La boda de Quinita Flores · Unidad 2 de 8
Unidad de lectura 2
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
QuiNiTA. En serio, Manrique. Ven acá. Quiero yo infundirte mi confianza y acabar con esas dudas tuyas. Yo también soy un poquito diplomática y me he dado cuenta de tu lucha interior. ¡Imagina lo que te la agradezco, porque me dice sin palabras todo lo que me quieres y todo lo que te interesa mi porvenir! Ven acá. Estamos frente al altar en que voy a casarme; frente al oratorio en que mamá rezaba y pedía a Dios por nosotros. Pues aquí te digo que deseches todo temor, todo recelo; que no dudes de mi futura dicha.
Manrique. ¿No, verdad?
QuiNiTA. No. Sé adonde voy y con quién voy. No soy tan niña como para dejarme llevar a ciegas al matrimonio. Me hago cargo de cuanto me puede guardar. Pero como estoy segura de que Amallo me quiere mucho...
Manrique. ¿Te quiere mucho?
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QuiNiTA. Con toda su alma. Y como estoy todavía más segura de cuanto yo lo quiero a él...
MaxMrique. ijTambién mucho?
QuiNiTA. ¿Me casaría, si no? Lo quiero mucho, mucho. Sólo que a mi modo. Yo no creo en esas llamas repentinas de cariño entre hombre y mujer; es decir, creo en ellas, pero no en la duración de su fuego. Amallo y yo nos conocemos desde niños; parecemos predestinados a esta unión. Y un cariño que se ha ido labrando de esta manera día tras día, despacito, sin relumbrones, está mucho mejor cimentado que algunos otros que parecen más vivos. ¿No opinas tú así?
Manrique. Sí; lo que dices es razonable.
QuiNiTA. A mí no me han asaltado nunca celos terribles porque él tardase un día en venir a verme, ni súbitos rubores porque me trajese un regalo imprevisto, ni angustias porque otras mujeres lo miraran, ni palidez porque ante mí se atreviera alguien a discutir algún acto suyo; ni jamás me ha entrado tampoco deseo de asomarme al balcón como para arrojarme por él al saber de improviso que iba pasando por la calle... No, no; eso, nunca. No soy así: soy un poco más doña Quieta, doña Suave.
Manrique. ¡Y bendita sea esa serenidad de tu corazón!
QuiNiTA. Como también te digo que me caso con esta ceremonia y este boato por complacer a la tía Trenza. Mi gusto hubiera sido muy otro. Cuanto más trascendental y grave pueda ser lo que a mí se refiera, más gente me estorba alrededor. Yo no hubiese querido aquí más que a vosotros: a ti, a las tías, a los padrinos, porque no hay más remedio, y al cura, por lo mismo.
Manrique. ¿Al novio, no?
QuiNiTA. ¡Hombre, el novio, por sabido se calla'
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Y nadie más. Y arrodillados ante aquella Dolorosa, las menos palabras posibles. «¿Me quieres?» «¡Te quiero!» «¿Para toda la vida?» «¡Para toda la vida!»
Y las bendiciones. ¿No es bastante, Manrique?
Manrique. A poderlo lograr, ¡ya lo creo!
QuiNiTA. Me sobra todo este ruido. ¡Cuánta curiosidad indiferente!... ¡Los testigos de campanillas, los invitados por el qué dirán, los músicos, los periodistas, los fotógrafos, el banquete!... Todo eso, que no es sino vanidad y exhibición, y que yo por naturaleza rechazo; pero ha sido capricho de la tía Trenza, que soñaba con este día, y no he querido contrariarla. ¡Ella habría deseado ponerme hoy en un escaparate de la Puerta del Sol; que no quedara en Madrid una persona, ni gato ni perro, que no supiese que yo me casaba a su gusto! ¡Ja, ja, ja! ¡La pobre! Qué, ¿siguen preocupándote los temores de Cristobalina, después de oírme? ¿Sí o no?
Manrique. ¡No!
QuiNiTA. ¿De veras?
Manrique. De veras.
QuiNiTA. ¡Qué sé yo, Manrique! No te encuentro muy convencido. ¿Qué nubes quedan? ¿Quizá aquella ojeriza que le tuviste a Amallo alguna vez?
Manrique. Quinita, esa ojeriza es planta que da el parentesco. Ya sabes el refrán: parentesco que empieza con cu...
Qüinita. Llamándole hermano y no cuñado, acabas con el refrán de un golpe.
Manrique. Sí; pero eso ha de ser obra de los años. A mí también me agrada cimentar los afectos como a ti. Declaro que hace tiempo le tenía a tu futuro mala voluntad... Deseaba contradecirlo; me complacía en mortificarlo siempre que podía... El parentesco, el parentesco... Pero ahora ya, cuando no hay más remedio que tragarlo tal como es, cuando
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te oigo cantar la dicha que a su lado esperas, cuando vengo a presenciar tu boda...
