Juvenilla; Prosa ligera · Unidad 9 de 29
PRÓLOGO — parte 8
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Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante, avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando conquistas a millares.
XXVII
Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que se había regalado en una noche de escapada.
Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos, prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre del viejo que repetía varias veces:
--¡Que se vea luz, caballeros!
La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.
--¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta al vicerrector.
Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz. Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo, prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.
Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y Larrea poseía una _mona_ gigantesca!
XXVIII
La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en las circunstancias, al sistema del talón.
Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de aquel animal.
No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura, cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!"
Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar _ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos de nuevo la marcha.
No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos, estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea. Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.
Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!
Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación cesárea.
XXIX
Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo _enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales, Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había concluído por arraigarse en mi espíritu.
El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un mes el grito del caído vibró en mi oído.
Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible!
Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.
Al primero que ví fué a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran, etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese pretexto, harto plausible, para quedarme allí.--"Un estudiante a quien no dejan salir, pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí.--Me escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de observación, de donde dí cuenta a Horacio de mi comisión.--En ese momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual, después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad de ánimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aráuz, a quien debíamos todos tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna".
Cuando leo en la historia la narración del entusiasmo ardiente de los estudiantes en la Politécnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque impetuoso de los estudiantes españoles en la guerra de la Independencia, abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el cura Merino, el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y 1814, brotando de los subterráneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de acción indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre, empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes hechos; la lucha enamora, porque implica la libertad.
También nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batallón Belgrano que fué a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fuí soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi patriotismo: servir a las órdenes de un profesor de la Universidad, que enseñaba filosofía por Balmes y Gérusez!
XXX
Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo.--Pero al concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido, del que no nos dábamos cuenta exacta, pero que nos atraía secretamente. No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión, las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada sagrado.--Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema indiferencia.
En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme. Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dió cuenta inmediatamente; fuí llamado, insistí y recogí por premio de mi lealtad de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelga que sucedían a la comunión.
Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables, estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de conciencia que nos habían dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aquí quiero hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa en el altar mayor, fuí obligado a ir a hincarme con tres o cuatro compañeros y a esperar mi turno.
Un resto de altivez intelectual, una reacción violenta dentro de mí mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una burla indigna de la religión, aceptar aquéllo.--Así, cuando el sacerdote se inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos y le dije quedo: "paso, padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se reincorporó, yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me delató.
XXXI
Pero la juventud venía y con ella todas las aspiraciones indefinibles.--La música me cautivaba profundamente.--Recuerdo las largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y monótonos cantos de la campaña y las pocas piezas de música culta que conocía. Aun hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plañidera, pero de un ritmo marcado y cariñoso al oído. Yo me había colocado en el borde de la ventana, aprovechando la última luz del día, para continuar la lectura de la "Conquista de Granada" de Florián, que me tenía encantado. Había llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los ojos arrasados en lágrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcísima ciudad de los mármoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me pareció que la música que llegaba a mis oídos era la voz misma del infortunado monarca y dí a aquella melodía sollozante el nombre de "el adiós del rey moro", que Alejandro le conservó. Más tarde, hoy mismo, cada vez que en un libro encuentro una referencia al mísero fin de la dominación árabe en España, los acordes de la marcha pesarosa cantan en mi memoria.--Así se explica esa preferencia llena de misterio que algunos hombres sienten por ciertos trozos de música, indiferentes para los demás. Los han oído por primera vez en un momento especial, la impresión se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el alma y por una afinidad íntima y secreta, una sola fibra que se estremezca en un rincón de la memoria, despierta a todas aquellas con que está ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para él solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una serie de melodías, escalonadas en sus recuerdos...
XXXII
Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades se habían estrechado y circunscripto; solíamos pasar las horas muertas, haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir, estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por una mujer como la que soñábamos.--Por primera vez en estas páginas, nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!...
¡Qué vida de agitación! ¡Qué pesado era el libro en nuestras manos y qué envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la Universidad, tan despreciado antes y que hoy veíamos pasar, con el corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la incomparable soltura de sus maneras!