerdo vuestra faz, Ni me acuerdo haberos visto Alguna vez. ¡Dadme paso!

SATÁN.--¡Nunca! Mírame bien ...

LEÓNIDO.--Decid, os ruego, quien sois ...

SATÁN.--Yo soy aquél que, prepotente, Leyes dá al huracán, al mar, al fuego; Brilla en el rayo y muge en el torrente, Yo soy aquel que con poder grandioso Reinó en un tiempo hermoso, Venerado y temido; Dios absoluto de la indiana gente.

LEÓNIDO.--¡Mentís! De mis mayores El dios ya duerme en vergonzoso olvido, Y sus torpes altares, Do al eco de fatídicos loores Víctimas ofrecían á millares, Hoy yacen derribados: De su poder en mengua, Les lanza nuestra lengua Desprecios á sus ritos olvidados: Vos no sois ningún dios; mentís sin duda. Pues sólo un Dios existe verdadero: El Dios que al hombre creó y al mundo entero, Y á quien adora nuestra mente ruda.

SATÁN.--¡Insensato! ¿No temes de mis iras El poder? Niño impío, ¿No ves que es mío el aire que respiras, El sol, las flores y el undoso río?... Á mi voz prepotente, creadora, De las aguas surgieron Aquestas Islas, que alumbró la aurora, Islas que bellas en un tiempo fueron; Y mientras, fieles á mi culto santo, Elevaron sus preces En mis altares, les libré mil veces De la muerte, del hambre y del espanto. Los campos rebosaban De fragante verdura; Sin trabajo brotaban De la piadosa tierra, Entonces pura, Las amarillas mieses; Vagaban por el prado El cabrito pintado, El ciervo alígero y las gordas reses; La diligente abeja Su panal fabricaba mansamente, Y al hombre regalaba miel sabrosa: Retirada en su nido la corneja, No auguraba doliente Calamidad odiosa; Gozaba entonces este rico suelo De una edad tan dichosa, Que en sus delicias se igualaba al cielo; Y ahora, sin consuelo, Triste gime en poder de gente extraña, Y lentamenta muere ¡En las impías manos de la España! Empero, yo le libraré, si quiere Doblegar su rodilla Ante mi culto, que esplendente brilla. Tan poderoso soy que abura mismo Te daré, si me adoras, cuanto ansías; Más, ¡ay de tí, si ciego te desconfías!

LEÓNIDO.--Si tan potente sois, si en vuestras manos Las venturas están de los mortales, ¿Por qué han sido fatales Para vos los cristianos? Y si, como decís, el mar bravío Y el aquilón sumisos obedecen A vuestra voz y á vuestro poderío, ¿Por qué sus carabelas delicadas, Que ahora os escarnecen, No fueron anegadas Y bajo las olas sepultadas? ¿Por qué vuestras estrellas En noche tenebroso les guiaron, Y los vientos sus velas empujaron Y no les lanzásteis vuestras centellas? ¿Sois por eso tal vez omnipotente? Y para mayor desdicha, todavía, El nombre de María, Nombre que encanta á la infelice mente, Cual arrogante insulto, ¡Vino á destruir las huellas de tu culto!

SATÁN.--¡Las huellas de mi culto! ¡Desdichado! ¿No sabes que conservo Un pueblo que me adora prosternado? ¡Ay! ... Vendrán en lo futuro Los males que reservo A tu raza, que aclama un cúlto impuro: ¡Tristes calamidades, Pestes, guerras y crueles invasiones De diversas naciones En venideras próximas edades! Tu pueblo regará con sangre y llanto Del patrio campo la sedienta arena; Ya en la pradera amena El ave á quien hirió metal ardiente. Ni tus bosques añosos, Ni los ríos, ni el valle, ni la fuente Serán ya respetados De los hombres odiosos Que turbaron la paz y tu bonanza; Mientras yo, por venganza, Desataré los indomables vientos Para que en su carrera, Con ira y rabia fiera, Alboroten los varios elementos, Y la débil piragua, Hundiéndose en el agua, Aumente sus horribles sufrimientos. Devastaré en mi saña Los verdes campos de la míes ópima, Y desde la alta cima De la erguida montaña Arrojaré de lavas río ardiente, Que envuelto en humo y devorante llama Asole poblaciones Cual furioso torrente Que, cuando se desparrama, Arranca los arbustos á montones; Y la tierra aterida, A mi voz conmovida Temblará con atroz sacudimiento, Y á cada movimiento El rico suelo amargará, y la vida. ¡Ay! ¡ay! ¡Cuánto quebranto! ¡Cuánto gemir inútil! ¡cuánto llanto Oiré entonces sin que sienta el pecho El duelo de la gente, Que con gozo insolente Reir los miro con mortal despecho!

LEÓNIDO.--¡Mentira! ¡Nada puedes! ¡Te conjuro, En nombre del Señor que el alma adora, Ángel, ó genio impuro. Que seducirme quieres, ¡Aparta el antifaz que desfigura Tu primitiva é infernal figura!

SATÁN.--¡Pues, bien! ¡Héme ya aquí! Y advierte y nota Que soy Satán, el ángel que esplendente (_En traje de diablo_.) Se sentaba en un trono En época remota; Rayos de luz lanzando de su frente. Yo soy aquel que con feroz encono Luché contra el tirano; Después, vencido en mi fatal derrota Arrastré á vuestros padres á la muerte; Más hoy, si del cristiano La fé divina me venció en mi furia De tan mortal injuria Me vengaré, y de tí; yo soy el fuerte; Y si no quieres que mueras, ¡Ríndete á mis pies!

LEÓNIDO.--¡Oh! ¡Nunca!

SATÁN.--¿Ves mi poder y mi fuerza? Los espíritus potentes Que en el universo reinan, Obedecen á mi voz: Sigue mi ínclita bandera; Óyeme, pues: si humildoso Abjuras tu nueva secta, Y arrepentido á mis aras Con grato fervor te llegas, Yo te haré feliz, dichoso, Tendrás cuanto apetezcas; El río que á tus pies corre. Que arrastra diamantes, perlas; El ambiente que respiras Do mil pajaritos vuelan; Esas plantas, esas flores, Esas casas, y esas huertas, Tuyas serán, si al instante De tu nueva fé reniegas; Si el nombre ingrato aborreces De aquella cuya es la fiesta. Más, ¡ay de tí! si obstinado Desobedecerme anhelas, Pues á tus piés ahora mismo Se abrirá la inmunda tierra, sepultándote en su seno, Cual se sepulta en la arena La pequeña gota de agua Cuando el sol las plantas seca.

LEÓNIDO.--En vano infundir me quieres Torpe miedo con tu lengua; En vano, en vano pretendes Que yo á tu fé me someta; Jamás al niño cristiano El demonio amedrenta, Y ante el Hijo de María El Averno eterno tiembla, ¡Espíritu mentiroso! Ve, huye, ve á las tinieblas, á la mansión del gemido. ¡Y de la eterna vergüenza!...

SATÁN.--¡Pues, bien! Ya que lo has querido, Es necesario que mueras: Tú serás la postrer víctima Que ante mis aras se quema: Tú pagarás por los tuyos, En tí me vengaré mis afrentas. ¡Espíritus! Mis fieles compañeros Que encontráis en el mal grata dulzura, Que con cruel amargura Os nutre el odio que vuestra alma encierra, ¡Venid, alegres, á empezar la guerra!