QuiNiTA. |AyI Pausa. Déjame un momento rezar.
Manrique. Reza.
Quinita entra en el oratorio y se arrodilla ante el altar. El hermano pasea pensativo, contemplándola. De repente vuelve Cristobalina por la puerta de la izquierda^ trémula^ agitada; y al ver a Quinita rezando^ corre hacia Manrique^ se lo lleva aparte y, llena de zozobra, le habla asi a media voz:
Cristobalina. Manrique, escúchame.
Manrique. ¿Qué?
Cristobalina. Escúchame.
Manrique. Mujer, ¿qué te pasa?
Cristobalina. ¡Ay, Jesúsl ¡Dios ha hecho que esté rezando esa inocente!
Manrique. Pero ¿hasta dónde te van a llevar tus nervios?
Cristobalina. ¡Ay, Jesúsl ¡El cielo quiera que me engañe! Ahí está Zaldívar.
Manrique. ¿Quién es Zaldívar?
Cristobalina. ¿Quién ha de ser Zaldívar? El amigóte, el secretario, el satélite de ese dichoso hombre.
Manrique. ¿De qué hombre?
Cristobalina. [De Amalio!
Manrique. ¿Y qué?
Cristobalina. Que, pálido como la cera, me ha dicho que necesita verte.
Manrique. ¿A mí?
Cristobalina. A ti: con urgencia. No sé qué ocurrirá.
Manrique. Nada, mujer. Serán tus cosas. ¿Dónde está Zaldívar?
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Cristobalina. En el jardín.
Manrique. Voy a verlo. Pero no lo conozco.
Cristobalina. En cuanto lo veas lo conoces. Su actitud es reveladora. El, además, te conoce a ti.
Manrique. ¿Qué demonios traerá? Vase a escape por la derecha.
Cristobalina. ¡Señor, Señor, si es lo que presiento, perdónamel
Vuelven doña Trenza y don Cayo, que se cruzan con Manrique.
Doña Trenza. ¿Adonde va Manrique, Cristobalina? jVa ciego!
Cristobalina. Esforzándose en disimular y sonreír. No sé... Parece que lo ha llamado un amigo...
Doña Trenza. Te traigo a Lagartera para que le des una satisfacción.
Cristobalina. Las que guste.
Don Cayo. ¡Por Dios, Trenza!
Doña Trenza. Me refiero a la satisfacción de que oigas el soneto que ha escrito para la ceremonia de hoy. jEs admirablel ¡Es inspiradísimo!
Cristobalina. Como suyo, Trenza; como suyo. No tome usted en cuenta, Lagartera, mi sofión de hace poco.., Soy irresponsable en ciertos momentos...
Doña Trenza. Dígale usted el soneto; dígaselo...
Don Cayo. A tanto rogar... Sea.
Doña Trenza. A mí se me cae la baba escuchándolo.
Don Cayo. Quería reservarlo hasta luego; pero, en fin, sea. Dice así:
Sale Quinita del oratorio.
QuiNiTA. ¿Lo puedo oír yo?
Doña Trenza. ¡Hija de mi vida! A tiempo sales...
Don Cayo. ¡La musa inspiradora!
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Doña Trenza. Verás, verás... Es un portento.
OuiNiTA. Como de costumbre. A este don Cayo no se le paga con nada. Siempre regalando sus flores...
Don Cayo. No me abochornes, niña... Yo pensaba guardarlo para la hora del champagne; pero esta tía tuya...
QuiNiTA. Venga, venga ya, que estoy impaciente.
Don Cayo.
Llega Eladia por la puerta de la izquierda.
Eladia. Señora.
Doña Trenza. ¡Vamosl
Don Cayo. ¡Vaya!
Eladia. Doña Genoveva me pregunta que dónde se van a colocar los músicos.
Doña Trenza. Dile que ahora voy yo.
Eladia. Si lejos, si cerca, si en el cenador de rosales...
Doña Trenza. Ahora voy yo.
Eladia. ¿Está el señor leyendo sus versos? [Ya son bien bonitosl Márdiase.
Don Cayo. Tosiendo levemente. ¡Diablo de muchachal
Doña Trenza. ¿Qué dice?
Don Cayo. Nada... Me vio antes como hablando solo... y hube de confesarme... Y le leí el soneto... ¡Debilidades de poetal Moliere le leía sus comedias a la cocinera... Vamos allá.
¿Por qué el ambiente...?»
Le corta por tercera vez la palabra la llegada, por la derecha, de Tome\ criado viejo. Viste de frac. Tomé. Señora.
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Doña Trenza. ¡Ánimas benditas!
Don Cayo. ¡Pero, hombre!
Doña Trenza. ¿Qué traes, Tomé?
Tomé. Dicen por teléfono, de no sé qué periódico, que en cuanto los fotógrafos despachen aquí, se lleguen a no sé qué sitio; que ha habido un hundimiento terrible.
Doña Trenza. (Vaya por Dios! Pero ¿a mí qué me cuentas, hombre? Búscalos tú y dales el recado. En el jardín deben de estar.
Tomé. Dispense la señora. He venido a interrumpir, por lo visto...
Doña Trenza. Sí, sí; déjanos.
Tomé. Los versos del señor, ¿verdad? Con ademán y gesto ponderativos. ¡Canela!
Vase. A don Cayo se le repite la tos de antes. Y a la tos sigue la tímida disculpa.
Don Cayo. Moliere...
OuiNirA. Ande, ande; no se entretenga más.
Don Cayo.
¿Por qué el ambiente se satura en rosas?
Mira escamado hacia izquierda y derecha y luego pro-
sigue.
¿Por qué lucen más ricas y vistosas la seda, y la abundante pedrería?
¿Por qué Madrid se torna Andalucía, por su azahar y por distintas cosas? ¿Por qué dejan estelas luminosas aun las personas de menor valía?
Todo es luz y color, gala y tersura...
Se detiene un instante como atragantado. Es que se le olvida momentáneamente lo que sigue. Lo recuerda presto^ gracias a Dios, y termina.
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Cantan fuentes y cantan ruiseñores ocultos en la mágica espesura.
Y a las preguntas de interlocutores, dice una voz que viene de la altura: — jHoy es la boda de Quinita FloresI»
Quinita. ¡Precioso! [Precioso!
Doña Trenza. ¿Verdad que es precioso?
Quinita. (Preciosísimo!
Don Cayo. ¡Oh! Muy amables...
Quinita. ¿Te ha gustado, Cristobalina?
Cristobalina. ^No había de gustarme, mujer?
Don Cayo. ¡Bahl Las flores que yo traigo a la mesa... ¡Pompas de jabón! Sonar, suenan bien, lo reconozco... La música del verso esuañol es tan grata... Y eso sí; ese orgullo lo tengo: ripios no hay.
Vuelve en este instante Manrique^ por donde mismo se marchó j lívido y descompuesto. Le contraria la presencia de Lagartera, a quien ahuyenta sin perder un segundo. Cristobalina se le acerca rápidamente.
Manrique. Hola.
Cristobalina, ¿Qué era ello?
Manrique. Aguarda. Señor de Lagartera; doni Cayo.
Don Cayo. ¿Qué?
Manrique. ¿Ha visto usted a la marquesa de Marzal?
Don Cayo. ¿A Paquita Marzal? No, no la he visto.
Manrique. Pues ahora preguntaba por usted.
Don Cayo. Pues voy a su encuentro. Con permiso de ustedes. A la cuenta, algún encarguillo poético...
Vase por la izquierda.
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Manrique. No lo busca nadie; ha sido un pretexto para alejarlo. iQuinital
QüiNiTA. ¿Qué te pasa, Manrique?
Doña Trenza. Sobrino, ¿qué tienes?
OuiNiTA. ¿Te has puesto malo?
Manrique. No.
QuiNiTA. Sí. Algo te ocurre. Estás desencajado, tembloroso...
Manrique. ¡Eso sil ¡De indignación, de rabia, de iral
Cristobalina. ¡Jesúsl ¡Jesús!
OuiNiTA. ¿De ira?
Manrique. ¡De ira, sí; de iral
Cristobalina. ¡Jesúsl
Doña Trenza. Pero ¿qué sucede, muchacho, para que así vengas?
Manrique. ¡No quieras saberlo!
Quinita. ¡Por Dios! ¡No nos asustes! ¡No me alarmes! Amallo... ¿Le pasa algo a Amalio?
Manrique. Crispando los puños. ¡Amalio!...
Manrique. Quinita; hermana: ahora sí que necesitas de toda tu serenidad, de toda tu fortaleza de espíritu.
Quinita. ¡Por Dios, Manrique! ¿Qué le pasa a Amalio? ¡Por algo tardaba! ¿Qué le pasa? ¡Dímelo! ¡Dímelo!
Manrique. ¡Nada; no le pasa nada... todavía; pero le pasará muy pronto, porque yo lo tengo que buscar para abofetearlo!
Quinita. ¡Virgen María!
Cristobalina. ¡Jesús!
Doña Trenza. ¿Qué dices, niño?
Quinita. ¿Qué dices?
Manrique. Digo, digo... Ten tú mucho ánimo.
Quinita. ¡Habla, por los clavos de Jesús!
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Manrique. Amalio, tu prometido, al que esperabas para entregarle tu alma y tu vida...
Manrique. ¡No las quiere I
Manrique. ¡No las quiere; se va de Madrid; huye de tu lado en estos momentos!
Manrique. ¡Sí!
Quinita. ¡No es verdadl
Manrique. ¡Sí es verdad, hermana!
Quinita. ¡No es verdadl ¡no es verdad! ¡Yo no puedo creerlo, Manriquel
Manrique. ¡Pues lo habrás de creer por mucho que te cueste! ¡Amalio ha huido!
Cristobalina. ¡Infame! ¡infame!
Doña Trenza. ¡El Señor nos valga! ¿Es posible?
Quinita. Desfalleciendo^ anonadada. ¡Ay de mí!... ¿Es posible? ¿Merezco yo esto, madre mía?
Doña Trenza. Atendiéndola. ¡Quinita! ¡Hija! ¡Pero si será un desvarío de tu hermano!... Tú ¿por quién sabes...? ¿Cómo sabes?... ¿Qué sabes?...
Quinita. ¡Virgen de mi alma! ¡Yo me voy a morir de vergüenza y de horror... de miedo de la vida!... jDime lo que sepas, Manrique! ¡Dímelo!
Manrique. ¡Hazte fuerte, nena! ¡Hazte fuerte! ¡La prueba es espantosa, cruel; pero si ese es el hombre en quien tú fiabas, lo que te debe espantar es la idea de haberte hecho suya para siempre!
Quinita. Entre lágrimas. ¡Si te digo que no puedo creerlo! ¡No puedo! ¡Habla, por nuestra madre!
Manrique. ¿Qué más te he de decir? Ha venido a buscarme un íntimo suyo, el cual ha recibido una carta en que le revela su decisión de irse de Madrid, y pide que todos lo perdonen.
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Cristobalina. [Infame! ¡Qué corazón más fiel el mío!
Manrique. Se llama cobarde cien veces, se insulta otras ciento, jura y perjura que todo es a pesar suyo, y dice que no sabe cómo podrá vivir... ¡pero se val
QuiNiTA, ¿-Tú has visto esa carta?
Manrique. La he visto. El hecho es indudable.
Doña Trenza. ¡Pero Amalio se ha vuelto loco!... ¡Hay que ir a buscarlo!...
Quinita. ¡No! ¡Eso, no!
Doña Trenza. ¿Cómo que no.''
Quinita. ¡Como que no!
Manrique. ¡De buscarlo yo me encargaré, por mucho que huya y que se esconda!
Quinita. ¡Eso, menos aún!
Cristobalina. ¡Infame!
Quinita. Rompiendo a llorar. Pero ¿por qué ha hecho esto? ¿Por qué?
Doña Trenza. ¡Jesús! ¡A mí me va a costar la vida! ¡Y todo Madrid en esta casa! ¡Qué vergüenza!
Manrique. ¡La de él!
Cristobalina. ¡La de él! ¡Tú lo has dicho! ¡Así se sabrá quién es ese hipócrita!
Manrique. No llores demasiado, hermana.
Quinita. ¿No he de llorar? Si no llorase ahora, ¿crees que resistiría este golpe? ¡Si no acabo de convencerme! Pero ¿eres tú, Amalio, eres tú el que hace esta felonía conmigo? ¿No me querías de veras? ¿Me engañabas? ¿He vivido engañada por ti? ¡Cómo me resisto a creerlo, Dios mío! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ese hombre no puede calcularlo! ¡No tiene corazón! ¡Ese hombre es incapaz de haber visto cómo mi alma se esforzaba en irse acomodando a la suya; cómo iba yo a moldear mi vida para labrarle a él una dicha constante! ¡No, no lo ha visto; no ha podido verlo! ¡Si
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lo hubiese vislumbrado siquiera, estaría aquí conmigo, no por cariño a mí, sino por codicia de lo que yo le dabal...
Doña Trenza. Vamos, hija mía...
Cristobalina. Quinita; lucero...
Manrique. Hermana...
Quinita. ¡Dejadme llorar... dejadme sola!... |Id a los salones y decidles a todas esas gentes, a quienes yo no quiero ver, que Quinita Flores no se casa con su prometido, porque él renuncia a ellal...
Doña Trenza. ¡Quinital ¡Alma!
Quinita. ¡Y decidles también que le voy a pedir a la Madre de Dios luz para ver claro en estas sombras, y fuerzas para arrancarme del corazón hasta el recuerdo de quien así me deja!
Vacilante, llorosa, en medio de la compasión de los suyos ^ se llega al altar y se hinca de rodillas^ como antes la vimos. Las damas y el muchacho la contemplan con dolor osa angustia, y luego dice cada uno entre si, con vos apenas perceptible:
Doña Trenza. ¡Corazón mío!
Cristobalina. ¡Infame! ¡infame!
Manrique. ¡Me daré el placer de abofetearlo!
fin del acto primero